Archivo | marzo 2017

Siempre sale el sol 8.

El domingo por la mañana Helen y Ryan regresaron de su segunda luna de miel y ambos estaban felices y sonrientes, pero habían echado mucho de menos a su pequeña y fueron a abrazarla de inmediato.

Clare había preparado comida para todos, incluido Mike, para dar la bienvenida a su nieta mayor y su marido y, por otra parte, para despedirse de Luna, quien tenía que regresar a la ciudad porque al día siguiente tenía una reunión importante.

—Me alegra saber que la sangre no ha llegado al río —bromeó Helen mirando simultáneamente a Mike y Luna—. ¿Ha ido todo bien? La abuela me ha dicho que no habéis discutido y eso es muy raro.

—Luna, me he enterado que has vuelto a montar el caballo de Helen y recuerdo haberte dicho que no quería que nadie se acercara a ese caballo —le regañó Ryan. Acto seguido, se volvió hacia a su amigo y le reprocho—: ¿Cómo se te ocurre dejarla montar ese caballo? ¿Acaso querías que se matara?

—Mike trató de impedirlo, pero no le hice caso —lo exculpó Luna.

—Tú nunca haces caso a nadie, ese caballo es agresivo y muy arisco —le recordó Ryan—. Hasta el chico que le da de comer está acojonado, ¿es que te has vuelto loca, Luna?

—Ya estaba loca cuando la conociste, amor —bromeó Helen tratando de calmar a su marido.

—Tienes que ver lo dócil que se vuelve ese caballo en la presencia de Luna, es realmente asombroso —intervino Mike.

—Al parecer eso no es lo único asombroso —comentó Ryan sonriendo maliciosamente.

—Mamá, ayer fui con los titos y nos bañamos en el río —le dijo la pequeña a su madre—. Y el tito dice que la tita es muy sexy y la abuela también lo cree.

Helen y Ryan miraron a Mike, Luna y Clare y finalmente fue Helen la que habló:

—Creo que deberíais evitar mantener algunas conversaciones delante de mi hija. Por si no os habíais dado cuenta, repite todo lo que oye.

—No hace falta que lo jures —murmuró Mike.

—Tiene gracia que precisamente tú digas eso —le replicó Luna con sorna—. Tu hija le ha dicho a todo el mundo que su tita le ha dado calabazas a su novio cuando le pidió que se casara con él.

—Ups —fue lo único que dijo Helen, totalmente ruborizada.

— ¿Es que siempre tengo que ser el último en enterarse de todo? —Preguntó Ryan molesto.

—Eres demasiado gruñón, por eso nadie te cuenta nada y siempre eres el último en enterarte de todo lo que ocurre —se mofó Luna.

Todos rieron alegremente y pasaron al interior de la casa para poco rato después sentarse a la mesa a comer. Como siempre, Clare estaba encantada de tener la casa llena de gente, de su familia.

Después de comer, Helen y Luna se retiraron a la cocina y así poder hablar mientras ayudaba a su abuela a recoger y limpiar. Los chicos se quedaron con Amy en el salón y, en cuanto la niña se quedó dormida, Ryan le ordenó a Mike que le contara lo que estaba pasando entre él y Luna. Mientras Mike le contaba todo lo que había pasado con Luna remontándose cinco años atrás, Luna hacía lo mismo con Helen en la cocina. Clare, al ver la intimidad que había entre los chicos y las chicas, decidió coger en brazos a su bisnieta que se había quedado completamente dormida y la llevó a su habitación.

Cuando Helen y Luna terminaron de hablar, regresaron al salón junto a Ryan y Mike y continuaron charlando, pero de otros temas.

Ninguno de los dos había contado nada de lo que habían hablado, simplemente se limitaron a confesar que habían pasado la noche juntos el día de la boda de Helen y Ryan y cómo se habían evitado desde entonces, sobretodo Luna. También les dijeron que estos días habían hablado del tema y que habían hecho una tregua. Ninguno de los dos confesó lo que verdaderamente sentían, pero ni a Helen ni a Ryan les hizo falta oírselo decir para saberlo. Sabían que Luna necesitaba su tiempo para asimilar las cosas y tomar decisiones, no era de las que se tiraban a la piscina y huía de toda relación que empezara a formalizarse. Por otro lado, Mike era bastante mujeriego y tampoco se había comprometido con nadie. De hecho, les dejaba muy claro a todas las mujeres con las que salía que sus intenciones nunca irían más allá de salir a cenar y pasar una buena noche de sexo. Pero entre ambos había una tensión sexual no resuelta que tarde o temprano acabaría por resolverse.

