Archivo | junio 2017

Tú eres mi destino 16.

Alberto se dedicó a observar con detalle la habitación de Alysa, esa misteriosa mujer que había puesto su mundo patas arribas en cuanto la conoció. Las paredes estaban pintadas de color magenta y los muebles eran de un blanco inmaculado que contrastabas con aquellas paredes. Era una estancia espaciosa a pesar de que la cama era de king size y estaba acompañada de una cómoda, un tocador, un escritorio, una estantería enorme y un sofá de dos plazas. Todo el mobiliario era del mismo tono blanco que la cama, decorado con cojines, cortinas y demás objetos que pasaban por una amplia gama de tonalidades de color rosa. Por suerte no tenía armario, pues una pequeña habitación paralela hacía de vestidor.

Aburrido e impaciente de tanto esperar, Alberto suspiró y le dijo a Alysa con tono de advertencia desde el otro lado de la puerta:

—Si no sales en un minuto, entro a buscarte.

Alysa abrió la puerta y le dijo a Alberto:

—Necesito tu ayuda dio media vuelta y, dándole la espalda a Alberto, añadió—: – Por favor, abróchame el sujetador.

Alberto cogió aire y tuvo que respirar profundamente para calmarse antes de hacer lo que Alysa le pedía, pero lo hizo. Y cuando le abrochó el sujetador no pudo evitar acariciar la suave piel de su espalda. Alysa no se apartó ni se incomodó ante aquel contacto, por lo que Alberto siguió acariciándola y acabó abrazándola desde la espalda y estrechándola entre sus brazos.

—Será mejor que te metas en la cama y descanses mientras siga siendo capaz de contener el deseo que siento por ti —le susurró Alberto.

—Yo no te he pedido que lo contengas —susurró Alysa en respuesta.

—No juegues con fuego, cariño —le contestó Alberto divertido al mismo tiempo que la cogía en brazos y la llevaba a la cama—. Primero tienes que descansar, mañana seguiremos con esta conversación —la arropó como si de una niña pequeña se tratara y añadió—: Me quedaré a dormir en tu sofá, avísame si necesitas algo, ¿de acuerdo?

—Mi cama es grande, hay sitio para los dos —comentó Alysa con cara de no haber roto un plato en su vida—. No podré descansar si pienso que por mi culpa tienes que dormir en ese sofá, me sentiré culpable.

—Alysa… —Le dijo Alberto con la voz ronca—. Necesitas descansar y conmigo al lado no lo harás.

—Por favor, quédate conmigo —le rogó Alysa.

Alberto no tuvo fuerzas ni ganas para decirle que no y se metió con ella en la cama, la abrazó con cuidado de no hacerle daño y la besó en la mejilla antes de desearle buenas noches.

A la mañana siguiente, Alysa se despertó entre los brazos de Alberto, que ya estaba despierto y la miraba con una sonrisa divertida en los labios.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días, mentiroso —le contestó Alysa devolviéndole la sonrisa.

— ¿Mentiroso?

—Debo estar horrible, despeinada y con la cara hinchada de tanto dormir —le respondió Alysa escondiendo su rostro entre el cuello de Alberto y la almohada—. Pero me gusta dormir contigo, duermo un montón de horas del tirón.

—Si eso era un cumplido, lamento decirte que no te ha salido demasiado bien —le respondió Alberto divertido—. Pero me alegro de que al menos te guste dormir conmigo y hayas dormido bien.

—Era un cumplido —le confirmó Alysa—. Desde que mataron a mis padres no he conseguido dormir ni una sola noche más de cuatro horas, excepto cuando duermo contigo.

—Entonces, tendré que dormir contigo todas las noches —le respondió Alberto estrechándola contra su cuerpo—. ¿Cómo te encuentras? Dave está preocupado y ya se ha asomado un par de veces. Por cierto, a él también le ha sorprendido que durmieras tanto.

—Dave solo ha venido a cotillear, nada más —concluyó Alysa.

Ambos se levantaron, se dieron una ducha por separado y bajaron a la cocina a desayunar.

Durante los días siguientes, Alysa tuvo que volver a empezar con todo el proceso de recuperación y en un par de semanas más volvió a estar como nueva.

