Archivo | enero 2017

Ahora o nunca.

Ahora o nunca

“A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades; a veces, es ahora o nunca.”

 

Diana estaba nerviosa, caminaba de un lado a otro de la habitación y de vez en cuando se le escapaba una risita nerviosa. Su madre sonrió con ternura al verla y, creyendo que esos nervios se debían a los nervios típicos de horas antes de la boda, se acercó a ella y le aseguró:

−Estás preciosa, cariño. Rubén se quedará sin palabras cuando te vea entrar en la iglesia.

Diana trató de forzar una sonrisa, pero solo logró hacer una pequeña mueca. Su madre la besó en la mejilla y la dejó a solas unos minutos para que se calmara. Esperó a que su madre se hubiera marchado y se miró de nuevo en el espejo.

Se suponía que aquél tendría que ser el día más feliz de su vida, iba a casarse con el hombre con el que tantas veces había soñado: un hombre bueno, responsable, trabajador y, lo más importante, con un hombre que la adoraba. Sin embargo, no se sentía feliz. Entre ellos no existía esa magia especial, no sentía mariposas en el estómago cuando lo miraba ni se le aceleraba el corazón cuando lo besaba.

Quería a Eduardo, pero no estaba enamorada de él. Eduardo lo sabía, pero confiaba en enamorarla con el tiempo y con eso se conformaba. Habían pasado dos años desde el inicio de su relación y hoy era el Gran Día, pero Diana tenía más dudas que nunca.

−Si te casas con Eduardo, no serás feliz.

Dio media vuelta y se encontró a Estela, su mejor amiga. Diana suspiró abatida y se sentó a los pies de la cama, jugando con su anillo de compromiso. Estela nunca había aprobado aquella relación, Eduardo era un hombre perfecto, pero no era el adecuado para Diana. La conocía mejor que nadie y sabía que su amiga solo estaba con Eduardo por la comodidad que le daba, pero no porque lo amara. Además, durante los dos últimos meses había podido observar cómo Diana coqueteaba con Rubén, el vecino policía. Entre ambos existía una tensión sexual no resuelta que era palpable en el ambiente, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso: él porque sabía que ella estaba prometida; ella porque su vida era demasiado cómoda y no quería fastidiarla.

−Rubén fue a verme anoche al apartamento –comenzó a decir Diana, iniciando una de esas terapias de amigas que tanto detestaba pero que en aquel momento necesitaba.− Me confesó que estaba enamorado de mí y que, aunque no pretendía arruinar nuestra amistad, tampoco podía quedarse de brazos cruzados y sin hacer nada cuando yo estaba a punto de casarme con otro hombre. Y me besó y le correspondí, pero se separó de mí a los pocos segundos, me deseó que fuera feliz y se marchó. Minutos después oí cerrarse la puerta de su apartamento, miré por la mirilla y lo vi entrar en el ascensor cargando con una maleta. Se ha ido –añadió conteniendo las ganas de llorar.− Creo que estoy enamorada de él y estoy a punto de casarme con otro hombre.

− ¡Por fin lo reconoces! –Exclamó Estela aliviada de ver que su amiga entraba en razón.− Aunque ya lo podrías haber hecho un poco antes. ¡Joder, has tenido que esperar a tener el vestido de novia puesto!

− ¡No me presiones más! –Le reprochó Diana a su amiga y añadió sollozando: − No sé qué voy a hacer…

−No quería decírtelo tan tajante, pero tienes que cancelar la boda –opinó Estela.− No puedes casarte con Eduardo si estás enamorada de Rubén.

−No puedo cancelar la boda sin más, tengo que hablar con Eduardo.

−Y, ¿qué piensas hacer con Rubén? ¿Vas a dejar que se marche? Él ya ha hecho todo lo que está en su mano, ha dejado la pelota en tu tejado y te toca mover ficha.

−Me caso en tres horas y estoy a punto de cancelar la boda, creo que ya es bastante.

−Te equivocas, estás cancelando la boda porque Eduardo no es el hombre con quien quieres pasar el resto de tu vida. Rubén te ha confesado que está enamorado de ti, pero tú no le has dado una respuesta –insistió Estela.

−Necesito tu coche.

−Voy contigo, no puedes conducir así –dijo señalando su vestido de novia.

−Ya me apañaré, tú tienes que quedarte aquí y evitar que descubran que me he marchado, al menos el tiempo suficiente para salir de aquí sin que nadie me vea. Dame las llaves del coche y tu móvil, tú quédate el mío y, cuando descubran que me he marchado, di que he dejado mi móvil aquí.

Estela hizo lo que su amiga le había pedido. Bajó al salón junto a la familia de Diana y los entretuvo mientras Diana salía a hurtadillas de la casa, se subía al todoterreno de Estela y, tras arremangarse el vestido, arrancó el motor del vehículo y salió de allí sin ser vista.

Diana se dirigió directamente a casa de Eduardo. Sabía que le había dado el día libre al personal de servicio y que había quedado con su familia una hora antes de la boda, así que estaría solo en casa. Aparcó el todoterreno frente a la puerta principal y entró en la casa. Caminó hacia el despacho donde intuyó que lo encontraría y no se equivocó.

−Diana, ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó sorprendida al verla con el vestido de novia y a falta de tres horas para la boda.

−No puedo hacerlo, Eduardo. Lo siento.

Diana se echó a llorar y Eduardo la abrazó. Sabía que ella no lo amaba, pero confiaba en lograrlo con el paso del tiempo. Durante las últimas semanas la había notado distraída y distante, sospechó que algo no iba bien y confirmó sus sospechas cuando una noche el vecino de al lado fue hacerle una visita. La notó incómoda e intuyó que algo sucedía, pero tampoco le dio demasiada importancia. Hasta que la noche anterior, el vecino decidió hacerle una visita y le confesó que estaba enamorado de su prometida. Le pidió que la dejase ir, que no arruinara la vida de ella atándola de por vida a un hombre del que no estaba enamorada porque la haría infeliz. Eduardo sabía que aquel hombre tenía razón, Diana no sería del todo feliz a su lado, pero no iba a ser él quien la dejara el día antes de la boda.

−No lo sientas, solo promete que serás feliz y ve a buscarle –la animó Eduardo.

Diana agradeció aquellas palabras de comprensión, le dio un abrazo de despedida y subió de nuevo al todoterreno. Ahora tenía que encontrar a Rubén. Llamó a Estela por teléfono, quién la informó que ya habían descubierto que se había fugado, también había llamado a un compañero de Rubén con el que se veía de vez en cuando y le había dicho que Rubén había pedido unos días libres en el trabajo y se había marchado al pueblo de sus padres, situado a dos horas en coche de distancia.

Diana no se lo pensó dos veces y, tras insertar la dirección en el GPS del vehículo, se dirigió hacia allí. Toda la valentía y seguridad que sentía se esfumó en cuanto aparcó frente a la casa de los padres de Rubén. Se sintió estúpida y ridícula vestida con el traje de novia, no sabía qué decir y se avergonzaba al imaginar lo que pensaría la familia y los vecinos de Rubén.

−Ahora o nunca –se dijo para armarse de valor.

Bajó del coche decidida a encontrarse con el hombre que la hacía feliz. Atravesó la puerta del jardín y lo vio jugando a la pelota con dos niños pequeños. Sus miradas se cruzaron y ambos se quedaron paralizados. Él la miraba sin poder creerse que estuviera allí, pero rápidamente sus labios esbozaron una enorme sonrisa que ella le devolvió al instante. Rubén se acercó a ella, la agarró por la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente.

−Yo también te amo –le confesó Diana con un hilo de voz cuando sus labios se despegaron.

Solo tuya 26.

Solo tuya

“De nadie seré, sólo de ti. Hasta que mis huesos se vuelvan cenizas y mi corazón deje de latir.” Pablo Neruda.

Después de una semana en casa de Gonzalo, al fin termino el período de reposo absoluto y puedo empezar a hacer vida normal sin realizar grandes esfuerzos. Por supuesto, Gonzalo anda detrás de mí todo el tiempo, controlando que no haga nada que no deba y cuenta con la ayuda de Bruce y Adela.