Cuando Amy se despertó de la siesta, Helen y Ryan decidieron marcharse a su casa para organizarse después de haber pasado una semana fuera. Mike se despidió de Clare pero Clare insistió en que se quedara a cenar y no pudo negarse cuando Luna le dijo:

—Me voy mañana por la mañana y no tendrás que soportarme más, podrías hacer un último esfuerzo y quedarte a cenar.

Mike se sorprendió ante las palabras de Luna, que le tenía completamente desconcertado. Tan pronto huía de él como le pedía que se quedara a cenar con ella, pero lo cierto era que Mike estaba hechizado y cautivado por Luna y aceptó encantado a quedarse a cenar.

Clare se percató de que aquellos dos necesitaban intimidad y, tras comerse un par de manzanas, les dijo que estaba cansada y se retiró a su habitación dejando a su nieta a solas con Mike.

Luna supo lo que su abuela pretendía y se lo agradeció en silencio. Por primera vez desde hacía mucho tiempo no quería salir huyendo de Armony, por primera vez quería quedarse. Y todo era en parte por Mike, que le atraía demasiado como para poder mantenerse alejada de él. Durante la última semana había descubierto a una persona que le gustaba y con la que existía esa chispa de pasión contenida que tanto la excitaba.

—Bueno, supongo que ya solo queda decirte que conduzcas con cuidado —le dijo Mike nada contento con tener que despedirse de Luna—. Y, si encuentras un hueco en tu agenda, pásate por aquí a vernos. Quizá la próxima vez logremos convencer a Ryan para que te vea montar el caballo de Helen sin que se ponga hecho una furia.

—Tengo que ocuparme de algunos asuntos en la ciudad, pero regresaré pronto.

—No puedo creerte si no me lo prometes —le contestó Mike tratando de obtener lo que quería.

—Nunca prometo lo que no estoy segura de cumplir, pero te prometo que mis intenciones, hoy por hoy, son regresar pronto a Armony —le confesó Luna.

—Supongo que debo conformarme con eso —se resignó Mike sabiendo que con Luna debía ir despacio o saldría huyendo otra vez—. ¿A qué hora te marchas?

—Quiero irme sobre las diez de la mañana, acompañaré a Helen a llevar al colegio a Amy y después desayunaré con mi abuela y Helen antes de marcharme.

—Tengo que ir a Ciudad Capital dentro de un par de semanas, quizás podamos vernos y cenar juntos —propuso Mike.

—Tienes mi número, solo tienes que llamarme —le contestó Luna con una sonrisa que deslumbró a Mike.

—Ten por seguro que lo haré —le aseguró Mike a Luna—. Pero tienes que prometerme que no saldrás huyendo.

—Ya te lo he prometido y creo que había quedado claro —le dijo Luna un poco molesta por el tono de reproche—. Llámame cuando vengas a la ciudad y tendrás la oportunidad de comprobarlo.

Mike sonrió, satisfecho con lo que había conseguido de Luna, que era más de lo que esperaba. Luna se le acercó y le dio un beso en la mejilla a modo de despedida, aunque en ese momento tenía ganas de besarle en los labios. Mike aprovechó la cercanía del momento para susurrarle al oído:

—Espero que no empieces ahora a romper tus promesas.

Luna sintió la voz ronca de Mike susurrándole al oído y sintió mil emociones que no había sentido nunca. Estar junto a Mike le hacía sentir bien, le gustaba y le atraía, pero debía regresar a la ciudad, allí estaba su vida. Lo mejor era no complicar las cosas, podrían ser buenos amigos, pero nada más.

—Cuídate, nos vemos pronto —se despidió Luna poniéndose tensa.

—Lo mismo digo, princesita de la ciudad —le respondió Mike antes de subirse a su coche y marcharse.

Luna se quedó contemplando como Mike se alejaba en su coche y no le gustó la sensación que le produjo saber que ya no mantendría esas largas conversaciones con él, ni se reiría con sus bromas como había estado haciendo estos últimos días.

Mike llegó a su casa y maldijo el momento en que Luna decidió mudarse a la ciudad en lugar de quedarse en Armony, todo sería más fácil si ella viviera en Armony. Tendría que esperar dos semanas para volver a verla y eso eran muchos días, con sus respectivas noches.