Alberto hizo un gran esfuerzo durante esas dos semanas y, a pesar que dormía junto a Alysa todas las noches, se había limitado a abrazarla y nada más. Alysa estaba a punto de volverse loca, sabía que Alberto la deseaba tanto como ella lo deseaba a él, pero no entendía por qué seguía manteniendo las distancias.

Pero Alysa estaba cansada de esperar que Alberto diera el primer paso y tenía un plan al que él no se iba a poder resistir.

Esa mañana Alysa se despertó y sonrió al ver que Alberto seguía dormido. No quiso despertarlo, así que se levantó sin hacer ruido y entró en el baño para darse una ducha. Cuando salió del cuarto de baño, Alberto ya estaba levantado y la observó de arriba a abajo al verla totalmente desnuda cubierta tan solo con una diminuta toalla.

—Buenos días, dormilón —le saludó Alysa con una sonrisa coqueta en los labios—. Voy a hacer la maleta, avísame cuando bajes a desayunar y voy contigo.

—Buenos días, preciosa —le dijo Alberto y la besó en la mejilla antes de añadir—: Voy a darme una ducha y vengo a buscarte.

Un par de horas más tarde, ambos estaban sentados en los sillones del jet privado del maestro Lee junto a dos de sus discípulos y se dirigían al pequeño aeropuerto privado de Sunville para regresar a Termes.

Alysa tenía metida entre ceja y ceja aquella venganza y Alberto había decidido apoyarla en su afán de vengarse y sobre todo después del ataque que habían sufrido, pero a Diego no le pareció tan buena idea. Por suerte, el maestro Lee también les apoyó en aquella decisión y a Diego no le quedó más remedio que aceptar la decisión de ambos.

Tú eres mi destino 15.

Durante toda una semana, Alberto fue capaz de retener a Alysa dentro de la casa del maestro Lee, pero no sin alguna que otra discusión para hacerla entrar en razón. Alberto ya no tenía ninguna excusa para dormir con ella y dormía todas las noches en la habitación de en frente.

Alysa continuaba teniendo pesadillas todas las noches, pero conseguía volver a dormirse al pensar que él estaba en la habitación de en frente. Le hubiera gustado que Alberto se quedara con ella en su habitación, pero no se atrevía a pedírselo. Desde que habían llegado a la isla del maestro Lee, Alberto había estado pendiente de ella en todo momento, pero siempre de una manera fraternal y protectora. Alysa había decidido darle tiempo creyendo que simplemente estaba siendo precavido porque Dave le había dicho que debía mantenerme relajada y no realizar ningún esfuerzo, pero había pasado una semana, ella ya estaba recuperada (con la excepción de que aún tenía los puntos de sutura en el hombro) y Alberto no había intentado ningún acercamiento.

Esa mañana, Alysa se levantó de muy mal humor. Ya le costaba bastante tratar de no pensar en Alberto cuando no lo tenía delante, pero era imposible centrarse con él pegado a ella todo el día y siendo tan atento y encantador.

— ¿Te ocurre algo? —Le preguntó Alberto después de desayunar y tras observar que Alysa no había abierto la boca en ningún momento—. Estás muy callada, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero aquella respuesta no le gustó nada a Alberto porque sabía que algo le pasaba a Alysa, así que se puso en pie y le dijo:

—Hoy hace un buen día, ¿te apetece salir a pasear?

Alysa aceptó aquella invitación pero no se hizo ilusiones, pues él seguía tratándola como si fuera una niña pequeña y la sobre protegía.

Caminaron hacia a la playa y se sentaron sobre unas rocas bajo el calor de los rayos del sol y frente a las cristalinas aguas del mar que bañaban la isla.

— ¿Sigues sin querer contarme qué te pasa? —Le preguntó Alberto.

—Estoy bien, quizás un poco agobiada por no poder hacer lo que me apetece —le contestó Alysa tratando de sonreír.

— ¿Qué te apetece hacer? —Quiso saber Alberto—. Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para complacerte.

—No prometas lo que no puedas cumplir —le aconsejó Alysa.

—Dime qué te gustaría hacer y yo veré qué puedo hacer —la animó Alberto—. Pero tiene que ser en la isla, dudo mucho que nos dejen salir de aquí.