Durante los últimos días no hemos dejado de recibir visitas de amigos y familiares y Gonzalo me ha dicho que me va a llevar unos días de vacaciones para tener tiempo para nosotros, pero no ha querido decirme a dónde vamos. Gonzalo guarda el equipaje en el maletero del coche, como no ha querido decirme a dónde vamos, he llenado tres maletas con todo tipo de ropa, zapatos y complementos para estar preparada ante cualquier situación.

–          No vas a necesitar tanta ropa. – Refunfuña Gonzalo tras guardar el equipaje. Me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad antes de sentarse tras el volante. – No es un viaje muy largo, pero podemos parar cuando lo necesites.

–          ¿A dónde vamos? – Insisto por enésima vez.

–          Lo verás cuando lleguemos, no seas impaciente. – Me responde Gonzalo divertido.

No le voy a hacer cambiar de opinión, así que me limito a sacarle la lengua burlonamente como una niña de cinco años y enciendo la radio para escuchar música.

Gonzalo conduce hacia el sur por la costa durante poco más de un par de horas hasta que llegamos a Peñíscola, un pueblo costero de la provincia de Castellón. Gonzalo aparca frente a una preciosa y enorme casa situada en primera línea de mar y me ayuda a salir del coche.

–          Esta casa es de mis padres, pero nos la han prestado para pasar unos días de vacaciones y poder descansar. – Me explica Gonzalo mientras atravesamos la puerta del jardín y recorremos el camino adoquinado hasta la puerta principal de la casa. – Te enseñaré la casa y después iré a por las maletas.

Entramos en la casa y me quedo fascinada. Es una casa muy luminosa, la mayor parte de la fachada son enormes cristaleras que dejan pasar la luz del sol e iluminan todas las estancias. En la planta baja está la cocina, el salón-comedor, un aseo, un cuarto de baño completo, dos habitaciones y el garaje, que está conectado a la casa. En la primera planta hay cuatro habitaciones, todas con baño propio, y en la segunda planta hay una buhardilla que utilizan de estudio o despacho. En el jardín trasero hay una pequeña piscina y un jacuzzi exterior.

–          No es la casa de nuestros sueños, pero últimamente nuestra casa tiene demasiados visitantes. – Bromea Gonzalo.

–          Es una casa preciosa. – Opino feliz de poder estar aquí a solas con él. Le abrazo con fuerza y le pregunto juguetona: – ¿Vamos a estar totalmente solos tú y yo?

–          Así es, totalmente solos. – Me asegura estrechándome entre sus brazos. – Ahora deshacemos las maletas y nos vamos a comer a un restaurante en la playa, pero esta noche te cocinaré mi plato estrella.

–          ¿Sabes cocinar? – Le pregunto sorprendida.

–          Sé defenderme con algunos platos, pero no soy un cocinero de verdad. – Me confiesa divertido. – Pero sé cocinar lo suficiente como para no morirnos de hambre el tiempo que vamos a estar aquí.

–          ¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí?

–          Preguntas demasiado. – Me contesta divertido. – Me besa en los labios y añade – Voy a por el equipaje, deshacemos las maletas y nos vamos a comer.

Dicho y hecho. Gonzalo se encarga de subir las maletas a su habitación, como la casa es de sus padres, él tiene habitación propia. Había esperado encontrarme una habitación infantil o de adolescente, pero me encuentro una habitación de matrimonio elegante y sí, también bastante masculina. Del mismo estilo que la habitación de su antiguo apartamento.

–          ¿No te gusta?

–          Es perfecta. – Le aseguro. – Aunque te confieso que esperaba encontrarme la habitación de un adolescente llena de fotos, posters y esas cosas. Me hubiera gustado conocer un poco al Gonzalo adolescente.

–          Estoy seguro de que mi madre guarda algún álbum de fotos en la buhardilla, puede que te deje ver algunas fotos.

Entre bromas, besos y caricias, deshacemos nuestras maletas. Una vez nos instalamos, salimos de la casa y paseamos por el paseo marítimo dirigiéndonos hacia el restaurante al que Gonzalo me quiere llevar. El restaurante está en la misma playa, encerrado entre cuatro paredes de cristal que te permiten disfrutar de la hermosa vista del mar mientras comes y te mantienes fresco gracias al aire acondicionado. Es un sitio elegante, nada que ver con los típicos chiringuitos de playa en los que comes al aire libre, descalzo y con el bañador mojado. Uno de los camareros nos acompaña hasta nuestra mesa, situada en un rincón del restaurante y retirada del resto de mesas. Adivino que Gonzalo ha debido llamar al restaurante para reservar mesa, dudo de que hayamos tenido tanta suerte como para que la mejor mesa del restaurante esté libre un sábado a mediodía en el mes de agosto.

Una vez sentados a la mesa y tras leer la carta de comida, Gonzalo me pregunta:

–          Cariño, ¿qué quieres pedir?

–          No lo sé, todo tiene muy buena pinta y estoy indecisa. – Le confieso. – ¿Tienes alguna sugerencia?

–          Estamos en la Comunidad Valenciana, ¿qué te parece si pedimos paella para los dos?

–          Me parece una idea excelente.

Después de comer, Gonzalo decide regresar a casa, hace demasiado calor y además pretende obligarme a echarme la siesta. Al principio me parecía divertido verlo tan pendiente de mí, siguiendo todas las órdenes de los médicos a rajatabla, pero después empezó a sacarme de mis casillas, ni siquiera me dejaba lavarme los dientes a solas… Por suerte Marta le dio una charla y parece que, aunque sigue pendiente de mí en todo momento, intenta no agobiarme.

–          Ven, vamos a descansar un rato. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos al mismo tiempo que me guía a nuestra habitación. – Ya sé que lo de descansar no va contigo, pero esta noche me lo agradecerás.

–          ¿Qué piensas hacerme esta noche? – Le pregunto juguetona.

–          Tendrás que ser buena y hacerme caso para descubrirlo. – Me responde disfrutando de mantenerme intrigada. Nos tumbamos en la cama y, colocándome sobre su pecho y envolviéndome entre sus brazos, me susurra: – Podría quedarme así contigo el resto de mi vida.

–          Señor Cortés, últimamente está muy cariñoso. – Le susurro divertida.

–          Mmm… Me encanta que me llames señor Cortés. – Gonzalo levanta su pelvis para hacerme notar su excitación. – Cariño, se supone que tienes que descansar.

–          Dame un capricho y seré buena, te prometo que después me dormiré y no me levantaré hasta que me lo digas. – Trato de convencerlo con palabras y también con caricias.

Gonzalo resopla sonoramente, me sonríe y me besa apasionadamente.

–          Está bien, caprichosa. – Me concede Gonzalo. – Pero después te vas a echar una siesta mientras yo voy a comprar y preparo la cena, ¿de acuerdo?

–          Cómo tú quieras, cariño. – Le confirmo.

Me coloco a horcajadas sobre él, pero Gonzalo da media vuelta rodando para que quede debajo de él, no deja que haga el más mínimo esfuerzo ni cuando estamos practicando sexo. Sin ninguna prisa, me quita la camiseta y el short, dejándome en ropa interior. Besa y acaricia todo mi cuerpo, bordeando la fina tela de mi sujetador y mis braguitas hasta que al fin se deshace de ellas. En un abrir y cerrar de ojos, Gonzalo se deshace toda su ropa vuelve a colocarse sobre mí. Sus besos y sus caricias se intensifican, me excita con solo mirarme de esa manera que solo él sabe y gimo al mismo tiempo que le suplico:

–          Por favor, cariño.

–          Dime, ¿qué es lo que quieres? – Me provoca excitándome aún más.

–          Te quiero a ti, te quiero dentro.

