Archivo | noviembre 2016

Una tentación irresistible 7.

Una tentación irresistible

A las ocho y media de la tarde, Álvaro, Noelia, Sarah y, cómo no, Samuel, pasaron a recoger a Ramiro y Helena. Como eran seis, se repartieron en dos coches: Álvaro, Noelia y Samuel en un coche y Helena, Ramiro y Sarah en otro. A Helena le sabía mal meter a su hermano en aquella situación con gente a la que no conocía, pero su remordimiento se evaporó cuando se percató de las miradas y sonrisas que le dedicaba a Sarah y que ella le correspondía. Puso los ojos en blanco y miró distraída por la ventanilla del coche hasta que llegaron al restaurante donde Álvaro había reservado mesa.

–          Por aquí, por favor. – Les dijo uno de los camareros guiándoles hacia a su mesa. Dejó tres cartas sobre la mesa y añadió: – Enseguida regreso para anotar qué van a tomar de beber.

Sarah se las ingenió para sentarse al lado de Ramiro y Helena tuvo que sentarse en la única silla que quedaba libre, entre Samuel y Ramiro. Samuel la observó con disimulo, aquella chica le atraía a la vez que le desconcertaba y, aunque lo había intentado, no podía quitársela de la cabeza. Ni siquiera Carla consiguió ponerle de mejor humor después de una magnífica sesión de sexo y, por regla general, aquellas sesiones solían acabar con todo su estrés. Y, ahora que tenía frente a él a la causante de su insomnio, no sabía qué decirle. El hecho de que ella fuera la chica que estaba entrenando a Loco y animando a sus hermanos y a su cuñada a confiar en ese caballo le había confundido todavía más. ¿Cómo podía odiarla y al mismo tiempo desearla como la deseaba?

–          ¿Estás bien? Estás muy callado. – Le pregunta Álvaro a su hermano.

–          Sí, solo pensaba en un asunto de trabajo que lleva una semana quitándome el sueño. – Le responde Samuel distraído.

–          Y ese asunto de trabajo que te quita el sueño, ¿es rubio, tiene unos ojos de gato de color verde y monta a caballo? – Le pregunta burlonamente Álvaro en un susurro para que solo su hermano pueda escucharle.

Samuel no le contesta, pero la mirada fulminante que le lanza es suficiente para confirmarle a Álvaro que ha metido el dedo en la llaga.

El camarero regresa y Álvaro le pide que traiga vino para beber. Solo hay tres cartas y a Helena le toca compartir la suya con Samuel. Sus manos se rozan al coger la carta y ambos sienten una leve descarga eléctrica, retiran la mano al instante, pero ninguno de los dice nada. Tras decidir lo que van a pedir, el camarero les trae el vino, sirve sus copas y les toma nota en su pequeña libreta.

La cena transcurre con normalidad. Comen, beben y charlan, se cuentan anécdotas graciosas y Ramiro se lleva la palma al contar una anécdota sobre su hermana Helena:

–          Tenía quince años y mis padres la habían castigado sin salir un sábado por la noche por haber llegado a las tantas la noche anterior. – Empieza a decir Ramiro. – Así que salió de casa a hurtadillas, cogió prestada la moto de nuestro vecino y la policía la paró. No tenía carné de conducir, la moto no era suya y era menor de edad, así que tenían que llamar a mis padres. Por suerte, fui yo quien contestó al teléfono y no mis padres, así que tuve que encargarme de ir a buscarla a comisaría, sacarla de allí y convencer a nuestro vecino de que no la denunciara por el robo de la moto, todo sin que mis padres llegaran a enterarse de lo que había ocurrido.

–          Eres todo un ejemplo de sensatez. – Le dice Samuel a Helena en un susurro y acercándose a ella para que nadie más le oiga.

–          Tú, sin embargo, eres todo encanto y amabilidad. – Le responde Helena mostrándole una falsa sonrisa.

Samuel le devuelve la sonrisa, pero la suya no es una sonrisa falsa, es una sonrisa sincera. No puede evitar sentirse atraído por la mujer que está sentada a su lado, pese a que sabe que eso le va a traer más de un dolor de cabeza.

Cuando salen del restaurante, ya un poco achispados, deciden ir a un chiringuito de playa que de noche se convierte en un chill-out a orillas del mar. Tras pedir las copas en la barra del chiringuito, se dirigen al final del tatami de madera donde están distribuidas las mesas y los sofás a escasos metros de la orilla. A Helena y a Samuel les toca compartir sofá, pues son de dos plazas y Sarah se las vuelve a apañar para sentarse junto a Ramiro.

–          ¡Me encanta esta canción! – Exclama Sarah sonriendo y, tirando del brazo de Ramiro para que se levante, le dice con una coqueta sonrisa en el rostro: – ¡Ven a bailar conmigo!

Ramiro no se lo piensa dos veces y se marcha con Sarah hacia a la pista de baile. Noelia y Helena intercambian una mirada divertida al mismo tiempo que Álvaro y Samuel fruncen el ceño mientras ven alejarse a su hermana pequeña.

–          ¿Tienes planes para el próximo sábado? – Le pregunta Álvaro a Helena.

–          Pues… El viernes por la noche salgo con mis amigas, ya sabes, noche de chicas. – Le responde Helena guiñándole un ojo a Noelia. – Así que probablemente me emborracharé y el sábado por la mañana estaré en coma. A mediodía tendré que ir a comer a casa de mis padres, de lo contrario serán ellos quienes se presenten en mi casa… Pero a partir de las cinco de la tarde seré libre, aunque no sé en qué estado físico y mental me encontraré.

–          Noche de chicas, ¡qué envidia! – Exclama Noelia con nostalgia.

–          Pues vente con nosotras a la noche de chicas, aunque ya conoces a Laura y puedes imaginarte cómo acabará la cosa. – Le propone Helena. – Yo iré a Barcelona el viernes por la mañana, si no tienes planes y a Álvaro no le importa que te robe de su lado durante un día, te paso a buscar y nos vamos juntas.

–          ¿Yo no puedo ir? – Pregunta Álvaro divertido.

–          Lo siento, pero en nuestra noche de chicas no admitimos a ningún hombre, al menos hasta después de la tercera copa. – Le responde Helena riendo.

–          En ese caso, tendré que organizar una cena de chicos, puede que después de la tercera copa coincidamos en algún pub.

–          ¡De eso nada! – Le reprende Noelia y le recuerda: – Es una noche de chicas.

Justo en ese momento, Sarah y Ramiro regresan de la pista de baile y se sientan en el sofá donde habían estado sentados minutos antes. Ramiro, al ver las risas en los rostros de su hermana y de Noelia, les pregunta con curiosidad:

–          ¿Qué está pasando aquí?

–          Nos han excluido de la noche de chicas, nos vamos a quedar sin fiesta de pijamas, sin película romántica y sin tarrinas de helado. – Se mofa Samuel.

–          Me temo que esa noche de chicas no es la misma noche de chicas que organiza mi hermana con sus amigas todos los viernes. – Comenta Ramiro riendo. Mira a su hermana con complicidad y le pregunta: – ¿Esta vez también van a tener que intervenir los bomberos?

