Archivo | septiembre 2017

Búscame 17.

Los meses fueron pasando, Ana y Nahuel continuaban viviendo su amor como el primer día, trabajaban juntos en la Agencia y Ana se había mudado a casa de Nahuel. Al final, Ana aceptó viajar a la costa en diciembre y pasaron la Navidad en la casa de la costa de Nahuel junto a los padres de ambos y también junto a Derek, el hermano pequeño de Nahuel. Derek aprovechó aquel encuentro con Ana para averiguar con sutileza cómo le iba a Eva y no le sentó nada bien descubrir que Eva salía con un tipo desde hacía meses. El encuentro en Navidad entre los padres de Ana y Nahuel fue sobre ruedas y se repitió en primavera, cuando los padres de Ana invitaron a los padres de Nahuel a pasar en el pueblo unos días de vacaciones.

Eva inició una relación con Norbert, el tipo estirado y aburrido que conoció en una cafetería cerca de la oficina. A las chicas les pareció un buen hombre, pero lo bautizaron como don Aburrido. Era un hombre joven, aunque unos años mayor que ella, pero parecía que fuera un abuelo. A Ana no le gustó desde el momento en el que lo escuchó decir que si se casaba con Eva no consentiría que continuara trabajando porque debía ocuparse de la casa y de los hijos. A pesar de que sus amigas pensaban que Norbert era un troglodita machista, Eva seguía adelante con aquella relación porque él era todo lo que siempre había querido en un hombre, era su prototipo perfecto, pero no estaba enamorada de él.

Desde que recibió aquel duro mensaje de David en el que le pedía cortar totalmente el contacto, Ruth dejó de creer en el amor. Ella que siempre había sido la romántica empedernida del grupo, la que soñaba con tener un cuento de hadas. Ahora Ruth ya no buscaba a su príncipe azul, tan solo buscaba algún hombre interesante y atractivo con el que pasar un buen rato y a quien no volviese a ver. Ruth se centró en su trabajo en la galería de arte, esa era su prioridad.

Con la llegada del verano llegaron también las ansiadas vacaciones. Ruth pasó el verano trabajando en la galería, la ciudad estaba llena de turistas y la galería recibía miles de visitas diarias.

Eva decidió pasar sus vacaciones con Norbert en su casa del lago, eran sus primeras vacaciones juntos y Eva dejó que Norbert se encargara de organizarlo todo.

Ana y Nahuel decidieron pasar unos días en el pueblo con los padres de Ana, otros días en la costa con los padres de Nahuel. Pero Nahuel había planeado en secreto dos semanas a solas en una pequeña isla paradisíaca que había comprado y a la que tan solo se podía acceder en barco. Quería disfrutar de la compañía de Ana sin que nadie les interrumpiese, sin preocuparse por nada que no fuera divertirse juntos.

Cuando se subieron al todoterreno con el equipaje en el maletero, Ana dio por sentado que se dirigían al aeropuerto privado para regresar a la ciudad, así que cuando vio que Nahuel entraba en el puerto, le preguntó:

— ¿Te has olvidado algo en el yate?

—Nuestras vacaciones aún no han acabado, cariño —le respondió Nahuel dedicándole una pícara y seductora sonrisa.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ana, emocionada con aquella noticia y riendo divertida.

—De momento, vamos a dar un paseo en barco —le contestó Nahuel manteniendo el misterio.

Ana no hizo más preguntas, tan solo sonrió y ayudó a Nahuel a sacar el equipaje del maletero del todoterreno para llevarlo al yate.

Una vez lo tuvieron todo listo, Nahuel navegó rumbo a la pequeña isla privada que había comprado y que pretendía regalarle a Ana para celebrar su compromiso, si es que aceptaba casarse con él.

Cuando por fin Nahuel atracó en el pequeño embarcadero de la isla, Ana ya no pudo aguantar más y le preguntó para saciar su curiosidad:

— ¿Dónde estamos?

—No seas impaciente —le dijo Nahuel burlonamente. Ana puso morritos y Nahuel aprovechó para robarle un beso. La agarró de la mano y tiró suavemente de ella para salir del barco al mismo tiempo que añadía—: Ven, deja las maletas ahí y vamos a dar una vuelta.