Siempre sale el sol 7.

Los días fueron pasando y Mike iba todas las tardes a casa de Clare después de salir del trabajo para estar con Amy y con Luna. Clare estaba encantada de ver cómo su nieta y Mike empezaban a entenderse y habían dejado a un lado esa hostilidad y tensión que había antes. Clare había tratado de sonsacarle algo a Luna, pero su nieta insistía una y otra vez en que no había nada entre ellos y que tan solo se estaban conociendo como dos amigos, nada más.

Durante toda la semana, Mike se había esforzado por conseguir toda la información posible sobre Luna, quería saberlo todo de ella y parecía que ella estaba dispuesta a contárselo. Le había prometido que todo lo que hablaran quedaría entre ellos y eso había concedido cierta confianza entre ambos.

El sábado por la mañana, Mike pasó a recoger a Luna y Amy para llevarlas al club de campo, donde se subirían a un par de caballos para llegar al río.

—Luna, Amy —las llamó Clare cuando vio a través de la ventana cómo Mike aparcaba su coche frente a la puerta de su casa—. Mike ya está aquí.

Amy bajó las escaleras corriendo y llegó al hall justo cuando Mike entraba por la puerta. La niña se arrojó a los brazos de su tito y exclamó:

—¡Tito Mike, la tita también viene!

—Lo sé, princesa —le contestó Mike abrazando a la pequeña. Miró hacia las escaleras esperando ver a Luna y, cuando no la vio, le preguntó a Amy—: ¿Dónde está la tita?

—Está discutiendo al teléfono —contestó la pequeña—. Pero me ha dicho que solo tardaría un minuto.

Luna bajó las escaleras sonriendo, pero en su rostro se notaba que estaba de mal humor, por mucho que ella tratara de disimularlo, y tanto Clare como Mike se percataron, aunque ninguno de los dos tuvo valor suficiente como para preguntar.

—Cielo, si ellos van a caballo, ¿cómo irás tú? —Quiso saber Clare.

—La tita puede ir con el caballo de mamá, a veces lo monta, ¿verdad, tita? —dijo Amy.

Sí, princesa —le respondió Luna a su ahijada con una amplia sonrisa—. Es una buena idea, cogeré el caballo de mamá.

—Creía que no montabas a caballo —comentó Mike confundido—. ¿El caballo de Helen? Ese caballo tiene muy mala leche, ni siquiera Helen lo monta, ese caballo no permite que Ryan o yo nos acerquemos, al único que tolera es al chico que le da de comer y aun así tampoco permite que se acerque demasiado. No hablas en serio cuando dices que lo vas a montar, ¿verdad?

—Claro que lo voy a montar —le replicó Luna.

—Si Ryan se entera de que montas en ese caballo, nos matará a los dos —trató de hacer que Luna cambiara de opinión sin llegar a discutir con ella.

—Si no se lo decimos, papi no se enfadará —dijo Amy con cara de pillina—. La tita lo monta cada vez que viene porque le da pena verlo tan solo, pero mamá y yo no decimos nada, así el papi no se enfada con nosotras.

—Amy cariño, ve a buscar tu toalla, la necesitarás si quieres bañarte en el río —e dijo Luna a su ahijada, esperó a que subiera las escaleras y añadió—: Soy la única persona que ese caballo deja que se acerque y necesita que alguien le haga correr un poco.

—Luna… Me vas a meter en un lío con Ryan —le advirtió Mike—. Además, no me fío de ese caballo, es muy arisco y salvaje. Ni siquiera es cariñoso con Helen que lo adiestró desde que nació.

—El caballo de Helen se parece mucho a Luna, los dos son temperamentales y echan de menos a las mismas personas —le dijo Clare a Mike—. Luna no había montado a caballo desde hace mucho tiempo. Creo que deberíamos dejar que lo haga y, si Ryan se enfada, le diré que tú no tienes nada que ver y que yo insistí —convino Clare.

—Creo que será mejor que Ryan no se entere, quiero seguir viviendo algunos años más —se resignó Mike ante aquellas dos mujeres.

Amy regresó con su toalla y los tres se despidieron de Clare. Se dirigieron al establo del club de campo en el coche de Mike y allí Luna corrió directamente hacia la caballeriza donde se encontraba el caballo de Helen.

