Archivo | noviembre 2016

Una tentación irresistible 11.

Una tentación irresistible

Helena está hablando con Lucas cuando Cristina se le acerca y la rescata. No es que Lucas sea uno de esos hombres de los que necesitas ser rescatada, lo cierto es que además de ser muy atractivo es muy carismático y divertido, pero le gusta que Cristina muestre interés por conocerla. Conoce la historia de Loco y quiere que le cuente los avances que ha logrado con él, así es como Cristina descubre por qué Helena y Samuel han empezado con mal pie. Lo que más le sorprende es descubrir que Helena no es como las chicas con las que Samuel acostumbra a salir. Samuel es uno de los hombres más codiciados de la ciudad y puede salir prácticamente con cualquier chica que se proponga, pero por alguna razón él siempre las escoge guapas por fuera y huecas por dentro, por eso Cristina se alegra cuando comprueba que Helena no solo es una chica preciosa, también es inteligente y tiene carácter suficiente como para plantarle cara a alguien como Samuel.

Durante el largo rato que están hablando, Cristina evita hacer cualquier pregunta sobre Samuel y su cabreo, finge no haberse dado cuenta de la hostilidad que ambos se muestran y cuando el yate deja de moverse le dice a Helena con voz dulce e inocente:

–          Llévale algo de beber a Samuel, yo necesito ir al lavabo.

Helena la ve desaparecer antes de poder decirle que no es una buena idea. Teme que si le lleva una copa Samuel se la tire a la cara. Echa un vistazo a su alrededor y sonríe al ver tanta parejita. Héctor y Silvia, Noelia y Álvaro, Sarah y Ramiro, Laura y ¿Miguel? Estaba claro que Laura predicaba con el ejemplo con aquello de un clavo saca otro clavo… Alberto y Lucas habían estado charlando alegremente mientras ella conversaba con Cristina, pero ahora que Cristina se ha ido al baño y que Lucas la mira con una sonrisa pícara en los labios, decide servir una copa y llevársela a Samuel.

Lo encuentra sentado en un saliente de proa fumándose un cigarrillo y le parece la pose más sexy que jamás ha visto. Nota como su corazón se acelera y las piernas le flaquean, pero se arma de valor y se acerca a él en son de paz.

–          Cristina me ha pedido que te trajera algo de beber, creo que hasta tu amiga piensa que eres un ogro gruñón y pasa de traértela ella. – Le dice Helena entregándole la copa, olvidándose de poner un filtro a sus pensamientos antes de hablar.

Samuel la mira fijamente a los ojos, coge la copa que ella le entrega y le da un largo trago, pero no dice nada. Helena lo observa y su cuerpo se estremece. No entiende las reacciones que su cuerpo sufre ante él y tampoco puede controlarlas.

–          ¿Te importa si me siento a tu lado a fumarme un cigarrillo? – Le pregunta Helena en son de paz.

–          ¿Quieres sentarte con un ogro gruñón? – Le pregunta Samuel con sarcasmo.

–          Tenía la esperanza de poder sentarme con una persona normal, pero no me queda más remedio que sentarme con el ogro gruñón. – Se sienta a su lado y se enciende un cigarrillo.

En el más absoluto de los silencios, Helena y Samuel se fuman el cigarrillo mientras contemplan el reflejo de la luna sobre el mar. Por irracional que parezca, ambos se sienten cómodos estando a solas y en silencio. Así están hasta que aparece Lucas buscándolos y les obliga a regresar junto al resto de invitados.