Helena se ruboriza al instante y bebe un largo trago de su copa evitando mirar a su hermano, que la escruta con la mirada. Helena había hecho un trato con Laura y Silvia para no volver a mencionar aquella noche, pero su hermano no cesaba en recordárselo cada vez que tenía oportunidad. Por desgracia para Helena, uno de los bomberos era amigo de Ramiro y la conocía, así que su hermano se enteró de todo.

–          Por cierto, Juan, mi amigo el bombero, ha vuelto a darme recuerdos para ti. – Le dice Ramiro burlonamente. – Me ha dicho que tú y tus amigas estáis invitadas al parque de bomberos para una visita guiada, creo que hasta os dejarán subiros al camión de bomberos como hacen con los niños.

–          No tiene gracia, Ramiro. – Le reprocha Helena. – Creo que no he pasado tanta vergüenza en toda mi vida como en aquella noche.

–          Pero, ¿qué hicisteis? – Pregunta Sarah queriendo saber más de aquella historia.

–          Prefiero no hablar de ello. – Responde Helena terminándose la copa de un trago.

–          Pero si es muy divertido, cuéntaselo. – La anima Ramiro sonriendo con malicia.

–          Te odio. – Le dice Helena fingiendo estar enfadada. Resopla y añade: – Necesitaré otra copa para hablar de esto. – Mira a Noelia y Sarah y les advierte: – Solo lo diré una vez, no daré detalles y tampoco responderé a ninguna pregunta. – Como si le hubiera leído el pensamiento, el camarero aparece a su lado y le piden otra ronda de copas. Cinco minutos más tarde, el camarero regresa con las copas y Helena continúa hablando: – El caso es que era una noche de viernes y, como cada viernes desde hace unos meses, salimos a celebrar una noche de chicas. Había muchas razones por las que brindar y otras muchas cosas que tratar de olvidar, así que las tres terminamos bebiendo más de la cuenta y por una absurda apuesta acabamos en lo alto de una azotea, borrachas como cubas. Algún vecino asustado llamó a los bomberos creyendo que nos íbamos a matar y el resto os lo podéis imaginar…

–          Te has dejado la mejor parte. – Le insta Ramiro.

–          No pienso decir nada más. – Sentencia Helena.

Samuel sonríe. Sabe perfectamente qué paso aquella noche en aquella azotea, él mismo fue testigo de lo que aquellas locas hicieron. Aquel día, a pesar de que era sábado, se había levantado antes de que amaneciera porque tenía una reunión a primera hora y antes quería salir a correr. Salió a la terraza para mirar al cielo y entonces vio a tres chicas en la azotea del edificio de enfrente, cantando a gritos y bailando en ropa interior. Podría haber sacado de dudas a sus hermanos y a Noelia, que se morían por saber qué era lo que tanta vergüenza le daba a Helena, pero decidió guardar esa información para cuando los demás no pudieran escucharle.

El chiringuito se empezó a llenar de gente y el ambiente se animó. La gente bebía y bailaba mientras charlaba y Sarah volvió a arrastrar a Ramiro a la pista de baile. Noelia, aprovechando que Álvaro estaba animado, también lo arrastró hacia a la pista y Samuel y Helena se quedaron a solas en la zona chill-out. Entonces Samuel recuerda el secreto de Helena y no deja escapar esa oportunidad. Se acerca a ella y le susurra al oído:

–          Tengo que reconocer que no esperaba que dar un concierto en ropa interior en lo alto de una azotea formara parte de una noche de chicas.

Helena se vuelve para mirarlo incrédula y acto seguido enrojece. No sabe cómo se ha enterado, pero su hermano Ramiro no se lo ha podido decir, pues ella ha estado con él toda la noche y no lo ha mencionado en ningún momento.

–          ¿Cómo lo sabes? – Le pregunta Helena cuando recobra el sentido del habla.

–          Digamos que tuve el placer de asistir a aquel concierto en primera fila. – Le contesta Samuel disfrutando al verla tan ruborizada. Y añade sonriendo maliciosamente: – No diré nada si no quieres, pero te agradecería que la próxima vez que des un concierto me avises, no me gustaría perdérmelo.

–          Creía que a los abuelos aburridos como tú no les gustaba ir a conciertos.

–          Tienes razón, quizás puedas conseguirme un pase privado. – Murmura entre dientes Samuel sin que Helena le escuche.

Durante dos horas, Samuel y Helena se distraen lanzándose pullas el uno al otro. Lo que había empezado siendo algo desagradable se había convertido en algo divertido, por alguna razón ambos disfrutaban de aquel intercambio malicioso de palabras. Ninguno se ofendía por los comentarios del otro y disfrutaron de aquella peculiar conversación. Pero los demás no disfrutaron tanto. Ellos no entendían que discutieran a cada momento, les hubiera gustado que al menos se hubieran llevado bien y que no se hubieran pasado la noche lanzándose pullas el uno al otro.

A las cuatro de la madrugada dieron por finalizada la noche y decidieron regresar a casa en taxi, todos habían bebido demasiado. Antes de subirse al taxi, Samuel se acercó a Helena y le susurró al oído con discreción:

–          Buenas noches, Xena, la princesa de las guerreras.

–      Buenas noches, ogro gruñón. – Se despide ella sacándole la lengua como una niña pequeña y provocando una carcajada en Samuel.

Una tentación irresistible 6.

Una tentación irresistible

Después de comer, decidieron pasar la tarde en la piscina. A Álvaro le sorprendió que Samuel decidiera quedarse con ellos hasta el día siguiente, sobre todo tras cómo había reaccionado frente a Helena, pero también se dio cuenta de cómo la miraba. Mientras las chicas se daban un chapuzón en la piscina, Álvaro y Samuel se sentaron bajo la sombra de un sauce y charlaron de cualquier cosa que no fuera ni Loco ni Helena.

A Helena no le pasó por alto el hecho de que Samuel no dejara de observarla, incluso se estaba empezando a sentir incómoda, pero no estaba dispuesta a dejarse amilanar por nadie y mucho menos por un Neandertal que tan mal la había tratado. Aun así, Helena seguía sintiéndose cada vez más atraída por él: su cabeza le decía que se alejara de aquel hombre que solo le traería problemas, pero al mismo tiempo su cuerpo también le rogaba que se acercara más a él.

–          Estoy muerta de sed, ¿os apetece una cerveza? – Sugiere Noelia.

Sarah y Helena asienten con la cabeza y las tres salen de la piscina dispuestas a tomarse una cerveza bien fría para refrescarse. Cogen cada una un botellín de cerveza de la nevera portátil que Álvaro ha traído con bebidas frías y entrechocan los botellines a modo de brindis. Se sientan junto a los chicos en una toalla extendida sobre el cuidado césped.

–          No estaréis planeando otra salida de chicas, ¿verdad? – Les pregunta Álvaro. – Porque esta vez no pienso quedarme en casa esperando a que mi mujer y mi hermana lleguen borrachas como una cuba.

–          Estás mayor para salidas nocturnas, hermanito. – Se mofa Sarah.

–          Estoy hecho un chaval. – Protesta Álvaro.

