Archivo | julio 2017

Cita 80.

“Cuando no se piensa lo que se dice es cuando se dice lo que se piensa.”

Jacinto Benavente. 

El último verano (II/V).

Tras pasar la primera semana en la costa haciendo turismo y relajándose en la playa, las chicas estaban cargadas de energía y deseaban divertirse a lo grande: había llegado el momento de proyectar ese verano de locura en el que llevaban pensando todo el año.

Las tres amigas estaban tomando el sol en una pequeña cala a la cual solo se podía acceder a pie y de la que habían oído hablar a un grupo de chicas. Las oyeron decir que era una cala paradisíaca a la que no iba casi nadie, así que decidieron ir a pasar el día. Cuando llegaron a la cala tras caminar más de treinta minutos bajo el sol abrasador, las tres estaban exhaustas. Dejaron todas sus cosas cerca de la orilla y se dieron un rápido chapuzón para refrescarse.

Una hora más tarde, estaban tumbadas sobre una toalla y cada una pensaba en sus cosas: Ruth pensaba en David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio donde pararon a desayunar y del que no tenía ninguna noticia; Eva leía una novela erótica y pensaba que ojalá pudiera ser como la protagonista, una mujer fuerte, segura de sí misma y dispuesta a descubrir todo el placer que el sexo le pueda otorgar; y Ana escuchaba música en su IPod mientras pensaba en las ganas que tenía de salir por ahí a bailar.

Tan exhortas estaban en sus pensamientos que no se dieron cuenta que había llegado un grupo de visitantes a la pequeña cala. Cuatro chicos esbeltos y musculosos cargaban con sus tablas de surf hacia a la orilla y un perro de tamaño medio les seguía. El grupo de chicos reparó en seguida en las tres forasteras totalmente ajenas a su presencia y que tomaban el sol haciendo topless.

El perro de los cuatro chicos, un labrador de color canela, se acercó a las chicas sigilosamente y, sin que Eva se diera cuenta, el perro agarró con la boca la parte superior de su bikini y, cuando Eva se percató, gritó histérica:

— ¡Maldito chucho, suelta eso! —El perro se asustó ante los gritos de Eva y huyó con la parte superior de su bikini. Eva se levantó dispuesta a salir tras el perro, pero entonces vio a los cuatro chicos y se tapó los pechos con ambos brazos—. Joder, ¡vuestro chucho me ha robado el bikini! —Vociferó Eva.

Ruth y Ana no podían parar de reír, Eva las fulminó con la mirada pero ellas todavía rieron con más ganas. Ambas se habían puesto la parte superior del bikini en cuanto Eva lanzó el primer grito. Eva se colocó el pareo a modo de top y se acercó a los chicos hecha una furia.

— ¿Podéis quitarle mi bikini a vuestro chucho? —Les espetó malhumorada—. Y no estaría mal que, ya que no le habéis adiestrado bien, al menos lo atarais.

—Thor, ven aquí —le ordenó uno de los chicos al perro.

Thor obedeció de inmediato y se acercó junto al chico, que sonreía burlonamente bajo la atenta mirada de sus tres amigos, de Eva y de las otras dos chicas.

Se agachó para quedar a la altura del perro y, colocando su mano bajo el hocico del animal, le ordenó:

—Thor, dámelo.

Thor obedeció de nuevo, soltó la parte superior del bikini que cayó sobre la mano del chico. Thor miró de reojo a Eva y dio media vuelta, marchándose con parsimonia hacia a la orilla.

—Aquí tiene, mi lady —le dijo el chico sin dejar de sonreír mientras le entregaba su bikini a Eva—. Quizás quieras enjuagarlo antes de ponértelo, me temo que Thor lo ha babeado un poco —se mofó, causando las risas de Ana y Ruth, que fueron silenciadas de inmediato tras una fulminante mirada de Eva. El chico sonrió ampliamente y, guiñándole un ojo, le dijo a Eva con descaro—: Pero, si te soy sincero, yo prefiero que no te lo pongas.

— ¡Tú eres un salido! —Vociferó Eva.