Se sientan alrededor de la mesa y se disponen a cenar la comida que la empresa de cáterin que Samuel ha contratado les había preparado. Helena se sienta junto a Laura y Lucas se sienta a su otro lado. Cenan mientras hablan del yate, de sus acabados y de toda esa parafernalia de la que Helena y sus amigos no entienden ni una palabra, hablan del evento que Laura está organizando y del progreso de la nueva novela de Helena. Lucas se interesa por todo lo que tiene que ver con Helena y el malhumor de Samuel aumenta. A partir de entonces está de morros, fulmina constantemente con la mirada a Helena hasta que consigue provocarla y empiezan a lanzarse pullas, volviendo a su relación habitual. En un momento dado de la noche, Helena se dirige al baño y cuando sale se encuentra de frente con Samuel, que no lo duda y le bloquea el paso. Se miran desafiantes sin decir nada durante unos segundos, hasta que Helena le suelta de mala gana:

–          ¿Piensas apartarte o tengo que empujarte?

Como no se mueve, Helena coloca las manos sobre el duro y musculoso pecho de Samuel y lo empuja, pero no consigue moverlo ni un solo milímetro. Samuel la agarra por las muñecas y la arrincona contra la pared, sujetándole las manos por encima de la cabeza. Sus miradas se cruzan y Samuel acerca sus labios a los de Helena, pero cuando están a punto de besarse se oyen unos pasos bajar la escalera y ambos se separan repentinamente.

–          ¿Hay cola para entrar en el baño? – Comenta Lucas confundido, mirando primero a Samuel y después a Helena. – ¿Ocurre algo?

Samuel no dice nada, tan solo mira a los ojos de Helena con una intensidad desmesurada que la acongoja. Pero Lucas sigue esperando una respuesta, así que respira profundamente y le contesta tratando de sonar lo más serena posible y disimular su estado de excitación:

–          El baño es todo vuestro.

Sin decir nada más, Helena se dirige a las escaleras para subir a la cubierta y alejarse de Samuel, necesita pensar en lo que acaba de ocurrir. Sabe que no debería seguir bebiendo, pero se sirve una copa y se la bebe de un trago antes de servirse otra. Laura, que ha sido testigo de la aparición de Helena con cara de desconcierto, se acerca a ella y, tratando de hacerla sonreír, le dice burlonamente:

–          Deja algo para los demás, ¿o piensas acabar tú sola con el alcohol? – Espera a que Helena le cuente lo que ha ocurrido, pero como Helena no suelta prenda, la mira a los ojos y le ordena: – Desembucha pero ya.

Helena resopla, se siente demasiado cansada, excitada y enfadada como para no poder soportar el tercer grado al que Laura tiene pensado someterla, así que se rinde y le cuenta lo que acaba de ocurrir al salir del baño. Laura sonríe divertida y, entrechocando su copa con la de Helena, le dice bromeando:

–          Me parece que Samuel no es de los que les gusta compartir, así que olvídate de los tríos y las orgías.

Ambas se echan a reír y justo en ese momento Samuel pasa por su lado y se encierra en el puente de mando del yate sin siquiera mirarla. Las dos amigas ponen los ojos en blanco y vuelven a echarse  reír a carcajadas.

Cristina ve pasar a Samuel como una exhalación hacia el puente de mando, pero intuye por su prisa que no es un buen momento para hablar con él.

Samuel recoge el ancla y navega de regreso al puerto de Barcelona, ya ha tenido suficiente por esta noche. Está furioso, aún no tiene muy claro el por qué, pero de lo que sí está seguro es de que es por culpa de Helena. Se ha presentado bastante achispada por no decir borracha, se ha pasado toda lo noche dejándose regalar los oídos por Lucas, le ha llamado ogro gruñón en diversas ocasiones y todo eso no ha hecho más que producirle un mayor deseo por tenerla y hacerla suya. Ha estado a punto de darle un puñetazo a su amigo Lucas cuándo le ha dicho que tenía pensado llevarse a Helena a su casa en cuanto atracaran en el puerto. La sola idea de imaginarla en los brazos de otro le enfurece y todavía se enfurece más consigo mismo por sentirse así.