Luna dejó de montar a caballo cuando sus padres murieron, le recordaba demasiado a su madre y a su padre y los echaba de menos, por eso dejó de hacerlo. Cuando se fue a la universidad de Ciudad Capital, Helen se hizo cargo de su caballo, pero un par de meses después murió, probablemente de pena. Luna nunca se lo había perdonado y tenía la firme idea de que había sido por su culpa. Por eso, desde hace un par de años, cuando Luna vino a Armony de visita y vio que el caballo de Helen empezó a deprimirse y volverse arisco, ella sentía la obligación de animarle y consiguió con mucho esfuerzo que el caballo confiara en ella, aunque para llegar hasta ese punto Luna salió volando por los aires muchas veces. Por suerte, Amy era muy pequeña para recordar aquello y Luna y Helen se encargaron muy bien de guardar ese pequeño secreto, pues Ryan se hubiera puesto furioso con ambas.

—No me fío de ese caballo, Luna —le dijo Mike a Luna preocupado.

—Tranquilo, lo peor entre él y yo ya pasó, tendrías que haberme visto las primeras veces que intenté subirme en él —le respondió Luna divertida.

—Ve con cuidado, lo último que me falta es que te caigas del caballo —dijo Mike resignado.

—No me subestimes, pequeño vaquero —se mofó Luna, que estaba emocionada por volver a montar a caballo y, por primera vez, se alegraba al recordar como ella y su madre paseaban por los alrededores de Armony con sus respectivos caballos.

Luna subió al caballo de Helen de un salto, sin esperar a que Mike la ayudara. Mike subió a Amy a su caballo y después subió él detrás de la niña para mantenerla segura entre sus brazos.

Mike se quedó asombrado al ver como el caballo de Helen obedecía a todas y cada una de las órdenes que Luna le daba. Ese caballo había caído rendido a sus pies, igual que lo había hecho él.

Los tres se dirigieron paseando en ambos caballos hacia el río, donde se acomodaron a la orilla bajo la sombra de un frondoso árbol. Clare les había preparado una cesta con comida y merienda, una botella de vino y otra de agua y algunas piezas de fruta.

Mike cogió las dos botellas de vino y agua y las metió en el agua del río entre dos rocas para que se mantuvieran frescas. Luna le quitó la camiseta y los pantalones a Amy para dejarla solo con el bañador y que se pudiera meter en el río.

—Hace mucho calor, ¿no vas a bañarte? —le preguntó Mike a Luna al ver que no se quitaba la ropa y él se moría por verla en bikini.

Luna fue a responder cuando Mike se quitó la camiseta y se le olvidó lo que iba decir. Mike estaba muchísimo mejor de como ella recordaba. Le observó coger a Amy en brazos y meterse con la pequeña en el agua.

—Tita, ven con nosotros —le gritó Amy divertida.

—Sí tita, ven con nosotros —secundó Mike imitando a su ahijada y provocando la risa de Luna que tanto le gustaba escuchar.

Luna no podía resistirse y aceptó divertida aquella invitación. Se quitó la camiseta de tirantes y el short tejano que llevaba y se quedó vestida únicamente con su recién estrenado bikini de color rosa que hacía resaltar su tono dorado de piel.

Mike observó cómo Luna se desprendía de su ropa y tuvo que mirar hacia otro lado cuando su entrepierna empezó a crecer de tamaño. Cuando volvió a mirarla, ya se estaba metiendo en el agua pero pudo observarla de cintura para arriba y se tuvo que obligar a mirarla a los ojos. Amy se arrojó a los brazos de Luna y los tres jugaron a salpicarse con el agua.

Brenda, que les había visto marcharse del club de campo con los caballos, los había seguido y los observó bañándose en el río. Maldijo al verlos tan cómodos y con tan poca ropa, pero se consoló sabiendo que no harían nada delante de la pequeña Amy. Furiosa y muerta de celos, Brenda decidió regresar al club de campo y pensar un plan para conquistar a Mike. No iba a permitir que Luna le robara otra vez a un hombre.

Siempre sale el sol 6.

Luna entró en casa de Mike y se quedó asombrada. Era una majestuosa casa con suelo de parquet y paredes con paneles de madera que le daban un toque rústico y hogareño a la vez que elegante con la preciosa chimenea de mármol.