Ana y Ruth volvieron a estallar en carcajadas, contemplando aquella divertida escena. Pero los chicos no conocían a Eva, así que se sorprendieron bastante ante la reacción de ella. El chico rubio que le había devuelto el bikini dejó de sonreír y la miraba con el ceño fruncido, sin terminar de creerse lo que estaba ocurriendo.

—Eva, no ha pasado nada —trató de mediar Ana.

—No es necesario que montes un drama —la regañó Ruth.

—Chicas, ¿qué os parece si os invitamos a unas cervezas y hacemos como si nada de esto hubiera ocurrido? —Propuso uno de los chicos, el pelirrojo de ojos verdes—. Por cierto, soy Jaime y ellos son mis amigos Derek, Víctor y Javier.

Jaime señaló primero a Derek, el chico rubio de ojos azules que había rescatado el bikini de Eva; después señaló a Víctor, el moreno exótico de ojos oscuros; y por último a Javier, el chico alto y delgaducho con el cabello de rastas.

—Yo soy Ruth y ellas son mis amigas: Ana y Eva —se presentó Ruth amablemente.

Eva resopló, ladeó la cabeza y caminó hacia a la orilla para enjuagar su bikini en el mar.

— ¿Siempre es así de simpática? —Preguntó Derek con sarcasmo.

—No, por regla general suele ser más borde —le respondió Ruth divertida—. Habéis tenido suerte de que esté de vacaciones, si estuviera con los exámenes finales como hace un par de meses, ¡os habría comido!

Todos se echaron a reír y Eva, cada vez más molesta por la presencia de aquellos cuatro chicos y el perro, se dirigió directamente de la orilla a su toalla, donde se tumbó boca abajo para quitarse el pareo de top mientras esperaba que su bikini se secara.

Thor se acercó a Ana y ella lo acarició, le encantaban los animales.

—Le gustas —confirmó Derek mientras sacaba unos botellines de cerveza de la nevera portátil que habían traído. Le entregó un botellín a Ana y Ruth y después a cada uno de los chicos. Se detuvo para observar a Eva a pocos metros de donde estaban, tumbada en la toalla boca abajo. Suspiró y le preguntó a las chicas—: Si le llevo una cerveza, ¿me la tirará a la cabeza?

—Es probable, pero yo me arriesgaría —lo animó Ana—. Eva necesita relajarse, es como si hubiera crecido en un cuartel militar.

Ana y Ruth se quedaron junto a los recién llegados tomando una cerveza fresquita, pero Derek decidió arriesgarse y, tras coger un par de botellines más de la nevera portátil, caminó con una sonrisa socarrona en los labios hacia donde estaba Eva.

—Creo que hemos empezado con mal pie —empezó a decir Derek. Eva resopló, pero agarró el pareo para cubrirse el pecho y se incorporó sentándose en la toalla. Derek le entregó el botellín de cerveza y ella lo acepto con una media sonrisa—. Vaya, pero si sabes sonreír.

—Tienes una curiosa forma de firmar una tregua —le reprochó Eva.

—También es curiosa tu forma de hacer amigos —replicó Derek molesto por la actitud de ella.

—A lo mejor es que no quiero que seas mi amigo.

—A lo mejor yo tampoco quiero que una amargada como tú sea mi amiga —gruñó Derek cuando se le acabó la paciencia—. Mi lady, creo que debes recordar que no estás en una base militar. Te vendría bien relajarte y desinhibirte un poco, darle una alegría al cuerpo es lo que más necesitas.

Dicho eso, Derek dio media vuelta y regresó junto a sus amigos y las chicas, ninguno se había perdido detalle de la conversación.

— ¿Todo bien, Derek? —Le preguntó Jaime al ver a su amigo con la mandíbula tensa, apretando los dientes.

—Sí, voy a hacer un poco de surf respondió Derek de malhumor.

Derek cogió su tabla de surf y se adentró en el mar. Víctor y Javier le siguieron, pero Jaime, el pelirrojo del grupo, prefirió quedarse a charlar con las chicas.