Laura y Helena han decidido dirigirse a casa y terminar allí lo que quedaba de noche. Miguel y Lucas insisten en ir a algún pub o alguna discoteca y también se ofrecen a llevarlas a casa, pero prefirieren coger un taxi, tienen muchas cosas de las que hablar y esta noche no les apetece pasarla con ningún hombre. Se despiden con una sonrisa de todos los allí presentes, incluido Samuel, que trata a Helena con una frialdad y una indiferencia que la afectan más que aquellos apodos maliciosos que le dice para provocarla. Se suben al taxi y quince minutos más tarde ya están frente al portal del piso de Helena.

Samuel se sube a su coche y sigue al taxi en el que van Helena y Laura. No puede justificar sus actos con un argumento lógico, pero allí está, parado en doble fila con las luces del coche apagadas y observando cómo Helena sale del taxi y, acompañada por Laura, entra en el portal de un edificio.

–          Al menos no se ha ido con Lucas. – Se dice Samuel resignado antes de arrancar el motor del coche y regresar a su casa.

Una tentación irresistible 10.

Una tentación irresistible

Helena se levanta a mediodía, se da una ducha y se dirige a casa de sus padres. Su cabeza no deja de dar vueltas a lo ocurrido la noche anterior. Está segura de que Sergio se había dado cuenta de las miraditas que no paraba de echarle a Samuel, Recuerda cómo Samuel le susurró al oído al despedirse y todo su cuerpo se estremece. Por suerte no le había invitado a Sergio a la inauguración del barco de Samuel, bastante vergüenza le daba ya volver a verlo como para encima hacerlo delante de Samuel.

Nada más llegar a casa de sus padres, su madre la somete a un tercer grado. Su hermano Ramiro ha llamado para decir que no viene a comer y ella se ha convertido en el blanco de las preguntas de Lourdes.

–          Deja ya a la niña, si cada vez que viene la interrogas al final no querrá venir. – Le dice Ramón a su esposa, tratando de salvar a su hija. – Tiene cara de resaca, ni siquiera debe estar escuchando lo que le dices.

–          Papá, así no ayudas. – Le reprocha Helena.

–          ¡Ha salido a ti! – Le replica Lourdes. – No habla, no dice nada y si le preguntas siempre contesta que todo está y va bien. ¡Pero no sabemos nada! – Empieza a pregonar su sermón dramático de siempre. – ¿Has conocido a alguien en Blanes? ¿Es por eso por lo que te quedas allí?

–          He conocido a varias personas en Blanes, ayer te presenté a Noelia, ¿la recuerdas? – Le responde Helena con toda la poca paciencia que le queda. – Mamá, necesito paz para escribir y, no te ofendas, pero contigo preocupándote por todo a cada momento no sería capaz de encontrarla.

–          ¿Es que tu familia no es lo bastante buena como para darte paz? – Le pregunta Lourdes a su hija con los ojos vidriosos y a punto de llorar.

–          ¡La reina del drama! – Bromea Ramón contagiando la risa a su hija.

–          Mamá, te adoro. – Le dice Helena cuando logra dejar de reír. La abraza y le dice con ternura: – Eres la mejor madre que podría llegar a tener y lo sabes, pero necesito pasar por esto sola. Sé que vosotros siempre estaréis aquí para lo que haga falta, pero es mi batalla y tengo que ser yo quien luche en ella.

Lourdes siempre supo que su hija era muy independiente, incluso más que su hermano mayor, y también sabía que había heredado de su marido ese carácter fuerte. Puede que no fuera un ángel, pero estaba orgullosa de la mujer en que se había convertido su niña y no duda en hacérselo saber. Helena tiene que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas. Su madre es una mujer muy cariñosa, pero le cuesta decir con palabras lo que siente, por eso Helena se lo agradece abrazándola con más fuerza.

Después de comer, cuando se está despidiendo de sus padres con la intención de echarse una siesta antes de ir a la inauguración del yate de Samuel, recibe la llamada de Laura. Parece triste y necesita hablar, por eso no lo duda dos veces y queda con ella en su casa.

–          Trae una botella de tequila, necesito ahogar las penas en alcohol. – Le ruega Laura antes de colgar.

