Archivo | agosto 2017

Búscame 8.

Ana estaba nerviosa, se había probado más de veinte vestidos, varios de ellos de Ruth y Eva, pero no acababa de decidirse por ninguno. Quería estar espectacular en su cita con Nahuel, pero también quería resultar natural. Además, ni siquiera sabía a dónde la iba a llevar a cenar, quería ir elegante pero informal.

Ruth y Eva, que la observaban mientras se cambiaba de modelito una y otra vez, trataron de ayudarla a decidirse y finalmente optaron por unos vaqueros de pitillo de color negro, una blusa dorada sujeta al cuello y con la espalda al aire, una americana negra ceñida de manga 3/4 y unos zapatos letizios con tacón de diez centímetros.

— ¿Voy bien así? —Les preguntó Ana a sus amigas.

—Estás perfecta —le aseguró Eva.

—No entiendo a qué viene tanto nerviosismo si ya te lo has tirado —murmuró Ruth lo suficiente alto como para que Ana y Eva la escucharan.

—No le hagas caso, a mí me parece muy romántico —opinó Eva con nostalgia—. Te pide una primera cita, empezando de nuevo la historia que se quedó a medias en la costa.

—Estoy a punto de vomitar arco iris —se mofó Ruth.

— ¿Se puede saber qué os pasa? —Les preguntó Ana extrañada—. Es como si os hubierais intercambiado la personalidad.

Eva y Ruth se encogieron de hombros a modo de respuesta, pero lo cierto era que Ana tenía razón, era como si hubiesen intercambiado sus personalidades. Ruth, que siempre había sido la soñadora de las tres, ahora se había vuelto bastante fría, sobre todo en relación a los hombres. Eva, que siempre había sido la realista y disciplinada, ahora se había vuelto una romántica empedernida y una soñadora cursi. Ana no pudo reprocharles nada, ella misma se comportaba de una manera poco habitual. Las tres habían cambiado mucho en muy poco tiempo, pero ninguna se atrevió a mencionarlo, a excepción del comentario de Ana.

El móvil de Ana sonó, le había llegado un mensaje de Nahuel: “Estoy frente a tu portal deseando verte aparecer. N.” Ana sonrió al leerlo, un simple mensaje de Nahuel le alegraba el día.

—Chicas, me voy ya —les anunció—. Nahuel me está esperando, desearme suerte.

—Suerte, aunque estoy segura de que no la necesitas —la animó Eva.

— ¿Vendrás a dormir? —Quiso saber Ruth.

—Supongo que sí —respondió Ana encogiéndose de hombros—. Puede que Nahuel me haya pedido una cita, pero desde que nos hemos vuelto a ver tan solo nos hemos dado un par de besos, así que no creo que de repente me pida que pase la noche con él.

— ¡Qué mono, quiere ir despacio! —Exclamó Eva.

—Quizás solo te haya seducido para conseguir contratarte en su Agencia —bromeó Ruth.

—Creo que es más probable que la haya contratado para poder seducirla —opinó Eva.

—Gracias por creer en mi profesionalidad —dijo Ana con sarcasmo.

—No quería decir eso y lo sabes —aclaró Eva—. Vete ya y no le hagas esperar.

Ana le dio un beso en la mejilla a cada una a modo de despedida, agarró su bolso y se marchó. Cuando traspasó la puerta principal del edificio Ana se encontró a Nahuel apoyado en su todoterreno, tal y cómo se había imaginado que se lo encontraría. Sonrió al verlo vestido con unos vaqueros y una camisa blanca, elegante pero informal.

—Estás preciosa —la saludó Nahuel dándole un beso en la mejilla a Ana.

—Gracias, tú también estás muy guapo.

Nahuel ayudó a Ana a sentarse en el asiento de copiloto del vehículo, incluso la ayudó a abrocharse el cinturón de seguridad mientras Ana se dejaba hacer.

— ¿A dónde me llevas? —Le preguntó con curiosidad mientras Nahuel conducía.

—Ahora lo verás —le respondió él sonriendo con misterio.

Media hora más tarde, Nahuel aparcaba el vehículo. Ana abrió la puerta y bajó del todoterreno sin decir nada, se había quedado sin palabras. Nahuel la había llegado a un longe bar situado en lo alto de una colina y cuya terraza era un mirador que ofrecía las mejores vistas de la ciudad. Nahuel colocó su mano sobre la parte baja de la espalda de Ana y juntos caminaron para acomodarse en uno de los sofás de la terraza, ambientada al estilo chill-out y con leve sonido de la música de fondo. El lugar era fantástico, Nahuel había acertado con su elección.