—Conozco a Derek desde que tengo uso de razón y jamás lo había visto perder la paciencia de esta manera —comentó Jaime.

—Eva suele causar ese efecto, pero es un amor, solo hay que conocerla un poco para poder quererla —opinó Ruth.

— ¿Es que no os habéis dado cuenta de la tensión sexual que hay entre esos dos? —Les preguntó Ana rodando los ojos ante lo evidente.

—Derek no es para nada el tipo de Eva —declaró Ruth—. Y me temo que Eva tampoco es para nada el tipo de Derek.

—Los polos opuestos se atraen —dejó caer Jaime.

Finalmente, Eva decidió acercarse de nuevo a donde estaban sus amigas y Jaime, aprovechando que Derek seguía practicando surf con Víctor y Javier. Sin decir nada, se sentó en una toalla de los chicos junto a Ana y contempló las vistas desde la orilla. Detuvo su mirada en Derek, verlo sobre la tabla de surf montando las olas la excitó. Eva tuvo que reconocerse a sí misma que, aunque Derek la había puesto de los nervios, le atraía y mucho.

— ¿Tú no haces surf? —Le preguntó Ruth a Jaime.

—No se me da demasiado bien —confesó Jaime.

Thor empezó a ladrar y salió corriendo hacia el sendero por dónde habían llegado. Ana volteó la cabeza pero no vio a nadie llegar, así que llamó a Thor para que no se alejara.

—Thor, ven aquí —gritó.

—Tranquila, debe ser Nahuel, el hermano de Derek —le dijo Jaime—. Vive en la gran ciudad, pero ha venido a pasar unos días a la costa para ver a la familia y a los amigos.

Ana fue la primera en ver aparecer a Nahuel, pero se quedó tan impresionada que no pudo ser capaz de avisar a los demás. Ana supo que era él nada más verlo, era la misma imagen que Derek pero con unos seis o siete años más y con más cuerpo de hombre. Ana lo observó caminar hacia donde ellos estaban y se mordió el labio inferior cuando lo vio quitarse la camiseta y dejó al descubierto su torso firme y sus abdominales bien definidos.

—Jaime, te veo muy bien acompañado —saludó Nahuel mirando a Ana, quien no había dejado de observarle.

—No podría estar mejor acompañado —lo saludó Jaime estrechándole la mano al recién llegado—. Ellas son Eva, Ruth y Ana —añadió señalando a las chicas al mismo tiempo que las nombraba—. Chicas, él es Nahuel, el hermano de Derek.

—Encantada de conocerte —lo saludó Ruth.

—Lo mismo digo —le respondió Nahuel con una amplia sonrisa. Eva lo saludó con un leve gesto de mano y Nahuel le respondió de igual manera. Dio media vuelta y quedó frente a Ana—. Un placer conocerte, Ana.

—Lo mismo digo, Nahuel —lo saludó Ana mostrándole una sonrisa coqueta.

Nahuel enceró su tabla de surf y, cuando se puso en pie para dirigirse a la orilla, se volvió hacia Ana y le preguntó mirándola con intensidad:

— ¿Quieres surfear?

—Me encantaría, pero me temo que para eso necesitaré algún curso intensivo de aprendizaje —le respondió Ana con tono sugerente.

—Estás de suerte, el curso intensivo de aprendizaje acaba de comenzar —le respondió Nahuel divertido. Le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie y añadió—: ¿Has hecho surf alguna vez?

—Jamás en la vida —confesó Ana.

—Genial, adoro los retos —le susurró Nahuel al oído.

Ambos caminaron hacia a la orilla y se adentraron en el mar. Nahuel le explicó a Ana la teoría resumida para ponerse en pie sobre la tabla de surf, pero ella estaba más pendiente de sus carnosos labios y de su cuerpo de infarto que de lo que decía Nahuel. Cuando llegó la parte práctica, Ana no fue capaz de ponerse de pie sobre la tabla, perdía el equilibrio constantemente y caía al agua.

