Archivo | febrero 2017

Propuesta indecente 2.

Alma Gemela

Erika y Alice cogieron un taxi para ir a casa de sus padres. Por suerte, seguían siendo vecinos y seguían llevándose tan bien como siempre. Alice estaba relajada y sonriente, mientras que Erika estaba tensa y de mal humor debido a lo poco que había descansado. El único motivo por el que Erika se había arreglado para salir del ático era porque se moría de ganas de ver a su padre y los padres de Alice, a quienes consideraban sus tíos. Por otra parte estaba Jason, el hermano tres años mayor de Alice y su mejor amigo. No veía a Jason desde hacía casi dos meses y se moría de ganas por verlo. A Erika siempre le gustaba contar con una opinión masculina para obtener otro punto de vista, aunque Alice se negaba en rotundo a hablar con su hermano de ciertos temas tan íntimos.

–  Deja de fruncir el ceño o pensarán que estás enfadada y acabas de llegar. – Le dice Alice a su amiga nada más bajarse del taxi. – Mañana salimos de fiesta, necesitan echar un polvo para alegrarte la cara. Pero ahora sonríe y finge que eres súper feliz si no quieres que nos sometan a un tercer grado.

–  ¿Así te parece bien? – Le pregunta Erika a Alice poniendo en su cara una sonrisa de lo más falsa y exagerada.

–  Creo que prefiero tu cara de “necesito un polvo”. – Se mofa Alice.

Entre bromas y risas, cruzan el jardín y se dirigen al porche de casa de los padres de Alice, donde siempre se organizan las reuniones familiares, teniendo en cuenta que los Blackwell y los Milton son una familia pese a no tener la misma sangre.

En el porche, tres siluetas esperan nerviosas la llegada de las dos amigan que ríen alegremente y las abrazan en cuanto las tienen a su alcance.

–  ¡Pero qué guapas estáis! – Las halaga Elisa como siempre.

–  Tía Elisa, me temo que tu opinión no es objetiva. – Bromea Erika. – Pero te aseguro que me encanta escuchártelo decir.

–  ¿Cómo está mi pequeña? – Le pregunta Eduard a su hija tras saludarla con un efusivo abrazo.

–  Bastante crecidita para que sigas llamándola pequeña. – Se mofa Alice.

–  Para nosotros, vosotras nunca dejaréis de ser nuestras pequeñas. – Le replica Tomás a su hija saliendo en defensa de su buen amigo Eduard.

–  ¿Dónde está Jason? – Preguntó Erika mientras entraban en casa de los Milton.

Jason Milton era el hijo mayor de Tomás y Elisa Milton y el hermano mayor de Alice. Erika y Jason eran muy buenos amigos y se lo contaban todo, a pesar de que Jason era tres años mayor que ella. Alice, aunque adoraba a su hermano y se llevaba a las mil maravillas con él, no hablaba de ciertas cosas con su hermano, le resultaba demasiado incómodo.

–  Jason está fuera de la ciudad por negocios, uno de nuestros clientes ha tenido un pequeño problema y Jason ha tenido que ir a solucionarlo, pero el lunes ya estará aquí. – Le contestó Tomás. – Tenía muchas ganas de veros, pero solo serán un par de días.

Erika pensó que si llevaba casi dos meses sin verlo podría esperar un par de días más. Jason le envió un mensaje y le dijo que tenía que salir de la ciudad, pero también le dijo que se las apañaría para estar de regreso hoy y no el lunes como le acaban de decir.

Una vez en el salón, se sentaron en los sofás y se tomaron una copa de vino mientras se ponían al día. Eduard pensó que era el mejor momento para decirle a su hija que había planeado una pequeña reunión con Nick Button, su mano derecha en la empresa y un buen amigo a pesar de su juventud.

–  Erika, el domingo ven a comer a casa, he invitado a Button y quiero que os conozcáis.

–  ¿No puedes esperar al lunes? – Le replica Erika frunciendo el ceño.

–  No, quiero que le conozcas fuera de la oficina. Es un hombre muy inteligente y agradable, ya verás que os llevaréis bien. – Le contestó Eduard.

Por supuesto, Eduard sabía que en cuanto esos dos se conocieran iban a darle problemas, por eso quería que se conocieran en un ambiente más relajado. Ambos eran demasiado tercos y obcecados como para evitar que chocaran, así que pretendía minimizar el golpe en un lugar más privado.

–  Haces conmigo lo que quieres, papá. – Dramatizó Erika.

