Archivo | junio 2017

Tú eres mi destino 12.

Alberto conducía a más de 150 km por hora, deseando llegar al maldito aeropuerto privado de Sunville para comprobar con sus propios ojos que su padre y Alysa estaban en perfecto estado y sin un solo rasguño. Su padre le había dicho por teléfono que ambos estaban bien, pero su tono de voz no le había tranquilizado en absoluto.

Diego vio llegar un coche y, cuando vio que le hacían luces, le dijo a Alysa:

—Ya están aquí, Alysa.

—El avión del maestro Lee no tardará en llegar —comentó Alysa haciendo un tremendo esfuerzo por mantenerse en pie.

Diego la ayudó a sostenerse y cuando Alberto bajó del coche de alquiler y llegó hasta a ellos corriendo, se detuvo con el gesto de horror frente a ambos.

—Alysa, ¿qué te ocurre? —Le preguntó con la voz rota mientras la abrazaba y la estrechaba entre sus brazos.

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero en ese mismo momento Alberto notó la humedad que emanaba del brazo de Alysa al abrazarla y se percató de tenía el jersey completamente empapado en sangre.

— ¿Pero qué cojones te ha pasado? —Preguntó Alberto con el rostro descompuesto y fulminó a su padre con la mirada—. ¿Pensabas decírmelo cuando se desangrara?

Diego agachó la cabeza y calló, se sentía responsable de lo que le había ocurrido a Alysa y no le había dicho nada a su hijo porque ella así se lo había pedido.

Marcos y los dos guardas de seguridad que habían viajado en el coche con Alberto llegaron hasta donde ellos estaban y Marcos, al ver que tan solo estaban Alysa y Diego, les preguntó:

— ¿Dónde están los cuatro guardas de seguridad que se quedaron con vosotros en casa?

—Los sicarios de Ronald les han matado, a todos —se lamentó Diego.

Todos guardaron silencio, estaban demasiado consternados para hablar. Alysa ya no tenía fuerzas para sostenerse y las piernas le empezaban a temblar, pero Alberto se dio cuenta y la cogió en brazos.

El avión del maestro Lee aterrizó y Alysa se alegró al ver aparecer a Dave, otro hijo adoptivo del maestro Lee al que quería como a un hermano y que además era médico, así que no moriría desangrada antes de llegar a la isla del maestro Lee.

— ¡Alysa! —Gritó Dave preocupado mientras se acercaba corriendo para llegar a su lado—. ¡Joder, debiste dejarme ir contigo!

Dave cogió a Alysa arrebatándosela a Alberto de los brazos y se encaminó hacia el avión tras hacerles un gesto con la cabeza a los cinco desconocidos que tenía delante para que subieran al avión con él. Subieron al avión y mientras Dave colocaba a Alysa sobre la cama del pequeño camarote, le dijo al piloto que despegara ya. Se volvió hacia los cinco hombres que le observaban en silencio y les dijo:

—Soy Dave y soy médico. Sentaos y abrochaos los cinturones mientras despegamos —miró a Alberto que parecía desafiarle con la mirada y le dijo—: Voy a tratar de parar la hemorragia de Alysa, ha perdido mucha sangre y nos quedan por delante tres horas de vuelo. Necesitaré a alguien que me eche una mano, ven conmigo al camarote.

Alberto le siguió sin abrir la boca, lo único que quería era estar con Alysa y asegurarse que se pondría bien, le daba igual quién fuera aquel tipo y la relación que tuviera con Alysa, en ese momento no le importaba.

Dave esperó a que el avión despegara y el piloto les indicara que ya podían levantarse si querían antes de quitarle el jersey a Alysa y observar detenidamente la herida que Alysa tenía en el hombro.

—La bala entró y salió, pero apenas he podido detener la hemorragia —le dijo Alysa a Dave con un hilo de voz.

— ¿Cuánto tiempo hace que te dispararon? —Quiso saber Dave.

—Un par de horas, más o menos —respondió Alysa.

—Lo bueno es que no tenemos que extraer la bala, lo malo es que has perdido mucha sangre y necesitas una transfusión —le dijo Dave. Puso su mano sobre la frente de Alysa y añadió—: Estás ardiendo —cogió un termómetro y se lo dio a Alberto mientras le dijo—: – Ponle el termómetro, si tiene más de 39ºC tenemos un problema.