Mike observaba todas y cada una de las expresiones de Luna mientras contemplaba la casa y le gustó lo que su rostro reflejaba. Se había tenido que esforzar para poder conseguir los permisos de construcción y el terreno le había dado problemas, pero finalmente lo había conseguido y estaba orgulloso de su casa, a pesar de que nunca había llevado a ninguna mujer a allí, a excepción de Helen y Amy.

—Has hecho un gran trabajo, tienes una casa preciosa —le dijo Luna con sinceridad tras echar una ojeada a la planta baja, una estancia completamente abierta que albergaba la cocina, el comedor y el salón—. Me gusta que hayas construido una casa rústica en vez de una de esas horribles casas modernas.

—Soy un chico de pueblo, tú eres la princesita de la ciudad a quien debería gustarle una de esas horribles casas modernas —bromeó Mike.

—Eres tú quien se ha empeñado en creer y en juzgarme como a una princesita de ciudad, pero no sabes nada de mí. Y no me mal intérpretes, no es ningún reproche.

—No me has permitido saber nada de ti, Luna —se lamentó Mike—. Huiste antes de que me despertara y desde entonces me has estado evitando y, cuando por fin conseguía coincidir contigo tú tratabas por todos los medios de no quedarte a solas conmigo. ¿Cómo pretendes que sepa algo de ti?

—Ya te he dicho que no te estaba reprochando nada, simplemente te digo que das por hecho cosas de mí que desconoces —le aclaró Luna—. Crees que soy una persona fría y superficial que odia este pueblo y que prefiere vivir en la gran ciudad antes que quedarse con su familia.

—Yo no creo nada de eso, Luna —le susurró Mike—. Te he traído aquí para que podamos hablar sin reproches, no pretendo juzgarte —le dedicó una sonrisa y, con su tono de voz normal, le dijo abriendo un armario de la cocina para coger dos copas—: ¿Qué te apetece beber?

—Lo que quieras, ¿qué vas a beber tú?

—Mañana tengo que trabajar y no me conviene tener resaca, además quiero estar sereno cuando hablemos —contestó Mike—. ¿Te apetece una cerveza?

—Una cerveza estará bien —le contestó Luna sonriendo tímidamente—. Pero no hace falta que pongas copa, me gusta beber directamente del botellín.

Mike sonrío, cogió un par de cervezas de la nevera y dejó las copas sobre la encimera de la cocina antes de regresar junto a Luna y guiarla hasta el sofá. Esperó a que se sentara para ofrecerle una de las cervezas y acto seguido se sentó a su lado.

— ¿Qué te pasó para que dejaras de montar a caballo? ¿Te caíste? —Preguntó Mike por sacar un tema de conversación.

—No te lo tomes a mal, pero no quiero hablar de eso —le contestó Luna con una tristeza en la voz que le partió el alma a Mike.

—Lo siento, no pretendía…

—Lo sé, no te preocupes —le contestó Luna forzando una sonrisa—. Pero querías hablar de otro tema, ¿no es así?

—Sí, aunque no sé por dónde empezar —Mike suspiró y añadió—: Supongo que lo mejor será empezar por el principio. ¿Por qué te fuiste de mi casa sin siquiera despedirte? Sigo sin entender qué hice para que te fueras así.

—Tú no hiciste nada, Mike —le disculpó Luna—. Me asusté. Tú eras el mejor amigo del marido de Helen, casi como un hermano para él y yo casi como una hermana para Helen, todo era muy raro y me sentí incómoda, perdida. Si mi abuela o Helen se hubieran enterado hubieran empezado a organizar otra boda, créeme. Supongo que el camino más fácil era salir de allí sin que me vieras para evitar esta conversación, que ya ni siquiera tiene sentido —sonrió al pensar que ya no le incomodaba estar con Mike.

—Y después seguiste evitándome —confirmó Mike—. Ryan nos vio entrando en mi casa cuando se iba en el coche nupcial con Helen tras el banquete, ¿sabes cuántas veces me ha preguntado qué te hice para que no quisieras volver a verme? ¡Joder, hasta me acusó de haberme propasado contigo! Incluso yo mismo llegué a dudarlo…

— ¿Ryan lo sabe? —Preguntó Luna.

—Tranquila, le hice prometer que no se lo diría a Helen —la tranquilizó Mike—. Aunque confiaba en que tú hablaras con Helen y ella echara un poco de luz a mis dudas, pero nunca me ha dicho nada y ahora sé que es porque tú no se lo dijiste.