Ana le siguió sin rechistar. La curiosidad podía con ella, Nahuel la sorprendía día tras día, pero aquello era demasiado. Cuando pensaba que las vacaciones habían terminado y regresaban a casa, Nahuel la sorprendía con unas inimaginables vacaciones en un lugar remoto en medio del mar y que no sabría ubicar en un mapa.

— ¿Estamos en una isla? —Adivinó Ana.

—Así es, estamos en una isla privada de tan solo 3 kilómetros de diámetro.

A Ana no le hizo falta hacer más preguntas. Pudo ver la enorme casa que presidía la pequeña isla. Se subieron a un cochecito de esos que se utilizan en los campos de golf y cruzaron hermoso y cuidado jardín por un sendero de piedra.

—Primero rodearemos la casa para que veas el jardín, en la parte de atrás de la casa hay una enorme piscina y un jacuzzi que te encantarán —le dijo Nahuel de buen humor.

Recorrieron el jardín en el carrito de golf al mismo tiempo que rodeaban la casa. Ana quedó fascinada, la casa era enorme, una piscina climatizada presidía el jardín trasero y desde allí se podía vislumbrar un sugerente jacuzzi en la terraza de la segunda planta. Una vez vieron los alrededores de la casa, Nahuel le enseñó el interior de la misma a Ana. Cuando llegaron a la habitación principal, Ana se puso juguetona pero Nahuel, tras darle un casto beso en los labios, le dijo:

—Voy a buscar las maletas para instalarnos y después nos damos un baño juntos, ¿de acuerdo?

Ana resopló con resignación, pero acató las indicaciones de Nahuel. Tras deshacer las maletas e instalarse en la habitación principal, Nahuel cogió en brazos a Ana y la llevó al cuarto de baño. Ana se encargó de llenar la bañera con agua tibia mientras Nahuel se desnudaba y después la desnudaba a ella. Se metieron en la bañera y Nahuel se colocó detrás de Ana, rodeándola con sus brazos y con sus piernas. Nahuel la cubrió con sus besos y sus caricias y Ana le correspondió de igual modo. Había pasado un año desde que hicieron el amor por primera vez y seguían sintiendo el mismo deseo y pasión cuando sus cuerpos se unían.

Después de aquel entretenido y romántico baño, Nahuel convenció a Ana para que se echara un rato en la cama a descansar y, mientras ella dormía, él aprovechó para preparar la cena, tenía previsto organizar una velada romántica y especial.

Ana se despertó y bajó a la cocina, donde se encontró con Nahuel. Se sorprendió al descubrir que Nahuel había preparado la cena y también una romántica mesa a la luz de las velas en el jardín.

—Pero bueno, ¿qué es todo esto?

—He preparado la cena —le respondió Nahuel divertido.

— ¿Otra sorpresa más? —Le preguntó Ana divertida y añadió bromeando—: Espero que todo esto no sea para decirme que vas a tener un hijo con otra mujer.

—Tan solo te deseo a ti —le susurró Nahuel abrazándola desde la espalda y deslizando sus manos hacia el vientre de ella—. Aunque debo confesarte que me gusta la idea de ser papá.

—Cariño, creo que es demasiado pronto para tener esta conversación, ¿no crees?

—Poco a poco, cariño —cambió de tema Nahuel—. Ahora vamos a cenar, la cena ya está lista.

Cenaron en el jardín bajo la luz de las velas. Ana notó que Nahuel estaba nervioso aunque tratara de disimular, así que le preguntó:

— ¿Va todo bien?

—Cariño, en realidad he preparado todo esto por una razón —empezó a decir Nahuel—. Es evidente que, después de un año, sigo queriéndote en mi vida y siempre será así. Ambos seguimos igual o incluso más enamorados que cuando empezamos, hace meses que vivimos juntos, nuestras familias ya se han conocido y yo quiero dar un paso más —se sacó la pequeña caja con el anillo de compromiso que le había comprado y, tras enseñárselo, le preguntó mirándola a los ojos—: Cariño, ¿quieres casarte conmigo y hacerme el hombre más feliz de la tierra?

Ana se arrojó a sus brazos y le besó con urgencia. Ni siquiera le prestó atención al anillo, aquello era algo secundario.

— ¿Eso es un sí? —Le preguntó Nahuel divertido.

— ¡Por supuesto que es un sí! —Exclamó Ana riendo.

Nahuel sacó el anillo de la cajita y se lo colocó a Ana en el dedo. Acto seguido, Ana se deshizo de su ropa y se sentó a horcajadas sobre Nahuel. Estaban en el jardín, pero en una isla privada que tan solo estaba habitada por ellos dos, así que Nahuel no se lo pensó dos veces y le hizo el amor allí mismo.