—Me temo que vas a necesitar más de un curso intensivo de aprendizaje —bromeó Nahuel una hora más tarde, cuando Ana consiguió por fin ponerse en pie sobre la tabla de surf y mantener el equilibrio.

—Tendré que hablar con mi profesor para que me dé más clases —le siguió la broma Ana.

—Si de verdad quieres aprender, me ofrezco a enseñarte —le propuso Nahuel—. Pero debes comprometerte a tomártelo en serio.

—Acepto —le confirmó Ana sonriendo.

—De acuerdo, todos los días de lunes a viernes a las ocho de la mañana en esta misma cala —sentenció Nahuel—. Pasaré a recogerte al apartamento donde te alojas con tus amigas.

Regresaron junto a las chicas y Jaime y pocos minutos después se unieron a ellos Derek, Javier y Víctor. Se acomodaron cada uno en una toalla y se tomaron una cerveza tras otra mientras charlaban alegremente, pero la conversación estrella del día fue el motivo por el cual las chicas habían hecho ese viaje.

Derek y Nahuel se miraron y se sonrieron con complicidad cuando las chicas les dijeron que habían viajado a la costa para disfrutar del último verano sin responsabilidades, para disfrutar de un verano de locuras y nuevas experiencias.

El sol se estaba poniendo cuando todos decidieron regresar: las chicas a su apartamento alquilado y los chicos a sus respectivas casas. Ana le dio la dirección del apartamento a Nahuel y él le aseguró que pasaría a recogerla a las ocho de la mañana del día siguiente.

Cuando llegaron al apartamento, Ruth reparó en que se había olvidado su teléfono móvil sobre la encimera de la cocina y lo cogió para comprobar si tenía llamadas perdidas o algún mensaje. Efectivamente, tenía dos llamadas perdidas: una de su madre y otra de David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio. También tenía un mensaje de David: “Lo siento, preciosa. No voy a poder ir a la costa hasta dentro de un par de días, me ha surgido un imprevisto. Pero si continuas queriendo que vaya, seguiré estando encantado de ir. Tengo grabado a fuego tu `no te arrepentirás`. Besos. David.”

Ruth se puso a gritar y a saltar loca de contenta, llevaba unos días un poco de bajón por la falta de noticias de David, pero finalmente había dado señales de vida y, lo más importante, le había dicho que vendría en un par de días.

El último verano (I/V).

Ana estaba nerviosa. Hizo y deshizo su maleta tantas veces que había perdido la cuenta, no quería olvidarse nada.

Tan solo habían pasado unos días desde que se había licenciado en derecho y ya había dejado la habitación que compartía con Ruth y Eva en la universidad. Echarían de menos sus años universitarios, pues además de estudiar se habían divertido muchísimo en la facultad. Las tres amigas se conocieron en el instituto y desde entonces eran inseparables. A pesar de estudiar carreras distintas, las tres escogieron la única universidad de la región en la que podrían estudiar juntas, una universidad situada a 300km de su pueblo natal. Las tres tenían varias entrevistas de trabajo en septiembre, así que decidieron quedarse en la ciudad y alquilar un apartamento de tres habitaciones en el que poder instalarse juntas.

Era el último verano antes de adentrarse en la edad adulta, centrarse en su trabajo y puede que en unos años formar una familia, así que decidieron hacer un viaje a la costa para celebrar el fin de sus estudios.

— ¡Deja de hacer y deshacer la maleta, me estás poniendo nerviosa! —Le repitió Ruth a Ana por enésima vez—. Lo llevas todo, lo has comprobado quince veces.

—Será mejor que vayamos a dormir ya, nos espera un largo viaje y saldremos al amanecer para llegar a la costa antes de que anochezca —les recordó Eva.

Se fueron a dormir, o al menos lo intentaron. Estaban demasiado nerviosas pensando en todo lo que les depararía ese viaje. Sin lugar a dudas, ese viaje marcaría un antes y un después en sus vidas.

Una hora después de que amaneciera, las tres amigas cargaban su equipaje en el maletero del coche de Ana, un viejo monovolumen heredado de su madre.