No hace falta que se lo repita dos veces, Gonzalo me complace de inmediato y se hunde dentro de mí con suavidad. Entra y sale de mí rítmicamente al mismo tiempo que acaricia mis pechos y besa mi cuello. Últimamente nuestro sexo ha dejado de ser salvaje ya que no puedo hacer demasiados esfuerzos y Gonzalo es demasiado estricto con mi recuperación, pero este nuevo sexo tranquilo y relajado es tan sensual y profundo que me gusta incluso más. Es una sensación de rendición absoluta que no sé cómo explicarlo, pero es sublime. Alcanzamos juntos el clímax y nos quedamos abrazos en silencio mientras nuestras respiraciones se normalizan.

–          Y ahora a dormir un rato, hemos madrugado mucho y nos espera una larga noche, necesito que estés descansada. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos.

No protesto, le he prometido que sería buena y descansaría. Nos echamos la siesta durante un par de horas. Cuando me despierto Gonzalo me está mirando y sonríe. Me encanta despertarme y que sea su sonrisa lo primero que veo.

–          Hola, caprichosa. – Me saluda. – Tengo que ir a comprar al supermercado, no tenemos nada de comida y he prometido cocinar esta noche para ti. – Me besa en los labios con dulzura y añade: – Quédate en la cama, no tardo en volver. Recuerda que me has dicho que ibas a ser buena. – Me besa de nuevo y se levanta de la cama para vestirse.

Gonzalo se va a comprar y yo me quedo en la cama haciendo bondad. Estoy deseando recuperarme del todo para poder hacer vida normal, aunque sé que cuando vuelva a la normalidad querré recuperar estos días sin hacer nada más que disfrutar de la compañía de Gonzalo.

Son las siete de la tarde cuando Gonzalo regresa y viene a buscarme a la habitación donde, como una niña buena y obediente, continúo tumbada en la cama.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta al mismo tiempo que me besa en los labios.

–          Todo genial ahora que estás aquí. – Le respondo sonriendo.

–          Entonces, voy a darme una ducha rápida y a preparar la cena. – Sentencia Gonzalo entusiasmado por lo que sea que se trae entre manos.

Gonzalo se ducha en diez minutos y sale del cuarto del baño envuelto en una toalla que le cubre de la cadera hasta las rodillas, dejando al descubierto gran parte de su cuerpo escultural.

–          Estás muy sexy. – Susurro excitada.

–          No me mires así. – Me advierte. – Date un baño relajante y ponte algo elegante, después de cenar iremos a tomar una copa.

–          ¿Cómo de elegante?

–          He visto que has traído el vestido que te pusiste en Londres para la gala de Philip Higgins, con ese vestido estás preciosa. – Me sugiere Gonzalo.

–          ¿Qué te vas a poner tú? – Le pregunto con curiosidad.

–          Traje y corbata, ¿alguna sugerencia?

–          El traje gris marengo con camisa y corbata negra, te hace muy sexy. – Le respondo juguetona.

–          Pues eso mismo me pondré. – Me asegura Gonzalo y añade antes de darme un beso y marcharse: – Voy a preparar la cena, tú date un baño sin prisa y yo ya vendré a buscarte cuando esté la cena lista.

Sin tiempo que perder, me levanto de la cama y entro en el cuarto de baño dispuesta a relajarme en la bañera sin prisa. Tras pasar media hora en remojo, me arreglo el pelo, alisándolo con la plancha y dejando mi larga y rubia melena suelta. Me pongo el vestido de diosa griega que me ha sugerido Gonzalo. Me maquillo levemente para que mi aspecto sea natural y me echo un poco de perfume detrás de las orejas, en el cuello, en las muñecas y, cómo no, en el canalillo.

Cuando Gonzalo viene a buscarme ya estoy lista y me besa tras decirme:

–          Estás preciosa, cariño.

–          Tú también estás muy guapo. – Le digo observando lo sexy que está con ese traje.

Bajamos al comedor y me quedo asombrada con todo lo que ha preparado Gonzalo: toda la estancia está iluminada con pequeñas velas colocadas en el suelo delimitando un camino lleno de pétalos de rosa que llega hasta a la mesa. Sobre la mesa, un candelabro con tres velas da mayor luz para poder cenar cómodamente.

–          Vaya, esto sí que no me lo esperaba. – Confieso gratamente sorprendida.

–          Será mejor que empieces a acostumbrarte, pienso mimarte y complacerte siempre. – Me asegura Gonzalo retirando la silla para que me siente. Antes de sentarse a mi lado, Gonzalo sirve dos copas de vino tinto y acto seguido destapa la bandeja con lo que ha cocinado para la cena. – Es mi plato estrella, solomillo al horno con patatas.

–          Se me hace la boca agua solo con olerlo. – Le confieso.

Brindamos por nosotros y bebemos de nuestra copa. Disfrutamos de la exquisita comida que Gonzalo ha cocinado y ambos nos mostramos bastante cariñosos.

–          Todo estaba buenísimo, nunca hubiera imaginado que sabías cocinar y mucho menos que lo hicieras tan bien.

–          Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, poco a poco las irás descubriendo. – Me dice visiblemente nervioso.

–          ¿Qué pasa? – Le pregunto preocupada.

–          No pasa nada. – Me contesta frunciendo el ceño confundido.

–          Entonces, ¿por qué estás nervioso? – Insisto sabiendo que me está ocultando algo.

–          Sí, la verdad es que estoy nervioso. – Me confiesa. Gonzalo coge aire profundamente para infundirse valor y, mirándome a los ojos con intensidad, se pone en pie para acto seguido arrodillarse a mi lado y, sacando una pequeña caja de terciopelo rojo de su bolsillo, me dice con voz temblorosa – Cariño, eres lo primero que pienso al despertar y lo último al acostarme, lo único que he tenido claro en toda mi vida es que quiero estar contigo el resto de mi vida y lo sé desde la primera vez que te vi. Te quiero Yasmina, ¿quieres casarte conmigo?

Gonzalo abre la pequeña caja de terciopelo y me muestra un precioso anillo de oro blanco con un pedrusco enorme con forma de media luna. Me quedo tan sorprendida que se me olvida hasta respirar y Gonzalo, asustado, me dice:

–          Cariño, ¿estás bien? No quiero que te sientas presionada, no tenemos que casarnos de inmediato, podemos esperar todo el tiempo que quieras y…

–          Sí, ¡sí quiero! – Le interrumpo arrojándome a sus brazos.

Caemos al suelo y, entre besos y abrazos, le susurro al oído:

–          Señor Cortés, oficialmente ya se ha vuelto loco.

–          Tú me vuelves loco, cariño. – Se incorpora conmigo en brazos y añade: – Había pensado en que quizás te apetecería salir a tomar una copa para celebrarlo, pero también podemos quedarnos y celebrarlo aquí.

–          Prefiero celebrarlo aquí. – Sentencio antes de devorarle la boca. – ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí?

–          El lunes tenemos que coger un avión a Londres, Derek nos espera para hacer la declaración oficial. Pero después nos iremos a donde tú quieras.

–          ¿Dónde yo quiera?

–          Eso es, cariño.

–          Se me está pasando por la cabeza la imagen de una pequeña cabaña de madera en mitad de una playa virgen y desierta, donde podamos pasear desnudos y hacer el amor sin preocuparnos de nada que no sea disfrutar el uno del otro.

–          Suena muy bien, me encargaré de todo mañana. – Me asegura Gonzalo. – Pero ahora voy a encargarme de mantener a mi prometida plenamente satisfecha.

–          Suena muy tentador. – Le respondo con picardía.

Gonzalo se pone en pie y, conmigo en brazos, sale del salón y sube las escaleras para dirigirse a nuestra habitación. Me deja de pie sobre la alfombra que hay a los pies de la cama y me desnuda lentamente, disfrutando viendo como al bajarme la cremallera del vestido la tela resbala por mi cuerpo hasta caer al suelo.

–          Eres preciosa, cariño. – Me susurra al oído.

Acto seguido desabrocha mi sujetador y, tras bajarme los tirantes, también lo deja caer al suelo junto al vestido. Hace lo mismo con mis braguitas, con los dedos pulgares de ambas manos agarra la cinturilla y desliza la prenda por mis piernas, dejándome completamente desnuda frente a él. Gonzalo se afana en quitarse el traje, la corbata y la camisa y, agarrándome por la cintura, me eleva y me coge en brazos haciendo que le rodee las caderas con mis piernas.