Helena pasa por una tienda de licores y compra la mejor botella de tequila que tienen. Por primera vez en su edad adulta, Laura la llama echa un manojo de nervios, con voz de haber llorado y pidiéndole que fuera a consolarla. Lo de la botella de tequila se lo había dicho muchas veces, pero siempre porque tenía algo que celebrar. Llama al timbre y Laura le abre la puerta sin preguntar quién es. Helena entra en el piso y cierra la puerta. Se dirige al salón y allí la ve, echa un ovillo en el sofá, con dos cascadas de lágrimas que le salen de los ojos y viendo Otoño en Nueva York.

–          ¡Joder, Laura! – Exclama Helena preocupada al verla así. – ¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga? – Se sienta a su lado en el sofá, la abraza y le dice con voz dulce: – Será mejor que me cuentes qué ha pasado, me estás asustando.

–          Soy una idiota, Helena. Eso es lo que pasa. – Responde Laura entre sollozos. – Por primera vez en muchos años creo que me he enamorado y el muy imbécil ayer por la noche, cuando estábamos a punto de echar un polvo tras tenerme dos semanas de sequía absoluta, va y me dice que no puede seguir mintiéndome, que me quiere demasiado y que no quiere hacerme daño y me suelta que está casado. ¡Casado! ¡CA-SA-DO! ¿Te lo puedes creer?

No, Helena no se lo puede creer y no sabe qué decir. La escucha, la consuela y ambas se beben la botella entera de tequila. Cuando Laura le pregunta cómo ha acabado la noche con don Perfecto, Helena se lo cuenta todo con pelos y señales y le confiesa la atracción que siente hacia Samuel.

–          Te juro que no sé lo que me pasa. – Le dice Helena. – Lo mismo tengo ganas de matarle con mis propias manos como de lanzarme sobre él y… Bueno, puedes hacerte una idea de lo que le haría…

–          Que no te haya dicho nada no significa que no me haya dado cuenta. – Le responde Laura sonriendo por primera vez en toda la tarde. – Ayer no te quitó el ojo de encima, no se molestó en entablar ningún tipo de conversación con Sergio y vi cómo se despidió de ti. ¿Qué te susurró al oído? Seguro que alguna guarrada.

–          ¡Ya me hubiera gustado! – Exclama Helena estallando en carcajadas. – Creo que me dijo “no dejas de equivocarte, Xena” o algo parecido.

–          ¿Xena, la princesa de las guerreras? – Se mofa Laura. – ¡Cómo va a disfrutar contigo cuando se entere de que somos los ángeles de Charlie!

Dos horas más tarde, siguen bebiendo y riendo más borrachas que una cuba. Helena se levanta del sofá y sabe que no están en condiciones para ir a ningún sitio y menos a aquella pequeña fiesta pija que seguro Samuel tenía preparada.

–          Creo que no vamos a ir a la inauguración del ogro gruñón, estoy segura de que ni siquiera nos dejaría acercarnos a él y a su barco en este estado. – Le dice Helena riendo al imaginarse a Samuel con su cara de enfado.

–          Me temo que a ese ogro gruñón le encantará verte aunque estés cómo una cuba, aunque seguro que te prefiere desnuda. – Le dice Laura divertida. – Y yo quiero ir a esa fiesta, con un poco de suerte conozco algún hombre de verdad que me haga creer en el amor.

–          Te has vuelto una cursi. – La acusa Helena. – Si quieres que vayamos a esa fiesta, será mejor que nos demos una ducha de agua fría para espabilarnos y tendrás que dejarme algo de ropa, si paso por casa es para meterme en la cama y no me levantaré hasta dentro de tres días. Empiezo a estar mayor para estas fiestas.

Entre risas y confesiones, Laura y Helena se duchan con agua fría y deciden qué ponerse. Laura ha optado por un vestido rojo atado al cuello con un escote en uve y unos zapatos del mismo color. Su melena pelirroja y los ojos azules le dan un aire demoníaco que sabe que a los hombres les vuelve locos. Helena rebusca en el armario entre la ropa de Laura y rescata un vestido blanco con escote palabra de honor que combina con unas sandalias doradas.