—Conduciremos por turnos, dos horas cada una y vuelta a empezar. Serán un total de doce horas, las horas en coche que nos separan de la costa —organizó Eva, recién licenciada en dirección de empresas—. Ruth, tú conducirás en el último turno, estás aquí de pie y tengo dudas de si sigues despierta.

—Sigue dormida —le confirmó Ana. Abrió la puerta trasera del coche y, haciendo un gesto para que Ruth se acomodara en los asientos, le ordenó—: Ruth, a dormir.

Ruth no les replicó, se subió al vehículo y se acomodó en los sillones para seguir durmiendo. Ana se ofreció a conducir en el primer turno, una vez levantada ya no volvería a coger el sueño. Durante las siguientes dos horas Ana condujo concentrada en la carretera y en las indicaciones que Eva le iba dando para no desviarse del camino.

—Para en la siguiente área de servicio y despertamos a la marmota para desayunar —le dijo Eva a Ana, refiriéndose a Ruth.

—Te he oído, bruja —protestó Ruth medio dormida.

Las tres amigas se echaron a reír a carcajadas. Ana aparcó el coche y caminaron alegres hacia a la cafetería.

—Pedirme un café y un bocadillo de longaniza, por favor —pidió Ruth—. Voy a lavarme la cara a ver si me despejo un poco.

—No olvides quitarte la baba de la mejilla —se mofó Eva.

Ruth le sacó la lengua y se marchó sonriendo en busca de un baño.

—Estoy hambrienta, vamos a pedir algo de comer —decidió Ana acercándose a la barra donde un joven camarero la recibió con una amplia sonrisa.

—Buenos días —las saludó el joven camarero.

—Buenos días —saludaron ambas al unísono y Ana añadió—: Por favor, pónganos tres cafés cortados, uno de ellos con la leche natural. Y también un bocadillo de tortilla con queso.

—Yo quiero un bocadillo de jamón y para Ruth un bocadillo de longaniza —le dijo Eva.

—Podéis tomar asiento, en seguida os lo llevo a la mesa —les dijo el camarero dedicándoles su mejor sonrisa.

Eva y Ana también sonrieron, el chico era muy atractivo y además simpático. Se acomodaron en una de las mesas y pocos minutos después apareció Ruth, ya con la cara lavada y más despejada. Al mismo tiempo que Ruth tomaba asiento con sus amigas, el camarero se acercaba sosteniendo con una mano la gran bandeja que contenía todo lo que habían pedido.

—Aquí tenéis el desayuno, chicas —anunció el sonriente camarero.

— ¿De dónde ha salido este bombón? —Preguntó Ruth sin dejar de mirar al aludido. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: Vivo en la ciudad, a un par de horas de aquí, y me voy de vacaciones a la costa, a unas diez horas de aquí. Pero, si estás dispuesto a recorrer todos esos kilómetros, no te arrepentirás —le guiñó un ojo con complicidad y anotó su número de teléfono en una servilleta que doblo e introdujo con descaro en el bolsillo delantero del camarero—. Llámame si no me encuentras.

El camarero, lejos de ofenderse o de tomar a Ruth por una loca, le dedicó una sonrisa que confirmó que haría todo lo posible por ir a su encuentro, aunque tuviera que conducir toda una noche.

Después de desayunar, las chicas se despidieron del camarero, Ruth se acercó a él y le susurró al oído antes de besarle levemente en los labios y marcharse:

—No te arrepentirás, no lo olvides.

—No lo olvidaré, te lo aseguro —le aseguró—. Por cierto, me llamo David. Y tú eres…

—Ruth, pero tú puedes llamarme como quieras.

David agarró a Ruth por la cintura, la estrechó contra su firme torso y le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estarás todo el mes en la costa?

—Sí.

—Dame siete días para organizarme y allí estaré, iré a por ti, pequeña leona.

Ruth ronroneó cerca del oído de David y él tuvo que contener sus ganas de poseerla allí mismo. Ambos se despidieron con una intensa mirada y una promesa no verbal de lo que ocurriría si volvían a encontrarse.