–          Siempre he tenido la fantasía de hacerlo contra esa pared. – Me susurra señalando la pared acristalada de la habitación. – Pero no es una buena idea estando en pleno mes de agosto y tú debes guardar reposo todavía. Tendremos que dejarlo para la próxima vez que regresemos.

–          Y ahora, ¿qué me vas a hacer? – Le provoco.

–          Ahora te voy a tumbar sobre la cama y te voy a hacer el amor con delicadeza y sensualidad una y otra vez hasta que ambos nos agotemos. – Me susurra Gonzalo con voz ronca. – Te quiero solo para mí, cariño.

–          Soy solo tuya. – Le aseguro excitada.

FIN

Cita 54.

“Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”.

Oscar Wilde.

Solo tuya 25.

Solo tuya

“Después de eso, después de que la noche oscura terminó, ya era demasiado tarde para resistirse. Era demasiado tarde para dejar de amarte.” Marguerite Duras.

Han pasado más de cinco minutos desde que Bruce se marchó de la habitación donde me tienen hospitalizada y nadie ha entrado desde entonces. Empiezo a ponerme nerviosa, puede que Gonzalo se haya arrepentido y no quiera verme, o también puede que Bruce le esté dando todos los detalles de la conversación que ha mantenido conmigo. En cualquier caso, estoy empezando a ponerme histérica.

La puerta se abre lentamente y entonces veo aparecer a Gonzalo. Apenas da un par de pasos y se queda quieto a los pies de la cama, estudiándome con la mirada. Su rostro es indescifrable, pero en sus ojos puedo ver reflejado el dolor y la incertidumbre, por primera vez lo veo inseguro y vulnerable. Nuestros ojos se encuentran y ambos sostenemos la mirada. Mis pulsaciones se aceleran y el monitor al que estoy conectada empieza a pitar, pero ninguno de los dos se mueve.

–          ¿Qué está ocurriendo? – Pregunta Marta irrumpiendo en la habitación, alarmada por los pitidos de la máquina. – Gonzalo, espera fuera.

–          Por favor, quédate. – Le ruego a Gonzalo con un hilo de voz.

Gonzalo cruza una mirada con su madre, Marta se mantiene firme en su postura y le señala la puerta para que se vaya, pero entonces me mira a mí y esboza una sonrisa al mismo tiempo que se acerca a mí, me da un leve beso en los labios y me susurra:

–          No pienso irme a ninguna parte, cariño. Somos un equipo, estamos juntos en esto.

Tan solo con escuchar esas palabras de Gonzalo, ya me siento más tranquila. Mis pulsaciones se normalizan y la máquina deja de pitar. Marta nos mira con desaprobación, pero acto seguido suspira profundamente, sonríe y nos dice:

–          Os dejaré a solas, pero si la máquina vuelve a pitar…

–          No pitará. – Le asegura Gonzalo.

–          De acuerdo, avisadme si necesitáis algo. – Nos dice Marta antes de marcharse y dejarnos por fin a solas.

Gonzalo se sienta en el sillón de al lado de la cama, suspira profundamente y me mira a los ojos con intensidad, como si tratara de averiguar lo que está pasando por mi cabeza.

–          Debo explicarte muchas cosas, pero no creo que ahora sea el momento, cariño. – Me coge de la mano para besarla y añade: – Te he echado de menos, preciosa. No vuelvas a hacerme esto, te lo suplico.

–          Lo siento, yo solo quería que nada le pasara a Claudia. – Le digo con un hilo de voz.

–          Lo sé, cariño. – Vuelve a besarme en los labios y añade: – Te quiero, Yasmina.

Me quedo sin palabras. Es la primera vez que me dice que me quiere, nunca antes me lo había dicho y lo cierto es que ahora no me lo esperaba.

–          ¿No vas a decir nada? – Me pregunta frunciendo el ceño.

–          Es la primera vez que me dices que me quieres. – Le respondo aturdida.

–          En realidad, te lo he dicho todas las noches mientras dormías desde que regresamos de Londres, pero supongo que es la primera vez que me escuchas decirlo. – Me dice sonriendo para después ponerse serio y decirme: – Te aseguro que no he estado con ninguna otra chica que no seas tú desde que te conocí. Tendría que haberte contado la visita de Alexia, pero no quería añadir una preocupación más en tu cabeza. Te quiero, Yasmina. No pretendo que me creas, pero al menos deja que te lo demuestre.

–          Demuéstramelo no dejando que arpías como esa pelirroja vuelvan a besarte. – Le reprocho molesta.

–          Cariño, ¿estás celosa? – Me pregunta burlonamente. – No deberías estarlo, yo solo tengo ojos para ti.

Gonzalo bosteza, está cansado. Todos me han dicho que lleva aquí dos días y no ha consentido marcharse a casa a descansar.

–          Deberías descansar, estás agotado. – Le sugiero.

–          Tú también necesitas descansar. – Me recuerda Gonzalo. – Duérmete, te prometo que seguiré aquí cuando te despiertes.

–          Sería más fácil si te acuestas conmigo. – Le digo con voz de santa.

–          Cariño, estás herida y puedo hacerte daño.

–          La cama es muy grande, cabemos los dos. – Insisto. – Además, te echo de menos, necesito sentirte muy cerca.

–          Te gusta ponérmelo difícil, ¿verdad? – Murmura entre dientes.

Pero Gonzalo hace lo que le pido. Se quita los zapatos y se tumba junto a mí en la cama sobre la colcha, coloca su brazo sobre mi vientre para no apoyarlo sobre mis dañadas costillas y me besa en los labios. Esta noche Gonzalo está extremadamente cariñoso conmigo y yo se lo agradezco, lo necesitaba.

Consigo quedarme dormida entre los brazos de Gonzalo, él hace que me relaje y con él me siento segura. No sé cuántas horas he dormido, pero cuando vuelvo a abrir los ojos Gonzalo ya no está conmigo en la cama y una enfermera me toma las constantes vitales.

–          Buenos días, señorita Soler. – Me saluda la enfermera. – Termino de tomarle las constantes y enseguida le sirven el desayuno.

Gonzalo aparece detrás de la enfermera y, dedicándome una sonrisa, me saluda:

–          Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–          He tenido noches mejores, pero tampoco me puedo quejar. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

La enfermera se marcha un momento, el tiempo justo para que Gonzalo se acerque a mí y me bese en los labios, y regresa con mi desayuno para volver a dejarnos a solas.

–          ¿Cómo estás? – Me pregunta Gonzalo sentándose a un lado de la cama y colocando la bandeja del desayuno frente a mí.

–          Quiero irme a mi casa, no me gustan los hospitales. – Protesto haciendo un mohín.

–          Veré qué puedo hacer, aunque te adelanto que unos días aquí no te los quita nadie. – Me advierte. – Pero yo voy a estar contigo, cariño. Ya te he dicho que no pienso irme a ninguna parte.

Paso la mañana junto a Gonzalo, que me cuida y me consiente como si fuera una niña pequeña. Me cuesta mantenerme en pie y Gonzalo me ayuda a ducharme colocando un taburete en la ducha para que me sienta más cómoda. Después me ayuda a vestirme, me seca el pelo, me peina y me hace compañía.

A media mañana aparece mi padre sonriendo de oreja a oreja y Gonzalo me deja con él a solas, quiere aprovechar que estoy acompañada para pasar por casa a ducharse y a por algo de ropa.

–          ¿Cómo estás, cielo? – Me pregunta mi padre.

–          Estoy bien, un poco adolorida pero bien. – Le aseguro. – Papá, siento todo lo que ha pasado, te prometo que no quería…

–          No pasa nada, Yas. – Me interrumpe sonriéndome con ternura. – Estoy acostumbrado a que siempre andes metiéndote en líos, aunque no estaría mal que me dieras unos meses de tregua después de esto.