Alberto palideció pero obedeció las órdenes de Dave sin rechistar. Alysa se percató de la preocupación de Alberto y quiso tratar de tranquilizarle, aunque sin demasiado éxito:

—No te preocupes, voy a estar bien.

—Eso mismo me dijisteis hace dos horas y mira dónde estamos —le respondió Alberto molesto.

—No te enfades, no queríamos preocuparte —se defendió Alysa.

—Ya hablaremos de eso cuando pueda enfadarme contigo —le contestó Alberto forzando una pequeña sonrisa—. Tenemos pendiente más de una conversación.

Dave sonrió y le dijo a Alysa bromeando:

—Debes de encontrarte realmente mal para no decir la última palabra.

—No lo suficiente mal para mandarte a paseo, Dave —le replicó Alysa.

Dave limpió y cosió la herida del hombro de Alysa bajo la atenta mirada de Alberto, que parecía estar pasándolo peor que la propia Alysa. Cuando Dave terminó de curar la herida, le hizo un vendaje que le cubrió el hombro y parte del brazo y les dijo a Alysa y Alberto antes de salir del camarote:

—En cuanto lleguemos haremos la transfusión de sangre, mientras tanto que esté tumbada. Estaré en la cabina con el piloto, avisadme si me necesitáis.

Alberto agradeció en silencio que Dave les dejara a solas y, aunque no estaba seguro de qué clase de relación mantenían, también se alegraba de que no se hubieran besado, aquella era una buena señal. Alysa solo llevaba puesto un sujetador de cintura para arriba, así que Alberto se quitó su jersey y se lo puso para que tratara de entrar en calor. Estaba agotada y apenas podía mantener los párpados abiertos, pero se sentía tranquila y segura sabiendo que Alberto estaba a su lado.

Cuando llegaron a la isla del maestro Lee, Alysa se había quedado inconsciente y Dave se apresuró en realizarle una transfusión de sangre, administrarle antibióticos para evitar la infección y antitérmicos para bajar la fiebre. Mientras tanto, el maestro Lee recibió a sus invitados y les asignó una habitación a cada uno para que se instalaran.

Alberto quería saber todo lo que había pasado y le pidió explicaciones a su padre:

— ¿Qué pasó, papá?

—Alysa empezó a sospechar en cuanto salisteis de la villa y ordenó a dos guardas que se quedaran en la sala de las cámaras de vigilancia y a los otros dos que custodiaran la entrada de la casa —empezó a explicar Diego mientras Alberto, el maestro Lee, Marcos y los dos guardas de seguridad le escuchaban—. Los chicos desobedecieron las órdenes de Alysa y se encontraban en la puerta de casa fumando cuando diez sicarios de Ronald se les echaron encima sin apenas tiempo para reaccionar. El único que pudo huir y alertarnos fue Carlos, que irrumpió en el salón donde Alysa y yo nos encontrábamos. Detrás de él aparecieron siete sicarios y Alysa nos ordenó que fuéramos al sótano y escapáramos por el túnel mientras ella nos cubría, pero yo me negué a entrar en el túnel sin ella. Uno de los sicarios nos encontró y mató a Carlos, yo pude escapar y me dirigí a la cocina, donde me encontré con Alysa. El sicario me perseguía y disparó, pero Alysa me apartó e hizo de escudo, recibiendo el disparo. Nos resguardamos detrás de la encimera de la cocina, Alysa distrajo al tipo y aprovechó el momento para eliminarlo. Con los diez sicarios de Ronald muertos, recogimos lo más importante, nos montamos en el coche y nos dirigimos al aeropuerto de Sunville, el resto ya la sabéis.

—Pusiste la vida de Alysa en peligro por desobedecerla, tenéis suerte de estar con vida —le regañó el maestro Lee a Diego—. No debiste subestimarla y te lo digo yo porque ella te aprecia demasiado como para hacerte sentir culpable. No me malinterpretéis, me alegra mucho que todos estéis aquí sanos y a salvo.