–          ¿Cómo estoy? Quiero estar perfecta por si me encuentro a mi príncipe azul. – Le pregunta Laura mirándose en el espejo.

–          Estás tremenda, si tuviera pene no dudaría en follarte. – Le responde Helena escandalizándose de sus propias palabras. – ¿Y yo cómo estoy?

–          A Samuel le va a hacer falta un babero. – Fue la respuesta de Laura.

Entre una cosa y otra, salen de casa de Laura a las ocho y media de la tarde, hora en la que se suponía que tenían que estar en el puerto. Son las nueve y cinco cuando por fin llegan y todos las están esperando. Son las últimas en llegar y, en lugar de disculparse, ambas se ríen cuando les preguntan por qué han tardado tanto en aparecer. Silvia, que las conoce como si las hubiera parido, se las queda mirando y les espeta con tono de reproche:

–          No me lo puedo creer, ¿estáis borrachas?

Todos las miran y se dan cuenta de lo evidente, la ducha de agua fría las ha espabilado, pero aún están bastante achispadas. Los ojos de Helena se encuentran con los de Samuel, que la fulmina con la mirada y Laura, al darse cuenta, le dice a su amiga en lo que ella cree que es un susurro pero que en realidad se podría catalogar como casi grito:

–          Tenías razón, el ogro gruñón no parece estar muy contento de vernos por aquí.

Todos estallan en carcajadas, todos excepto Samuel. De un salto sube al barco y, sin mirar a nadie en particular, dice:

–          Será mejor que les pongáis un chaleco salvavidas y escondáis el alcohol de su vista.

Estaba claro que Samuel estaba molesto, pero no dijo nada más. Helena esperaba encontrar a más invitados, pero aparte de los que ya conocía, solo habían acudido tres hombres y una mujer, quienes le fueron presentados por Álvaro, pues Samuel ni siquiera se ha molestado en dirigirle la palabra. Álvaro presenta primero al socio de Samuel, Alberto Molina y a su mujer Cristina Palacios. Helena los saluda amablemente y ambos sonríen al conocer por fin a la causante del malhumor de Samuel. Llevaba un par de semanas insoportable y, aunque no lo había reconocido, cuando Cristina le dijo que tenía pinta de estar así por una mujer él no lo desmintió. Supieron que esa mujer era Helena al presenciar la reacción de Samuel. Él nunca se comporta así, siempre es educado, amable y divertido, pero con ella es todo lo opuesto. Álvaro continúa con las presentaciones y le llega el turno a Miguel y Lucas, que son otros dos amigos de Samuel y Alberto. Helena les saluda amablemente y ambos se deshacen en sonrisas y cumplidos con ella y con Laura. Mientras ellas dejan que les regalen los oídos, Samuel se va enfurruñando más y Cristina se acerca para hablar con él fingiendo que se interesa por la navegación.

–          Así que la causa de tu malhumor se llama Helena. – Empieza a decirle Cristina tras asegurarse de que no hay nadie que pueda oírles a su alrededor. – La chica es muy guapa, aunque debes sacarle diez años.

–          ¿Desde cuándo ha sido la diferencia de edad un problema para ti? – Le pregunta Samuel con tono de reproche.

–          Baja la guardia, no estás frente al enemigo. – Le recuerda Cristina. – ¿Ya te has acostado con ella?

–          No, no me he acostado con ella. – Le contesta acabando ya con toda su paciencia. – Es una niñata inconsciente, que actúa por impulsos y cuyo sentido común carece de cualquier lógica.

–          Resumiendo, que te vuelve loco. – Concluye Cristina. Samuel la fulmina con la mirada y ella, alzando las manos en señal de rendición, le dice con complicidad: – No te preocupes, soy una tumba. Pero llámame si necesitas consejo, me temo que tu técnica para conquistarla se te está yendo de las manos.