–          Soy un desastre. – Reconozco.

–          Todos nos equivocamos alguna vez, en eso consiste la vida. Lo importante es que aprendamos de nuestros errores. – Opina mi padre. – ¿Qué tal te va con Gonzalo?

–          Muy bien, papá. Aún tenemos una conversación pendiente, pero lo importante es que nos queremos y queremos estar juntos.

–          Gonzalo me cae bien, es un hombre responsable, educado y te trata como a una princesa, además su familia te adora.

Mi padre y yo continuamos hablando durante una hora, pero ambos evitamos hablar de James y de lo que pasó en el Pirineo. Esa es otra conversación pendiente que tengo con Derek, pero al menos me ha dado tiempo para que me recupere antes de ir a Londres a hacer una declaración oficial. Tampoco he hablado del tema con Gonzalo, supongo que tenemos más de una conversación pendiente.

Unos golpes en la puerta llaman nuestra atención y acto seguido aparece Marta, sonriendo ampliamente.

–          Buenos días. – Nos saluda. – Siento no haber aparecido antes, me ha surgido una operación de urgencia a primera hora de la mañana. – Me mira con dulzura y me pregunta: – ¿Qué tal está mi enferma favorita?

–          Mejor que anoche cuando me desperté. – Bromeo. – Gracias por todo, Marta. La verdad es que todos me estáis cuidando muy bien.

–          Soy yo la que tengo muchas cosas que agradecerte. – Me dice Marta. – Salvaste a Claudia, aunque para ello hiciste una locura, y haces feliz a Gonzalo, algo que ya me había resignado a no ver.

–          Marta y Vicente nos han invitado a pasar unos días en su casa de la playa cuando te recuperes, pero Gonzalo te quiere solo para él y nos ha obligado a aplazarlo. – Comenta mi padre divertido.

–          Teníamos pensado irnos unos días de vacaciones antes de… – Empiezo a decir pero no termino la frase. – Le debo unas vacaciones.

–          Estoy segura de que Gonzalo ya se ha encargado de eso. – Opina Marta que, siendo su madre, lo conoce bien. – Pero por ahora solo debes pensar en descansar y recuperarte, estarás un par de semanas ingresada, puede que unos días menos si haces bondad.

–          ¿Dos semanas? – Pregunto horrorizada.

–          Cielo, te han disparado, tienes tres costillas rotas y una fuerte contusión en la cabeza, ¿acaso pensabas que hoy te irías a casa? – Me dice mi padre frunciendo el ceño. – No te irás de aquí hasta que la doctora lo considere oportuno.

–          Si me prometes que vas a hacer reposo absoluto, puede que te deje ir a casa en unos días, pero iré a visitarte a primera hora de la mañana y a última de la tarde. – Trata de compensarme Marta. – Ya hablaremos de ello más adelante.

Alguien golpea la puerta y entra Vicente, el padre de Gonzalo. Me da un beso en la mejilla al mismo tiempo que me saluda:

–          ¿Cómo estás, Yasmina? – Le estrecha la mano a mi padre y acto seguido añade: – Nos has dado a todos un buen susto.

–          Lo siento. – Musito.

–          No vuelvas a asustarnos de esa manera, a mi edad ya no tengo el corazón para semejantes sustos. – Bromea Vicente. – Acaban de traerme los resultados de la analítica que te han hecho esta mañana, han salido perfectos. Creo que nunca he visto a un paciente recuperarse tan pronto.

–          ¿Eso significa que podré irme antes a casa? – Pregunto esperanzada.

–          Bueno, de momento es un poco pronto para mandarte a casa, pero es posible. – Me responde Vicente y añade divertido: – ¿Tan mal te estamos tratando que quieres irte ya?

–          Me estáis tratando estupendamente, pero como en casa en ningún sitio. – Le respondo sonriendo.

La charla se alarga un rato más hasta que llega Gonzalo. Nada más entrar me dedica una amplia sonrisa, saluda a sus padres y a mi padre y después me saluda a mí dándome un beso en los labios sin importarle lo más mínimo que nuestros padres nos vean. Somos una pareja y las parejas no se esconden de nadie.

A las dos de la tarde mi padre se despide para ir a la oficina y promete venir a verme a última hora de la tarde, antes de regresar a casa. Gonzalo se queda conmigo haciéndome compañía y pocos minutos después una enfermera entra en la habitación para traernos la comida. Supongo que ser el hijo de los propietarios de la clínica tiene sus ventajas como pedir que le suban la comida también al acompañante. Después de comer Gonzalo me obliga a intentar descansar y consigue que le obedezca cuando se mete conmigo en la cama. Lo hace a regañadientes, pues teme hacerme daño al moverse.

–          Necesito tenerte cerca. – Argumento cuando me acurruco junto a él.

–          Me vas a tener siempre cerca, cariño. – Me susurra al oído.

Respiro profundamente, me armo de valor y susurro:

–          Te quiero, Gonzalo.

Gonzalo me mira sorprendido, pero rápidamente se forma una amplia sonrisa en su rostro, me mira a los ojos y me dice emocionado:

–          Yo también te quiero, Yasmina. Soy solo tuyo.

–          Y yo solo tuya. – Le aseguro.

Ambos nos quedamos dormidos durante un par de horas, hasta que empiezan a llegar de nuevo las visitas. Las primeras en llegar son las chicas. En cuanto entran armando escándalo, Gonzalo sonríe, me besa en los labios y me susurra al oído:

–          Te dejo a solas con las chicas, regreso en un rato.

Gonzalo saluda a las chicas y sale de la habitación, probablemente en busca de su madre para que le dé mi parte médico, es muy estricto con mi salud y me obliga a seguir todas las indicaciones médicas a rajatabla.

Las chicas me saludan y me cuentan sus historias tratando de animarme. Me alegra saber que por fin las cuatro estamos juntas y felices, creo que es la primera vez que las cuatro tenemos pareja al mismo tiempo.

Gonzalo regresa poco después con mi padre, se han encontrado por los pasillos de la clínica. Mi padre me dice que ha hablado con Susana y me envía saludos, mañana vendrá a verme. También ha hablado con Rubén y con Borja, Borja vendrá mañana, pero Rubén tan solo le ha dicho que me saludara y me dijera que deseaba que me recuperara pronto. Rubén ha decidido poner tierra de por medio entre nosotros y, suponiendo que mi padre le habrá dicho que estoy con Gonzalo, ni siquiera habrá querido preguntar más sobre mí.

Claudia, Esther y Pablo, el hermano de Gonzalo, aparecen poco después de que las chicas y mi padre se marchen.

–          Cuñada, ¿tú te has pensado bien eso de estar con mi hermano? – Me dice Pablo burlonamente, tratando de pinchar a su hermano. – Conmigo estarías mucho mejor, no soy tan gruñón como él y soy más joven.

–          Hermano, antes tendrías que matarme. – Le advierte Gonzalo fingiendo estar ofendido.

–          Los hermanos Cortés enfrentándose por ti, ¡anda que puedes quejarte! – Bromea Esther.

–          A mí me da igual con cuál de los dos te quedes, seguirás siendo mi cuñada. – Bromea Claudia.

–          No hay nada como el apoyo de la familia. – Dice Gonzalo con sarcasmo.

–          Solo tuya. – Le digo a Gonzalo mirándole a los ojos.

Gonzalo me mira intensamente, haciendo que se me erice toda la piel del cuerpo, se acerca a mí y me susurra al oído antes de besarme apasionadamente en los labios:

–          Me encanta oírtelo decir.

–          No olvides lo que te ha dicho mamá, reposo absoluto durante dos semanas. – Se mofa Pablo de su hermano. – Será mejor que no enciendas la mecha.

Dos semanas en reposo absoluto, ¿eso significa nada de sexo en ese tiempo? A mí nadie me ha dicho nada de eso. Mi cara debe de ser un poema porque todos me miran tratando de contener la risa hasta que, sin poder remediarlo, estallan en carcajadas.

–          No sé de qué os reís, a mí no me hace ninguna gracia. – Les reprocho.