Búscame 16.

Tras dos horas conduciendo, por fin Ana le indicó a Nahuel que tomara una salida en la autopista. Ana le continuó guiando por las carreteras hasta que tomaron un desvío por un camino sin asfaltar. Nahuel no sabía a dónde se dirigían y lo cierto era que tampoco le importaba, le bastaba con saber que pasaría el fin de semana con Ana.

Cuando Nahuel llegó al final del camino sin asfaltar, se encontró con una preciosa cabaña en mitad de una pradera rodeada de árboles. Parecía una imagen de postal, de esas que transmitían paz y serenidad.

— ¡Sorpresa! —Exclamó Ana divertida—. Espero que te guste el campo y la naturaleza, sino siempre podemos pasarnos todo el fin de semana en la cabaña, estoy segura de que encontraríamos algo para entretenernos.

—Creo que voy a empezar a detestar el campo —bromeó Nahuel abrazando a Ana desde la espalda—. ¿Me enseñas la cabaña?

Ana le agarró de la mano y tiró de él entrando en la cabaña. No era muy grande, parecía un apartamento tipo loft pero rústico, ideal para un fin de semana romántico. En el baño había un enorme jacuzzi pegado a un enorme ventanal desde donde se podían contemplar las vistas al valle y a las montañas.

—Puede que me arrepienta de preguntarte pero, ¿has estado aquí antes? —Le preguntó Nahuel con el ceño fruncido al mismo tiempo que miraba hacia el jacuzzi.

Ana sonrió burlonamente, pero al final le dijo la verdad:

—Estuve aquí hace un par de años, vine con las chicas un fin de semana para desconectar tras los exámenes finales de la universidad.

—No sabes cómo me alegra saber eso —le confesó Nahuel.

—Más tarde estrenaremos el jacuzzi, ahora tenemos que encender la chimenea, aquí la temperatura cae bajo cero por la noche —le dijo Ana al ver cómo Nahuel miraba el jacuzzi.

Antes de que anocheciera, Nahuel y Ana encendieron la chimenea, deshicieron las maletas y prepararon la cena, tan solo quedaba esperar a que el horno terminara de hacerla. Ana miró el reloj de pared y calculó que les quedaba una hora antes de que la cena estuviera lista, así que decidió aprovechar ese tiempo para mostrarse más cariñosa con Nahuel. Se acercó a él, lo agarró de la mano para guiarlo hasta el sofá donde, tras dejar que Nahuel se sentara, ella se colocó a horcajadas sobre él.

—Estás muy juguetona —comentó Nahuel divertido al mismo tiempo que la estrechaba entre sus brazos.

—Tengo ganas de jugar —le confesó Ana con una sonrisa traviesa en los labios.

Dos minutos más tarde, ambos estaban retozando desnudos sobre el sofá.

Pasaron el fin de semana encerrados en la cabaña, entregándose el uno al otro con ternura y pasión.

La semana siguiente mantuvieron la misma rutina: iban juntos a la Agencia, pasaban la mañana trabajando, almorzaban en algún restaurante cercano y después Nahuel la acompañaba a su apartamento. Nahuel le proponía a Ana todas las tardes que pasara la noche con él, pero ella tan solo aceptó el martes y el jueves. El viernes por la tarde, después de almorzar, Nahuel le dijo mientras conducía hacia su casa:

—Tenemos una conversación pendiente, ya han pasado dos semanas.

— ¿Quieres que hablemos ahora? —Le preguntó Ana sorprendida.

—Había pensado que podíamos cenar en mi casa y hablar allí tranquilamente —le confesó Nahuel—. ¿Te parece bien?

—Me parece genial —le confirmó Ana.

Llegaron a casa de Nahuel y se acomodaron en el sofá del salón para retomar la conversación que tenían pendiente. Nahuel tenía muy claro lo que quería, lo sabía desde el primer momento que conoció a Ana, pero solo había aceptado esas dos semanas de prueba porque no quería presionarla. Por ella estaba dispuesto a cualquier cosa. Ana también sabía lo que quería, quería a Nahuel en su vida. Pero todo estaba sucediendo demasiado rápido y tenía miedo, miedo de que él se arrepintiese y la dejara con el corazón roto.