–          Anda, ve a emborracharte con los demás. – La insta Samuel para que le deje tranquilo.

Cristina regresa con los demás, que charlan y ríen en la cubierta de popa, sin percatarse de la conversación que acaba de mantener con su amigo Samuel. Se acerca a Helena y entabla conversación con ella, si Samuel no piensa darle ninguna información, tendrá que ser capaz de averiguarlo por sus propios medios.

Samuel cambia de opinión y en lugar de dirigir el yate rodeando la costa como habían previsto, decide navegar mar adentro mientras trata de apaciguar la ira que le ensombrece y busca un motivo lógico que justifique su rabia, pero sin éxito. Cuando solo puede ver mar a su alrededor decide echar el ancla y acto seguido se sienta en un saliente de proa a fumarse un cigarrillo. Necesita estar solo unos minutos para pensar en cómo va a afrontar esa situación antes de regresar con el resto de personas que se divierten en la cubierta de popa.

Una tentación irresistible 9.

Una tentación irresistible

A las ocho de la tarde las chicas se reúnen en el bar de Pepe. Silvia por fin conoce a Noelia y Sarah, de las que tanto ha oído hablar y media hora más tarde ya están charlando y riendo como si se conocieran de toda la vida. Cuando acaban de cenar y tras varias jarras vacías de sangría, crean un ambiente de confidencialidad y Laura propone jugar a contar secretos:

–          Un chupito y un secreto suculento, si alguien se niega se tendrá que enfrentar al reto que le imponga el resto de nosotras. – Explica las normas Laura.

–          Empiezo yo. – Dice Silvia. – Llevo un par de semanas tratando de deciros esto pero aún no he encontrado el momento para decirlo, pero sin duda este es el mejor: Héctor y yo vamos a ir a por un bebé en septiembre.

Todas la felicitan y la abrazan eufóricas mientras hablan de la maternidad como algo lejano es sus vidas pero igualmente deseado. La siguiente en hablar es Noelia:

–          Rechacé una oferta de trabajo en Los Ángeles y no se lo dije a Álvaro.

–          ¿Qué? ¡Nos dijiste que no te habían llamado porque no habías pasado la entrevista, por eso os mudasteis a Blanes! No me lo puedo creer Noelia, ese era tu sueño. – Exclama Sarah confundida. – Mi hermano estaba dispuesto a seguirte donde fueras, ¿por qué la rechazaste?

–          Mi sueño es estar con tu hermano y verlo feliz. – Le responde Noelia sonriendo. – Él es feliz estando rodeado por su familia y en Los Ángeles os echaría de menos y no sería del todo feliz. Yo no tengo familia y, si algún día tengo hijos, me gustaría que tuviese a alguien que le respalde y le cuide si algún día nos llegara a pasar algo a Álvaro y a mí.

–          Mi hermano tiene mucha suerte de estar casado con una mujer como tú. – Le dice Sarah que adora a su cuñada desde que la conoció.

Otra vez todas vitorearon y se abrazaron, cada vez más achispadas por el alcohol. Ya solo quedaban por contar su secreto Laura, Sarah y Helena. Las tres se miraron tratando de ponerse de acuerdo en quién sería la siguiente, hasta que Sarah se arma de valor y dice:

–          Seré breve, me pone tu hermano Ramiro. Bueno, al menos eso es lo que pensé cuando le vi la primera vez, pero me ha llamado todos los días y me estoy encaprichando, yo no me encapricho porque después me enamoro y me meto en problemas, así que creo que estoy en problemas.

–          Os voy a decir mi secreto y que conste que vale doble porque mi hermano aún no lo sabe, los hombres son los últimos en asimilar y aceptar estas cosas. – Les dice Helena alzando su copa. – A mi hermano le gustas, y me refiero a que le gustas de verdad. Nunca le he visto sonreír tan ampliamente como cuando te mira o habla de ti.