–          Por supuesto que sí, cielo. – Lo apoya Noelia.

–          ¿Qué os parece si salimos a cenar y luego a tomar unas copas? – Propone Sarah. – Creo que nunca me he emborrachado con mis hermanos.

El móvil de Helena empieza a sonar y todos guardan silencio esperando a que conteste la llamada. Al ver que se trata de su hermano Ramiro, Helena descuelga y lo saluda con entusiasmo:

–          ¡Hola Ramiro!

–          Hola, pequeña. ¿Me has echado de menos? – La saluda su hermano mayor con ternura.

–          Ya sabes que yo siempre te echo de menos. – Le contesta Helena. – ¿Estás en Barcelona? Tengo ganas de verte.

–          No estoy en Barcelona y yo también tengo ganas de verte, por eso he venido a Blanes, pero o no estás en casa de los padres de Silvia o me he confundido de casa. – Le responde Ramiro divertido. – Aunque desde aquí puedo ver tu coche aparcado en el camino de acceso a la casa. ¿Dónde estás?

–          ¡¿Estás aquí?! – Exclama eufórica. – No te muevas, ahora mismo voy para allí.

–          No tardes, te espero. – Le responde Ramiro antes de colgar.

Helena se levanta de un brinco y todos la observan esperando una explicación, pero Noelia no puede esperar más y le pregunta divertida:

–          ¿Era tu hombre perfecto? Porque si es él, quiero conocerlo.

–          No, era mi hermano Ramiro. – Le responde Helena secándose con una toalla a toda prisa y poniéndose el vestido ibicenco sobre el bikini mojado. – Ha venido a verme y está en la puerta de casa.

–          Te acompaño, me presentas a tu hermano y salimos a cenar todos juntos esta noche, mañana ya lo tendrás solo para ti. – Le dice Sarah. – Pero esta noche toca emborracharse.

Helena no discute con Sarah, hace poco que la conoce pero ya sabe que es inútil discutir con ella. Noelia también se pone en pie y dice:

–          Te llevo en coche.

–          Samuel tiene que ir al pueblo, puede llevarla él. – Interviene Álvaro.

–          No es necesario. – Comenta Helena evitando la mirada de Samuel.

–          ¿Prefieres ir andando antes de subirte a un coche conmigo y sin embargo montas sobre un caballo salvaje? – Le pregunta Samuel con sarcasmo.

–          ¡Samuel! – Le regaña Sarah avergonzada con la actitud de su hermano.

–          Solo era una broma. – Se defiende Samuel mirando a Helena y sonriendo maliciosamente. – Te llevo a casa, me viene de camino para ir al pueblo.

Noelia y Sarah vuelven a sentarse mientras Álvaro contempla divertido la escena. Puede que ni su mujer ni su hermana se hayan dado cuenta, pero a él no se le ha escapado la manera en que esos dos se miran.

Samuel y Helena se dirigen al garaje para coger el coche y caminan en absoluto silencio. Cuando suben al coche, la tensión sexual es tan grande que Helena se plantea la idea de bajarse y caminar hasta llegar a casa, pero en lugar de eso respira profundamente y se limita a repetirse mentalmente que ese trayecto tan solo durará unos minutos. Samuel para el coche a un lado de la carretera a mitad de camino entre ambas casas y Helena se vuelve para mirarlo.

–          ¿Qué pasa? ¿Te has dejado algo?

Samuel toma aire antes de contestar, la mira a los ojos y le dice con tono severo:

–          No quiero que montes ni entrenes a Loco.

–          Yo tampoco quiero que un desconocido me diga lo que tengo que hacer y sin embargo aquí estoy. – Le replica Helena con sarcasmo.

–          Mi familia ya ha sufrido demasiadas desgracias, no quiero que por tu culpa tengan que sufrir otra desgracia más. – Insiste Samuel. – Si lo haces por dinero, estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo.

–          Tenías razón, hubiese preferido ir andando. – Le responde Helena antes de bajarse del coche y continuar el camino a pie.

Samuel resopla frustrado y golpea el volante con ambas manos con desesperación. La mira mientras ella se aleja caminando furiosa y decide bajarse del coche e ir tras ella.

–          Helena, espera. – Le dice agarrándola del brazo. – Tienes razón, no puedo decirte lo que tienes que hacer. – Helena se para y lo observa con desconfianza, pero Samuel continua hablando: – Puede que para ti sea un caballo fabuloso, pero para mí es la causa por la que mi hermano se mató.

Por primera vez, Helena se para a pensar en cómo reaccionaría ella si hubiera sido su hermano Ramiro el que hubiera muerto. Estaba claro que Loco no lo había matado, pero era inevitable pensar que si Loco no hubiera estado en la vida de Javier probablemente ahora seguiría con vida.

–          Por favor, sube al coche y deja que te lleve a casa. – Le pide Samuel en son de paz.

A Helena le fue imposible negarse. No entendía cómo Samuel pasaba de ser un auténtico ogro a mirarla y hablarle con la dulzura con la que lo estaba haciendo en este momento y decide regresar al coche. Apenas cuatro minutos más tarde, Samuel aparca el coche frente a la puerta del jardín de la casa, justo detrás del coche de Ramiro.

Helena se apresura en salir del coche y corre hacia su hermano Ramiro, quien la recibe con los brazos abiertos y la abraza con cariño. Samuel baja del coche y observa cómo se abrazan los dos hermanos, no tiene la menor duda de que tienen una buena relación.

–          ¿Hay algo que quieras contarme, pequeña? – Le pregunta Ramiro a su hermana cuando, tras soltarla de su abrazo, ve a Samuel.

Helena da media vuelta y su mirada se encuentra con la de Samuel. Se sostienen la mirada un instante y Helena empieza a notar como todo su cuerpo se estremece.

–          Hola, soy Ramiro. – Se presenta al ver que su hermana perece no tener ninguna intención de hacerlo.

Samuel aparta la mirada de Helena para posarla en su hermano Ramiro y le estrecha la mano mientras lo saluda con simpatía:

–          Encantado, soy Samuel. – Acto seguido vuelve a posar sus ojos en Helena y, antes de subirse al coche y marcharse, se despide: – Nos vemos en un rato, supongo.

Ramiro espera a que Samuel se haya marchado y a entrar en la casa antes de preguntarle a su hermana:

–          ¿Quién es ese Samuel?

–          El tipo al que acabas de conocer.

–          Muy graciosa. – Le contesta Ramiro con sarcasmo. – Si no me lo dices, tendré que sacar mis propias conclusiones.

–          Saca tus propias conclusiones mientras me doy una ducha. – Le responde Helena para evitar que su hermano la someta a un tercer grado. Y añade dirigiéndose hacia el baño para ducharse: – Por cierto, tenemos planes para esta noche, iremos a cenar y a tomar unas copas con unos amigos.

–          ¿Estará también tu amigo del que no quieres hablarme?

La pregunta de Ramiro recibe como respuesta el ruido de la puerta del baño al cerrarse. Media hora más tarde, Helena aparece en la cocina donde Ramiro la espera bebiéndose una cerveza.

–          Ya he sacado mis propias conclusiones.