— ¿A qué ha venido eso? ¿Es que te has vuelto loca? —Le espetó Eva a Ruth en cuanto se subieron al coche.

—Estoy de vacaciones, es el último verano que puedo permitirme hacer locuras y las voy a hacer todas —sentenció Ruth—. ¡Y vosotras deberíais hacer lo mismo o dentro de veinte años os arrepentiréis!

— ¡Sí, señor! —Exclamó Ana llevándose la mano a la frente a modo de saludo militar al mismo tiempo que estallaba en carcajadas.

—Brujas —refunfuñó Ruth sin poder aguantar la risa.

Continuaron con el itinerario previsto y, cuando Eva cumplió sus dos horas conduciendo, le tocó el turno a Ruth. Tan solo pararon en un área de descanso para cambiar de conductor y siguieron su camino. Dos horas más tarde le tocó el turno a Ana y decidieron parar a almorzar en una masía rural que les había recomendado una compañera de la universidad.

—Este lugar es fantástico, pararemos de nuevo a la vuelta —comentó Eva animada.

—Chicas, antes de seguir conduciendo, creo que deberíamos escribir algo en el diario de abordo —sugirió Ruth emocionada—. Si no os importa, yo me voy a poner a ello.

El diario de abordo no era otra cosa que tres libretas que habían comprado en la papelería de la esquina de la calle de su nuevo apartamento. Habían decidido escribir la experiencia de este viaje e ilustrarlo con fotos (habían comprado una Polaroid) con la intención de crear un bonito recuerdo para el futuro.

Las tres amigas redactaron unas líneas en sus respectivas libretas sobre cómo se sentían en el inicio del tan esperado viaje en el que apenas habían recorrido la mitad del trayecto para llegar a su destino.

—Vamos a sacarnos una foto para añadirla al diario de abordo —propuso Ana.

—Necesitaremos tres fotos —comentó Eva, siempre tan precisa.

—Disculpe, caballero —le dijo Ruth a un hombre de unos cuarenta años que leía el periódico sentado en la mesa de al lado. El hombre prestó toda su atención a Ruth y ella añadió con una amplia sonrisa—: ¿Le importaría tomarnos tres fotos?

—Será un placer hacer de fotógrafo para tres bellezas —asintió el hombre encantado.

Las chicas posaron sonrientes y el hombre les tomó tres fotos, una para cada una.

—Muchas gracias —le agradecieron ellas.

Cada una pegó su foto en su diario de abordo y decidieron continuar con su viaje hacia a la costa.

Cuando llegaron al pueblecito costero donde habían alquilado el apartamento en primera línea de playa, ya eran más de las ocho de la tarde. Entraron en el edificio de cinco plantas y montaron en el ascensor para llegar a la última planta, donde se encontraba su apartamento. Se quedaron maravilladas al entrar: era un apartamento de nueva construcción, de arquitectura y decoración moderna y con una enorme piscina que compartían con los vecinos de los otros diecinueve apartamentos. Se instalaron cada una en sus respectivas habitaciones y después decidieron salir a la calle en busca de algún establecimiento de comida rápida para cenar. Encontraron un restaurante chino con servicio take away y no se lo pensaron dos veces: encargaron comida china para llevar.

Cenaron en el apartamento, estaban tan cansadas del viaje en coche y decidieron quedarse allí la primera noche.

—No me había imaginado nuestra primera noche aquí de esta manera, pero estoy demasiado cansada hasta para levantarme del sofá —comentó Ruth.

—Podríamos aprovechar para repasar el planning de las vacaciones —propuso Eva provocando las risas de Ruth y que Ana rodara los ojos—. Quiero que sean unas vacaciones perfectas, puede que sean las últimas vacaciones que coincidimos las tres con días libres para viajar.

—Está bien, Eva —la complació Ana—. Repasemos el planning.

—Bien —aplaudió Eva satisfecha—. Vamos a pasar cuatro semanas en la costa. La idea principal del viaje es pasar el último verano juntas antes de entrar en la edad adulta.

—Dicho así suena fatal —protestó Ruth.