—Desde aquí se ve la mejor puesta de sol con vistas a la ciudad —anunció Nahuel al mismo tiempo que tomaban asiento y colocaba su brazo sobre los hombros de Ana—. Hace tiempo Jason me habló de este sitio y desde entonces quería venir. ¿Habías venido aquí alguna vez?

—No, esta es la primera vez —le contestó Ana sonriendo con complicidad.

Se tomaron una copa mientras charlaban y contemplaban la puesta de sol. Ana le dedicaba sugerentes miradas a Nahuel, él se las correspondía pero, a pesar de estar pegado a ella, Ana le notó un poco distante. Tras tomarse una copa de vino y disfrutar de las vistas, Nahuel condujo de regreso a la ciudad y aparcó frente a la puerta del restaurante dónde había reservado mesa. A Ana le hubiera gustado que Nahuel la hubiera besado en el longe bar mientras contemplaban la puesta de sol, pero Nahuel propuso dirigirse al restaurante cuando más cerca estaba de sus labios. Aquello mantenía a Ana confusa, no entendía cuáles eran las intenciones de Nahuel. A él no le pasó por alto que Ana estuviera tan callada, pero tampoco comprendió el motivo que la tenía tan callada.

El mître los recibió y les acompañó a su mesa. Esperó a que ambos se sentaran para entregarles la carta de vinos y la de comida antes de retirarse.

— ¿Te apetece vino para la cena? —Preguntó Nahuel suavizando el tono de voz y dedicándole una amplia sonrisa para tratar de animarla.

Ana asintió devolviéndole la sonrisa. Nahuel observó aquellos tentadores labios y sintió unas ganas locas de besarla. No se lo pensó dos veces: la besó. Fue un beso tierno y duró más de lo que Nahuel pretendía. Cuando sus labios se despegaron, Nahuel vio la confusión en el rostro de Ana.

—Preciosa, ¿qué ocurre?

—Dímelo tú, Nahuel —le respondió Ana—. Me besas, haces como si no pasara nada y me vuelves a besar. Acabarás volviéndome loca.

—Me gustas, Ana —le aseguró Nahuel—, y quiero que esto funcione. Quiero darte todos los momentos de una relación normal. Quiero ir despacio, tener una primera cita, acompañarte a tu casa después y despedirme con un beso en el portal.

—Esta no es nuestra primera cita —replicó ella.

—Sí que lo es, es nuestra primera cita en la ciudad —la corrigió Nahuel—. En la costa conocí a una Ana de vacaciones, sin preocupaciones y con el único objetivo de divertirse haciendo locuras. Ahora quiero conocer a la Ana de diario, la Ana de verdad. Quiero descubrir qué te hace reír, qué te pone de buen humor y qué detestas.

—Y, mientras nos conocemos…

—Y mientras nos conocemos solo voy a tener ojos para ti, preciosa —la interrumpió Nahuel adelantándose a la pregunta de Ana y añadió bromeando—: Soy un hombre de negocios, no me gusta compartir.

—De acuerdo, vayamos despacio —accedió Ana.

Cenaron, brindaron con sus copas de vino y hablaron, hablaron mucho. Nahuel continuaba queriendo saber todo lo que concernía a Ana. Y no solo se bastaba de preguntas para averiguarlo, también la observaba. Había aprendido mucho sobre sus gustos en pocos días, sabía que prefería el vino tinto al vino blanco, le gustaba la carne en su punto, era una perfeccionista en su trabajo, era amable con sus compañeros, una persona generosa y humilde.

Después de cenar, Nahuel propuso ir al cine y Ana decidió ver una película romántica. Nahuel accedió por complacerla, pero detestaba esa clase de películas.

—No pongas esa cara, quieres una relación normal y te diré que la mayoría de hombres han tenido que sufrir ver una de estas películas en sus primeras citas —se mofó Ana.

—Te lo estás pasando en grande, ¿verdad, pequeña? —Le susurró al oído al mismo tiempo que la abrazaba desde la espalda. Ana se estremeció entre sus brazos y Nahuel se vio obligado a deshacer aquel abrazo antes de que fuera demasiado tarde para poder parar—. Será mejor que nos sentemos a ver la película.