–          Me muero de ganas por oírlas. – Le dice Helena sonriendo divertida al mismo tiempo que abre la nevera y coge una cerveza. Se sienta frente a su hermano y añade: – Soy todo oídos.

–          Pues, teniendo en cuenta que ha sido él quien te ha traído a casa, deduzco que estabais juntos y, a juzgar por la cara de pocos amigos que llevaba y por cómo te miraba, también deduzco que estaba molesto o enfadado contigo. – Le empieza a decir Ramiro sonriendo divertido. – Cuando te he preguntado si él formaba parte de tus planes para esta noche y has fingido no oírme para no responderme, me has confirmado que hay algo entre vosotros.

–          Nada más lejos de la realidad. – Se mofa Helena. – ¿Recuerdas que te dije que estaba entrenando un caballo y te conté su historia?

–          Sí, Loco, ¿verdad?

–          Así es. – Le confirma Helena. – Pues Samuel es el hermano gruñón al que aún no conocía y del que ya puedo constatar que, efectivamente, es un gruñón.

–          Pues a mí me ha dado la sensación de que al hermano gruñón le pones, aunque creo que también lo sacas de quicio. – Opina Ramiro. – Y me parece que tú vas a disfrutar de lo lindo haciendo que se enfade contigo, ¿me equivoco?

–          En eso sí que has acertado. – Le responde Helena entre risas.

Los dos hermanos se beben un par de cervezas en la cocina mientras se ponen al día sobre sus vidas. Helena le cuenta que cree haber conocido al hombre perfecto para ella pero que sin embargo no siente “mariposas en el estómago” cuando lo ve o habla con él.

–          No pierdes nada por salir un día con él, puede que lo de sentir “mariposas en el estómago” esté sobrevalorado o incluso que ni siquiera exista esa sensación. – Le aconsejó Ramiro.

–          ¡Pues claro que existe esa sensación! – Le replica Helena.

–          Hermanita, eres demasiado romántica para este mundo. – Se mofa Ramiro.

Tras bromear sobre la vena romántica de Helena y la frialdad de Ramiro, ambos hermanos se preparan para salir a cenar y a tomar una copa con los hermanos Ferreira.

Una tentación irresistible 5.

Una tentación irresistible

Helena regresó a Blanes el domingo después de comer en casa de sus padres. Quería llegar temprano y así hacer una visita a Noelia y a Loco. Estaba cansada, apenas había podido dormir en toda la noche y no podía sacar de su mente la imagen del hombre que se había encontrado la tarde anterior cuando salió a correr. Cada vez que cerraba los ojos para tratar de dormir, la imagen de aquella sonrisa pícara y esos ojos de un color indefinido entre el azul y el gris se le aparecían y se le insinuaba. Se había despertado empapada en sudor, sintiendo el anhelo de los brazos de un hombre con el que nunca había estado y del que no sabía ni su nombre.

No se sentía con fuerzas para escribir, así que decidió ir a visitar a Loco. Noelia y Álvaro la recibieron con una sonrisa en los labios y, tras charlar un rato con ellos, se dirigió al establo donde Gabriel continuaba con el entrenamiento.

–          ¡Helena, qué sorpresa! – La saludó Gabriel en cuanto la vio aparecer. – Creía que no vendrías hasta mañana por la tarde.

–          He vuelto antes de lo previsto de Barcelona, echaba de menos la tranquilidad de este lugar. – Le respondió Helena encogiéndose de hombros. – ¿Qué tal le va a Loco?

–          Ha mejorado bastante, pero sin duda alguna cuando mejor está es cuando tú estás delante. Tu abuelo tiene razón, tienes un don con los caballos.

Los cinco días siguientes Helena siguió con su nueva rutina: se levantaba al amanecer, desayunaba, salía a correr por la playa, se duchaba, pasaba el resto de la mañana y parte de la tarde escribiendo, iba de visita a casa de Álvaro y Noelia y entrenaba a Loco junto a Gabriel y regresaba a casa tan agotada que la mayoría de las noches se iba a la cama sin cenar.

El sábado por la mañana Samuel se dirigió a Blanes con su hermana Sarah. Estaba de mal humor, no había vuelto a coincidir con aquella chica que se encontró corriendo por la playa y tenía la esperanza de encontrarla hoy sábado, pero había olvidado que le prometió a Sarah que la acompañaría a Blanes para ser testigo de la supuesta evolución de Loco.

–          Cambia esa cara, cualquiera diría que estamos yendo al matadero. – Le recriminó Sarah.

–          Estaría más contento si fuéramos al matadero. – Fue la respuesta de Samuel.

Consciente de que no iba a cambiar el humor de su hermano, Sarah encendió la radio y buscó la frecuencia de su cadena favorita para escuchar música durante el resto del trayecto, odiaba ir en un coche en silencio.

Llegaron a Blanes a mediodía y entre su hermana y su cuñada decidieron invitar a comer a Helena, la misteriosa chica que tenía un don con los caballos y había obrado el milagro con Loco. A Samuel le entraron ganas de decir que no se encontraba bien y marcharse de vuelta a casa, así tendría tiempo de salir a correr y con un poco de suerte se encontraría con aquella chica, pero finalmente decidió cumplir la promesa que le había hecho a Sarah.

–          Cambiarás de opinión en cuanto la conozcas y la veas con Loco, esa chica ha conseguido en unos días lo que nosotros llevamos intentando desde hace dos años. – Le dijo Álvaro a su hermano cuando se quedaron a solas.

–          Sarah me ha dicho que sus abuelos tienen una hípica, ¿se dedica a cuidar y entrenar a caballos?

–          No se dedica a ello profesionalmente, es escritora. – Le respondió Álvaro. Samuel lo miró extrañado y le aclaró: – Escribe novelas y está viviendo en la casa del acantilado para escribir su siguiente novela. Es una chica inteligente y muy simpática, estoy seguro de que te caerá bien.

–          Eso significa que es fea, ¿no? – Se mofó Samuel.

–          Tú mismo podrás comprobarlo en unos minutos.

Sarah y Noelia pasaron a recoger a Helena a su casa y, tras convencerla para que se les uniera a comer, la llevaron a casa de Álvaro Ferreira. A Helena no le apetecía nada conocer al otro hermano de Sarah y Álvaro, presentía que iba a estar en su contra desde el primer momento y sabía que aquello no acabaría bien, pero no pudo negarse frente a la insistencia de aquellas dos mujeres. Estaba en la piscina cuando irrumpieron en su casa y apenas le habían dejado ponerse un vestido ibicenco por encima del bikini antes de subirse al coche de Noelia.

–          Esto es un auténtico secuestro. – Les reprochó Helena. – Me lleváis a la boca del lobo y ni siquiera me dejáis disfrutar en la piscina de mis últimas horas de vida.

–          No seas melodramática, de momento Samuel no se ha comido a nadie. – Bromeó Noelia pensando que su cuñado era un hombre encantador, excepto cuando se hablaba sobre Loco. – Le caerás muy bien, ya lo verás.