—También queremos que sea un verano de locuras —continuó Eva ignorando la interrupción de Ruth—. Propongo que la primera semana la disfrutemos juntas, podemos hacer turismo, ir a la playa a tomar el sol o a donde queráis. Durante las siguientes dos semanas tendremos libre albedrío para hacer lo que queramos, juntas o separadas, será nuestra oportunidad para cometer las locuras que queramos.

— ¿Y la última semana? —Quiso saber Ana al ver que Eva se quedaba callada.

—La última semana la dedicaremos a descansar y a contarnos con todo detalle lo que hemos hecho durante todo el viaje —concluyó Eva.

—Chicas, vamos a hacer un brindis —propuso Ana. Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para coger una botella de champagne que habían traído de la ciudad. Cogió tres copas y regresó al salón para servirlas—. Por nuestras últimas vacaciones sin responsabilidades —entrechocaron sus copas y dieron un largo trago—. Y porque, lo que pase en la costa…

— ¡Se queda en la costa! —Gritaron las tres al unísono y se echaron a reír.

Tras las risas y los brindis, decidieron hacerse una nueva foto con la Polaroid para añadir a sus diarios de abordo.

Durante los días siguientes las chicas lo dedicaron a hacer turismo por la zona, haciéndose las típicas fotos junto a los monumentos, los edificios significativos y los más bellos paisajes; fueron a la playa a tomar el sol, hicieron snorkel y alquilaron una barca a pedales; pasearon por las calles del centro del pueblo contemplando los escaparates de las tiendas, diseñados para atraer y distraer a los turistas.

Cumplieron con el planning creado por Eva para la primera semana, pero ahora venían las dos semanas de libre albedrío que las tres amigas tanto ansiaban y necesitaban.

Tú eres mi destino 23.

Tras dos largas horas de vuelo, el jet privado en el que viajaban Alysa y Alberto aterrizó en la isla del maestro Lee. Se había librado de la ira y de su sed de venganza, había entendido lo que tantas veces el maestro Lee le había dicho: “Tu sed de venganza se desvanecerá en cuanto algo más importante aparezca en tu vida.”  No se había dado cuenta de cuánto le importaba Alberto hasta que se había encontrado con mucho tiempo en que pensar mientras esperaba la llegada de Ricardo Peláez y el Lobo y tuvo un fuerte pinchazo en el corazón al imaginar que algo le podía pasar a Alberto. Entonces se dio cuenta que todo aquello resultaba estúpido si una de las personas a las que más quería en el mundo perdía la vida.

Alberto se había pasado las dos horas de vuelo observando cómo Alysa miraba por la ventanilla del avión sin decir nada, totalmente ausente. Parecía mucho más vulnerable y delicada de lo que jamás se lo había parecido y temió que, una vez completada su misión, Alysa saliera de su vida de la misma manera que entró, en un abrir y cerrar de ojos.

Al bajar del avión, se encontraron con Diego, Marcos, Dave, el maestro Lee, los dos hombres de seguridad de Diego y algunos discípulos del maestro Lee dándoles la bienvenida. Alysa sonrió con timidez, disfrutando de aquella sensación de sentirse en casa con su familia. Habían cambiado muchas cosas desde la última vez que estuvo allí, a pesar de que apenas habían transcurrido unos días, ella ya no era la misma.

Alberto y Alysa se vieron envueltos en un maremoto de abrazos y Alberto tuvo que hacer un esfuerzo para no llevarse a Alysa a la fuerza a su habitación y tener “esa conversación” que a punto estaba de volverlo loco. Alberto no quería ni imaginarse el motivo por el que Alysa estaba tan ausente, temía que la única mujer de la que se había enamorado se alejara de él.

—Dejad a los chicos que vayan a sus habitaciones, necesitarán descansar —sentenció el maestro Lee tras cenar y tener una breve charla en el salón—. Mañana ya nos terminarán de contar los detalles.

—Con vuestro permiso, yo me retiro ya —les dijo Alysa con la cabeza en otra parte—. Buenas noches.

—Te acompaño —le dijo Alberto levantándose del sillón—. Hasta mañana.