—Cariño, no he cambiado de opinión —empezó a decir Nahuel mirándola a los ojos—. Te quiero en mi vida, lo quiero todo de ti. Sé que dijimos que nos lo íbamos a tomar con calma, pero lo cierto es que no quiero separarme de ti. Dormir sin ti se ha convertido en una tortura.

—A mí también me cuesta dormir cuando no estás conmigo —le confesó Ana. Se armó de valor y añadió—: Sé que estas dos semanas no han sido fáciles para ti y que accediste solo por complacerme, así que he querido demostrarte que yo también me implico en esta relación.

—Sé que te implicas, Ana —le aseguró Nahuel.

—Pero he querido dar un paso más —anunció Ana—. Les he hablado de ti a mis padres y quieren conocerte. Nos han invitado a ir de visita y quedarnos un fin de semana, les he dicho que te lo consultaría y les diría algo.

Nahuel sonrió satisfecho. El hecho de que Ana les hubiera hablado de su relación a sus padres significaba que veía su relación como algo sólido y real, estaba dispuesta a seguir adelante.

—Me encantará conocer a tus padres —le dijo Nahuel estrechándola entre sus brazos. Ana aprovechó la ocasión para colocarse a horcajadas sobre Nahuel y él añadió sonriendo antes de besarla en los labios—: Cariño, me encanta cuando te pones juguetona.

Ana correspondió ese beso apasionado, pero quería más, necesitaba más. Se deshizo de su camiseta y de la camiseta de Nahuel. Él se puso en pie con ella en brazos y la llevó hasta a la enorme cama de su habitación, donde se tomó su tiempo para desnudarla al mismo tiempo que acariciaba y adoraba cada centímetro de su piel. Ana gimió a modo de protesta, ansiaba sentir a Nahuel dentro de ella. Él la entendió perfectamente, así que no se hizo de rogar, se colocó sobre ella y la penetró despacio, gozando de aquella placentera sensación. Ana volvió a gemir, esta vez de placer. Nahuel entró y salió de ella, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Continuó con aquel ritmo hasta que notó como Ana se contrajo bajo su cuerpo y le susurró al oído:

—Déjate ir, cariño.

Ana se dejó ir con un leve gemido y Nahuel gruñó, derramándose dentro de ella. Nahuel se dejó caer sobre ella, pero acto seguido se volteó arrastrando a Ana con él y haciendo que ella quedar encima de él. La estrechó con fuerza entre sus brazos y le confesó en un susurro:

—Te quiero, Ana.

—Y yo a ti —le confesó Ana.

Desde esa noche, Ana se quedaba a dormir en casa de Nahuel todas las noches. El lunes por la mañana, nada más entrar en la Agencia, Nahuel besó a Ana delante de varios agentes y empleados con el fin de hacerles saber que estaban juntos y la voz se corrió por toda la Agencia. Nahuel también aceptó encantado la invitación de los padres de Ana y el fin de semana siguiente fueron al pueblo para visitarles. Nahuel tenía intención de reservar una habitación de hotel para pasar el fin de semana, pero Leonor y Ramón insistieron en que se quedaran en la casa familiar. Había sitio de sobra y, si lo preferían, también podían dormir juntos, insistió Leonor. Ese fin de semana no fue fácil para Nahuel, Ramón era un tipo duro y quería asegurarse de que Nahuel cuidaba bien de su única hija. Por suerte para Nahuel, Ana salió en su defensa y medió para que su padre dejara de incomodar a Nahuel. Fue un fin de semana peculiar, el primero de muchos. Irene y James, los padres de Nahuel, también insistieron en que fueran de visita, pero el recuerdo de las tormentas de aquel fin de semana que pasaron en la costa hizo que Ana retrasara el viaje semana tras semana alegando cualquier excusa. Nahuel no insistió porque no quería presionarla, confiando en que tarde o temprano Ana entrara en razón.

Cita 89.

“Soy egoísta, impaciente y un poco insegura. Cometo errores. Estoy fuera de control y a veces soy difícil de controlar. Pero si no me puedes controlar en mis peores momentos, entonces seguro que no me mereces en mis mejores momentos.”

Marilyn Monroe.

Búscame 15.