Tras ver la película, Nahuel tuvo que reconocer que no había estado del todo mal, tenía algunas escenas divertidas que le hicieron reír.

Eran pasadas las dos de la madrugada cuando Nahuel aparcó el coche frente al edificio de Ana y la acompañó hasta el portal.

— ¿Qué te ha parecido nuestra primera cita? —Le preguntó Nahuel juguetón.

—Ha sido una primera cita perfecta, gracias por invitarme.

Nahuel la besó en los labios con intensidad pero fue capaz de frenar.

—Me lo he pasado genial, es un placer contar con tu presencia, pequeña —le dio un leve beso en los labios y añadió—: Buenas noches, Ana.

—Buenas noches.

Ana entró en el edificio para dirigirse a su apartamento y Nahuel se volvió a subir a su todoterreno y condujo de camino a casa mientras pensaba que había sido una gran noche, pese a que ambos se habían quedado con ganas de más.

Cita 85.

“La única diferencia entre un loco y yo, es que el loco cree que no lo está, mientras yo sé que lo estoy.”

Salvador Dalí. 

Búscame 7.

A la mañana siguiente Ana se levantó a las seis de la mañana. Se duchó, se vistió, se peinó y bajó a la calle para comprar el desayuno en la panadería de la esquina. La noche anterior Ruth le había mencionado que hacían unos donuts caseros buenísimos en esa panadería y Ana quería sorprender a Nahuel.

Con cuatro donuts recién hechos en una bolsa, Ana regresó al apartamento y dejó dos donuts sobre un plato para Ruth y Eva. Puso una cafetera al fuego y preparó dos cafés en dos vasos desechables que le cogió prestados a Eva, que era una adicta al café.

—Buenos días, madrugadora —la saludó Eva—. ¡Qué bien, has preparado café! ¡Y has traído donuts!

Eva se sirvió una taza de café y sentó en uno de los taburetes de la cocina mientras Ana se apresuraba en calzarse los zapatos y coger su bolso. Justo en ese momento, Ruth entraba en la cocina y murmuró con desgana:

—Buenos días.

—Buenos días, Ruth —saludaron con mofa las chicas.

Ruth las fulminó con la mirada y se sirvió una taza de café antes de sentarse en otro de los taburetes de la cocina. Ana y Eva se miraron y sonrieron, Ruth era así recién levantada y ya estaban acostumbradas.

Ana miró su reloj y, al ver que ya eran las ocho, cogió la bolsa con los dos donuts restantes y los dos vasos de café recién hecho y se despidió:

—Nos vemos luego, chicas.

Cuando atravesó el portal del edificio, Nahuel ya la estaba esperando apoyado en su todoterreno. Nahuel se acercó a ella sonriendo y la ayudó a cargar con los cafés mientras ella lidiaba con el bolso y la bolsa de donuts.

—Buenos días —la saludó Nahuel al mismo tiempo que la besaba en la mejilla. La ayudó a montarse en el todoterreno y le preguntó de buen humor—: ¿Qué traes en esa bolsa?

—Según me han dicho, los mejores donuts caseros de la ciudad —respondió Ana divertida—. Y tengo la suerte de vivir a pocos metros de la panadería que los hace.

—Estoy deseando probarlos —le dijo Nahuel arrancando el coche y sonriendo con alegría, contagiándose del buen humor de Ana.

—También he preparado café, sé que prefieres el café de una cafetera casera al de una cafetera industrial.

—Interesante, ¿qué más sabes de mí?

—Sé muchas cosas, pero quiero averiguar muchas más —le respondió Ana con tono sugerente.

Nahuel hacía un gran esfuerzo por mantener el control y reprimir las ganas de besar y devorar a Ana como aquella noche que pasaron en el yate. Sabía que tenía que ser paciente e ir despacio para no asustarla, quería que confiara en él, pero aquello se estaba convirtiendo en una tortura.

Aparcó el todoterreno en el parquin de la Agencia y subieron en ascensor hasta la última planta, donde estaban situados sus respectivos despachos. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, se encontraron con la amplia y socarrona sonrisa de Jason Muller, el socio y a la vez mejor amigo de Nahuel. Ambos amigos se saludaron con un gran abrazo y un choque de puños, Ana no pudo más que sonreír, parecían dos niños vestido de traje.