—Maestro Lee, le agradecemos sinceramente que nos haya acogido en su casa —le agradeció Alberto en nombre de todos—. Alysa instaló un sistema de seguridad en la villa y, si me deja un ordenador, podremos ver las imágenes de la cámara de vigilancia.

—Acompáñame a mi despacho, allí encontrarás todo lo que necesites —le respondió amablemente el maestro Lee mientras se levantaba del sillón. Se volvió hacia uno de sus discípulos y añadió—: Avísame en cuanto Dave traiga noticias de Alysa.

El maestro Lee se encaminó hacia su despacho y Alberto le siguió. Una vez en el despacho, Alberto conectó el ordenador al sistema de seguridad de la villa y vio con el maestro Lee todo lo que había ocurrido, incluso el momento en el que Alysa recibía el disparo que iba dirigido a Diego. Alberto maldecía entre dientes al ver aquellas imágenes mientras el maestro Lee observaba discretamente su reacción sin que nada se le pasara por alto.

Tú eres mi destino 11.

Tras cubrir a Diego y Carlos, Alysa accedió a las cámaras de vigilancia de la villa desde su móvil y buscó las imágenes de la llegada de los sicarios. En uno de los vídeos les vio bajar de los dos coches y pudo confirmar que eran diez, pero tres de ellos habían sido derrotados por tres de los cuatro guardas de seguridad que les protegían y que también habían perdido la vida cumpliendo con su trabajo. No le quedaba mucho tiempo antes de que la acorralasen y accedieran al sótano y no estaba segura de que finalmente Diego y Carlos hubieran entrado en el túnel para salir de la villa o si se habían quedado esperándola. Por eso le gustaba trabajar sola, porque no tenía que preocuparse de nada más que de ella misma y podía concentrarse en la situación. Alysa hizo un esfuerzo y trató de concentrarse y analizar la situación. A través del móvil observó las imágenes de las cámaras de vigilancia y pudo localizar dónde estaba exactamente cada uno de los cinco sicarios. Dos estaban en la planta superior y tres en la planta baja, uno de ellos a punto de entrar en el pasillo donde ella se encontraba. Alysa no tenía más que el cargador con el que ya había disparado dos de las seis balas, por lo que tan solo le quedaban cuatro balas y había cinco hombres a los que matar. Decidió intentar no malgastarlas si no era estrictamente necesario y se ocultó detrás de la puerta del sótano. Cuando el sicario pasó por delante de ella, Alysa le cogió del cuello y se lo partió con un solo movimiento y sin apenas hacer ruido.

Ya solo le quedaban cuatro.

Despacio y con prudencia, Alysa regresó al salón donde estaba otro de los sicarios, al que pilló desprevenido por la espalda y actuó de la misma forma que con el primero, le rompió el cuello silenciosamente.

Alysa continuó caminando en dirección a la cocina, donde se topó con el tercer sicario. A este no pudo cogerlo desprevenido y tuvo que disparar su pistola, avisando a los otros dos sicarios dónde se encontraba. El disparo fue certero, pero cuando miró de nuevo su móvil se percató de que las cámaras de seguridad no funcionaban y acababa de perder su ventaja.

—Solo quedan dos —se dijo Alysa.

La última vez que vio las imágenes de la cámara de seguridad los dos tipos estaban en la planta superior, pero tras oír el disparo probablemente habrían bajado de inmediato para comprobar qué estaba pasando.

Entonces, cuando menos se lo esperaba, Diego entró en la cocina seguido por uno de los sicarios que le apuntaba con un revolver que disparó. Alysa corrió hacia Diego y le empujó, evitando que él recibiera el disparo pero sin poder evitar que la bala impactara en su hombro.

—¡Joder! —Exclamó Alysa presionando la herida de su hombro con la mano para tratar de detener la hemorragia pero sin demasiado éxito—. ¿Dónde está Carlos? —A Alysa no le hizo falta que Diego le contestara, supo que Carlos estaba muerto al ver su expresión—. Eran diez y ocho están muertos, uno está al otro lado de la cocina, ¿sabes dónde está el otro?

—Muerto, Carlos le mató —contestó Diego con un hilo de voz.

Alysa cogió con la mano derecha su pistola y le ordenó a Diego:

—Quédate detrás de la encimera, ¿podrás hacerlo?

