Archivo | abril 2017

Noventa minutos.

Cuando Arthur le pide a Gina que le acompañe a una gala benéfica, ella no es capaz de negarse y no porque sea su jefe, si no porque también es un buen amigo. En la gala benéfica conoce a Jake, un amigo de Arthur al que no puede dejar de mirar en toda la noche.

Tras una más que interesante puja, en la que Jake logra conseguir un baile con Gina y Arthur un baile con Emily, deciden ir a tomar unas copas y, a pesar de algunos imprevistos, pasan la noche juntos.

Él no quiere una relación estable y se lo hace saber a Gina desde el principio. Ella tampoco quiere enamorarse, todavía recuerda todo lo que sufrió al enamorarse de Brad y teme que la historia se repita.

Sin embargo, su acuerdo de pasar juntos una única noche se va al traste cuando una amenaza del pasado regresa para acechar a Gina y Jake se convierte en su escolta. Pasar las veinticuatro horas del día juntos no les resultará fácil, por eso acuerdan una puesta al día de noventa minutos para coordinarse. Pero, cuando el peligro acecha, la familia interviene y la tensión sexual es cada vez más incontrolable, las cosas solo pueden acabar de una manera…

¿Quieres saber más sobre la historia de Jake y Gina? No te pierdas esta novela y síguela capítulo a capítulo:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Cita 67.

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.”

Jorge Luis Borges.

Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.

Siempre sale el sol 23.

El viernes por la mañana Luna se despertó entre los brazos de Mike, como tantas otras mañanas se había despertado a su lado y sonrió al ver que estaba despierto. Mike la besó en la frente y la estrechó entre sus brazos para después susurrarle al oído:

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en los labios y añadió—: ¿Preparada para desayunar antes de poner rumbo a Armony?

—Estoy nerviosa, Mike —confesó Luna.

—Tranquila, cariño. Yo voy a estar contigo en todo momento —la tranquilizó Mike—. Estamos juntos en esto y estoy seguro de que todos estarán contentos de que lo hayamos arreglado y mucho más contentos se pondrán cuando les digamos que un pequeño bebé viene en camino.

—Mi bebé —pensó en voz alta Luna mientras se acariciaba la tripa.

—Nuestro bebé, cariño —la corrigió Mike con ternura.

Después de ducharse y desayunar, Mike y Luna se dirigieron a Armony con la intención de quedarse un par de días y regresar a la ciudad para empezar a organizar el traslado de Luna.

Nada más aparcar el coche frente a la casa de Clare, todos salieron a la puerta a pesar del frío que hacía en la calle. Estaban nerviosos porque no sabían lo que esos dos habían planeado, pero se relajaron en cuanto vieron que Mike ayudaba a bajar del coche a Luna y después le daba un beso en los labios. Clare sonrió ante aquella escena, igual que Helen y Ryan. La pequeña Amy vio a sus padrinos besarse y exclamó feliz:

—¡Tito, has cumplido tu promesa y la tita vuelve a ser tu novia!

—La tita ha sido demasiado buena con el tito, pero ahora os lo contaremos —murmuró Mike sumamente avergonzado por lo idiota que había sido.

Entraron en la casa y, sin quitarse el abrigo y viendo el mal trago que estaba pasando Mike, decidió no andarse con rodeos:

—Como todos sabéis, Mike y yo discutimos y lo dejamos hace unos meses —resumió sin entrar en detalles—. El caso es que ayer Mike y yo hablamos mucho de lo que sentimos el uno por el otro y de lo mucho que nos echamos de menos. Os he ocultado algo a todos desde hace unos meses y, aunque sé que debí decíroslo antes, lo cierto es que primero necesitaba asimilarlo yo.

Todos sabían lo que había pasado entre aquellos dos, incluida Clare, pero todos asintieron y prestaron atención sin decir nada ya que todos sabían que se habían perdonado y no querían buscar culpables.

—Luna y yo hemos arreglado nuestras diferencias y, tras decidir que queríamos estar juntos el resto de nuestras vidas, Luna me dio una gran noticia que no esperaba pero que me ha hecho el hombre más feliz del mundo —dijo Mike sonriendo. Besó a Luna en los labios apasionadamente y la ayudó a quitarse el abrigo para que todos vieran su ya redonda tripa.