–          Cariño, te están tomando el pelo. – Me dice Gonzalo con dulzura, pero sin dejar de sonreír. Me besa en la mejilla y me susurra al oído para que solo yo pueda oírle: – No te preocupes por nada, pienso tenerte plenamente satisfecha.

Al día siguiente recibo la visita de Borja y de Susana, ambos están horrorizados por todo lo que ha pasado pero se alegran de que todo haya salido bien.

Las visitas me animan y me distraen, hace que el tiempo se me pase más rápido, pero prefiero la compañía de Gonzalo. Apenas se ha movido de mi lado en los días que he permanecido hospitalizada, que finalmente solo han sido seis días en vez de las dos semanas que Marta me había dicho al principio. Eso se lo debo a Gonzalo, que cansado de escucharme protestar por tener que permanecer en el hospital, ha logrado convencer a su madre para que me trasladen a su casa. Marta me visita por la mañana a primera hora y por la tarde a última hora. Gonzalo me obliga a permanecer en la cama todo el tiempo y él me hace compañía en la habitación mientras trabaja en su portátil.

–          Tenemos una conversación pendiente. – Le digo cuando estamos a punto de irnos a dormir.

–          ¿Una conversación pendiente? – Me pregunta Gonzalo frunciendo el ceño.

–          No me has preguntado nada de lo que pasó cuando me fui con James, ni tampoco de nosotros.

–          Cariño, ya hemos hablado de nosotros. Ambos nos queremos y queremos estar juntos, eso es lo que acordamos, ¿no? – Asiento con la cabeza y añade – En cuanto a lo que ha ocurrido con James, entiendo que no es un tema agradable para ti y lo respeto, solo hablaremos de ello cuando tú quieras, si es que quieres hacerlo.

–          Tú ya lo sabes, ¿verdad? – Le pregunto mirándole a los ojos.

–          Uno de los hombres de James Hilton está vivo, Derek y sus agentes se lo han llevado a Londres donde le han interrogado y Derek me ha contado lo que les ha dicho. Bruce también me contó todo lo que vio en el Pirineo. – Me confiesa con un tono de voz que refleja el dolor que siente al hablar del tema. – Lo único que me importa es que tú estés bien, Yasmina.

–          Estoy bien, cariño. – Le digo con un hilo de voz angustiada al verlo así. – Solo te necesito a ti para estarlo, Gonzalo.

–          Te quiero, cariño.

Gonzalo me besa apasionadamente y, para mi sorpresa, sus manos me acarician con deseo y empiezan a deshacerse de mi ropa. Es la primera vez que llega tan lejos desde que me desperté en la clínica, así que no tengo la más mínima intención de detenerlo.

–          Cariño, esto no es buena idea, puedo hacerte daño y…

–          Me harás daño si te paras ahora. – Le interrumpo.

–          Siempre te empeñas en ponérmelo difícil. – Me dice Gonzalo burlonamente. – Está bien, pero lo haremos a mi manera, quiero que te tumbes y no te muevas.

Continúa besándome, acariciándome y desnudándome. Se desnuda rápidamente y se coloca sobre mí.

–          Avísame si te hago daño. – Me dice colocando su miembro en la entrada de mi vagina.

–          Hazlo ya, por favor. – Le suplico muerta de deseo por sentirle dentro de mí.

Gonzalo sonríe y me penetra lentamente, con mucha delicadeza. No puedo evitar gemir de placer, necesitaba fundirme con él. Entra y sale de mí despacio pero sin detenerse, con un movimiento rítmico y placentero que nos hace estar más cerca el uno del otro, nos convierte en una sola persona. Sus besos y sus caricias me excitan, pero entre nosotros ya no hay solo deseo, hay amor. No es el sexo al que estamos acostumbrados, pero es igual de intenso y placentero, es sensual y excitante. Nuestras respiraciones se aceleran, ambos estamos al borde del orgasmo y alcanzamos juntos el clímax. Gonzalo sale de mí y rueda hacia un lado de la cama, sin apenas rozarme para no hacerme daño, quedando tumbado a mi lado. Me besa en los labios y me susurra sonriendo:

–          Tendrás que conformarte con esto hasta que te recuperes, necesitas guardar reposo para que tus costillas rotas se curen y si haces algún esfuerzo pueden soltarse los puntos de la herida de tu hombro.

–          Deberías haber estudiado medicina. – Me mofo. Gonzalo me abraza y yo le susurro: – Te quiero, cariño. No lo olvides nunca.

–          Yo también te quiero. – Le digo sin ningún tipo de pudor al expresar mis sentimientos.

Dormimos abrazados durante toda la noche, entre sus brazos me siento fuerte y me siento segura, pero sobre todo me siento en casa.

Solo tuya 24.

Solo tuya

“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.” Gabriel García Márquez.

Abro los ojos lentamente y parpadeo varias veces tratando de acostumbrarme a la luz para poder ver algo. Miro alrededor pero no reconozco la estancia, no sé dónde estoy. Trato de incorporarme para tener una mejor perspectiva pero un dolor insoportable en mi hombro y mis costillas me lo impide y se me escapa un quejido de la garganta. Rápidamente, unas manos me obligan a tumbarme de nuevo y escucho una voz femenina que me resulta familiar:

–          No deberías moverte, tienes tres costillas rotas y una herida de bala en el hombro, además de una brecha en la frente y numerosas contusiones en el resto del cuerpo.

–          ¿Dónde estoy? – Pregunto desorientada.

–          Tranquila, estás en nuestra clínica. – Me responde la propietaria de esa voz familiar.

Levanto la cabeza y entonces la veo, es Marta, la madre de Gonzalo, estoy en su clínica.

–          Marta. – Confirmo pronunciando su nombre en voz alta.

–          Eso es, estaba empezando a sospechar que no me recordabas. – Me contesta con voz dulce. – ¿Qué tal te encuentras?

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le confieso.

–          Me lo imagino, pero me refería a cómo estás emocionalmente.

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le repito lanzando un gran suspiro. Algo más estable, veo que estoy en una habitación de hospital, pero no hay nadie a mi lado, tan solo Marta. – ¿Dónde está mi padre? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

–          Llevas aquí dos días, has estado durmiendo todo este tiempo. – Me responde Marta con amabilidad. – Tu padre, tus amigas y algunas personas más están fuera, les he hecho salir para revisar tus constantes, estabas tardando mucho en despertar. ¿Quieres que avise a alguien para que venga?

–          No. – Le contesto rápidamente. Marta me mira alzando una ceja y le aclaro: – Estoy cansada, confundida y creo que a punto de volverme loca. No estoy preparada para que me hagan preguntas de las que no tengo respuesta.

–          Necesitas descansar, así que no está permitido que haya nada más que una persona en la habitación. – Me dice Marta. – Si quieres ver a alguien le puedo hacer pasar y, si prefieres estar sola, no dejaré que nadie entre.

–          Debes pensar que soy una persona horrible, ¿verdad?

–          Si te soy sincera, lo único que pienso es que estás demasiado preocupada por algo de lo que tú no tienes ninguna culpa. Creo que necesitas aclarar tus ideas, puede que te vaya bien hablar con alguien. – Marta suspira y finalmente me pregunta: – Esto tiene que ver con mi hijo, ¿verdad?  – No respondo y miro hacia a otro lado. – No sé qué habrá hecho, pero sí te puedo decir una cosa: mi hijo está enamorado de ti y lo sé porque es la primera vez que lo veo así por una chica. Lleva dos días junto a la puerta de la habitación, no se ha querido mover de aquí pese a que todos hemos insistido que se vaya un rato a casa a descansar.

–          ¿Gonzalo está aquí? – Pregunto sorprendida.

–          Sí. – Me responde. – Yasmina, quiero agradecerte lo que has hecho por Claudia. Toda mi familia estará siempre en deuda contigo.

–          No tenéis nada que agradecerme, todo ha sido por mi culpa.