Ana entró en el apartamento cargando con su maleta y aprovechó que las chicas estaban trabajando para deshacer la maleta y preparar algo bueno para la cena. Tenía ganas de verlas y charlar con ellas, hacía días que no se sentaban las tres juntas y se ponían al corriente de sus vidas. Ana tenía muchas cosas que contarles, esa era la única razón por la que había rechazado la invitación de Nahuel para pasar la noche con él en su apartamento.

A las seis de la tarde, Ruth entró en el apartamento y corrió en busca de Ana para abrazarla en cuanto vio que estaba en casa.

— ¡No sabes cuánto te he echado de menos! —Exclamó Ruth abrazándola con fuerza—. Eva está insoportable, más que de costumbre.

—Me alegra saber que por aquí todo ha ido genial en mi ausencia —dijo Ana con sarcasmo—. ¿Qué es lo que ha pasado esta vez?

Ruth le explicó a Ana lo que había ocurrido. El sábado por la noche Eva salió a cenar con un chico y Ruth aprovechó que estaba sola en el apartamento para invitar a un nuevo ligue, desde que Ruth había recibido aquel mensaje de David rompiendo toda relación con ella, se dedicaba a ligarse a un chico nuevo cada semana, o puede que incluso dos. El caso es que Eva llegó al apartamento a las doce de la noche, mucho antes de lo que Ruth había previsto.

—Nos pilló con las manos en la masa en el sofá —le confesó Ruth divertida. Y acto seguido se excusó—: La culpa es suya, ¿quién llega a medianoche cuando tiene una cita? ¿Acaso es Cenicienta?

—Estoy de su parte, el sofá es una zona común —le dijo Ana—. ¿Con quién salió Eva?

—Con un tipo que ha conocido en una cafetería cercana a su oficina —la informó Ruth—. Al parecer es uno de esos hombres estirados y chapados a la antigua que le gustan a ella.

—Eva necesita a otro tipo de hombre en su vida —comentó Ana sabiendo que aquello no funcionaría.

—Para aburrida ya está ella —murmuró Ruth—. Me gustaba más la Eva de este verano, no sé qué le haría Derek pero consiguió que estuviera de buen humor todos los días.

Ambas amigas se echaron a reír a carcajadas, pero hablaban en serio. Las dos vieron a Eva feliz ese verano y eso había sido gracias a Derek.

Eva llegó al apartamento más tarde de lo habitual, había quedado con Norbert de nuevo. Era un hombre educado y correcto, era diez años mayor que ella, pero era todo lo que buscaba en un hombre. Desde la estupenda cita que habían tenido el sábado, quedaban todos los días después del trabajo para tomar un café. Norbert ni siquiera había intentado besarla todavía, pero Eva sabía que le gustaba y que solo era cuestión de tiempo que se lanzara. No esperaba encontrar a Ana tan pronto en casa y se alegró de verla allí, el ambiente con Ruth era bastante tenso.

— ¡Ana! —La saludó Eva abrazándola con fuerza—. ¿Cuándo has llegado?

—Hace unas horas, incluso me ha dado tiempo a preparar la cena.

—Eso significa que tienes muchas cosas que contar —confirmó Ruth—. Voy a abrir una botella de vino.

Las tres amigas se pusieron al día mientras bebían de sus copas de vino y comían la deliciosa cena que Ana había preparado.

La primera en hablar fue Ana, quien les contó todo lo que había ocurrido durante los días que había pasado con Nahuel en la costa. Les habló de su acuerdo de dos semanas y de la rápida visita que hicieron a los padres de Nahuel. Eva sintió curiosidad por saber de Derek, pero se abstuvo de preguntar.

La siguiente en hablar fue Eva. Les contó que había conocido a Norbert en la cafetería que había cerca de su oficina. El viernes él se armó de valor y la invitó a salir el sábado. La cita había ido bien, salieron a cenar a un buen restaurante y después él la acompañó a casa. Desde entonces quedaban en la misma cafetería al salir del trabajo, pero les confesó que todavía no se habían besado.

Ruth fue más escueta en su relato. Tan solo dijo que conoció a un chico del que no recordaba el nombre, intercambiaron teléfonos y pocas horas más tarde se entregaron en el sofá del salón, donde Eva les pilló en plena faena.

—Ya que mencionas el tema, tenemos que poner unas normas —dijo Eva más calmada por el efecto del vino—. Nada de fornicar en las zonas comunes del apartamento, para eso cada una tenemos nuestra propia habitación.

—Totalmente de acuerdo —la secundó Ana—. Es más, debemos tener cuidado con quién dejamos entrar en nuestro apartamento.