—¿Tú lo sabías y no nos lo habías dicho? —Le reprochó Ryan a Mike.

—Mike no supo nada hasta que me vio ayer —aclaró Luna.

—¿Es que pensabas ocultárnoslo? —Le preguntó Helen bromeando.

—Todo lo que ha pasado últimamente nos ha cogido por sorpresa y los dos hemos necesitado nuestro tiempo para asimilarlo y adaptarnos a la nueva situación —salió Mike en defensa de Luna—. Lo cierto es que yo estoy encantado con mi nueva situación.

Mike abrazó a Luna desde la espalda y la besó en la mejilla mientras acariciaba su vientre. Todos les dieron la enhorabuena a la pareja, les contaron los planes que tenían de vivir en Armony y la felicidad de la familia fue absoluta.

Al día siguiente, Mike y Luna fueron a Comer a casa de los padres de Mike, aprovechando que también estaban allí Alan y Linda, y tuvieron la misma conversación. La familia de Mike reaccionó igual de bien que la familia de Luna.

Luna y Mike aprovecharon el viernes y el sábado para visitar a sus familias y darles las nuevas y muy buenas noticias, pero el domingo decidieron pasarlo a solas en casa de Mike.

—He pensado que la habitación que hay en frente de mi despacho podría ser la habitación del bebé, es grande y entra mucha luz —comentó Mike mientras guiaba a Luna hacia a la habitación en cuestión—. Nuestra habitación está justo al lado. ¿Qué te parece?

—Me parece genial, Mike —le respondió Luna sonriendo más feliz que nunca.

—Y también he pensado que la habitación del otro lado de mi despacho podríamos convertirla en tu despacho —le dijo Mike abrazándola por la espalda—. Pide lo que quieras y será tuyo.

—En ese caso, te pido a ti —le respondió Luna besándole en los labios.

***

Seis meses más tarde, Luna, Mike y el pequeño Mike con tan solo un mes de vida, vivían en la casa de Mike. Habían invitado a toda su familia y todos estaban en el jardín, disfrutando del calorcito del mes de mayo y asando carne en la barbacoa.

Luna se acercó hasta el carrito donde el pequeño Mike estaba y lo cogió en brazos al ver que estaba despierto. Al verla, Mike se acercó hasta a ella y, abrazándola por la espalda, le susurró:

—¿Cómo están mis dos tesoros?

—Hambrientos —le contestó Luna divertida—. Voy a dar de comer al pequeño Mike, vuelvo en seguida.

—Voy contigo, cariño —sentenció Mike, que no había dejado a Luna sola desde que se reconciliaron y mucho menos desde que nació el bebé—. Cariño, ¿te he dicho ya que hoy estás preciosa?

—Sí, como unas cien veces ya —le contestó Luna divertida—. Pero sabes que me encanta oírtelo decir, cariño.

—Estás preciosa, cariño —le susurró Mike a Luna en el oído.

 

FIN

Siempre sale el sol 22.

Daniel llamó a Luna por teléfono antes de ir a buscarla y, cuando supo que lo habían arreglado, Daniel le dijo a Luna que debía ir sola con Mike a la consulta de la doctora Emerson. Luna le dijo a Mike que finalmente Daniel no les acompañaría y él lo agradeció en silencio. Mike aún trataba de asimilar todo lo que había averiguado en las últimas veinticuatro horas, pero se sentía feliz de que Luna le hubiera perdonado y aún más feliz de saber que iba a ser padre, pese a que nunca antes se lo hubiera planteado.

Mike condujo en su coche hasta llegar al hospital. Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y Luna se encontró con el doctor Walsh por los pasillos del hospital.

—Señorita Soler, ¿qué tal se encuentra? —Le preguntó el doctor.

—Mejor, cada vez tengo menos náuseas y no me he vuelto a desmayar, pero sigo durmiéndome por los rincones —le contestó Luna—. Ahora voy a la consulta de la doctora Emerson.