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, Nick Button revisaba todos los informes sobre Adolf Wolf, un niño rico que se quedó sin nada cuando su padre se endeudó y llevó a la quiebra a la empresa familiar. Eduard se había empeñado en que su hija se encargara de la negociación con Adolf Wolf, pero Nick no creía que fuera una buena idea, sobre todo teniendo en cuenta cómo se divertía Adolf Wolf.

Sobre las diez de la noche, Nick recibió la llamada de su hermano Daniel y, a pesar de no querer interrumpir su tarea, decidió contestar:

–  ¿No puedes vivir sin mí?

–  Ya te gustaría a ti, hermanito. – Le respondió Daniel alegremente. – Mamá quiere que vayamos a cenar mañana a casa, dice que está harta de vernos por turnos y quiere que el sábado estemos todos. He pensado que después podríamos salir a tomar algo. ¿Qué me dices?

–  El domingo tengo que ir a comer con mi jefe, quiere presentarme a su hija, a la cual quiere poner al mando en una importante negociación. ¿Crees que es un buen momento para tener resaca?

–  En ese caso, te aconsejo que vayas borracho. – Bromea Daniel. – Te divertirás más, pero puede que a tu jefe no le haga demasiada gracia.

–  Supongo que puedo tomarme un par de copas contigo después de cenar, pero solo un par que necesitaré mi cerebro en funcionamiento al día siguiente. – Termina accediendo Nick. – Eso sí, elijo yo el sitio que no me fío de ti ni de dónde me quieras llevar.

–  Pero, ¿qué dices? – Protesta Daniel entre risas. – Capaz eres de llevarme a la ópera.

–  No digas tonterías, ¿cuándo he ido yo a la ópera?

–  Tú déjalo todo en mis manos, yo me encargo. – Sentencia Daniel dando el tema por zanjado. – Solo encárgate de ir bien vestido pero informal, ya sabes, una camisa y tejanos.

–  No sé por qué sigo aceptando salir de copas contigo. – Refunfuña Nick.

–  Porque eres un muermo, Nick. – Le contestó su hermano. – Tu vida se basa en trabajar y trabajar, de vez en cuando visitas a la familia y te aseguras de tener sexo al menos una vez por semana, ¿qué clase de vida es esa para alguien de veintiocho años?

–  ¿Qué sabes tú de mi vida sexual? – Le replicó Nick a su hermano pequeño.

–  Solo sé lo que se rumorea por ahí, ya que tú no me cuentas nada. – Se hizo el interesante Daniel.

–  Y, ¿qué se rumorea exactamente? – Le preguntó Nick molesto.

Lo último que quería se rumoreara sobre su vida sexual y esos rumores llegaran a oídos de su jefe, que siempre había insistido en que quería empleados discretos para evitar cualquier escándalo público que involucrara indirectamente a su familia.

–  Por ahí he oído que te gusta cambiar de amante y que les dejas a todas muy claro que solo quieres una relación sexual, nada de ser amigos y mucho menos pareja. ¡Y mamá sigue esperando que le presentes una novia! – Se volvió a mofar Daniel de su hermano. – Sin embargo, por algún absurdo motivo, no hay una sola mujer en toda la ciudad que no quiera acostarse contigo.

–  Quizás el sábado por la noche te enseñe un par de trucos para volverlas loca, hermanito. – Bromeó Nick y añadió antes de colgar: – Nos vemos en casa mañana por la noche.

Colgó el teléfono y se levantó de la silla para dirigirse a la cocina y coger una cerveza de la nevera, necesitaba descansar unos minutos y decidió salir a la terraza y fumarse un cigarrillo mientras se bebía una fría cerveza.

Nick estaba inquieto, el regreso de esa niña recién salida de la universidad y cuyo padre quería poner al frente de una negociación tan importante como la de Wolf le estaba alterando más de lo normal.

Había cancelado su cita de esta noche con Lisa Clark, la única de sus amantes que veía con regularidad debido a que ambos buscaban lo mismo y ella era una verdadera fiera en la cama. No estaba de humor ni para pasar un buen rato con Lisa y todo por culpa de la hija de Blackwell, a la que aún ni conocía y ya le estaba dando problemas.

A Nick no se le había pasado por alto la sonrisa burlona de Eduard cuándo habla de su hija y le dice que se llevará muy bien con ella, es evidente que el propio Eduard sabe que su hija me lo va a poner difícil y, teniendo en cuenta que es la hija del jefe, voy a estar atado de pies y manos a menos que Eduard recapacite y actúe con sensatez.