— ¿A quién tenemos aquí? ¿Es nuestra nueva abogada? —Preguntó Jason dedicándole su mejor sonrisa a Ana.

—Así es, ella es Ana Fernández —le confirmó Nahuel—. La mejor abogada que podría tener la Agencia.

—Has hecho un buen trabajo con esos contratos, en realidad has hecho un buen trabajo con Parker en general —la felicitó Jason y añadió con sorna—: Por cierto, ya que el jefe no me presenta, soy Jason Muller, el director financiero y un gran amigo de Nahuel.

—Encantada de conocerle, señor Muller —le dijo Ana con timidez al mismo tiempo que estrechaba la mano que Jason le ofrecía.

—Por favor, llámame Jason —le dijo Jason divertido al ver que su amigo le fulminaba con la mirada.

Jason se excusó alegando que tenía una reunión por vídeo conferencia en la sala de reuniones y Nahuel y Ana pasaron al despacho de Nahuel, donde desayunaron mientras organizaban el trabajo del día. Nahuel decidió que él se encargaría de Parker y Ana aprovechó para revisar el resto de contratos estándar de los distintos servicios de la Agencia para actualizarlos, aquello le llevaría más de una semana de trabajo, pero estaba dispuesta a hacerlo. Después de desayunar, Ana se retiró a su despacho y Nahuel aprovechó para llamar a Parker y citarlo en su despacho al día siguiente a primera hora de la maña, así evitaría que Parker tratara de volver a invitar a comer a Ana.

Poco después Jason se dirigió al despacho de Nahuel para que lo pusiera al día de las novedades en la Agencia. Jason era el mejor amigo de Nahuel y, cómo no podía ser de otra forma, conocía la historia de ambos y las intenciones de su amigo.

— ¿Qué tal fue ayer? —Preguntó Jason—. Parece que a Ana se le dio muy el primer día, ¿no crees?

—Te dije que si le ofrecía el empleo era porque me había asegurado de que era capaz de hacerlo, te envié un correo con su historial académico y las referencias de la empresa en la que Ana realizó las prácticas, ¿no lo leíste?

—Lo leí para complacerte, pero ya te dije que no era necesario, confío en tu criterio —le aseguró Jason—. Pero cuéntame lo que en realidad quiero saber —insistió Jason con tono burlón—. ¿Sigues pensando en ir despacio con ella o ya has cambiado de opinión?

Jason le había advertido a Nahuel que si trabajaba con Ana no sería capaz de respetar su intención de ir despacio con ella. Conocía muy bien a su amigo y no era de los que luchaban contra la tentación, más bien era de los que le encantaba caer en ella.

—No está siendo fácil, pero de momento lo estoy cumpliendo —le confesó Nahuel—. No mezclar el trabajo con nuestra vida personal es lo que peor llevo.

—A ver si lo adivino, ¿te apetece encerrarte con ella en tu despacho y montártelo sobre la mesa? —Se mofó Jason.

—Va a ser difícil, pero merece la pena —se consoló Nahuel—. Por cierto, quiero que controles a Parker —añadió Nahuel—. Durante la reunión de ayer se insinuó un par de veces a Ana y no dejó de coquetear con ella. Ya sabes cómo actúa y no quiero correr el menor riesgo.

—No te preocupes, lo tengo controlado desde anoche —le tranquilizó Jason—. De todos modos, no creo que Parker se atreva a mandarle flores ni a acosar a una empleada de la Agencia —Nahuel abrió la boca para protestar, pero Jason le interrumpió diciendo—: Lo sé, no quieres correr el menor riesgo con Ana.

Los dos amigos se pusieron al corriente sobre los asuntos de la Agencia y a la hora de almorzar invitaron a Ana a un restaurante cercano a la Agencia. Ana disfrutó de la compañía de ambos hombres, Jason le pareció un tipo muy divertido y le encantaba ver cómo Nahuel se mostraba tan natural con él. Por el momento, aquella locura le estaba saliendo bien.

Los días siguientes siguieron con la misma rutina: Nahuel pasaba a recoger a Ana a las ocho de la mañana, desayunaban juntos en el despacho, trabajan durante el resto de la mañana y salían a algún restaurante a la hora de almorzar. Después, Nahuel la acompañaba a casa y se despedía de ella con un beso en la mejilla hasta el día siguiente. Eso era algo que a Ana la frustraba, pues Nahuel no había vuelto a besarla en los labios.