—Vale, nada de desconocidos en casa —se resignó Ruth.

Las chicas continuaron charlando hasta que, a medianoche, decidieron retirarse a dormir a sus respectivas habitaciones.

Los tres días siguientes, Nahuel pasó a recoger a Ana a las ocho de la mañana para llevarla a la oficina, trabajaban en sus respectivos despachos durante toda la mañana (a excepción de las constantes visitas de Nahuel alegando cualquier excusa para verla, hablar con ella y besarla sin que nadie les viese) y después salían a almorzar a cualquier restaurante cercano. Nahuel le propuso en un par de ocasiones que fueran a su casa, pero Ana declinó la oferta con educación. Así que el viernes, Nahuel no quiso proponérselo y que le rechazara por tercera vez. Pero Ana ya tenía planes para el fin de semana.

—He dejado la maleta preparada en casa, va a ser un fin de semana genial —le dijo Ana divertida mientras bajaban al parking de la Agencia en el ascensor. Nahuel la miró sin entender nada, así que Ana le pregunto decepcionada—: ¿No me digas que te has olvidado?

— ¿Sigue en pie lo de este fin de semana? —Le preguntó Nahuel confundido.

— ¡Por supuesto! ¿Acaso me has dicho que lo cancelara? —Le espetó Ana molesta, no podía creerse que Nahuel dudara de que el fin de semana juntos siguiera en pie.

—Ana, llevo dos noches pidiéndote que te quedes a dormir conmigo y me has rechazado, no has mencionado nada del fin de semana hasta ahora, ¿qué querías que pensase?

—Te dije que te estaba preparando una sorpresa para el fin de semana, si es una sorpresa no puedo decirte nada —le reprochó Ana de morros—. Dime al menos que no has hecho planes.

—Mi único plan para el fin de semana consistía en buscar cualquier excusa para estar contigo —le confesó Nahuel estrechándola entre sus brazos—. ¿A dónde tienes planeado llevarme?

—De momento a mi casa a coger la maleta y después a la tuya para que prepares tu maleta —le respondió Ana con secretismo. Le dio un leve beso en los labios y añadió antes de subirse al todoterreno de Nahuel—: Date prisa o llegaremos tarde.

Nahuel se contagió del buen humor de Ana y, con una amplia sonrisa en los labios, condujo hasta llegar al apartamento de Ana. Ana subió a buscar su maleta y regresó cinco minutos después. Nahuel metió la maleta en el maletero del vehículo y condujo hasta a su casa. Ana nunca había estado en la casa de la ciudad de Nahuel y sentía curiosidad, por eso cuándo él la invitó a entrar Ana aceptó sin pensárselo dos veces.

Ana quedó impresionada, era una casa enorme. Tenía tres plantas: en la primera planta estaba situada la cocina, el comedor, el salón, un despacho, un baño completo, un aseo y una habitación de invitados con baño propio; en la segunda planta, se ubicaban cinco habitaciones y la suite principal, todas con baño propio; y en la tercera planta se ubicaba la buhardilla, un pequeño estudio con baño que Nahuel había convertido en una biblioteca. Además, la casa contaba con un garaje conectado a la cocina y sobre el cual había un loft independiente a la casa principal, el apartamento de Emilio y Rosa, los empleados del hogar internos, un enorme jardín y una piscina que bien podría ser olímpica. Nahuel sonrió al ver a Ana tan a gusto en su casa, pensaba vivir con ella pronto y el hecho de que la casa le gustara era un punto a su favor, pero por ahora no quería presionarla.

Tras hacer una pequeña maleta, Nahuel y Ana se subieron al todoterreno y se adentraron entre el tráfico de la ciudad. Nahuel no sabía a dónde se dirigían, pero siguió las indicaciones de Ana, confiando en ella y disfrutando de aquella grata sorpresa que le había preparado.

Búscame 14.

El domingo por la mañana Ana se despertó sola en la cama. Estiró el brazo en busca de Nahuel, pero no lo encontró. Se desperezó y se levantó de la cama. Se alegró al ver encendida una de las lámparas de pie que había junto al sofá, aquello significa que ya tenían luz. Se dirigió a la pequeña cocina del sótano y sobre la barra encontró una nota de Nahuel: “Buenos días, preciosa. He ido a echar un vistazo por los alrededores para ver el alcance de los daños de la tormenta, no tardaré en regresar. Te he dejado el desayuno en la mesita que hay junto al sofá, el café está recién hecho. N.”