Tras fumarse el cigarrillo y beberse la cerveza, Nick entró de nuevo en el apartamento y se sentó en la misma silla donde había estado sentado minutos antes para seguir revisando las cuentas de Wolf.

Propuesta indecente 1.

Alma Gemela

Después de pasar cinco años estudiando en la universidad de Barnacles, una ciudad costera situada al sur del país, conocida como la capital de los universitarios, Erika Blackwell Sanz regresaba a Hidden City, la capital del país y la ciudad que la vio nacer y crecer.

Desde que se marchó para ir a la universidad cuando tenía dieciocho años, solo había regresado en Navidad, es decir, en cinco ocasiones. Su padre siempre iba a verla un fin de semana al mes y hablaban por teléfono todas las semanas, concretamente todos los domingos por la noche. Eduard Blackwell es un importante empresario propietario de Blackwell Company, una empresa que se dedica a absorber otras empresas en quiebra para reorganizarlas, hacerlas resurgir y venderlas al mayor postor, probablemente multiplicando por mil el precio por el cual la han comprado. Puede que no sea muy ético, pero sí legal.

–  ¿No estás nerviosa por regresar a Hidden City después de tanto tiempo? – Le preguntó Alice a Erika mientras recogían sus maletas de la cinta corredera para salir del aeropuerto.

–  Estuvimos aquí en Navidad, tan solo hace nueve meses. – Contestó Erika de mal humor.

Alice Milton, la mejor amiga de Erika desde que eran niñas de guardería, siempre había sido la más positiva y alegre de las dos. Ambas se habían marchado juntas a la universidad de Barnacles, habían compartido un piso de estudiantes y regresaban juntas cinco años después de haberse marchado, tras disfrutar de su aventura universitaria. Se habían criado juntas, pues habían sido vecinas y los padres de Alice eran como sus tíos, de hecho los llamaba así. La madre de Erika, Grace Sanz, una cantante de pop, murió cuando Erika tan solo tenía un año. Grace salía de uno de sus conciertos y regresaba al hotel con el guitarrista de su grupo, que conducía bajo los efectos de las drogas, se salieron de la carretera y cayeron por un barranco, ambos murieron en aquel accidente.

–  Sigo sin entender por qué no has querido que nos vinieran a buscar al aeropuerto, nos habrían ayudado con el equipaje y no tendríamos que ir hasta la maldita parada de taxis. – Protesta Alice tirando de su enorme maleta.

–  Ahí hay un taxi. – Fue la respuesta de Erika. Hizo un gesto con la mano y el taxista paró frente a ellas, se bajó del taxi y se encargó rápidamente de las maletas mientras ellas se sentaban en los asientos traseros del vehículo. – Al número 104 de la calle Mayor, por favor.

El taxista pone rumbo a su destino y media hora después llegan a la puerta del edificio donde Alice y Erika han alquilado un ático de tres habitaciones, dos baños y una enorme terraza con jacuzzi.

–  Deshacemos las maletas, nos instalamos y llamamos a algún restaurante con servicio a domicilio, así tendremos toda la tarde para descansar y reponer fuerzas para ir a cenar con la familia. – Le dijo Erika a Alice mientras se dirigía a su habitación.

–  Hoy estoy demasiado agotada para salir de fiesta, pero mañana por la noche tú y yo nos vamos a emborrachar te pongas cómo te pongas. – Le contesta Alice. – Te has pasado todo el verano leyendo y estudiando todos esos malditos informes y se suponía que era nuestro último verano como universitarias antes de pasar a la edad adulta.

–  De acuerdo, mañana por la noche saldremos de fiesta y nos emborracharemos. – Se resigna Erika sabiendo que no logrará disuadir a su amiga.

Ambas amigas comenzaron a deshacer las maletas entre risas y a instalarse en su nuevo apartamento, un ático en el centro de la ciudad desde dónde se puede contemplar toda la ciudad.