Diego asintió con la cabeza, Alysa estaba furiosa y por nada en el mundo quería que se enfadara más, mucho menos cuando era su única aliada en aquella casa y después de que acabara de salvarle la vida.

Alysa cogió una manzana y la tiró contra el cristal de una de las ventanas de la cocina para distraer al sicario, momento en el que aprovechó para salir de detrás de la encimera y disparó contra el último sicario que Ronald Red les había enviado. La puntería de Alysa era perfecta y el último sicario recibió una bala entre ceja y ceja que acabó con su vida.

—¿Estás bien? —Le preguntó Diego horrorizado.

—He tenido días mejores —le contestó Alysa furiosa—. Tenemos que salir de aquí, Ronald estará esperando noticias de sus sicarios y cuando no las reciba enviará a más de sus hombres en nuestra busca. Tenemos que coger solo lo imprescindible. Llama a Alberto y Marcos, la emergencia en el laboratorio solo era una distracción para que Ronald tuviera más posibilidades de acabar contigo, yo recogeré toda la documentación del proyecto Alpha.

Diego no puso ninguna objeción e hizo lo que Alysa le pidió. Mientras tanto, ella metió todos los papeles, informes y las cintas de vídeo en un maletín y regresó a la cocina donde se quitó el jersey, se limpió la herida y se vendó el hombro con fuerza para ralentizar la hemorragia. Diego entró en la cocina justo cuando Alysa terminaba de ponerse un jersey limpio de color negro para que la sangre no fuera demasiado visible.

Sin decir nada, le hizo un gesto a Diego y ambos se encaminaron hacia al garaje. Alysa se dirigió hacia la puerta del conductor de su coche y Diego le preguntó:

—¿Estás segura de que puedes conducir?

—Súbete al coche —le contestó Alysa de mal humor y sin pararse a mirarle.

Diego volvió a obedecer, no era el momento de hacer ninguna réplica.

—He llamado a mi hijo y le he puesto al corriente de la situación, le he dicho que volvería a llamarle cuando supiera qué íbamos a hacer —le dijo Diego.

—Diles que se deshagan de su coche y cojan uno de alquiler, Ronald querrá localizarlos. Diles que se dirijan al aeropuerto privado de Sunville, nos reuniremos allí.

Diego sacó su teléfono móvil, llamó a Alberto con el manos libres y le dio las indicaciones que Alysa le había dado. Alberto preguntó mil veces si ambos estaban bien y Alysa asintió para que Diego mintiera a su hijo y le dijera que ambos estaban bien, aunque Alysa estaba empezando a sudar y no había conseguido detener la hemorragia.

En cuanto Diego colgó, Alysa sacó su móvil y llamó al maestro Lee:

—Maestro Lee, tenemos un pequeño problema.

—¿Dónde estáis? —Preguntó el maestro Lee preocupado.

—De camino al aeropuerto de Sunville, ¿puedes enviarnos un avión a recogernos? —Le dijo Alysa.

—En un par de horas estará allí —le confirmó el maestro Lee—. ¿Estáis todos bien?

—Me han disparado en el hombro, pero de momento estoy bien. Te llamaré cuando lleguemos a Sunville —le dijo Alysa antes de colgar.

Durante la hora y cuarto que duró el camino hasta llegar al aeropuerto de Sunville, Diego y Alysa permanecieron en silencio. Alysa aparcó en una de las plazas de parquin que tenía reservada y, antes de salir del coche, se cambió el vendaje del hombro y Diego, al ver la herida y tanta sangre se mareó.

—Será mejor que esperes fuera, ahora salgo le aconsejó Alysa.

Diego salió del coche porque necesitaba que le diera el aire y aprovechó ese momento para llamar de nuevo a su hijo para averiguar por dónde iban y cuánto tardarían en llegar.

Alysa salió del coche cinco minutos después y estaba pálida como la leche. Diego estaba asustado, Alysa no estaba bien y la muy testaruda se había empeñado en conducir todo el camino, parecía estar agotada y de hecho lo estaba. Por suerte para Diego, Alberto le había confirmado que llegarían en escasos quince minutos y eso le tranquilizaba un poco.

Cita 75.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.”

Alejandro Dumas.

Tú eres mi destino 10.