–          Cuéntame más. – Suplica Sarah.

–          De eso nada, hasta ahí puedo decir.

–          No nos vale como un secreto en sí porque no es tuyo, en todo caso es de tu hermano. – Protesta Laura. – Vas a tener que darnos algo más, Helena.

–          Está bien. – Cede Helena resignada. – Esta noche he quedado con Sergio en el Queen, sabe que estoy de noche de chicas pero le he prometido el último rato de la noche y, si hay química entre nosotros, no lo pensaré dos veces.

–          ¿Te vas a tirar a don Perfecto? – Pregunta Laura estupefacta. – No creo que sea una buena idea. Ese tío está muy bueno y es todo lo que quieres en un hombre, si te lo tiras corres el riesgo de enamorarte y no puedes salir de una relación de diez años y meterte directamente en otra, necesitas un chico puente.

–          ¿Un chico puente? – Preguntan todas intrigadas.

–          Un chico con el que te desahogues, que te haga olvidar los malos recuerdos y que te enseñe muchas cosas en la cama, un hombre que te haga de puente y te prepare para una relación. – Trata de explicarles Laura.

–          ¿Algo así como un chico de prueba? – Pregunta Silvia.

–          Eso es, más o menos. – Afirma Laura. – Y ahora solo falto yo para confesar mi secreto, que estoy segura que os va a dejar alucinadas. – Toma aire haciendo una pausa para crear expectación y añade: – Me he enamorado.

Todas la miran sin decir nada, como si hubieran entrado en estado de shock. Las primeras en reaccionar son Noelia y Sarah, que rápidamente le preguntan por el afortunado. Helena y Silvia intercambian una mirada y es Helena la que decide hablar primero:

–          ¿Estás hablando en serio? – Laura asiente con la cabeza y Helena añade: – Cuéntamelo, quiero saberlo todo.

–          Es el chico mulato que conocí la otra semana en el Queens. Se llama Nelson y me atrajo desde que lo vi. La misma noche que nos conocimos la pasamos juntos en su casa y cuando me desperté me había preparado el desayuno. – Empezó a explicar Laura mientras la cara se le iluminaba. – Intercambiamos los teléfonos y desde entonces me ha enviado mensajes, me ha llamado y hemos quedado tres veces. No hemos vuelto a follar desde la primera noche, me ha dicho que le gusto de verdad y quiere ir despacio conmigo y hacer bien las cosas.

Todas aplauden esa decisión y comentan lo bonito y romántico que es. Tras beberse un par de rondas de chupitos y brindar, se dirigieron al Queens. Silvia y Helena pudieron constatar que el secreto de Laura era cierto y se había enamorado de Nelson, porque en cuanto apareció a ella se le iluminó la cara y los ojos le brillaron. Tras saludar a Nelson, Laura se lo presenta a las chicas y todas le dan el visto bueno. Escasos minutos después, Sergio entra en el pub y rápidamente localiza a Helena y se acerca a saludarla:

–          Estás preciosa. – Le susurra al oído desde su espalda.

Helena reconoce su voz al instante y da media vuelta con una amplia sonrisa estampada en mitad de la cara. Se lo encuentra sonriendo y con un brillo especial en los ojos que la derrite al instante.

–          Vaya, no recordaba que estuvieras tan bueno. – Piensa en voz alta Helena. Se da cuenta en el acto de que ha vuelto a hablar sin pensar y añade tratando de arreglarlo: – Quiero decir que tú también estás muy guapo…

Sergio se carcajea y Helena se ruboriza, pero él la abraza y la besa en la mejilla, actuando con naturalidad y haciendo como si esa conversación no la hubieran tenido nunca. Helena se alegra de que Sergio esté ahí. Sus amigas le han recomendado que espere, que utilice primero a un hombre-prueba antes de echarse a los brazos de don Perfecto, pero es con don Perfecto con quien ella quiere estar esta noche, le da igual cómo termine su historia, tan solo quiere vivirla. Se vuelve hacia a las chicas y, antes de presentárselo, gesticula con los labios sin que Sergio pueda verla: “Es don Perfecto”.