Helena dudaba de las palabras de Noelia, pero no le quedó más remedio que ir a conocer al hermano gruñón de Sarah. Cuando las tres chicas llegaron, Álvaro y Samuel estaban en el salón tomándose una cerveza. Ambos se pusieron en pie al oírlas llegar y Samuel se quedó mudo cuando la vio aparecer. La reconoció al instante, era difícil olvidar aquellos ojos felinos del color de la esmeralda, un verde intenso que le hipnotizaba. Helena también lo reconoció, era el hombre que se aparecía en sus sueños todas las noches desde hacía una semana. Le miró  tratando de definir el color de sus ojos y sus miradas se cruzaron. Se quedaron mirándose el uno al otro durante unos segundos hasta que Álvaro, al ver cómo se miraban y que ninguno de los dos decía nada, les preguntó:

–          ¿Os conocéis?

–          No, al menos no oficialmente. – Contestó Samuel sin apartar la vista de Helena.

–          ¿Os habías visto antes? – Volvió a preguntar Álvaro.

–          Soy Samuel. – Le dijo a Helena ignorando la pregunta de su hermano. – Y tú debes de ser Helena, ¿verdad?

Samuel se acercó a ella y le plantó dos besos en la mejilla al mismo tiempo que aspiraba su aroma a jazmín. Ambos se estremecieron ante aquel contacto e intentaron disimularlo. Cuando se repuso de aquella extraña pero agradable sensación, Helena le dedicó una tímida sonrisa y le respondió casi en un susurro:

–          Así es, yo soy Helena.

–          Hemos sacado a Helena de la piscina para arrastrarla hasta aquí, más te vale ser amable con ella. – Le advirtió Sarah a Samuel en voz baja.

Sarah se moría de ganas de ver los progresos de Loco y los movilizó a todos al establo. A Samuel no le hizo ninguna gracia, pero sabía a lo que había venido y no tenía ningún sentido aplazarlo, tarde o temprano tendría que volver a ver a ese caballo. A él nunca le habían interesado tanto los caballos como a sus hermanos, a él le gustaban más los coches y las motos, pero tampoco tenía nada en contra de los animales. Sin embargo, la había tomado con ese caballo. Sabía que Loco no era el causante de la muerte de su hermano Javier, él había muerto por una serie de acontecimientos desafortunados: se mareaba porque se había dado un golpe en la cabeza tras caerse mientras galopaba con Loco, cogió el coche cuando no debía conducir y la mala suerte hizo el resto, pero él no podía dejar de culpar a Loco, sobre todo después de que tirara al suelo a su hermana Sarah y le rompiera dos costillas. Lo que no entendía era por qué sus hermanos se empeñaban en mantener aquel caballo que, a su parecer, solo había traído la desgracia a su familia.

Helena estaba muy nerviosa y Loco lo notó. Se acercó a ella un tanto desconfiado pero en pocos segundos se dejó acariciar por ella como hacía siempre. Helena sabía que Loco se sentía inquieto y no quiso que Sarah lo montara, no era un buen momento para que Loco perdiera la cordura:

–          Loco está un poco nervioso, no es buena idea que lo montes. Quizás no está acostumbrado a tener tantas miradas pendientes de él.

–          Ya os dije que perderíais el tiempo con ese caballo. – Refunfuñó Samuel.

–          Loco es un caballo fantástico, es increíble lo que ha avanzado en tan solo tres semanas y pienso demostrártelo ahora mismo. – Le desafió Helena a Samuel y de un salto se subió a lomos de Loco.

Samuel abrió la boca para protestar y ordenarle que se bajara en ese mismo momento, pero Helena tiró de las riendas y Loco empezó a galopar. Helena lo guio por todas y cada una de las vallas y saltó con él sin la menor duda de que lo conseguiría. El corazón de Samuel estaba a punto de salírsele del pecho, pero aun así mantuvo los ojos fijos en ella en los escasos dos minutos que duró la carrera de obstáculos. Helena regresó junto a la familia Ferreira, de un saltó bajó del caballo para quedarse a la altura de los demás y, mirando a Samuel directamente a los ojos, le preguntó:

–          ¿Sigues pensando que he estado perdiendo el tiempo?

–          Sí, sigo pensando que has estado perdiendo el tiempo. – Le contestó Samuel de mal humor. – Jugarte la vida día tras días con ese caballo es perder el tiempo, si lo que quieres es matarte acabarías antes pegándote un tiro en la sien.

Samuel dio media vuelta y se marchó en dirección a la casa. Sarah salió tras él hecha una auténtica furia y Álvaro miró a sus hermanos con resignación. Noelia se acercó a Helena y la abrazó al mismo tiempo que le dijo:

–          No le hagas ni caso, sigue resentido con Loco por lo que le pasó a Javier y estoy segura de que en este instante se está arrepintiendo de lo que ha dicho.

Helena no dijo nada, se limitó a asentir con la cabeza y llevó a Loco de regreso al establo. Las palabras de Samuel la habían herido, pero no podía evitar pensar en que tal vez tuviera razón. Desde el primer día se había acercado a Loco creyendo que era un caballo salvaje, lo había montado pese a las advertencias de Gabriel y Álvaro y ni siquiera se había parado a pensar en las posibles consecuencias. Últimamente su vida se había quedado vacía y sin emoción, había perdido hasta a las musas que nunca la abandonaban, pero todo había cambiado cuando se encontró a Loco. Puede que sin ser consciente hubiera estado buscando la emoción que la hacía sentirse viva otra vez.

Samuel entró en la cocina y cogió una cerveza de la nevera que se bebió de un trago. Sarah le siguió y, parándose frente a él, le reprochó:

–          ¡Joder Samuel, te pedí que fueras amable con ella y solo te ha faltado prenderle fuego en la plaza del pueblo! ¡Eres un maldito ogro!

Samuel no contestó y Álvaro, que acababa de entrar en la cocina y había escuchado las duras palabras de su hermana Sarah, decidió mediar entre los dos:

–          Chicos, vamos a tranquilizarnos. – Se volvió hacia Samuel y le dijo con tono severo de hermano mayor: – Espero que te disculpes con Helena en cuanto entre por esa puerta, puede que tú no valores su trabajo pero nosotros sí y se lo agradecemos de corazón. Se ha ganado el corazón de tu hermana y el de tu cuñada, además del de Loco y Gabriel, es una persona estupenda y la queremos a nuestro lado. Los amigos son la familia que uno elige y nosotros la hemos elegido.

Los tres hermanos respiraron con resignación y guardaron silencio hasta que Noelia y Helena aparecieron de nuevo. Noelia sacó cinco cervezas de la nevera y le ofreció una a cada uno, como ofrenda de paz.

Samuel no se disculpó con Helena, se limitó a observarla en silencio y analizó todos sus movimientos. Tras una sola tarde mirándola, Samuel averiguó que cuando se ponía nerviosa se pellizcaba el labio inferior con los dientes, cuando se concentraba en algo o se distraía jugaba con un mechón de su pelo. También observó sus gestos: sonreía muy a menudo, ponía los ojos en blanco constantemente y se ruborizaba cuando le hacían un cumplido. Observarla se había convertido en su mayor afición y también en su terapia. Estaba furioso con todo el mundo por permitir que Helena se subiera a ese caballo, pero mirarla le había ido calmando poco a poco y su enfado fue desapareciendo.