Alberto y Alysa hicieron el amor apasionadamente y minutos después Alysa se quedó dormida entre los brazos de Alberto. Alberto la observó mientras ella dormía y se sintió feliz teniéndola en su cama y entre sus brazos. Se había enamorado de Alysa y no podía remediarlo.

A las seis de la mañana, Alysa se despertó y, pese a estar feliz por la noche que había pasado con Alberto y de la que no se arrepentía, sintió miedo a que él se despertase y no recordara nada o, lo que es peor, que lo recordara todo y se arrepintiese. Por el momento no quería enfrentarse a aquella realidad, así que se incorporó en la cama y trató de levantarse sin hacer ruido para no despertarle.

—Quédate durmiendo un rato más, es muy temprano todavía —le dijo Alberto al darse cuenta de lo que Alysa se proponía. Se sentó en la cama detrás de Alysa y la abrazó para después susurrarle al oído—: No te vayas, quédate conmigo.

Alysa no pudo seguir manteniendo sus murallas arriba y se derritió con las caricias que Alberto le estaba dando. En cuanto Alberto notó que Alysa se relajaba, la atrajo hacia a él y volvieron a tumbarse en la cama. No quería asustarla ni tampoco que creyera que únicamente la quería en su cama por el sexo, así que se limitó a abrazarla y a acariciarle los brazos y los hombros hasta que ella se quedó dormida de nuevo. Alysa volvió a despertarse a las diez de la mañana y nada más abrir los ojos se encontró con la amplia sonrisa de Alberto que seguía estrechándola entre sus brazos.

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en la frente y le preguntó—: ¿Has dormido bien?

—Eh… Sí, he dormido bien.

—Alysa, lo que quiero preguntarte es si…

—Será mejor que lo dejemos así —. Le interrumpió Alysa que no quería mantener aquella conversación en aquel momento.

—De eso nada —sentenció Alberto sujetándola del brazo—. No podemos dejar esto así, Alysa. Lo que ocurrió anoche pasó y yo no me arrepiento en absoluto.

—Ni yo tampoco, pero no estoy aquí para esto —le replicó Alysa—. Es mejor que no vuelva a ocurrir y que nos centremos en lo que de verdad importa.

—Está bien, si no quieres hablar de ello ahora, hablaremos más adelante —le dijo Alberto sin querer presionarla, quizás Alysa solo necesitaba algo de tiempo.

Alysa regresó a su habitación, sin que nadie la viese salir de la habitación de Alberto, y se dio un baño de espuma mientras su cabeza no dejaba de darle vueltas a la noche anterior. Por primera vez en quince años había dormido sin tener pesadillas y daba la casualidad de que había dormido entre los brazos de Alberto. Entre sus brazos se había sentido segura, confiaba plenamente en él y durante la cena de la fiesta de Ronald se había dado cuenta de que se había enamorado de él. Se suponía que había regresado para llevar a cabo una venganza y no para enamorarse del hijo del amigo y compañero de proyecto de su padre.

Cuando Alysa bajó a la cocina a desayunar se encontró con los tres hombres con las caras largas.

— ¿Ocurre algo? —Se aventuró a preguntar Alysa temiéndose que Diego hubiera descubierto dónde había dormido hasta hacía una hora escasa.

—Ha surgido un inconveniente en uno de nuestros laboratorios del sur y alguno de nosotros debe ir a resolverlo, no nos ponemos de acuerdo en quién debe ir —le contestó Diego de malhumor—. Si van Alberto y Marcos lo solucionarán antes y podrán estar de vuelta antes de que anochezca, pero el cabezón de mi hijo se niega a salir de la villa si no vamos con él.

—Eso es una tontería, estaremos más seguros en la villa que de viaje en un coche —le respondió Alysa evitando mirar a Alberto—. Podéis ir con un par de hombres y Diego y yo nos quedaremos en la villa con los cuatro hombres de seguridad restantes. El nuevo sistema de seguridad está instalado y en el caso de vernos acorralados podemos escapar por el túnel secreto, que para eso lo hemos construido.

—Estaremos de vuelta antes de que anochezca —dijo Alberto de mala gana. Se volvió hacia a Alysa y añadió—: No salgáis de la villa y, si ocurre lo más mínimo, me llamas y me avisas, ¿de acuerdo?