Ana se sirvió una taza de café, se sentó en el sofá y se comió el desayuno que Nahuel le había preparado. Nahuel entró en el sótano apenas veinte minutos más tarde, se acercó a Ana sonriendo y la besó en los labios.

—Buenos días, preciosa. ¿Ya has desayunado?

—Sí, todo estaba buenísimo. Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

—He salido a echar un vistazo, todavía está lloviendo pero lo peor ya ha pasado —informó—. La carretera está cortada a causa de los árboles caídos, así que de momento estamos aislados. La buena noticia es que he logrado conectar el generador de emergencia y funciona, ya tenemos luz.

— ¿Cuándo podremos regresar a la ciudad?

—El tráfico aéreo permanece cerrado, puede que lo restablezcan mañana o en un par de días como mucho —Nahuel se sentó en el sofá, colocó a Ana sobre su regazo y, armándose de valor, le dijo—: Ana, antes de regresar a la ciudad tengo que hacer una breve visita a mi familia.

—No te preocupes, yo puedo quedarme aquí.

—Había pensado que quizás querrías acompañarme —le soltó Nahuel.

— ¿Quieres que te acompañe a visitar a tu familia? —Le preguntó Ana empezando a agobiarse.

—Será una visita rápida, no puedo regresar a la ciudad sin ver a mis padres —Nahuel la estrechó entre sus brazos y añadió—: Te prometo que no te harán ninguna pregunta incómoda y respetaré nuestro acuerdo de ser discretos durante dos semanas.

Ana aceptó acompañarle a visitar a sus padres. Lo cierto era que no solo le daba miedo quedarse sola en esa casa enorme, sino que también sentía curiosidad por conocer a los padres de Nahuel.

El martes por la mañana, tras recoger sus cosas y meter el equipaje en el todoterreno, se dirigieron a casa de los padres de Nahuel antes de ir al aeropuerto para regresar a la ciudad. Nahuel parecía estar encantado de hacer aquella visita con Ana, pero ella cada vez estaba más nerviosa y estaba empezando a arrepentirse de haber querido ir.

—Relájate, no tienes nada de lo que preocuparte —trató de tranquilizarla Nahuel—. Mis padres te adorarán en cuanto te conozcan.

Nahuel aparcó frente a la casa de sus padres. Todavía quedaban algunas carreteras cortadas debido a los daños causados por la tormenta y tuvo que dar un rodeo, así que tardaron más de lo que había previsto. En cuanto llegaron, Irene escuchó el coche de Nahuel aparcando en la calle, se puso en pie y se dirigió a la puerta para recibir a su hijo mayor y a su acompañante. Irene sospechaba que aquella chica era muy especial para Nahuel, así que estaba emocionada y también nerviosa.

— ¡Hijo, qué alegría verte! —Lo saludó Irene abrazando a su hijo. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: Y supongo que esta preciosa señorita debe ser Ana, ¿verdad?

—Así es —le confirmó Nahuel a su madre. Colocó su brazo alrededor de la cintura de Ana y le dijo—: Te presento a Irene, mi madre.

—Un placer, señora Smith —la saludó Ana.

—Por favor, llámame Irene. El placer es mío, querida —le dijo Irene—. Hemos oído hablar mucho de ti y teníamos muchas ganas de conocerte.

—Mamá —le advirtió Nahuel a su madre.

Nahuel llamó la noche anterior a su madre para avisarla de que no iría solo a verles. A Irene le hizo muchísima ilusión que Nahuel le presentara a la que, según Irene sospechaba, era su novia. Pero Nahuel se encargó de advertirle a su madre que Ana trabajaba en la Agencia y que se estaban tomando las cosas con calma.

—Pasad al salón, ¿os apetece tomar un café? —Les preguntó Irene.

Nahuel asintió y, manteniendo a Ana agarrada por la cintura, la guió hasta el salón, donde se sentaron en el sofá. Irene se dirigió al despacho de su marido para avisar de la llegada de su hijo y acto seguido se dirigió a la cocina para preparar café.

—Hijo, ¿cómo estás? —Lo saludó James, el padre de Nahuel. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: ¿Y quién es esta hermosa señorita?

—Ella es Ana, papá.

—Un placer, Ana —la saludó James estrechándole la mano.