—Cuando era pequeña, mis padres me llevaban de acampada en verano y por la noche nos tumbábamos sobre la hierba y contemplábamos las estrellas —le dijo Alysa con la mirada perdida—. Lo que más me gustaba de aquellos momentos era que, a pesar de estar en silencio, sabía que ellos estaban conmigo y me protegían, me hacían sentir segura. Contigo me pasa lo mismo, me gusta disfrutar de tu compañía aunque estemos en silencio, me haces sentir cómoda y segura.

Alberto la agarró de la cintura con ambas mano, la arrastró para colocarla sobre su regazo y la estrechó entre sus brazos al mismo tiempo que le susurró:

—No sabes cuánto me alegra oír eso —la besó en la mejilla y añadió—: Pero aún no me has dicho qué te apetece hacer.

—Ahora mismo, me apetece hacer lo que estoy haciendo —le respondió Alysa sonriendo.

Alberto y Alysa pasaron el resto de la mañana y la tarde en la playa, sentados sobre una roca y bajo los rayos del sol, con la increíble vista del cielo fundiéndose con el mar.

Aunque pasaron el día juntos, cuando llegó la noche cada uno se fue a dormir a su habitación y Alysa volvió a tener pesadillas. Se despertó a las tres y media de la madrugada gritando, como cada noche y notó que tenía el brazo empapado. Reconoció en seguida el olor tan peculiar de la sangre y se mareó. Alargó el brazo sano y encendió la luz para coger su móvil que estaba sobre la mesilla y llamó a Dave.

—No me lo digas, ¿una pesadilla? —Le dijo Dave nada más descolgar.

—Sí, pero no te llamo por eso —le respondió Alysa con un hilo de voz—. Creo que se me han saltado los puntos, estoy llena de sangre y me estoy mareando con el olor.

—No te muevas, voy para allí —le contestó Dave antes de colgar.

Dos minutos después, Dave entraba en la habitación de Alysa cargando con su maletín. Rápidamente, ayudó a Alysa a quitarse la camiseta y retiró el vendaje de su hombro que estaba completamente empapado en sangre. Dave limpió la sangre del hombro de Alysa con unas gasas y examinó la herida.

—No sé qué habrás hecho, pero se han soltado por lo menos una docena de puntos —le dijo Dave mientras continuaba limpiando la herida—. Tengo que volver a coser casi toda la herida, por suerte la parte de atrás parece estar bien. ¿Se puede saber qué has hecho para hacerte semejante carnicería?

—No lo sé, me he despertado así —le contestó Alysa con un hilo de voz.

Alberto dormía en la habitación de en frente cuando se despertó y oyó ruido procedente de la habitación de Alysa. Le pareció escuchar a Dave y se levantó de la cama de un salto temiendo que le hubiera podido ocurrir algo a Alysa y no se equivocó. La puerta de su habitación estaba abierta y vio a Dave depositando varias gasas ensangrentadas en una bolsa, así que entró sin llamar y, al ver a Alysa tumbada en la cama con la herida al descubierto y todo lleno de sangre, preguntó preocupado acercándose a Alysa:

— ¿Qué ha pasado? —Se volvió hacia a Dave y le preguntó molesto—: ¿Por qué no me has avisado?

—No me has dado tiempo, ni siquiera he terminado de ponerle el vendaje—. Le respondió Dave—. De hecho, me viene bien que estés aquí porque así terminas tú.

— ¿Cómo que termino yo? —Le preguntó Alberto sin entender nada—. Yo no soy médico.

—Solo tienes que ponerle el vendaje, ella te ayudará —le contestó Dave sonriendo. Le guiñó un ojo con complicidad y añadió—: Yo me voy a dormir, buenas noches.

—Muchas gracias por tu profesionalidad —le reprochó Alysa con sarcasmo.

— ¿De qué va todo esto? ¿Por qué no ha querido ponerte el vendaje? —Le preguntó Alberto confundido.

—Le ha parecido más divertido que lo hicieras tú —respondió Alysa molesta con Dave—. ¿Te importaría cerrar la puerta, por favor?

Alberto asintió y cerró la puerta como Alysa le había pedido. Regresó junto a Alysa segundos después y se sentó en el filo de la cama para revisar la herida de cerca.

—Ha tenido que coserte la herida de nuevo, ¿qué ha pasado? —Le preguntó.