—En cuanto veas la ecografía, dejarás de llamarlo lagarto —bromeó el doctor Walsh.

Luna se dio cuenta de que ambos hombres se miraban esperando una presentación, así que rápidamente hizo las presentaciones oportunas:

—Doctor Walsh, él es Mike, el padre del lagarto —continuó bromeando Luna. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Cariño, el doctor Walsh es el médico que me atendió cuando vine de urgencias y quién tuvo que aguantar al histérico de Richard, además de a mí.

Mike no tenía ni idea de lo que Luna le estaba diciendo, no sabía nada de los últimos meses de la vida de Luna y por supuesto no sabía que se hubiera desmayado, ni tenido náuseas, ni mucho menos que hubiera tenido que venir de urgencias al hospital. Un poco tenso e incómodo, Mike le tendió la mano y saludó al doctor Walsh con un firme pero educado estrechón de mano.

—Encantado de conocerle, Mike —le dijo el doctor—. Si me permite un consejo, trate de mantener lo más alejado posible a Richard cuando el bebé decida venir al mundo o se volverá loco tratando de lidiar con una parturienta y la persona más histérica del planeta.

—Seguiré su consejo, sé de lo que me está hablando —le contestó Mike divertido antes de despedirse del doctor.

Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y la recepcionista les hizo pasar a una pequeña sala de espera hasta que la enfermera los llamara. Nada más quedarse a solas en esa sala de espera, Mike le dijo a Luna con tristeza:

—Debí ser yo en vez de Richard quien estuviera a tu lado cuidando de ti y apoyándote. Ni siquiera sabía que habías venido de urgencias al hospital, ¿qué pasó?

—No pasó nada —le restó importancia Luna con una dulce sonrisa para que dejara de torturarse. Le besó en los labios y añadió—: Estaba de bajón y Richard decidió llevarme de compras, pero me mareé y me desmayé. Tuvo que llamar a una ambulancia, aunque yo me desperté ya en la habitación del hospital, justo cuando el doctor Walsh me examinaba. Él fue quién me dijo que me había desmayado porque estaba embarazada y después me derivó a la consulta de la doctora Emerson, que me hizo la primera ecografía, la que te he enseñado.

—Y, ¿qué me dices de las náuseas? —Preguntó Mike—. Quiero saberlo todo, pequeña. Ahora voy a ser yo quien cuide de ti, te prometo que voy a satisfacer todos tus antojos.

—Te advierto que ésta última semana he tenido tres antojos y todos de madrugada, será mejor que no prometas lo que no vas a cumplir —bromeó Luna.

—Te prometo que lo haré encantado.

—Luna, ¡estás preciosa! —Dijo la doctora Emerson cuando la vio—. El embarazo te está sentando cada vez mejor y, además, veo que vienes muy bien acompañada, ¿el padre del lagarto?

—El mismo —dijo Mike sonriendo y le tendió la mano a la doctora—. Soy Mike Miller.

Tras la presentación y el saludo oportuno, la doctora les hizo pasar dentro de la consulta y le dijo a Luna que se tumbase en la camilla y se levantara el jersey para dejar despejada la tripa. Mike ayudó a Luna a subir a la camilla y después la doctora la ayudó a levantarse el jersey y la cubrió con una sábana que arremangó bajo sus pantalones para evitar que se mancharan. La doctora encendió la máquina de ecografías, puso gel sobre el aparato y sobre el vientre de Luna y buscó al bebé, el cual encontró rápidamente. Tras comprobar que todo estuviera bien, les dijo a los futuros padres:

—Vuestro bebé está perfectamente, pesa 110 gramos y mide 12 centímetros —enfocó el aparato y les señaló en el monitor todas y cada una de las partes del bebé, que ya se definían perfectamente—. Como puedes ver, ya no parece un lagarto.

—Es nuestro bebé, cielo —le susurró Mike a Luna al oído.

—Hasta que le ponga un nombre, será mi querido y adorado lagarto —sentenció Luna—. Es un apodo cariñoso, no sé por qué os parece tan malo.

— ¿Podemos saber si es niño o niña? —Preguntó Mike.