Alysa asintió con la cabeza y miró hacia otro lado, tratando de evitar el contacto directo con la mirada de Alberto. Tanto Diego como Marcos se percataron de que entre aquellos dos pasaba algo, pero ninguno de los dos se atrevió a abrir la boca dadas las circunstancias.

Diez minutos más tarde, Alberto y Marcos salían de la villa con dos de los hombres de seguridad y Alysa se quedaba a solas con Diego y los cuatro hombres de seguridad restantes. A Alysa no le había gustado aquella repentina emergencia en el laboratorio más alejado de los Morales, por lo que ordenó a dos de los hombres que se encargaran de las cámaras de vigilancia y a los otros dos que vigilaran los alrededores de la casa.

Diego se dio cuenta de que Alysa estaba más seria y distante de lo normal y se sentó con ella en el salón mientras seguía revisando los documentos del proyecto Alpha.

— ¿Va todo bien, Alysa? —Le preguntó Diego—. Esta mañana mi hijo y tú os habéis comportado de un modo extraño, ¿habéis discutido?

—No hemos discutido —fue la respuesta de Alysa.

—Mi hijo es muy cabezón y en ocasiones demasiado intenso, pero es un buen chico y me consta que te ha cogido cariño —continuó Diego.

—Yo no he dicho lo contrario, Diego —le respondió Alysa mirando a Diego a los ojos—. ¿Hay algo que deba saber y que no me hayas dicho?

—Nada que tú no sepas, me temo —le respondió Diego con una sonrisa cómplice.

—Oh, no.

—Dejaste la puerta de tu habitación abierta anoche, me asomé para ver si estabas bien pero la habitación estaba vacía —le confesó Diego—. No tengo intención de meterme en vuestra vida privada, pero no me gustaría que eso afectara negativamente a la relación que tenemos ahora. Te considero de mi familia Alysa y me gustaría que, pase lo que pase, sepas que aquí tienes una familia que siempre te recibirá con los brazos abiertos.

—Muchas gracias, Diego —le agradeció Alysa con ternura—. Me alegro de haberte conocido y me alegro de tenerte como aliado, pero sobre todo me alegro de que me consideres parte de tu familia.

—Jefe, tenemos un problema —dijo uno de los cuatro hombres de seguridad que acababa de irrumpir en el salón con gesto fatigado—. Se dirigen hacia aquí dos coches de los sicarios de Ronald Red, como mucho pueden ser una docena de hombres, pero nosotros solo somos seis.

—Llévate a Diego al túnel secreto con uno de tus compañeros —le ordenó Alysa poniéndose en pie dando un salto del sofá—. Salid de la villa e id directamente al laboratorio, no os buscarán en un sitio tan evidente.

—No pienso salir de esta villa y mucho menos sin ti —le replicó Diego molesto.

No dio tiempo a nada más, siete hombres irrumpieron en el salón armados hasta los dientes, los sicarios de Ronald Red. Alysa, que desde que Alberto y Marcos habían tenido que marcharse tan repentinamente se había guardado su pistola en la cintura, sacó su arma y, sin pensarlo dos veces, disparó a matar a dos de los sicarios y acertó.

—Saca a Diego de aquí, yo os cubro —le ordenó Alysa al guarda de seguridad.

Carlos, el guarda de seguridad, intentó llevarse de allí a Diego tal y cómo Alysa le había ordenado, pero le fue imposible debido a la insistencia de Diego en quedarse.

Alysa se había cargado a dos de los sicarios, pero todavía le quedaban cinco y puede que otros tres más les esperaran en cualquier parte. No podía arriesgarse a dejar a Diego en manos de Carlos, no estaba preparado para una situación como aquella y Diego tampoco colaboraba demasiado.

Alysa cubrió a Diego y Carlos hasta la puerta que daba acceso al sótano, desde dónde se accedía al túnel secreto. Se volvió un instante hacia Diego y Carlos y les ordenó sin opción a réplicas:

—Entrad en el puto túnel ya.

Esta vez, ambos acataron su orden y Alysa les cubrió mientras ellos bajaban por las escaleras del sótano cerrando la puerta tras ellos.

Tú eres mi destino 9.