—Me desperté y se me habían soltado los puntos —le respondió Alysa quitándole importancia al asunto—. Necesito ir al baño para asearme y cambiarme el sujetador antes de que me pongas el vendaje.

—Eh… Te preguntaría si necesitas ayudas pero me da miedo que me mal intérpretes —le respondió Alberto entendiendo ahora la diversión de Dave—. Te acompaño hasta la puerta del baño y haces lo que tengas que hacer sentada para que no te marees y te caigas, ¿de acuerdo? —Alysa trató de contener la risa pero no pudo—. ¿Se puede saber qué te parece tan gracioso?

—Me has visto desnuda, no entiendo a qué viene esa reacción —le contestó Alysa sonriendo—. No te preocupes, no me caeré al suelo ni nada por el estilo.

Alberto la acompañó hasta la puerta del baño, entrecerró la puerta y, mientras esperaba a que Alysa se aseara, cambió las sábanas de la cama manchadas de sangre y puso unas nuevas.

Tú eres mi destino 14.

Alysa y Alberto permanecieron el resto del día en la habitación de Alysa, ella en la cama y él en el sofá cama, pero ninguno de los dos durmió nada. Cuando llegó la noche ambos estaban agotados y finalmente cayeron rendidos en un sueño profundo.

Sobre las cuatro de la mañana, cuatro horas después de quedarse dormida, Alysa empezó a tener sus habituales pesadillas. Desde que mataron a sus padres, tenía pesadillas todas las noches y por eso no solía dormir más de cuatro horas diarias. Soñaba que se despertaba en un charco de sangre y con cientos de cadáveres a su alrededor y se despertaba empapada en sudor y muy alterada.

Alberto se despertó al escuchar a Alysa hablar en sueños y, aunque no entendió lo que ella decía, supo que estaba teniendo una pesadilla cuando Alysa gritó y se incorporó súbitamente. Alysa tenía la cara empapada en lágrimas y respiraba con dificultad, casi hiperventilaba. Alberto se levantó y se acercó hacia a ella despacio para no asustarla al mismo tiempo que le susurraba:

—Eh, tranquila. Solo ha sido una pesadilla —se sentó en el borde de la cama, la abrazó con ternura y añadió—: Estoy aquí contigo y no dejaré que nada malo te ocurra.

Alysa se dejó abrazar, le gustaba estar entre los brazos de Alberto porque la hacía sentir segura y en esos momentos lo necesitaba, estaba demasiado cansada como para fingir que no era así.

—Quédate conmigo —le pidió Alysa a con un hilo de voz.

—No pienso irme a ninguna parte —le aseguró Alberto mientras se metía en la cama con Alysa y la rodeaba con sus brazos.

Entre los brazos de Alberto, Alysa volvió a quedarse dormida y pocos minutos después Alberto también se durmió.

A las once de la mañana, preocupados por no saber nada de Alberto ni Alysa, el maestro Lee y Diego decidieron asomarse a la habitación de Alysa para comprobar que ambos estaban bien y les encontraron abrazados el uno al otro, completamente dormidos. El maestro Lee sonrió, le hizo una señal a Diego para que retrocediera y cerró la puerta de la habitación para que tuvieran más intimidad, pese a que tan solo estaban durmiendo.

Cuando Alysa se despertó una hora más tarde, Alberto la seguía manteniendo entre sus brazos y la miraba con una sonrisa en los labios.

—Buenos días, bella durmiente —le dijo Alberto besándola en la frente—. ¿Has dormido bien?

—Sí, gracias a ti. Necesito darme un baño de agua caliente y espuma.

— ¿Es una invitación? —Bromeó Alberto. La ayudó a incorporarse y a sentarse en la cama y añadió—: Iré a buscar a Soledad para que te ayude, no te muevas, solo será un minuto.

Alberto bajó al salón y buscó a Soledad para que ayudara a Alysa a darse un baño y después regresó a su habitación para darse una ducha. Cuando salió de la ducha, Marcos le esperaba sentado a los pies de la cama y le miraba sonriendo divertido.

— ¿A qué viene esa sonrisa? —Quiso saber Alberto.

—Dímelo tú, he oído que tú y Alysa habéis dormido en la misma cama y abrazados —le respondió Marcos burlonamente.