–          Tú no tienes la culpa de nada, Yasmina. – Me asegura Marta. – Eres una persona maravillosa a la que admiro, has salvado la vida de mi hija y le has traído la alegría a mi hijo Gonzalo. Siempre estaré en deuda contigo, hagas lo que hagas.

–          ¿Puedes decirle a mi padre que entre?

–          Claro que sí, ya verás cómo todo va ir bien.

–          Marta, gracias por la charla. – Le digo antes de que salga de la habitación. – Me ha venido muy bien.

–          Cuenta conmigo para lo que necesites.

Marta desaparece y yo cierro los ojos tratando de mitigar el dolor, pero sin éxito alguno. Dos minutos después mi padre aparece y me mira con el rostro desencajado. Pobre hombre, su hija no deja de darle disgustos.

–          Perdóname, papá. – Le digo con lágrimas en los ojos. – Te prometo que nunca más te haré pasar por algo así.

–          Eso espero, cielo. Corres el riesgo de que me dé un infarto. – Me responde abrazándome con cuidado. – ¡Contigo no gano para disgustos! – Bromea. – ¿Cómo estás, pequeña?

–          He tenido días mejores. – Le respondo sonriendo.

–          Cielo, Bruce me ha contado todo lo que ha pasado y he visto a Gonzalo…

–          Lo sé, Marta me ha dicho que lleva dos días aquí. – Le interrumpo. – Si te soy sincera, tengo miedo, papá.

–          Si no te arriesgas, no ganas. – Me recuerda mi padre. – Gonzalo tiene un pasado que todo el mundo conoce, igual que tú también tienes un pasado. Tú tampoco te has querido comprometer con nadie, en cuanto la cosa se ponía seria con algún chico lo despachabas, pero los dos podéis tener un futuro juntos si así lo deseáis. – Mi padre suspira y, un poco incómodo, añade: – También sé lo de esa pelirroja, ya conoces a Lorena, se entera de todo y le gusta dejar las cartas sobre la mesa.

–          Debería hablar con las chicas.

–          Las haré pasar una a una, la doctora ha sido muy estricta con las visitas y nos ha prohibido agobiarte. – Me dice mi padre divertido. Me besa en la mejilla a modo de despedida y añade: – No creo que me dejen volver a entrar, ahí fuera hay demasiada gente que quiere verte. Pero mañana a primera hora de la mañana estaré aquí y quiero ver una gran sonrisa en tu hermosa cara.

–          Lo intentaré.

Mi padre sale de la habitación y las lágrimas que estaba tratando de contener se escapan de mis ojos. Adoro a mi padre, es un buen hombre y tiene mucha paciencia conmigo.

La siguiente en entrar es Lorena. Por su gesto intuyo que se está mordiendo la lengua y es que ella es así: no puede callarse nada que le pase por la cabeza, aunque ahora está haciendo un gran esfuerzo.

–          Venga, suéltalo o explotarás. – Me mofo.

–          Me han prohibido abrir mi bocaza, de lo contrario mañana no me dejarán entrar a verte a tu nueva habitación. – Me dice refunfuñando.

–          Estamos las dos solas, nadie se enterará y, si no eres demasiado mala conmigo, te prometo que no se lo diré a nadie. – Le contesto divertida.

–          Está bien, te lo diré de una forma suave y delicada. – Me responde burlonamente. – Creo que eres idiota por dos motivos, bueno, puede que por más de dos motivos, pero sobre todo por dos de ellos.

–          Creo que tendrás que explicarte algo mejor, estoy sedada y me he llevado más de un golpe en la cabeza. – Bromeo.

–          Para empezar, no me puedo creer que te escaparas de casa de Gonzalo para reunirte con James e intercambiarte con Claudia. Debiste decirlo, has podido morirte y de paso nos hubieras matado a todos. – Me dice Lorena con la voz temblorosa y con lágrimas en los ojos que amenazan con derramarse por sus mejillas. – Todos estamos bastantes histéricos, sobre todo Gonzalo. – Me mira a los ojos y me dice – Nadie sabía por qué habías desaparecido, Mike dijo que tú le habías comentado esa misma mañana que habías visto a Gonzalo la noche anterior con una chica pelirroja que lo besaba, así que al principio todos creyeron que te habías ido por eso, pero Derek dijo que no tenía ninguna lógica, si hubieras querido irte se lo hubieras dicho y él y sus agentes te hubieran seguido.

–          Mi padre y Marta me han dicho que Gonzalo está al otro lado de la puerta y que no se ha movido de ahí en los dos días que hace que llegué. – Comento tratando de averiguar cualquier cosa que consiga animarme un poco. – Todo era perfecto y ahora ni siquiera sé lo que va a ser de nosotros.

–          Mientras que tú has estado durmiendo, yo he estado haciendo los deberes. – Me responde divertida. – Obviamente, lo primero que he hecho es averiguar todo lo posible sobre esa tal Alexia o, como tú la llamas, la arpía pelirroja.

–          ¿Qué has averiguado? – Quiero saber.

–          Según parece, la tal Alexia era una de las amiguitas de Gonzalo. – Empieza a decir Lorena. – Tanto Claudia como Esther me han asegurado que Gonzalo no tiene el menor interés por Alexia, bueno ni por Alexia ni por ninguna otra chica. Eres la única a la que ha llevado a su casa y, más importante todavía, eres la única chica que ha presentado a su familia. Ese chico te quiere, de eso no me cabe duda.

–          Vi cómo se besaban. – Titubeo.

–          Ella se le echó encima y él la echó después de dejarle claro que estaba contigo y que lo vuestro iba en serio. – Me asegura Lorena. – El pobre está fatal, no ha querido moverse de aquí pese a que todos hemos insistido en que se vaya a casa a descansar unas horas y pese a que cree que no vas a querer saber nada de él. Y eso por no mencionar lo irritable que está, nos lo turnamos para soportarlo. – Añade bromeando. – Dime, ¿qué piensas hacer?

–          No lo sé, no he querido pensar en ello. – Le confieso con un hilo de voz.

–          Todo va a salir bien Yas, ya lo verás. – Me da un beso en la mejilla y añade a modo de despedida – Tengo que irme, los demás también quieren pasar un rato a saludarte, pero vendré mañana de nuevo. Llámame si necesitas algo.

Lorena me da otro beso en la mejilla y se marcha. Apenas tres segundos después, aparece Rocío sonriendo, pero su sonrisa se desvanece al ver mi aspecto.

–          ¡Estás horrible! – Exclama sin pensarlo dos veces.

–          Gracias, tú también estás genial. – La saludo con sarcasmo.

–          Quiero abrazarte pero me da miedo hacerte daño. – Me dice sin saber qué hacer, si acercarse o mantenerse a una distancia prudente.

–          Ven aquí y dame un beso, anda. – Le digo divertida. – ¿Cómo te va con tu vecino?

–          No te lo vas a creer, ¡es perfecto! – Exclama emocionada. – Es un tipo estupendo, me trata como una princesa y es un amante muy generoso y complaciente.

–          Así que ya te lo has tirado, me he perdido muchas cosas últimamente.

–          Sí, muchas veces. – Me dice burlonamente. – En cuanto te recuperes, te lo presentaré, estoy segura de que te va a caer muy bien.

–          Seguro que sí.

–          Debo regresar, la doctora no nos deja estar más de unos minutos contigo, así todos podrán verte. – Rocío me besa a modo de despedida y añade – La doctora también nos ha prohibido hablarte de cualquier cosa que pueda alterarte, pero siento que es mi obligación decirte que Gonzalo no se ha movido de aquí desde que llegaste y que te quiere, Yas.

Asiento con la cabeza sin decir nada y Rocío se marcha tras dedicarme una sonrisa. Respiro profundamente tratando de calmarme antes de recibir la siguiente visita. La puerta se abre y aparece Paula. Fuerza una sonrisa en cuanto me ve cubierta de vendas y cables conectados a varias máquinas.

–          No te preocupes, estoy bien. – Le digo sonriendo. – Al menos todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado.