—Siento los malentendidos que te haya podido ocasionar, te aseguro que mi intención no era causarte problemas —se disculpó Luna—. No voy a decirte que he cambiado y que soy una persona completamente distinta porque te mentiría, pero sí que he madurado un poco desde entonces y te prometo que no volveré a huir, me comportaré como una persona normal en tu presencia. Al fin y al cabo, tampoco es tan malo pasar el rato contigo —añadió bromeando.

Me alegra que por fin hayamos hablado —comentó Mike—. Pero esta tarde me has dicho que no te conocía en absoluto y quiero que me cuentes algo sobre ti, a cambio prometo no volver a mencionar lo que ocurrió hace cinco años.

—De acuerdo, dime qué quieres saber —aceptó Luna.

— ¿Responderás a cualquier cosa que te pregunte? —Quiso asegurarse Mike.

—Sí, te lo prometo —confirmó Luna.

—En ese caso, quiero saber qué es eso de que te ibas a casar —fue lo primero que preguntó Mike habiendo allanado el terreno previamente.

—No me iba a casar —le aclaró—. Llevaba unos meses saliendo de vez en cuando con Erik, me sentía a gusto con él y nos divertíamos, pero yo le aclaré desde el primer momento que no quería nada serio… El caso es que hace un par de semanas me invitó a cenar y el resto te lo puedes imaginar…

— ¿Te pidió que te casarás con él? —Quiso confirmar Mike. Luna asintió y Mike prosiguió con sus preguntas—: ¿Qué le respondiste exactamente?

—No dije nada, le bastó ver mi cara para saber cuál era mi respuesta —reconoció Luna apenada con todo aquello, Erik le caía bien—. Después de eso, decidimos que lo mejor era no seguir viéndonos así que… —Luna se encogió de hombros y añadió—: No acabó bien, cómo puedes imaginar.

—No acabó bien para él pero, ¿qué me dices de ti?

—Para mí tampoco, teníamos un acuerdo y que me pidiera matrimonio no formaba parte de ese acuerdo —se lamentó Luna—. Pero supongo que tarde o temprano tenía que pasar y la verdad es que tampoco lo echo de menos, al menos no por los motivos que debería —Luna miró a los ojos a Mike y le dijo confusa—: No sé por qué estoy hablando de esto contigo.

—Todo lo que hablemos quedará entre nosotros —le confió Mike—. Puedes hablar de lo que quieras, seré una tumba.

—Creo que es justo que ahora me cuentes algo de ti —le propuso Luna—. ¿Qué has estado haciendo estos últimos cinco años?

—Básicamente, trabajar —respondió Mike.

— ¿No has tenido ninguna relación seria?

—No tengo tiempo para tener relaciones serias, estoy mejor solo.

— ¿Qué me dices de Brenda? —Insistió Luna.

—Por ese tono deduzco que no te cae bien, además de por el hecho de que la llames por su nombre de pila y no la hayas saludado a pesar de haberte cruzado con ella esta tarde en el colegio de Amy —comentó Mike divertido—. ¿Hay algo que deba saber?

—Está loca y además me odia, prefiero no tenerla cerca.

— ¿Por qué te odia?

—Buf, eso se remonta al instituto —sonrió Luna—. Según ella, le robé al amor de su vida para después dejarlo tirado.

—Y según tú, ¿qué fue lo que pasó? —Preguntó Mike tratando de no reír.

—Empecé a salir con un compañero de clase durante el último año de instituto y Brenda estaba enamorada de ese chico —le explicó Luna—. Cuando el instituto acabó, tomamos caminos distintos y nos separamos, tan solo éramos dos críos.

—Las mujeres tenéis demasiado resentimiento acumulado —bromeó Mike.

—Será porque no lo resolvemos pegándonos como los hombres —replicó Luna.

Justo en ese momento, ambos miraron el reloj que había sobre la chimenea y Luna decidió que ya era hora de regresar a casa de su abuela. Mike insistió en llevarla en coche, pese a que ella le había dicho que podía ir paseando, pero él quería aprovechar hasta el último minuto de su compañía.

Mike aparcó frente a la casa de Clare y, sin salir del coche, se volvió hacia a Luna para despedirse:

—Buenas noches, Luna.

—Buenas noches, Mike —respondió Luna sonriendo—. Si tienes tiempo, pásate a ver a Amy, le hará ilusión ver a su tito.