A pocas manzanas de distancia, Eduard Blackwell revisaba varios informes sentado a la mesa de su despacho en el edificio de Blackwell Company, pero no lograba concentrarse lo suficiente para entender lo que estaba leyendo. Alguien llamó a la puerta de su despacho y apareció Nick Button, su mano derecha. Nick, a pesar de sus tan solo veintiocho años de edad, es un joven brillante. Entró en Blackwell Company hacía ya cinco años, cuando realizó sus prácticas universitarias durante el verano del último curso de la carrera y Eduard se dio cuenta de que el joven era brillante en su trabajo y lo contrató cuando acabó el período de prácticas. Tenía carácter y es el único que se atrevía a decirle al gran Blackwell cualquier cosa que otra persona no se atrevería a mencionar. La confianza era esencial en los negocios y Eduard había conseguido vínculo especial con ese muchacho, una camaradería que solo existe con los amigos de verdad.

–  Eduard, ¿no ibas a buscar a tu hija al aeropuerto? – Le preguntó Nick al ver a su jefe en su despacho.

–  Eso creía yo, pero al parecer no era una buena idea. – Resopló Eduard. – Mi hija me ha dicho que le dé tiempo para instalarse y descansar y que ya vendrá a cenar a casa esta noche. Y, pensándolo bien, casi que lo prefiero. No te imaginas el carácter que tiene la niña.

–  Me lo imagino. – Murmuró Nick entre dientes asegurándose que su jefe no le escuchara.

Nick no se podía creer lo que su jefe tenía en mente. ¿Cómo un hombre que había llegado a lo más alto por sus propios logros podía pensar en dejar la empresa en manos de una niña mimada y malcriada? Puede que fuese su única heredera, pero dejar el futuro de Blackwell Company en las manos de una niña recién salida de la universidad no creo que sea una buena idea.

Pero Eduard Blackwell pensaba todo lo contrario. Conocía muy bien a su hija y sabía que era una mujer inteligente, además de ser una de las mujeres más bellas que había visto. Puede que Erika hubiese sacado el carácter de su padre, pero desde luego había heredado la belleza de su madre. Erika nunca había sido una de esas niñas tranquilas que jugaban a las muñecas o a tomar el té, Erika era un torbellino. Lo mismo andaba subiéndose al árbol más alto del jardín, montaba en bici, cogía lombrices de los charcos o se metía en peleas, casi siempre acompañada de Alice. A Eduard nunca le importó que su hija no fuera tan femenina como las demás, agradecía que su hija fuera tan dura y fuerte.

–  ¿Sigues pensando en dejar que tu hija lleve la negociación con Adolf Wolf? – Le preguntó Nick a su jefe mientras se sentaba frente a él.

–  Sí y no voy a cambiar de opinión. – Contestó Eduard sabiendo lo que pensaba su mano derecha. – Tú tenías la edad de mi hija cuando empezaste a trabajar para mí hace cinco años. Espera a conocerla antes de juzgarla, estoy seguro de que os llevaréis bien.

Nick dudaba mucho de lo que decía su jefe, pero se limitó a asentir con la cabeza y cambiar de tema ya que no había ido al despacho del jefe para hablar de su hija.

A las seis de la tarde, Nick abandonaba su despacho para irse a casa, pero vio que la luz del despacho de su jefe seguía encendida y decidió entrar para despedirse.

–  Me voy a casa, espero que pases un buen fin de semana. – Le dijo tras llamar y abrir la puerta.

–  Igualmente, Nick. – Le respondió Eduard. – Por cierto, ¿te apetecería venir a comer a casa el domingo? Sería una comida informal, me gustaría que conocieras a mi hija en otro sitio que no fuera la oficina, pero si tienes cosas mejores que hacer… Lo entenderé.

–  Estaré encantado de ir. – Se oyó decir Nick.

–  ¡Estupendo! – Exclamó Eduard con alegría. – Ven a mediodía, así disfrutaremos de un aperitivo en el jardín.

Nick asintió forzando una sonrisa y se marchó antes de que a su jefe se le ocurriera alguna otra idea. Bajó en el ascensor al parking, se subió en su recién estrenado BMW i8 de color negro y se dirigió a casa. Tenía demasiados informes que revisar si el domingo no quería quedar como un idiota frente a la hija de Eduard.

A pesar de que pensaba que la única hija de Eduard sería una niña consentida y acostumbrada a obtener la atención y la bendición de todo el mundo, Nick sentía curiosidad por ella y quería conocerla, aunque estaba seguro que se arrepentiría de ello pocos minutos después.