—No es nada de lo que te imaginas —le respondió Alberto mientras se vestía—. Lo único que me interesa es que Alysa esté bien.

—Creo que te interesa algo más que su bienestar —opinó Marcos—. Pero únicamente deberías centrarte en eso hasta que ella se recupere.

Alberto y Marcos bajaron a la cocina y se reunieron de nuevo con Diego y el maestro Lee, que llevaba una bandeja con zumo, tortitas y fruta que había preparado para Alysa desayunara.

El maestro Lee le llevó el desayuno a Alysa a su habitación, donde se la encontró con Soledad.

—Te traigo el desayuno, ¿qué tal has dormido? —La saludó el maestro Lee.

—No demasiado bien —le respondió Alysa. Soledad la besó en la mejilla, se marchó para dejarles a solas y Alysa continuó hablando—: Me desperté gritando a las cuatro de la mañana porque tuve una de mis pesadillas.

—Pero después volviste a dormirte, ¿no? —Le dijo el maestro Lee sonriendo.

—Sí, gracias a Alberto —le confesó Alysa—. La otra noche dormí con Alberto y no tuve ninguna pesadilla, creo que dormí casi diez horas seguidas. Puede que solo haya sido casualidad pero, ¿qué probabilidades hay de que no tenga pesadillas cuando él está durmiendo a mi lado?

—Quizás no se trate de casualidades ni de probabilidades —comentó el maestro Lee—. A lo mejor simplemente ocurre porque te sientes segura y en paz cuando estás con él.

— ¿Qué se supone que debo hacer? —Preguntó Alysa—. No entraba en mis planes enamorarme de él, pero tampoco tengo voluntad para alejarlo.

— ¿Por qué crees que deberías alejarlo? —Le preguntó el maestro Lee—. Ese chico ha estado pendiente de ti en todo momento, desde que llegó no ha querido moverse de tu lado pese a que estaba agotado y necesitaba descansar. Ese chico te quiere, no entiendo por qué quieres alejarlo.

—Yo no puedo darle una vida normal, legalmente ni siquiera estoy viva —se lamentó Alysa—. Por no mencionar que mi principal prioridad es la venganza.

—Las prioridades cambian —comentó el maestro Lee—. Y, por lo que he podido comprobar, creo que Alberto está más que dispuesto a unirse a tu causa.

Dave entró en la habitación de Alysa y le preguntó:

— ¿Cómo está mi enferma favorita?

—No estoy enferma, estoy bien  —le replicó Alysa—. ¿Cuándo voy a poder salir de aquí?

—Deja que te examine y, según cómo tengas esa herida, puede que te levante el castigo de reposo absoluto en cama para castigarte solo con reposo —bromeó Dave.

Dave le quitó el vendaje a Alysa del hombro, limpió y examinó la herida y los puntos de sutura. Cuando comprobó que todo estaba bien, volvió a ponerle un vendaje en el hombro y le dijo:

—Todo está perfecto, la herida no está infectada y está cicatrizando muy rápido. Pero tu cuerpo aún se está recuperando de la anemia producida por la pérdida de sangre, así que aunque te levante el castigo de guardar reposo en cama, no quiero que te muevas mucho y por supuesto no hagas ningún esfuerzo si no quieres que se te salten los puntos —le advirtió Dave—. Voy a buscar a Alberto, me pidió que lo avisara después de examinarte y que le informara de tu estado.

Dave salió de la habitación y bajó a la cocina en busca de Alberto, a quien encontró con Marcos desayunando. Le confirmó que Alysa estaba bien y que la herida estaba cicatrizando muy bien y muy rápido, pero también le advirtió que Alysa no podía hacer esfuerzos.

—Alysa es muy testaruda y siempre termina saliéndose con la suya, no dejes que te líe —le puso Dave sobre aviso a Alberto—. Sospecha si empieza a ponerte ojitos y cara de niña buena.

Alberto y Marcos rieron al escuchar las palabras de Dave. Habían conocido muy bien a Alysa desde que se instaló en la villa y sabían que lo que decía Dave era cierto.

Tras recibir algunos consejos por parte de Dave, Alberto se dirigió a la habitación de Alysa y allí la encontró hablando con el maestro Lee.