—Dalo por hecho —le aseguró Mike. Le dio un beso en la mejilla a Luna y, con una grata sonrisa en los labios, le susurró—: Pasaré después del trabajo, hazme un hueco en tu apretada agenda.

Luna le sacó la lengua antes de bajarse del coche y entrar en casa de su abuela y Mike se quedó embobado mirando cómo se alejaba hasta que la perdía de vista. Había algo en ella que le volvía loco y no podía evitarlo. Ahora que Luna estaba en Armony, Mike pensaba aprovechar todas y cada una de las oportunidades que le permitieran estar cerca de ella y conocerla un poco más.

Siempre sale el sol 5.

A las nueve de la noche, Luna, Mike, Clare y Amy se sentaron a cenar. A Clare le encantaba tener invitados en casa, sobre todo si se trataba de gente joven que llenaba de vida su hogar.

La conversación era bastante amena hasta que Amy soltó de pronto:

—Bisa, ¿tú también piensas que la tita es sexy?

Clare cruzó una mirada con su nieta y con Mike y, con una sonrisa maliciosa en los labios, se volvió hacia su bisnieta y le contestó:

— ¿Quién más cree que la tita es sexy?

—El tito Mike y el papá de un niño de mi cole —respondió Amy con inocencia.

Clare le dedicó una amplia sonrisa a su bisnieta, la besó en la sien y les preguntó a su nieta y a Mike con tono de guasa:

— ¿Se puede saber de qué habláis delante de la niña?

—Abuela, será mejor que no preguntes —bromeó Luna.

Los tres adultos se echaron a reír a carcajadas mientras Amy, ajena a todo lo que a su alrededor ocurría, continuaba comiendo de su plato.

Cuando terminaron de cenar, Luna se levantó y se puso a recoger la mesa, pero Clare se levantó detrás de ella y le dijo con una de sus cariñosas sonrisas y su dulce voz:

—Cielo, quédate con Mike en el salón mientras yo termino de recoger la mesa.

—Deja que te ayude, abuela —insistió Luna—. Además, le he prometido a Mike que saldríamos a tomar un par de copas después de cenar.

— ¿Se lo has prometido? —Preguntó Clare interesada por lo que su nieta decía. Se volvió hacia a Mike y le dijo—: La única manera de asegurar que Luna haga lo que dice es que lo prometa y no suele hacer promesas. Así que supongo que has tenido que insistir bastante para que prometa salir contigo, Mike.

—No lo sabes bien, Clare —se mofó Mike—. Nos conocemos desde hace cinco años y es la primera vez que accede a salir conmigo.

— ¿Ya lo habías intentado antes? —Quiso saber Clare, divertida con aquella situación.

— ¿Queréis dejar de hablar como si yo no estuviera delante? —Les reprochó Luna un tanto molesta—. Voy a acostar a Amy, que está que se cae de sueño.

Luna cogió a Amy en brazos y subió las escaleras hacia la habitación que su abuela había decorado para su bisnieta. Luna metió a su ahijada en la cama y la arropó con la fina sábana. La besó en la frente y le susurró a la niña ya casi dormida:

—Dulces sueños, princesa.

Luna apagó la luz de la habitación, cerró la puerta y bajó las escaleras de regreso a la cocina, donde su abuela Clare y Mike reían por algo que ella desconocía.

—Amy es un trasto, pero te aseguro que Luna de pequeña aún era más traviesa que ella —oyó decir a su abuela cuando entraba en la cocina—. Un día planeamos ir a pasar el día al río, pero a sus padres les surgió un imprevisto y al final cancelamos la excursión. Luna se enfadó y decidió ir sola. La estuvimos buscando por todas partes hasta que un vecino la encontró a lomos de su caballo llegando al río, ¡menudo susto nos dio!

—Quería ir al río, así que me monté en mi caballo y me fui —dijo Luna encogiéndose de hombros con una sonrisa en los labios.

—Tenía entendido que no montabas a caballo —comento Mike con curiosidad.

—Y no monto a caballo, al menos no desde hace muchos años —respondió Luna sin rastro de la sonrisa que tenía hacía un momento y añadió cortando con aquella conversación—: Mike, ¿nos vamos ya?

—Eh… Sí, claro —contestó Mike confuso con aquel cambio de humor de Luna. Se volvió hacia a Clare, la besó en la mejilla como si de su propia abuela se tratara y se despidió—: Gracias por la cena, Clare. Estaba todo delicioso.