—Hasta mañana —les despidieron todos los presentes.

Alysa y Alberto subieron por las escaleras a la planta superior y se detuvieron en mitad del pasillo frente a la puerta de sus respectivas habitaciones. Alberto le dijo a Alysa con un ligero titubeo en la voz:

—Bueno, será mejor que descanses —le dio un beso en la mejilla y añadió—: Mañana, cuando ambos estemos más tranquilos, ya hablaremos.

Aquello no le gustó nada a Alysa, que se oyó decir:

— ¿De qué quieres que hablemos mañana? ¿Y por qué mañana y no ahora?

—Mejor mañana porque ahora parece que tu cabeza está en cualquier otro lugar excepto aquí, donde quiero que esté cuando hablemos —le contestó Alberto forzando una pequeña sonrisa.

—Supongo que tienes razón, he estado un poco distraída toda la tarde y también durante la cena —le confirmó Alysa—. Pero, si tienes algo que decirme, prefiero que me lo digas ahora.

—Es tarde y ha sido un día duro, podemos esperar a mañana —insistió Alberto.

— ¿Piensas dormir en tu habitación? —Le preguntó Alysa enfurruñada.

— ¿Quieres que duerma contigo? —Le preguntó Alberto sorprendido.

— ¿De verdad necesitas preguntarlo? —Le reprochó Alysa—. Alberto, ¿qué es lo que ocurre?

Alberto la abrazó, la estrechó entre sus brazos y le susurró al oído:

—Cariño, quiero dormir contigo todas las noches del resto de mi vida.

Alysa le sonrió, le besó en los labios apasionadamente y lo arrastró a su habitación donde cerró la puerta con llave nada más entrar.

—No se me dan muy bien estas cosas, así que trataré de hacerlo lo mejor que pueda —le adelantó Alysa—. Hasta esta mañana he creído que mi prioridad más absoluta era vengar la muerte de mis padres, pero cuando estaba en casa de Ronald esperando a que el Lobo y Ricardo Peláez aparecieran de un momento a otro, me he dado cuenta que mi prioridad absoluta había cambiado y eso ha hecho que me plantee muchas cosas, por eso mi cabeza ha estado en otra parte todo el día. No me importaba en absoluto lo que les ocurriera a cualquiera de los tres, lo único que me importaba era que todo aquello acabara cuanto antes y asegurarme de que no te pasaba nada —hizo una pausa en la que ambos intercambiaron una mirada cargada de intensidad y añadió—: Cuando estoy contigo me siento feliz, segura y cómoda, me gusta poder hablar contigo de cualquier cosa y me encanta compartir mi cama contigo.

—Pero… —La animó Alberto a continuar temiéndose lo peor.

—Pero hay muchas que aún no te he contado y quizás las necesites saber para entenderme mejor —le dijo Alysa con un hilo de voz—. Desde que mis padres murieron he tenido pesadillas todas las noches, excepto las noches en las que he dormido contigo. El maestro Lee dice que es porque contigo me siento segura y puedo relajarme sin temor alguno.

— ¿Y crees que el maestro Lee tiene razón? —Le preguntó Alberto sin saber a dónde iría a parar aquella conversación—. Por cierto, ¿hablas con él sobre nuestros encuentros nocturnos?

—El maestro Lee es un hombre muy sabio, me gustaría que le conocieras mejor —le contestó Alysa tratando de contener la risa—. Y sí, creo que tiene razón en eso y en muchas otras cosas más. El caso es que ahora tú te has convertido en mi prioridad.

Alberto se acercó a Alysa y le dijo con una sonrisa divertida:

—Cariño, quiero oírtelo decir.

—Te quiero —le complació Alysa.

Alberto le devoró la boca con urgencia, escucharla decir aquellas dos palabras le había convertido en el hombre más feliz de la tierra y, cuando logró separar sus labios de los de ella, le susurró antes de hacerle el amor más apasionadamente que nunca:

—Tú eres mi destino.

 

FIN

Cita 79.

“La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros.”

Marguerite Duras.