El viernes por la tarde, cuando Nahuel llevó a casa a Ana después del trabajo, se estaban despidiendo cuando Nahuel le dijo:

—Me gustaría invitarte a cenar mañana por la noche, después podemos ir al cine, a tomar una copa o lo que te apetezca. Ya sabes, una cita.

— ¿Me estás pidiendo una cita? —Le preguntó Ana divertida por el tono tímido de su voz.

—Así es, mañana por la noche —afirmó Nahuel.

—Me encantará salir contigo mañana por la noche —confirmó Ana.

—Entonces, pasaré a buscarte a las siete —concluyó Nahuel. Le dio un beso en la mejilla y añadió antes de subir de nuevo a su todoterreno—: Hasta mañana, preciosa.

Búscame 6.

Ana se dirigió al despacho de Nahuel y se sentó en uno de los sillones. Mientras esperaba a que Nahuel regresara, Ana se dedicó a imaginar lo que Nahuel le diría a continuación. No le había pasado por alto cómo le había agarrado por la cintura con posesión, cómo apretaba los puños cada vez que Parker le dedicaba una mirada o una sonrisa y cómo había dado por finalizada la reunión en cuanto Parker le había propuesto invitarla a comer. Ana pensó que Nahuel le recordaría una de las cláusulas de su contrato: estaba prohibido mantener cualquier tipo de relación sentimental y/o sexual con los clientes.

No tuvo que esperar mucho para descubrir la reacción de Nahuel. Entró en el despacho hecho una furia y cerró la puerta dando un portazo. Se sentó en su sillón tras la mesa de su despacho, miró a Ana con el ceño fruncido y, tras respirar profundamente, le dijo con tono imperativo:

—Mantente alejada de Parker.

— ¿Me lo dice como jefe o como amigo, señor Smith? —Le replicó Ana, a quién no le había gustado nada lo que había sucedido durante aquella reunión.

Ana le desafió con la mirada y Nahuel, tras resoplar y pasarse las manos por la cabeza con nerviosismo, le dijo suavizando su tono de voz:

—Te lo digo como jefe y como amigo. No están permitidas las relaciones de empleados con clientes, has firmado un contrato en el que te comprometes a cumplirlo —le recordó Nahuel—. Y, aunque no trabajaras en la Agencia, te diría lo mismo. Parker no goza de buena reputación en cuanto a las mujeres se refiere, Ana.

—No tengo ninguna intención de mantener ninguna relación sentimental con ningún cliente y mucho menos con uno que está casado y reconoce abiertamente que le es infiel a su esposa constantemente —le espetó Ana molesta.

—Conozco a Parker, Ana. Le has gustado en cuanto te ha visto y no es de los que aceptan un no por respuesta —le replicó Nahuel con el semblante serio—. Solo quiero que, si te molesta, no dudes en decírmelo, ¿de acuerdo? —Ana siguió de morros y con el ceño fruncido, así que Nahuel añadió para aclarar—: Ahora te estoy hablando como jefe, eso se lo diría a cualquier empleada que estuviera en tu situación.

—No te preocupes, serás el primero en saberlo —le contestó Ana.

A Nahuel no le pasó por alto que Ana seguía estando molesta, pero era necesario advertirla que las intenciones de Parker con ella no eran buenas. No tuvo el valor de reconocer ante Ana que además había sufrido un horrible ataque de celos cuándo Parker trataba de seducirla, eso era algo que primero tenía que asimilar. No podía engañarse a sí mismo: estaba celoso.

—Eso espero —murmuró Nahuel y, para relajar la tensión del ambiente, añadió—: Por cierto, has hecho un gran trabajo con Parker, para no saber nada apenas sobre nuestros servicios los vendes muy bien. ¿Cuándo crees que podrás tener listos los contratos de Parker?

—Hoy mismo los redactaré, te los entregaré antes de irme a casa para que los revises y, si todo te parece correcto, mañana mismo podrás llamar a Parker para que los firme —le aseguró Ana.

—Eso sería perfecto, le diré a Jason que se encargue del presupuesto, mientras antes empecemos con esto, antes lo terminaremos —convino Nahuel.

— ¿Jason? —Preguntó Ana con curiosidad.