—Alberto, pasa —le invitó a entrar el maestro Lee cuando Alberto llamó a la puerta—. Le estaba explicando a Alysa que cincuenta de mis chicos se están ocupando de limpiar y vigilar vuestra villa y todas sus pertenencias.

—No deberías preocuparte por eso ahora —le replicó Alberto a Alysa—. Dave me ha dicho que te ha dado luz verde para que no te quedes todo el día en la cama, pero me ha advertido que no puedes hacer el más mínimo esfuerzo.

El maestro Lee les dejó a solas y Alberto ayudó a Alysa a ponerse en pie y la acompañó hasta el salón caminando despacio según las recomendaciones de Dave para que ella no se mareara.

Pasaron lo que quedaba de mañana en el salón, sentado en el sofá uno al lado del otro, mientras charlaban con Marcos, Dave, Diego y el maestro Lee sobre cómo actuar con Ronald Red y cómo enfocar el siguiente paso en la investigación.

Cita 76.

“Muchos de nosotros no estamos viviendo nuestros sueños porque estamos viviendo nuestros miedos.”

Les Brown.

Tú eres mi destino 13.

Alberto revisó una a una todas las imágenes de todas las cámaras de seguridad de la villa porque quería saber todo lo que había pasado. El maestro Lee le observaba sin decir nada al mismo tiempo que también veía aquellas imágenes, pero el maestro Lee confiaba plenamente en las facultades de Alysa para salir de esa clase de situaciones porque él mismo la había entrenado y preparado para ello, pero Alberto maldecía entre dientes una y otra vez hasta que el maestro Lee le dijo con la voz calmada:

—No te tortures más, Alysa se pondrá bien y nada de lo que ha ocurrido es culpa de nadie.

—No debimos separarnos, los guardas de seguridad debieron cumplir con las órdenes que Alysa les había dado y mi padre debería haberse ido por el maldito túnel cuando Alysa se lo dijo —analizó Alberto para rebatir lo que el maestro Lee le acababa de decir—. Arriesgó su vida para salvar la de mi padre y se lo agradezco, pero si esa bala hubiera impactado en su cabeza en vez de en su hombro no me lo hubiera perdonado nunca.

—Alysa es más fuerte y más inteligente que cualquiera de los discípulos que he entrenado desde niños bajo mi filosofía —comentó el maestro Lee—. Pero la mejor cualidad de Alysa no es que sea fuerte o inteligente, lo mejor de ella es que tiene el corazón noble.

Uno de los discípulos del maestro Lee llamó a la puerta del despacho y les informó que Dave ya le había hecho la transfusión de sangre a Alysa y que ella estaba bien.

Alberto y el maestro Lee regresaron al salón junto a los demás, donde Dave les esperaba para informar sobre la evolución y el estado de Alysa:

—Alysa está estable, pero ha perdido mucha sangre y está agotada —empezó a decir Dave—. Le he realizado una transfusión de sangre y en unas horas se recuperará. Ahora está dormida y permanecerá en observación en la sala médica hasta que le baje la fiebre.

— ¿Podemos verla? —Preguntó Alberto.

—Alysa necesita descansar, por lo que no podemos entrar todos a la vez a verla —les advirtió Dave cuando vio que todos le miraban—. Ahora está durmiendo, la veréis mañana cuando se despierte —se volvió hacia Alberto y le dijo—: Deberías descansar, pero si vas a pasarte la noche dando vueltas en la cama prefiero que te quedes con Alysa y me avises cuando se despierte, yo estaré justo en la sala de al lado haciendo un cultivo con su sangre.

—Me quedaré con Alysa —sentenció Alberto.

Dave y el maestro Lee acompañaron a Alberto a la sala médica donde Alysa se encontraba, le dieron las indicaciones oportunas y le dejaron a solas con Alysa, que estaba totalmente dormida.

—Alysa es una muchacha fuerte, en cuanto se despierte querrá saltar de la cama —dijo Soledad, una mujer que rondaba los sesenta años y que había sido lo más parecido a una madre que había conocido Alysa cuando sus padres murieron—. Soy Soledad, Alysa siempre dice que soy como su segunda madre y si estuviera despierta estoy segura que ella misma te lo diría —la mujer sonrió con melancolía y añadió mirando a Alysa con adoración—: Ella es tan bella por dentro como lo es por fuera, no la lastimes.