El resto de los invitados llegó y, tras un breve discurso del anfitrión, todos empezaron a cenar. Alberto apenas le había dirigido la palabra a Alysa desde que se encontraron con Amaya, pero Alysa fingió no darse cuenta ya que ni siquiera sabía cómo se sentía. Alberto no era su prometido de verdad, pero solo pensar en él junto aquella arpía le hacía sentirse mal, demasiado mal. A Alysa se le escapó un pequeño suspiro cuando asimiló lo que le estaba pasando, se estaba enamorando de Alberto Morales, un tipo que al parecer no se comprometía con nadie, ni quería casarse ni formar una familia. Ella ni siquiera se había parado a pensar en casarse o en tener una familia hasta ese mismo momento y lo irónico de la situación es que solo lo había pensado imaginando que sería con Alberto.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Alberto al escuchar el segundo suspiro salir de la boca de Alysa. Aunque había sido imperceptible para todos los demás, no lo había sido para él.

— ¿Qué? —Preguntó Alysa distraída.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —Le repitió Alberto.

—Eh, sí. Creo que sí —murmuró Alysa.

— ¿Crees que sí? —Preguntó Alberto sin quedar satisfecho con la respuesta—. Vamos, saldremos al jardín para que te dé el aire.

Alysa no tenía voluntad para discutir, estaba demasiado preocupada y concentrada pensando en lo que acababa de descubrir, así que se levantó de su asiento, cogió la mano que Alberto le ofrecía y se dejó llevar hasta el jardín trasero de la casa de Ronald, donde pasearon en silencio hasta que Alberto volvió a preguntar:

— ¿Quieres contarme lo que te ocurre?

—No me pasa nada, estoy bien —insistió Alysa.

—Mientes fatal, cielo —bromeó Alberto—. Dime qué te preocupa, estamos juntos en esto, lo recuerdas, ¿verdad?

—Estoy bien, es solo que me he distraído un poco —le respondió Alysa sin decirle toda la verdad—. No sé si hemos hecho bien en venir aquí, no podemos encontrar nada con todos esos tipos de seguridad bloqueando todos los accesos a la planta superior.

—Llevamos dos meses y medio trabajando día y noche sin descanso, ¿qué te parece si esta noche nos la tomamos libre y disfrutamos de la fiesta? —Le propuso Alberto—. Ya sé que no es el mejor lugar ni la mejor situación, pero nos merecemos un descanso, ¿no crees?

Alberto la cogió en brazos y la llevó de vuelta al interior de la casa, donde dejó que los pies de Alysa tocaran el suelo pero sus brazos no se despegaron de su cintura. Los invitados habían abandonado el comedor y habían pasado al salón, donde bailaban al ritmo de la música. Sin que Alysa se lo esperara, Alberto la arrastró hasta llegar a la improvisada pista de baile, la agarró por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y empezó a moverse al ritmo de la música mientras le susurraba a Alysa en el oído:

—Necesitaré que me ayudes un poco, no soy un buen bailarín.

Alysa colocó sus manos alrededor del cuello de Alberto, le dedicó una tímida sonrisa y siguió el ritmo que Alberto le iba marcando al mismo tiempo que le dijo:

—Bailas muy bien.

Alysa bailó con Alberto un par de canciones, hasta que Diego apareció reclamando un baile con ella y ella aceptó. Mientras bailaba con Diego, Ronald se acercó hasta ellos y también reclamó un baile con Alysa que, bajo el asombro de los Morales, ella también aceptó.

—Es difícil hablar contigo sin que Alberto Morales esté pegado a ti —comentó Ronald mientras bailaban—. Debe estar muy enamorado.

—Supongo que por eso soy su prometida —le contestó Alysa con una sonrisa falsa en el rostro.

—Nunca le he caído demasiado bien a tu prometido, aunque te aseguro que no tiene ningún motivo para ello, espero que eso no afecte a tu valoración sobre mí.

—Tengo mis propias opiniones, señor Red —le desafió Alysa—. Aunque debo confesarle que una de las razones por la que estoy prometida con Alberto es porque prácticamente tenemos la misma opinión en casi todo, así que dudo que mi opinión diste mucho de la suya.