Pero todo el misterio que envolvía a la hija de Eduard la hacía interesante, empezando por el hecho de que fuera hija de su jefe. Eduard Blackwell era un hombre poco social, apenas acudía a algún evento y donaba una generosa cantidad a organizaciones benéficas como para permitirse el lujo de no ir a ninguna de las galas que organizaban y que todo el mundo le siguiera respetando y admirando. Eduard amaba demasiado su vida privada y no permitía que nadie metiera sus narices en ella. Ni siquiera tenía una foto de su hija en el despacho como tendría cualquier padre. Había visto algunas fotos de ella en internet, pero siempre llevaba gafas de sol, alguna gorra, boina o pañuelo y tratando de ocultar su rostro con su melena dorada. Todas esas fotos habían sido robadas, no había ni una sola en la que ella posara. Eduard se había encargado de que su hija pasara desapercibida donde quiera que hubiese estado los últimos cinco años.

Propuesta indecente.

Alma Gemela

Erika y Alice han pasado los últimos cinco años fuera de la ciudad, estudiando en la universidad de Barnacles y, tras acabar la carrera, deciden regresar a su ciudad. Acostumbradas a estar la una con la otra desde que tienen uso de razón, deciden alquilar juntas un apartamento y continuar viviendo juntas.

Para celebrar su regreso, Erika y Alice van a tomar unas copas al pub de moda de la ciudad, donde conocen a Nick y Daniel, dos hermanos muy atractivos con los que terminan brindando y bailando. A pesar de no haber empezado con buen pie y dada la tensión sexual que existe entre ellos, Nick le propone a Erika pasar juntos una única noche de sexo desenfrenado, pero nada más. Dejándose llevar por la atracción que siente por él, Erika acepta su propuesta y pasan la noche en un hotel donde Nick cumple con todo lo prometido.

A la mañana siguiente, Erika se despierta y se marcha de la habitación del hotel sin hacer ruido y sin despedirse de Nick, con prisa por llegar a su apartamento, ducharse e ir a comer a casa de su padre, quién está empeñado en presentarle a su mano derecha ahora que Erika va a trabajar en la empresa de su padre.

Pero cuando Erika llega a casa de su padre se encuentra con Nick, la mano derecha de su padre y, en consecuencia, la persona con la que tendrá que trabajar codo con codo. Aturdida al saber quién es realmente Nick, finge no conocerlo cuando su padre hace las presentaciones oportunas pero, ¿serán capaces de olvidar lo sucedido la noche anterior y trabajar en equipo? ¿Se verán arrastrados de nuevo por la atracción que existe entre ambos?

Si quieres saber más sobre ésta historia, aquí podrán encontrar todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

El corazón te delata.

El corazón te delata

Entró en el pub y le vio. Estaba con dos amigos tomando una cerveza y parecía estar divirtiéndose.

Cerró los ojos tratando de olvidarle aunque solo fuera por una noche. Hacía mucho tiempo que no salía de copas con sus amigas y esa era una noche de chicas, pero no surtió efecto.

Él seguía estando en su cabeza y sus ojos le buscaban y sus miradas se encontraron. Él sonrió, ella miró hacia otro lado y suspiró con resignación, su papel de mujer fría y distante se venía abajo.

– No puedes pasarte la vida evitándolo ni mintiéndote a ti misma, no sé por qué te cuesta tanto admitir lo obvio -le dijo su mejor amiga al ver que sus ojos miraban en la dirección donde él se encontraba.

– Ahora vuelvo, voy al baño -le respondió a modo de excusa para evitar escuchar por enésima vez la opinión y los consejos de su amiga.

Se encaminó hacia el baño sorteando a la multitud que por allí bailaba y bebía como si se fuera a acabar el mundo. Cuando estaba a punto de atravesar la puerta del baño de mujeres, alguien la agarró del brazo y la detuvo.

No tuvo que dar media vuelta para saber de quién se trataba, su cuerpo lo reconoció de inmediato y toda su piel se erizó. No tenía ninguna duda, era él.

– ¿Hasta cuándo vas a seguir huyendo de mí? -Quiso saber él. No obtuvo respuesta y, tras acercar sus labios a los de ella, añadió con la voz ronca: – Mírame a los ojos y dime que no me deseas, dime que no sientes nada. Dímelo.

Se sostuvieron la mirada, el corazón de ella comenzó a palpitar con fuerza, tanto como para que él lo escuchara.

– Da igual lo que digas, tu corazón te delata -insistió él.- Ambos anhelamos lo mismo, pequeña.

No esperó más, la rodeó por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y la besó con urgencia y necesidad. Ambos sabían lo que aquello significaba, se estaban entregando el corazón el uno al otro en aquel beso.

Cita 58.

“No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo.”

Nelson Mandela.