Una tentación irresistible 4.

Una tentación irresistible

Helena cumplió con su promesa y acudió todas las tardes a casa de Álvaro y Noelia para ayudar a Gabriel con el entrenamiento de Loco, que cada día se volvía menos arisco.

El sábado Laura fue a visitar a Helena y ambas decidieron pasar la mañana en la playa. Silvia no pudo venir a acompañarla, pero le mandó mil besos y prometió que se verían el próximo fin de semana. Cuando llegaron a la pequeña cala que había cerca de la casa de los padres de Silvia, Helena se encontró allí con Noelia, que a su vez estaba acompañada por Sarah.

–  ¡Helena, precisamente estábamos hablando de ti! – La saludó Noelia con una alegría sincera. – Te presento a mi cuñada Sarah, la hermana pequeña de Álvaro.

–  Encantada de conocerte, Sarah. – La saludó Helena besando sus mejillas. Se volvió hacia Laura y la presentó: – Ella es mi amiga Laura. – Y añadió para terminar con las presentaciones. – Ellas son Noelia y Sarah, las responsables de que Loco siga vivo.

Rápidamente se entendieron y se enfrascaron en una conversación que les llevó a otras muchas conversaciones, pasando por la historia de Loco, las tendencias en moda, la nueva novela de Helena y las fiestas que organizaba Laura. Cuando Helena comentó que necesitaba decorar y alegrar un poco su nuevo piso, Noelia le dijo que era decoradora de interiores y se ofreció para encargarse personalmente de la decoración.

Por la tarde, las chicas vuelven a reunirse en el establo para ver cómo Helena y Gabriel entrenan a Loco. Sarah se empeña en montar a Loco, pero Álvaro se niega alegando que Loco solo parece dócil cuando está con Helena y aún es demasiado pronto.

Esa noche deciden salir a cenar las cuatro y después tomar una copa. Álvaro no las acompaña, se queda en casa trabajando.

–  Debería hacer esto más a menudo. – Se lamenta Noelia con un par de copas de más. – Mi vida social es cada vez más inexistente.

–  Mientras que tu vida sexual exista, lo demás es secundario. – Le dijo Laura en su línea.

–  La verdad es que mi vida sexual no podría ser mejor, Álvaro es un amante excelente. – Confesó Noelia divertida.

–  ¡Por favor, qué es mi hermano! – Protestó Sarah poniendo cara de asco y todas se echaron a reír a carcajadas.

–  Hablando de vida sexual, ¿qué tal te fue con el tipo del Queen? – Le preguntó Laura a Helena.

–  Se llama Sergio Méndez, tiene treinta años, trabaja como abogado en uno de los bufetes más importantes de la ciudad y está muy bueno, además de ser educado y amable. – Le respondió Helena a su amiga. Pero haciendo una mueca añadió: – Vais a creer que estoy loca, pero es demasiado perfecto para mi gusto. – Todas la miraron con extrañeza y Helena se apresuró en aclarar: – Lo que quiero decir es que Sergio parece ser todo lo que he deseado en un hombre, sin embargo, no sé, ahora que lo he encontrado me falta algo.

–  El hombre perfecto no existe, por eso te falta algo. – Sentenció Laura.

–  No existe el hombre perfecto, pero sí que existe un hombre perfecto para cada una de nosotras, el problema es que cuesta encontrarlo. – Opinó Noelia. – Yo creo que deberías darle una oportunidad a ese chico, puede que una cita en condiciones te haga cambiar de opinión.

–  Acaba de salir de una relación larga, ahora lo que debe hacer es buscar, probar, comprobar y seguir buscando. – Le aconsejó Sarah.

–  Me gusta tu forma de pensar. – Afirmó Laura encontrando una aliada en Sarah.

Las chicas continuaron charlando, bebiendo y bailando hasta pasadas las cuatro de la mañana, momento en el que decidieron regresar a casa.

El domingo durmieron hasta mediodía y después de comer Laura y Sarah se despidieron de Helena, Noelia, Álvaro y Gabriel y regresaron juntas a Barcelona.

A Helena le había encantado recibir la visita de Laura, pero no había escrito nada en todo el fin de semana y quería terminar el quinto capítulo para enviarle el borrador a su editora.

Pasó el resto de la semana escribiendo y decidió quedarse más tiempo en Blanes, aquel lugar la inspiraba y no había vuelto a bloquearse. Aún y así, el viernes Helena decidió pasar el fin de semana en Barcelona. Le supo mal separarse de Noelia y de Loco, que se habían convertido en inseparables, pero tenía que llevarle a Marta el borrador de los primeros capítulos de la novela, tenía que hablar con los padres de Silvia para negociar un alquiler mientras ocupaba su casa y también quería pasar el rato con sus amigas y su familia. Lo primero que hizo en cuanto llegó el viernes por la mañana fue ir a ver a su editora para entregarle los primeros capítulos. Marta respiró aliviada cuando por fin tuvo entre sus manos el borrador y Helena le prometió que le enviaría los capítulos por correo electrónico tan pronto los acabara de escribir. Después fue a comer a casa de sus padres, quienes le dijeron que su hermano había vuelto a salir de viaje de negocios y no regresaría hasta la siguiente semana, así que no pudo pasar un rato con su hermano Ramiro.

El viernes por la noche las chicas se reunieron en el bar de Pepe, ya era casi un ritual y Helena se sentía mal por no haber asistido la semana anterior. Tras ponerlas al día sobre sus avances con la novela y con Loco, Helena les dijo que quería quedarse en Blanes por una temporada, pero vendrían los fines de semana. Esa noche no se acostaron muy tarde, Silvia quería regresar temprano a casa junto a Héctor, Laura tenía una fiesta de empresa al día siguiente y Helena estaba agotada.

El sábado por la mañana Helena quedó con Silvia para desayunar y después ir a casa de sus padres para hablar de la casa y finalmente Helena les convenció para que le alquilaran la casa y no vivir de gratis allí.

Por la tarde Helena decidió salir a correr por la Barceloneta, hacía una buena temperatura y la idea de correr por la playa la atrajo al instante, pues se había convertido en otra de sus rutinas.

Llevaba casi una hora corriendo cuando Helena decidió parar para descansar un poco y observar el atardecer. Helena observaba como el sol se fundía con el mar en el horizonte y se le escapó un suspiro al contemplar la belleza de aquel instante perfecto que la naturaleza le ofrecía. Tan absorta estaba admirando la puesta de sol que no se dio cuenta que a escasos metros de ella alguien la observaba.

Samuel había salido a correr como cada día, pero ese día había tenido que acudir a una reunión importante por la mañana, así que no le quedó más remedio que salir a correr por la tarde. Fue entonces cuando la vio. Su pelo rubio recogido en una coleta alta, sus piernas largas y torneadas y la gracia con la que corría le llamaron la atención y decidió seguirla a una distancia prudente, no quería que se incomodara.  Entonces ella se paró a contemplar la puesta de sol y Samuel pudo observarla con detenimiento. Era muy atractiva y tenía unos ojos felinos muy llamativos, pero desde donde él estaba no podía ver de qué color eran. Extrañado por aquella curiosidad insólita en él, se acercó a Helena dispuesto a descubrir cuál era el color de sus ojos. Justo en ese momento, Helena se volvió y se encontraron frente a frente. Sus miradas se cruzaron y ambos esbozaron una leve sonrisa antes de seguir por su camino.