—Todavía no, pero en la próxima visita el mes que viene sí que podremos saberlo, si el bebé se deja ver, claro —comentó divertida la doctora. Se volvió hacia Luna y le preguntó—: – ¿Ya sabes si quieres saber o no el sexo del bebé?

—Aún lo estamos pensando —respondió Luna al ver de nuevo la tristeza en los ojos de Mike.

—Tenéis un mes para seguir pensándolo, pero deberéis tenerlo decidido cuando volvamos a vernos —concluyó la doctora—. Ahora vamos a sacar un par de fotos de vuestro pequeño lagarto para que os las podáis llevar a casa.

La doctora le dio las ecografías impresas a Luna y después le dio cita para hacerse unos análisis una semana antes de la cita con ella, para poder tener los resultados. Mike le hizo miles de preguntas a la doctora y se informó de las clases preparto.

Cuando salieron de la consulta, Mike y Luna decidieron ir a comer a un restaurante íntimo dónde poder seguir hablando de las miles de cosas que tenían pendientes.

— ¿No quieres saber el sexo del bebé hasta que nazca? —Le preguntó Mike tratando de parecer más paciente de lo que pareció.

—No sé, la verdad es que me da igual saber si va mi lagarto va a ser niño o niña, solo quiero que esté bien —le respondió Luna encogiéndose de hombros.

—Si sabemos que va a ser niño o niña, podremos comprar muchas más cosas y estar más preparados. ¿De qué nos sirve comprar un vestido si luego es un niño?

—Supongo que tienes razón —le respondió Luna y concluyó—: En la próxima visita a la consulta de la doctora Emerson lo descubriremos. ¿Tienes alguna preferencia?

—Me da igual, solo quiero que esté sano —le respondió Mike con sinceridad—. Por cierto, si piensas en que nos quedemos en la ciudad, tendremos que comprar una casa, en tu apartamento no tendremos suficiente espacio.

— ¿Estás dispuesto a mudarte a la ciudad con nosotros? —Le preguntó Luna tocándose el vientre con un gesto protector.

—Cariño, estaba dispuesto a mudarme a la ciudad antes de que tus vacaciones terminaran y tuvieras que volver, no quería separarme de ti —le confesó Mike—. Ahora que sé que vamos a tener un bebé, iría hasta el fin del mundo si fuera necesario.

—Ya había pensado en mudarme y he estado echando un vistazo a las casas que se venden en mi barrio, pero no termina de convencerme ninguna —le dijo Luna—. Pero hoy la situación es totalmente distinta a la de ayer y bueno, sé que acabas de construir la casa de tus sueños en Armony y que además tienes allí tu trabajo así que, si no te importa hacernos un hueco en tu casa, al lagarto y a mí nos gustaría quedarnos contigo.

— ¿De verdad quieres vivir en Armony? ¿Qué hay de tu trabajo? —Preguntó Mike—. Nada me gustaría más que te quedaras en casa, pero quiero que estés segura de ello. No tienes por qué tomar una decisión ahora, tómate tu tiempo para pensarlo.

—Ya lo he pensado, quiero vivir contigo en Armony —le aseguró Luna con una amplia sonrisa en los labios que volvió loco a Mike—. Aunque tendrás que hacer sitio en tu armario para mi ropa y hacer reformas en una de las habitaciones para preparar la habitación del bebé.

—Cariño, puedes hacer lo que quieras con la casa —le respondió Mike alegre—. Y, ¿cuándo tienes pensado hablar con tu familia?

—Le prometí a mi abuela que mañana iría a Armony y le contaría lo que estaba pasando, así que mañana tendré que hablar con ella.

—Si te parece bien, podemos reunir también a Helen y Ryan y les damos la noticia a todos —le propuso Mike—. Y también tendremos que hablar con mis padres.

—De momento, solo quiero irme a casa y dormir un rato contigo después de hacer el amor, si es que te sigo gustando así de gorda.

—Me encantas así, estás extremadamente sexy —le susurró al oído.

Ambos se besaron y Mike le pidió la cuenta al camarero, cumpliendo los deseos de Luna y llevándola al apartamento donde, después de hacer apasionadamente el amor, ambos se quedaron dormidos.