—Lastimar a Alysa es lo que menos desearía en este mundo —confesó Alberto.

Soledad le dedicó una sonrisa y se marchó igual que llegó, sin hacer ruido.

Alberto pasó toda la noche junto a Alysa pero a primera hora de la mañana el maestro Lee, Dave, Diego y Marcos le obligaron a retirarse a su habitación para que descansara. A Alberto no le quedó más remedio que obedecer, se retiró a su habitación y trató de dormir, pero pasadas un par de horas se cansó de dar vueltas en la cama, se dio una ducha rápida y bajó de nuevo a la sala médica donde Alysa se encontraba. En cuanto Diego le vio aparecer, se acercó a él y le dijo:

—Hijo, necesitas descansar.

—Estoy bien —le respondió Alberto—. ¿Cómo está Alysa? ¿Se ha despertado?

—Aún no se ha despertado, el maestro Lee está con ella —le respondió Dave.

El maestro Lee apareció como siempre sin hacer ruido y les anunció:

—Alysa se acaba de despertar. Dave, ve con ella —Alberto trató de seguir a Dave pero el maestro Lee le detuvo y le dijo—: – Mientras Dave se encarga de examinar a Alysa tú comerás algo y después podrás verla y estar con ella.

— ¿Está bien? —Preguntó Alberto preocupado.

—Todo lo bien que se puede estar después de haber recibido un disparo —le respondió el maestro Lee siendo realista—. Es muy testaruda y ya quería levantarse de la cama, así que imagínate.

—Me recuerda a alguien —comentó Diego refiriéndose a su hijo.

El maestro Lee sonrió, Diego tenía razón y esos dos se parecían mucho. Se dirigieron a la cocina y Soledad le preparó a Alberto un café bien cargado y unas tostadas con mantequilla y mermelada que Alberto devoró como si llevara días sin comer.

Media hora más tarde, cuando Alberto ya había calmado a su estómago, Dave irrumpió en la cocina hecho una furia y les dijo:

— ¡No la soporto más! Si me quedo un minuto más con ella, la mato, ¡no escucha nada de lo que le digo y pretende levantarse como si no hubiera pasado nada! —Se volvió hacia Alberto y le dijo—: A ver si tú eres capaz de tranquilizar a esa fiera.

Alberto asintió con la cabeza y se dirigió en busca de Alysa. Abrió la puerta de la sala médica y su mirada se cruzó con la de ella. Alberto sonrió al verla con el ceño fruncido y poniendo morritos como una niña pequeña, por fin se había despertado.

—Buenos días, bella durmiente —la saludó Alberto sin poder dejar de sonreír—. Tienes muy buen aspecto, por lo que he oído esperaba encontrarme a una fiera.

—No creas todo lo que oigas, la gente tiende a exagerar —le respondió Alysa devolviéndole la sonrisa y, al ver sus ojeras y sus ojos cansados, le preguntó preocupada—: ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —le respondió Alberto divertido—. Se supone que soy yo quién debería estar preocupado por ti.

—Espero que tú no me vayas también a dar un sermón —le dijo Alysa—. El maestro Lee me ha dicho que no has descansado nada desde que llegaste, yo he estado durmiendo desde que llegué.

—A ti te han disparado, yo simplemente estaba demasiado preocupado para dormir —se defendió Alberto sonriendo divertido—. Te propongo un trato, tú me prometes que no te vas a mover de la cama y yo prometo hacerte compañía y trataré de descansar lo que pueda en ese sofá —añadió señalando el pequeño sofá donde había pasado la noche junto a ella.

—En ese sofá no serás capaz de dormir ni aunque te seden —bromeó Alysa—. Y no quiero quedarme aquí, quiero estar en mi habitación.

—De acuerdo, a ver cómo me las apaño para convencerlos —le respondió Alberto.

El maestro Lee y Diego entraron en la sala para visitar a Alysa y Alberto aprovechó para exponer lo que ambos habían decidido. Al maestro Lee le pareció una muy buena idea y mandó instalar un sofá-cama en la habitación de Alysa para que Alberto pudiera descansar. A Diego no le pareció tan buena idea, pues sospechaba que aquellos dos descansarían poco si se les dejaba a solas en una habitación, pero decidió mantenerse al margen y callarse su opinión.