Helena sonrió ampliamente cuando se aseguró de que no podía verla. Aquel hombre que debía rondar los treinta y cinco años, de pelo castaño claro muy corto, alto y de músculos muy bien definidos le habían hecho sentir el deseo que llevaba tiempo sin sentir. Pero continuó corriendo de regreso a casa y decidió no pensar en la atracción que había sentido por ese hombre, ya tenía demasiadas cosas en las que pensar.

Samuel regresó a casa, se dio una ducha y se vistió para ir a cenar con su hermana Sarah, quien había insistido en que se vieran porque tenía algo que contarle. Sabía que no iba a ser nada bueno, pues había notado que el tono de voz de Sarah era cauto.

Cuando llegó al restaurante, Sarah ya le estaba esperando. Samuel se acercó a la mesa y saludó a su hermana dándole un par de besos en la mejilla.

–          ¿Qué tal estás, hermanita? – Le preguntó Samuel a Sarah mientras la observaba para comprobar que estuviera bien. Sabía que lo que ella le iba a decir no le iba a gustar y quería afrontarlo cuanto antes. – ¿Qué es lo que tienes que decirme y no puede esperar?

–          No te va a gustar. – Le advierte Sarah.

–          Me lo imaginaba.

–          Quiero que entiendas que es mi decisión y no voy a cambiarla. – Empezó a decir Sarah. – Pero quiero ser yo la que te lo diga y no que te enteres por otra persona.

–          Estás empezando a asustarme, Sarah. – Le dijo Samuel preocupado, fijando sus ojos en los de ella para advertirle que no estaba dispuesto a seguir con ese juego. – Suéltalo ya.

–          Voy a montar a Loco. – Le soltó Sarah y sus palabras fueron como una bomba. – Antes de que digas nada, déjame hablar y escucha. – Le rogó. – Loco se escapó y lo encontró una chica que ha logrado un verdadero milagro con él. Loco está empezando a ser el que era y yo quiero estar ahí para apoyarlo.

–          ¿Te has vuelto loca? – Samuel no se lo podía creer. – Ya hemos tenido suficientes desgracias en esta familia por culpa de ese caballo.

–          Ya te he dicho que no voy a cambiar de opinión, pero estaré encantada de que vengas conmigo y puedas comprobar el cambio de Loco con tus propios ojos. – Le invitó Sarah.

A Samuel no le gustó en absoluto lo que Sarah le estaba diciendo, pero como sabía que aquella era una batalla perdida y además su hermano Álvaro y su cuñada Noelia estaban de parte de Sarah, no tenía nada qué hacer. Decidió aceptar aquella invitación y ver con sus propios ojos la evolución de Loco, si no le convencía, no permitiría que Sarah se montara a lomos de ese caballo.

Una tentación irresistible 3.

Una tentación irresistible

A la mañana siguiente Helena se levantó temprano y salió a correr por la playa. Le encantaba ver el amanecer desde la playa y la imagen del sol cerniéndose sobre el horizonte estaba segura que la inspiraría en alguna escena de su novela.

Cuando regresó a casa se dio una ducha, cogió su ordenador portátil y empezó a escribir. Estaba concentrada en su escritura cuando alguien llamó a la puerta y Helena fue a abrir extrañada. Más se extrañó cuando se encontró con Gabriel. A pesar de la curiosidad que sentía por saber qué había venido a decirle, Helena hizo acopio de la educación que tanto enorgullecía a su madre y con una sonrisa en los labios invitó a entrar a Gabriel.

–  Gracias, espero no molestarte. – Le dijo Gabriel sintiendo simpatía por la valiente chica que había montado a lomos de Loco. – He hablado con Álvaro, mi jefe, y está de acuerdo en que vayas a visitar a Loco, pero quiere conocerte y comprobar con sus propios ojos cómo reacciona Loco con tu presencia.

–  ¿Crees que si ve con sus propios ojos que Loco no está tan loco como su nombre indica, me dejará montarlo? – Le pregunta Helena entusiasmada con la idea.

–  Puede ser, pero tendrás que tener paciencia. – Le advierte Gabriel. – Ese caballo es la manzana de la discordia en esa familia y te aconsejo que vayas con pies de plomo.

Helena le agradece a Gabriel el consejo con una sonrisa y le ofrece una de las dos cervezas que ha sacado de la nevera. Mientras beben, Helena le cuenta a Gabriel que sus abuelos son propietarios de una hípica a las afueras de Barcelona y que ella pasaba allí todo el tiempo que podía.

Una vez se acabaron la cerveza, Helena acompañó a Gabriel a casa de Álvaro para conocerlo y poder pasar un rato con Loco.

No se sentía cómoda con la idea de que alguien la fuera a observar mientras trataba con Loco, su abuelo siempre le había dicho que cuando se entrena a un caballo no debe haber ninguna distracción y Helena estaba segura de que ellos serían una fuerte distracción.

Gabriel aparcó su vieja furgoneta en la cochera de la casa de Álvaro, guio a Helena hasta la puerta principal y la hizo pasar al salón donde la invitó a sentarse en uno de los sofás mientras él iba a avisar a su jefe de que ella estaba allí.

A solas en aquel salón, Helena se dedicó a observar la decoración. Sin duda alguna, la decoración era obra de una mujer. La casa era tan moderna por fuera como por dentro y, a pesar de que ella no tenía ni idea de decoración, observó el toque personal y familiar que solo una mujer puede transmitir a un hogar. El toque de color en los cojines del sofá, los tonos de las paredes y los ramos de tulipanes frescos lo confirmaban.

Pocos minutos después, Gabriel regresó al salón acompañado por su jefe.

–  Buenos días. – La saludó un hombre de unos cuarenta y pocos años, moreno, de ojos oscuros y bastante atractivo. Le ofreció la mano y añadió: – Soy Álvaro Ferreira, el propietario de Loco.

–  Encantada, yo soy Helena. – Le respondió ella estrechándole la mano.

–  Gabriel me ha dicho que montaste a Loco y que parecía sentirse cómodo y tranquilo contigo, por eso le he pedido a Gabriel que te hiciera venir. – Empieza a decirle Álvaro. – Desde que murió mi hermano, el verdadero dueño del caballo, Loco dejó de ser el que era. Se volvió arisco, desobediente y agresivo, nadie ha podido montarlo desde entonces. Mi hermana lo intentó poco después de la muerte de mi hermano y Loco la tiró al suelo, rompiéndole dos costillas. – Álvaro hace una pausa al ver el rostro contrariado de Helena y, suavizando el tono de voz, le dice con sinceridad: – Si vas a subirte a ese caballo antes debes saber de lo que es capaz y entenderé que no quieras hacerlo.

–  Quiero hacerlo. – Le confirma Helena. – Loco es un buen caballo y me encantaría que me dejaras intentar rehabilitarlo, que vuelva a ser el que era.