—Jason Muller, mi socio y mejor amigo —le aclaró Nahuel—. Jason está fuera de la ciudad ocupándose de algunos asuntos, pero regresa mañana y lo podrás conocer. Él se encarga del departamento financiero.

—Pues me voy a mi despacho a redactar esos contratos —le dijo Ana poniéndose en pie.

—Ana, una cosa más —le dijo Nahuel antes de que se marchara. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: ¿Te apetece salir a almorzar conmigo más tarde?

—Búscame, ya sabes dónde encontrarme —le respondió Ana con tono juguetón antes de salir del despacho de Nahuel.

Ana se encerró en su despacho para concentrarse en redactar los contratos de Parker. Sentada frente a la mesa de su despacho, encendió el ordenador portátil y descargó el contrato estándar para esa clase de servicios y lo revisó de principio a fin. Se tomó la libertad de modificar algunas cláusulas y de quitar y añadir otras. Modificó algunos párrafos del contrato para que resultaran más concisos y entendibles. Por último, Ana añadió los datos del cliente, describió con precisión los distintos servicios que la Agencia le iba a ofrecer y pulsó la tecla imprimir.

Justo en el momento en el que los contratos salían de la impresora, Nahuel llamó a la puerta de su despacho, la abrió y le preguntó a Ana:

— ¿Estás lista para salir a comer?

—Llegas justo a tiempo, aquí tienes los contratos de Parker —le dijo Ana al mismo tiempo que le entregaba los documentos—. Me he tomado la libertad de modificar el contrato estándar para que sea más conciso y más entendible.

—Resolutiva, con iniciativa y muy eficaz, y todo en tu primer día —la premió Nahuel.

—Tendrás que esperar a revisarlos antes de afirmar eso —le contradijo Ana—. Puede que no te convenzan las modificaciones que he hecho.

—Lo revisaremos juntos después, ahora vamos a almorzar —concluyó Nahuel con una amplia sonrisa mientras guardaba los documentos en su maletín.

Nahuel estaba contento. No solo se había asegurado ver todos los días a Ana, también había contratado a la mejor abogada para la Agencia. Había entendido el negocio al instante, se había llevado a su terreno a uno de los clientes más importantes de la Agencia y había redactado unos nuevos contratos en un tiempo récord. Para celebrarlo, Nahuel decidió llevarla a almorzar a una masía situada a las afueras de la ciudad, donde pretendía pasar la tarde tranquilamente con ella.

Ana se sintió confusa cuando Nahuel aparcó el coche frente a una masía de campo a las afueras de la ciudad, pensó que inevitablemente estaba mezclado la vida laboral con la personal, dudaba que se llevara a todos sus empleados a almorzar a un sitio como aquel. Pero no dijo nada, a pesar de todo, Ana quería llegar hasta el final de aquella locura de verano que se estaba alargando a una locura de otoño. Sabía que existía una alta probabilidad de salir escaldada con esa historia, pero la tentación y la necesidad de estar con Nahuel le impedían pensar con lucidez.

Mientras almorzaban, Nahuel le hizo algunas preguntas sobre su familia, sobre su pueblo natal y sobre su infancia. Quería saberlo todo de ella y, cuanto más escuchaba, más le gustaba Ana. Después de almorzar, Nahuel le propuso pasar al jardín de la masía para acomodarse en una zona chill-out bajo la sombra de los árboles donde revisaron los contratos que Ana había redactado. De una manera sutil y eficaz, Nahuel se salió con la suya y pasó la tarde con ella.

Eran las siete y media de la tarde cuando Nahuel dejó a Ana frente al portal del edificio de su apartamento. Nahuel se bajó del coche y la acompaño hasta la misma puerta, allí se despidieron.

—Paso a recogerte mañana a las ocho, traeré el desayuno —le dijo Nahuel.

—Puedo ir caminando hasta a la Agencia, no es necesario que te molestes en venir a buscarme.

—No es ninguna molestia, es un placer —le susurró Nahuel.

—Está bien, pero mañana me encargo yo del desayuno —sentenció Ana—. Hasta mañana, Nahuel.

—Hasta mañana —le respondió Nahuel y acto seguido le dio un leve beso en los labios. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió mientras caminaba hacia su coche—: Mañana a las ocho, no lo olvides.

Cómo si pudiera olvidarlo, pensó Ana mientras lo veía alejarse en su todoterreno negro.

Cita 84.

“Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.”

Jorge Luis Borges.