–          Has sido muy valiente. – Me dice Paula al mismo tiempo que me saluda besándome en la mejilla. – Pero también has sido una irresponsable, nos tenías a todos con el corazón en vilo. – Me reprocha con dulzura. – Tu padre y Gonzalo lo han pasado fatal. A tu padre le pudimos convencer para que descansara, pero a Gonzalo no ha habido quien le convenza para que se marchara a casa, ese chico está muy enamorado de ti.

–          ¿Os habéis puesto de acuerdo para hacer campaña en favor de Gonzalo? – Le replico molesta, cansada de que todos lo adoren como si fuera un santo cuando yo misma le vi con mis propios ojos besando a otra.

–          No tengo por qué hacer campaña en favor de Gonzalo, solo te estoy diciendo lo que veo, y lo que veo es que Gonzalo te quiere. – Me contesta Paula. – No puedo decirte lo que debes hacer, pero sí puedo recordarte que hicimos un trato, prometimos dejarnos llevar por nuestros sentimientos y hacer lo que de verdad deseamos. Yo lo he hecho y la verdad es que me va bastante bien.

–          Tú siempre has sido la más prudente de las cuatro, ¿crees que debería dejarme llevar pese a que le vi besando a otra?

–          Ni siquiera le has dejado que te explique qué ocurrió y, según he oído, se comportó como un hombre comprometido contigo. – Contesta Paula con dulzura. – Solo quiero que seas feliz y nunca te he visto tan feliz como cuando estás con él.

–          ¿Quién está esperando ahí fuera? – Le pregunto cambiando de tema.

–          Tu padre, nosotras, Derek, Bruce, Gonzalo, Claudia, Esther y Roberto.

–          Vaya, ¿los conoces a todos?

–          Han sido cuarenta y ocho horas muy largas e intensas, nos ha dado tiempo a hablar y conocernos un poquito. – Me dice sin dejar de sonreír. – ¿A quién quieres que le diga que pase primero?

–          Me da igual, como quieran ellos.

Paula se marcha y en su lugar entra Claudia, la hermana de Gonzalo. Se acerca a mí sonriendo con dulzura, me besa en la mejilla y me dice:

–          Seré breve, hay mucha gente que quiere saludarte y no queremos cansarte demasiado. Sé lo que hiciste por mí, me salvaste la vida y te lo agradezco, aunque todavía no entiendo cómo pudiste estar tan loca para hacer algo así. – Suspira profundamente y añade algo incómoda: – Sé que no es asunto mío, pero tengo que decirte que Alexia no significa nada para Gonzalo y que, desde que te vio por primera vez no ha estado con ninguna chica y esto no te lo digo porque él me lo haya pedido, él ni siquiera ha querido hablar del tema con nadie, te lo digo porque lo sé con seguridad y yo no mentiría a alguien que me ha salvado la vida y con quien estoy en deuda. Y, si no te importa, te agradecería que no le digas a mi hermano que te he dicho nada de esto o me matará.

–          No te preocupes, seré una tumba. – Le aseguro.

Claudia se despide de mí y después recibo la visita primero de Esther, la mejor amiga y secretaria de Gonzalo. La visita de Esther es rápida, tan solo quiere saludarme y desearme que me recupere pronto, pero cuando está a punto de marcharse, me dice:

–          No seas demasiado dura con él, lo está pasando bastante mal.

No hace falta que me diga de quién está hablando, todos hablan de él pero él no aparece. Asiento con la cabeza y veo salir a Esther sonriendo. Pocos segundos después entra Roberto, el mejor amigo y abogado de Gonzalo. Su visita también es breve, al igual que Esther, se interesa por mi salud. Pero ante de marcharse, Roberto se vuelve hacia a mí y me dice divertido:

–          Haznos un favor a todos y arréglalo con Gonzalo, está insoportable y nos está volviendo loco a todos.

Le dedico una sonrisa pero, como al resto de las visitas que he recibido, no le prometo nada, no sé cómo va ir la visita de Gonzalo si es que llega a visitarme porque he visto ya a ocho personas y ninguna de ellas era él.

El siguiente en entrar es Derek. Su cara me lo dice todo, está enfadado porque no le dije nada, no le dije que había recibido la llamada de James y decidí actuar por mi cuenta.

–          Lo sé, fui una estúpida e inconsciente. – Me adelanto. – Sé que tendría que habértelo dicho, pero no podía arriesgarme a que James le hiciera daño a Claudia.

–          Afortunadamente, todo ha salido bien. – Zanja la cuestión Derek. – Descansa, recupérate y, cuando estés preparada, ven a verme a Londres, tendremos asuntos que arreglar allí y debes estar presente. Debo regresar a Londres esta misma noche, pero llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar.

–          Estaré bien, te llamaré en unos días e iré a Londres a verte. – Le aseguro.

–          Mike te envía recuerdos, él también esperará en Londres tu visita. – Me dice antes de despedirse.

Observo a Derek marcharse y me quedo mirando la puerta. Ya solo quedan Bruce y Gonzalo, pero me da a mí que el siguiente en entrar será Bruce. Y no me equivoco. La puerta se abre y tras ella aparece Bruce. Sonrío al recordar que cuando lo conocí me daba miedo, es un tipo serio y con cara de pocos amigos, además de ser un hombre de tamaño considerable y lleno de músculos.

–          Estás como una cabra. – Me saluda Bruce divertido. – Aunque te adelanto que a Gonzalo no le ha hecho ninguna gracia.

–          ¿Está muy enfadado? – Me atrevo a preguntar.

–          Está enfadado, pero consigo mismo. – Me contesta Bruce. – Se siente culpable por lo que ha pasado, está preocupado por ti y también tiene miedo de lo que tú pienses y de la decisión que hayas podido tomar. En conclusión, está insoportable y nosotros tenemos que sufrirlo. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, quiero que sepas que aquí tienes un amigo para lo que quieras.

–          Gracias, Bruce. – Le digo con un hilo de voz. – Siento todo lo que ha pasado y haberos metido en todo esto.

–          Tú no tienes la culpa de nada, solo has hecho lo que tenías que hacer. – Me asegura Bruce. – Eres una buena persona, Yas.

–          Querrás decir que soy un desastre. – Le corrijo. – ¿Puedo preguntarte algo, Bruce?

–          Lo que quieras.

–          ¿Qué hay exactamente entre Gonzalo y Alexia?

–          Eso debería explicártelo él, pero te adelantaré que no tienes nada de lo que preocuparte, Alexia no significa nada para Gonzalo. Él se enamoró de ti el primer día que te vio y desde entonces no ha tenido ojos para nadie más, y lo sé porque prácticamente paso las veinticuatro horas del día con él.

–          Entonces, ¿por qué le vi besando a otra?

–          Fue ella quien le besó a él y Gonzalo le puso las cosas claras y la echó. – Me asegura Bruce. – Hace muchos años que lo conozco y nunca le había visto así por ninguna chica, te quiere de verdad y desde que estáis juntos le veo feliz.

–          ¿Va a entrar a verme? – Le pregunto temiendo que su respuesta sea un no rotundo.

–          Sí, a menos que tú no quieras. – Me responde Bruce escudriñándome con la mirada. – Ha dejado que todos pasemos antes porque Marta solo deja entrar a una persona en la habitación y Gonzalo tiene previsto no moverse de aquí, así que, a menos que tú no quieras, sí, Gonzalo va a entrar a verte.

–          De acuerdo. – Le respondo.

–          ¿Quieres que le diga que entre? – Me pregunta sonriendo. Asiento con la cabeza y añade sin dejar de sonreír – No seas demasiado dura con él, lo único que quiere es cuidar de ti.

Tras pronunciar esas palabras, Bruce me sonríe, da media vuelta y se marcha cerrando la puerta de la habitación tras él.

Pienso en todo lo que me han dicho todas las personas que han entrado a verme, incluidas mis amigas y mi padre. Todos han dicho lo mismo aunque con distintas palabras: Gonzalo me quiere. Entonces, ¿por qué estoy tan aterrada? ¿Por qué siento tanto miedo a que me rechace? Porque lo amo y tengo miedo a perderle, esa es la única respuesta.