–  ¿Puedes hacer eso? – Le pregunta Álvaro desconfiado.

–  Puedo intentarlo. – Responde Helena encogiéndose de hombros. – Mis abuelos son propietarios de una escuela de equitación y a mí siempre se me han dado bien los caballos. Mi abuelo siempre dice que es un don familiar que se salta una generación porque ni su padre ni su hija soportan a los caballos.

–  Entonces confío en que tú tengas el don. – Responde Álvaro divertido.

Sin tiempo que perder, Álvaro y Gabriel acompañan a Helena al establo y los dos hombres la observan mientras ella se acerca a Loco, que la recibe de buen humor y se deja acariciar por ella. A Helena siempre se le habían dado bien los caballos, pero la conexión que sentía con Loco era especial. Era consciente de que ese caballo lo había pasado mal, había perdido a su dueño, casi todo el mundo le había dado la espalda y probablemente se sintiera desubicado, sin saber a qué mundo pertenece. Helena a veces se sentía igual que Loco, como si no hubiera encontrado su sitio en el mundo.

–  Vas a ser un chico bueno, ¿verdad? – Le susurró Helena a Loco. El caballo le respondió dándole una caricia con el morro y Helena soltó una carcajada. – Espero que eso sea un sí. – Helena colocó la silla de montar sobre la espalda del caballo y de un salto, se subió a lomos de Loco, que permaneció quieto permitiendo que Helena lo ensillara y se acomodara sobre él. – Eso es, precioso. Eres un caballo magnífico y quiero que se lo demuestres a Álvaro y Gabriel, ¿de acuerdo?

Helena cogió las riendas y guio al caballo hacia a donde estaban Álvaro y Gabriel. El ambiente estaba tenso, pero Loco mantuvo la compostura y se dejó incluso acariciar por aquellos dos hombres. En cuanto vio que Loco respondía de la mejor forma posible ante aquel acercamiento, Helena quiso probar su forma física:

–  Vamos a correr un poco, Loco. – Le dijo sonriendo al caballo y añadió mirando a los dos hombres que la observaban incrédulos: – Vamos a intentar saltar un par de vallas, necesita ponerse en forma.

–  ¡Helena, espera! – Gritó Álvaro al mismo tiempo que Helena se alejaba. Ella no lo oyó o no quiso oírlo y siguió adelante con su misión. Álvaro se volvió hacia Gabriel y le dijo con resignación: – Será mejor que recemos para que no le pase nada.

–  Esa chica ha conseguido en unos minutos lo que yo no he conseguido en dos años. – Pensó Gabriel en voz alta. – No le va a pasar nada, tiene un don.

Helena no tuvo ningún problema al saltar las vallas con el caballo, Loco respondió como esperaba y, pese a que le faltaba ponerse un poco en forma, era un caballo fuerte mental y físicamente. Helena regresó con Loco junto a Álvaro y Gabriel, que no se habían perdido detalle de aquel espectáculo.

–  Si no lo hubiera visto con mis propios ojos jamás lo habría creído. – Le dijo Álvaro a Helena. – Mi mujer se llevará una grata sorpresa cuando lo sepa, ella fue una de las pocas personas de la familia que se decantaron a favor de Loco.

–  Debe ser una mujer muy sabia. – Opinó Helena feliz por lo bien que parecía ir para Loco. – Álvaro, voy a estar por aquí un par de semanas y me gustaría poder visitar a Loco y trabajar con Gabriel en el entrenamiento de Loco, si a ti no te importa.

–  ¿Bromeas? ¡Estaré encantado de que pases tiempo con Loco! – Exclama Álvaro sonriendo ampliamente. – Cuando se lo diga a Sarah y a Noelia seguro que quieren conocerte. – Al ver la cara de desconcierto de Helena, Álvaro le aclara: – Son mi hermana y mi mujer, respectivamente.

Esa misma tarde, Helena conoció a Noelia. La esposa de Álvaro era más joven que él, rondaba los treinta y cinco. Su larga melena negra, su piel morena y sus ojos de color ámbar le daban un aire exótico que la hacían muy atractiva. A pesar de su vestido de Armani y sus zapatos Jimmy Cho, Noelia era una mujer sencilla, buena y amable que enseguida congenió con Helena.

–  Me alegro de lo que has logrado con Loco, pero tengo que advertirte que al resto de los Ferreira no les va a hacer ninguna gracia cuando se enteren. – La previno Noelia. – Pero a Sarah ya te la has metido en el bolsillo, vendrá a pasar el fin de semana a Blanes solo para conocerte. – Aprovechando que se habían quedado a solas charlando en el salón, Noelia añadió: – Una semana antes de que Javier tuviera el accidente de coche que le mató, salió a galopar con Loco y se cayó y se golpeó la cabeza. No tuvo heridas de gravedad, solo un par de rasguños, pero sí tenía pequeños mareos y jaquecas. El médico le dijo que no debía conducir hasta que pasase un tiempo prudencial y confirmaran que estaba perfectamente sano, pero aun así se subió al coche y el resto te lo puedes imaginar… Que se hubiera mareado o desmayado mientras conducía era una posibilidad, ya que los mareos eran continuos desde su caída a caballo, así que todos culparon a Loco de la desgracia. Loco pasó de ser el caballo ejemplar a un caballo salvaje y arisco. Sarah fue la única que se interesó por él, pero Loco la tiró al suelo y se rompió dos costillas, lo que hizo que todos la tomaran de nuevo con Loco. Sarah y yo convencimos a Álvaro para que permitiera que el caballo se quedara con nosotras, de eso ha pasado ya dos años y los padres y el hermano de Álvaro y Sarah nos lo siguen echando en cara…

–  A veces es más fácil superarlo buscando un culpable. – Le respondió Helena encogiéndose de hombros.

–  Loco no tiene ninguna culpa de lo que ocurrió, por eso me alegra tanto de que por fin empiece a volver a ser el que era. – Le confesó Noelia.

Pasaron toda la tarde hablando como si fueran amigas de toda la vida, pese a que acababan de conocerse, y Noelia insistió en que se quedara a cenar. Hablaron de sus profesiones y Noelia se quedó alucinada al descubrir que Helena era la autora de una de sus novelas favoritas.

–  ¡No me lo puedo creer! – Exclamó eufórica. Y, como si de una adolescente frente a su ídolo se tratara, le dijo con los ojos brillantes de emoción: – Tengo el libro en mi habitación, ¿me lo firmas?

Helena asintió y ambas estallaron en carcajadas. Justo en ese momento, Álvaro entró en el salón y sonrió ante la escena que se encontró. Le gustó ver a su mujer reír y disfrutar relajada con una amiga, porque sin duda aquellas dos ya eran amigas. Hacía tres años que habían dejado Barcelona y se habían mudado a Blanes y Noelia no había tenido ocasión de hacer nuevas amigas en su nueva localidad.

Tras prometerles a Álvaro, Noelia y Gabriel que regresaría todas las tardes para entrenar con Loco, Helena se marchó a casa y se puso a escribir hasta altas horas de la madrugada.