—Lo mismo digo, señor Smith.

—Por favor, llámame James —le rogó James—. Ha sido una tormenta dura, ¿habéis tenido muchos problemas con la casa?

—Ninguno, todo ha ido bien, incluso pude conectar el generador de emergencia —le explicó Nahuel—. La casa no ha sufrido ningún daño y nosotros hemos estado bien.

James y Nahuel continuaron hablando de la construcción de la casa, de sus materiales resistentes y de todas las cosas pendientes que quedaban por terminar mientras Ana les escuchaba prestando atención a todo lo que decían. Irene regresó al salón llevando una bandeja con cuatro tazas de café.

—Aquí tenéis el café y unas galletas artesanas que he comprado esta mañana —les dijo Irene sentándose junto a su marido—. Es una pena que os tengáis que ir tan pronto, podríais haberos quedado a comer.

—La próxima vez, mamá —le contestó Nahuel dando el tema por zanjado.

Pero Irene no quiso dar por zanjado aquel tema, así que continuó haciendo preguntas:

— ¿Cuándo pensáis regresar?

—Irene, no presiones a los chicos —la regañó James, echando un cable a su hijo.

—Me temo que me va a costar mucho trabajo convencer a Ana de que vuelva a acompañarme a la costa, entre la tormenta y las preguntas de mamá… —bromeó Nahuel.

Ana le dio un manotazo a Nahuel, fue un gesto impulsivo, una reprimenda por hacer pasar aquel mal trago a su madre, pero fue mucho menos discreto de lo que pretendió.

—No le hagas caso, Irene —le dijo Ana a la madre de Nahuel para tratar de animarla tras la pulla que le había lanzado su hijo—. Estaré encantada de venir a visitarte.

—Oh, Ana. Eres un cielo —le dijo Irene agradecida.

—Creo que es hora de irnos, si espero unos minutos más es posible que se unan en mi contra —les dijo Nahuel bromeando.

Se despidieron de Irene y James, se subieron al todoterreno y se dirigieron al aeropuerto privado de la costa. Ana se tensó en cuanto se bajó del vehículo y tuvo que subir al avión de la Agencia. Sabía que era uno de los aviones más seguros que existían, Nahuel se había encargado de hacérselo saber, pero Ana seguía sintiendo miedo a volar.

—No pasa nada, cariño —la tranquilizó Nahuel al mismo tiempo que le abrochaba el cinturón de seguridad y le echaba el brazo sobre los hombros para estrecharla contra su cuerpo—. Cierra los ojos y trata de descansar, llegaremos a la ciudad antes de que te des cuenta.

Tres horas más tarde, aterrizaron en uno de los aeropuertos privados de la ciudad. Ana había dormido durante casi todo el vuelo y se despertó un poco aturdida. Cuando se subieron al todoterreno que les estaba esperando, Nahuel le preguntó a Ana:

— ¿Quieres quedarte en mi casa esta noche o prefieres que te lleve a tu apartamento?

—Mejor a mi apartamento, tengo que deshacer la maleta, lavar la ropa y hace días que no veo a las chicas —le respondió Ana a pesar de que le apetecía muchísimo pasar otra noche con él—. Además, debemos tomarnos las cosas con calma.

—De acuerdo, tienes razón —se resignó Nahuel sin insistir—. Pero te voy a echar de menos esta noche.

A Ana le encantó aquella confesión de Nahuel. Ella también lo iba a extrañar durante la noche. Se había acostumbrado a dormir acompañada, a dormir entre sus brazos.

Nahuel aparcó frente al portal del edificio de Ana y bajó del vehículo para coger su maleta y acompañarla hasta la misma puerta para despedirse allí de ella:

—Mañana pasaré a recogerte a las ocho para ir a la Agencia —le dio un beso en los labios y añadió con la voz ronca—: Me ha encantado pasar estos días contigo.

—A mí también, has sido el anfitrión perfecto —le agradeció Ana. Le besó con dulzura en los labios y añadió—: Si no tienes planes para el próximo fin de semana, me gustaría darte una sorpresa.

— ¿La sorpresa incluye pasar juntos el fin de semana? —Ana asintió y Nahuel añadió—: Seré todo tuyo el fin de semana.

Se despidieron con un largo y apasionado beso, demorando el momento de separarse, hasta que finalmente Ana entró en el edificio y Nahuel se volvió a subir al todoterreno para conducir hasta a su casa.