Alberto se acercó a ellos y, lo más educado que pudo, le dijo a Ronald:

—Si no te importa, me gustaría bailar con mi prometida.

—Adelante, cómo no —le respondió Ronald con una fingida sonrisa y se apartó de Alysa—. Te has buscado una mujer con carácter.

—No lo sabes tú bien, procura no enfadarla —murmuró Alberto. Se aferró de nuevo a la cintura de Alysa y le susurró—: No dejaré que ese idiota se te vuelva a acercar.

—Eso espero, porque ya tengo todo lo que quería de él.

— ¿A qué te refieres?

—Vamos a casa y te lo cuento allí mientras nos tomamos una copa, ¿te parece bien? —Le propuso Alysa.

—Me parece perfecto.

Se reunieron con Diego y Marcos y los cuatro regresaron a la villa de los Morales en la limusina que habían alquilado. Una vez entraron en el salón, Alberto le preguntó a Alysa delante de su padre y de su primo:

— ¿Puedes decirme ya qué es lo que tienes de Ronald Red?

Diego y Marcos miraron a Alysa, que sonreía con alegría mientras sacaba una pequeña tarjeta de su bolso de mano y les dijo al mismo tiempo que le entregaba la tarjeta a Alberto:

—Le he robado la tarjeta médica a Ronald, de aquí podemos sacar muchos datos interesantes.

— ¿Cómo se la has robado? —Preguntó Marcos sorprendido.

—Mientras bailaba con él —contestó Alysa encogiéndose de hombros—. En vuestro laboratorio tenéis que tener máquinas de esas que leen las tarjetas médicas, ¿no?

—Sí, pero esas máquinas envían un registro de búsqueda al gobierno —le advirtió Alberto sabiendo que aquello no funcionaría—. Leerlas desde nuestro laboratorio sería un suicidio.

—No si jaqueo el sistema de seguridad y de lectura de la máquina —matizó Alysa—. Podemos crear una especie de barrera-espejo para descargar todos los datos de la tarjeta médica de Ronald y la lectura no se enviaría al gobierno.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando, pero si me aseguras que el gobierno no podrá saber que hemos leído la tarjeta médica de Ronald Red, tienes luz verde —le aseguró Diego satisfecho—. Mañana iremos al laboratorio y yo ahora me voy a dormir. Buenas noches.

—Yo también me voy a descansar, mañana nos vemos pareja —se despidió Marcos guiñándole un ojo con complicidad a Alberto.

— ¿Tú también vas a irte a dormir o vas a tener compasión y te vas a tomar una copa conmigo para hacerme compañía? —Le preguntó Alysa con una sonrisa que resultó ser más seductora de lo que pretendía.

—No hay otra cosa que me apetezca más que tomarme una copa contigo —le respondió Alberto totalmente hechizado por la sonrisa de Alysa.

Ya estaban lo bastante achispados por las copas que habían tomado en la fiesta de Ronald, pero eso no les detuvo para tomarse otra copa más. Bromeaban y reían mientras bebían alegremente y, cuando en la televisión pusieron el concierto de una famosa cantante de baladas, Alberto se levantó del sofá donde estaba sentado y le tendió la mano a Alysa para que bailara con él. Alysa aceptó aquella invitación y rodeó el cuello de Alberto con sus manos. Ambos empezaron a moverse al ritmo de la lenta melodía que sonaba y Alysa se dejó llevar, posó su cabeza sobre el hombro de él y cerró los ojos. Alberto se sentía feliz teniendo a Alysa entre sus brazos, tan frágil y vulnerable como parecía en ese momento no pudo controlar las ganas que tenía de besarla y lo hizo, la besó en los labios. Alysa le correspondió a aquel beso y se lo devolvió con pasión y urgencia mientras Alberto deslizaba sus manos por los muslos de ella, alzándola entre sus brazos al mismo tiempo que ella le rodeaba la cintura con sus piernas.

—No hay nada que desee más en este momento, pero tengo que preguntártelo —le dijo Alberto con la voz ronca de excitación—. ¿Estás segura de lo que vamos a hacer?

—Totalmente segura.

Alberto no volvió a preguntar, subió las escaleras llevando a Alysa entre sus brazos hasta su habitación, donde la tendió sobre la cama y empezó a besarla de nuevo.