—Pues ven a cenar mañana también, sabes que yo siempre estoy encantada de tenerte por aquí y a Amy le gustaría mucho —propuso Clare para conseguir su propósito.

—Abuela, tenemos un acuerdo —le recordó Luna.

—Solo estoy siendo amable con Mike —se defendió Clare.

Luna puso los ojos en blanco y tiró del brazo de Mike para que empezara a moverse hacia a la puerta. Se volvió hacia a su abuela y se despidió:

—Buenas noches, abuela.

— ¿Vendrás a dormir? —Preguntó Clare con fingida inocencia.

— ¡Abuela! —La regañó Luna—. ¡Por supuesto que vendré a dormir!

Mike sonrió ante la conversación de la abuela y la nieta, aquella familia, a pesar de todas las desgracias por las que habían pasado, seguían conservando la alegría y el buen humor y se llevaban a las mil maravillas.

Mike y Luna salieron de la casa de Clare, Mike riendo divertido y Luna totalmente sonrojada y avergonzada.

—Lo siento, mi abuela tiene un carácter un tanto especial —se disculpó Luna ligeramente abochornada.

—Tu abuela es una mujer fantástica, aunque reconozco que sí es bastante especial —bromeó Mike haciendo desaparecer la tensión del ambiente—. ¿Hace a menudo de celestina?

—Más de lo que me gustaría —confesó Luna—. Mi abuela siempre ha dicho que tiene que vernos formar una familia antes de irse al otro mundo, al menos Helen ha cumplido con eso.

—Casi todas las mujeres sueñan con casarse y formar una familia —opinó Mike.

—Ya te he dicho que yo no soy como todas las demás —le recordó Luna, hablando como si ser distinta fuera un defecto.

— ¿Acaso no te has enamorado nunca? —Le preguntó Mike allanando el terreno.

—No quiero a nadie más en vida, no tengo tiempo ni ganas —le respondió Luna volviéndose a poner seria.

Mike pensó que la princesita de la ciudad era más bien la reina de hielo. Luna no estaba dispuesta a dejar entrar a nadie en su vida y él se había propuesto hacerla cambiar de opinión.

—Si vamos al pub, nos encontraremos con medio pueblo —le dijo Mike a Luna —. Si queremos hablar tendremos que buscar un sitio más tranquilo y menos concurrido.

— ¿A dónde vamos? —Le preguntó Luna sin andarse con rodeos.

—Vamos a mi casa —respondió Mike cogiéndola de la mano y guiándola hacia su coche—. Allí podremos hablar tranquilamente —. Luna le miró levantando una ceja y Mike añadió—: Solo pretendo hablar y aclarar algunas cosas contigo.

—De acuerdo, vayamos a tu casa —aceptó—. No me apetece nada tener que saludar a medio pueblo y contestar sus estúpidas preguntas.

Mike ya lo sabía y por eso se lo había propuesto. Ambos se montaron en el elegante Audi A5 de color negro de Mike y se dirigieron a su casa. Vivía en una casa unifamiliar construida a las afueras de Armony, muy cerca de dónde estaba situada la hípica, el club de campo y el criadero. Luna había visto la casa de Mike por fuera la última vez que visitó Armony, pues pasó justo por delante con Helen y Amy cuando iban hacia el club de campo a buscar a Ryan, pero no la había visto por dentro y sentía curiosidad.

Mike aparcó el coche frente a su casa y observó cómo Luna miraba con detalle la fachada delantera de la casa y parecía gratamente sorprendida.

—Tan solo hace unos meses que terminaron de construir la casa —informó Mike—. Aún tengo que decorar y amueblar algunas estancias, pero ya está terminada.

Luna se acordó de la noche que pasaron juntos en la antigua casa de Mike y sintió la necesidad de saber qué había sido de ella:

— ¿Qué has hecho con la otra casa? ¿La has vendido?

—La mitad de mis cosas aún siguen allí y me gusta demasiado esa casa como para venderla, pero tampoco estoy seguro de querer alquilarla —le confesó Mike.

Por alguna extraña razón, Luna se alegró de que todavía conservara aquella casa. Mike le puso la mano sobre la espalda y ambos entraron en la casa.

Cita 63.

“La vida es tan incierta que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta.” 

Alejandro Dumas.