–          Chicas, os presento a Sergio, un amigo. – Les dice Helena una vez que ha conseguido captar la atención de todas sus amigas.

Y en ese mismo momento todas caen rendida a sus pies, incluida Silvia. Laura se ha tenido que morder la lengua al tener a su último ligue justo al lado, pero con una mirada que Helena ha catalogado como para mayores de dieciocho años, Laura le ha dejado claro lo que piensa. Animadas por semejantes cuerpos bailando junto a ellas, no se dieron cuenta de que los chicos acababan de entrar en el local y las observaban mientras se dirigían hacia a ellas. Uno detrás de otro, Héctor, Ramiro, Álvaro y Samuel se unieron a las chicas. Héctor envolvió a Silvia entre sus brazos, Álvaro besó en los labios a Noelia y Ramiro le susurró a Sarah algo al oído. El único que no marcó su territorio como si de un animal se tratara fue Samuel, pero el único motivo por el que no lo hizo fue porque ya había alguien marcando el territorio del que él quería apropiarse. No tuvo que preguntar quién era ese tío que agarraba a Helena por la cintura y le sonreía mientras le susurraba cosas al oído, Noelia le sacó de dudas cuando la oyó decirle a Álvaro:

–          Es Sergio, don Perfecto.

Helena también escucha el comentario de Noelia y su mirada se cruza con la de Samuel. Si no hubiera bebido tanto, hubiera pensado que le miraba con reproche y no se hubiera equivocado, pero como llevaba varias copas de más ni siquiera se dio cuenta. Sergio se mostró amable con todos, habló durante un buen rato con Ramiro y con Héctor, después con Álvaro, pero no cruzó más de dos palabras con Samuel. Helena se percató de ello pero no le dio importancia, ya bastante tenía con tratar de no mirarlo. Todo él la excitaba y ella se negaba a reconocerlo, mientras se repetía una y otra vez como un mantra que todo era obra del alcohol.

Empieza a sonar una balada y Sergio se lleva a Helena a mitad de la pista de baile, donde la agarra por la cintura, la estrecha contra su fornido cuerpo y la mesa entre sus brazos al ritmo de la melodía de la triste canción Just Hold Me, de María Mena, que suena por los altavoces.

–          Ese tal Samuel, ¿es tu ex? – Le pregunta de repente Sergio mientras continúan bailando.

–          ¿Qué? ¡No! – Exclama Helena muerta de risa. – ¿Por qué me lo preguntas?

–          Bueno, no te ha quitado los ojos de encima desde que ha llegado y si las miradas matasen yo ya estaría muerto. – Le susurra Sergio.

–          Eso es porque no me soporta, es una especie de ogro gruñón. – Le responde Helena encogiéndose de hombros.

No le cuesta cambiar de tema, pero no puede sacarse a Samuel de la cabeza el resto de la noche. Lo mira de reojo y, cuando sus miradas se cruzan, ella mira hacia a otro lado fingiendo que no lo mira. A Samuel aquel jueguecito le gusta y le excita más de lo que había podido llegar a imaginar. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta que entre ellos saltaban chispas, pero nadie comenta nada al respecto.

A las tres de la mañana, el Queens empieza a cerrar sus puertas y media hora más tarde están en la calle, despidiéndose. Héctor y Silvia se van a su casa, Laura y Nelson también se van juntos, aunque no dicen a dónde. Álvaro y Noelia también se marchan a su apartamento de la ciudad. Ramiro y Sarah se habían perdido, se habían marchado juntos sin despedirse, aunque no hacía falta que dijeran a dónde iban, todos se lo imaginaban. Samuel también se marcha sin decir a dónde, pero se despide de todos con una amplia sonrisa y más cariñoso de lo habitual, puede que también a causa del alcohol. Cuando le toca el turno a Helena, se despide de ella con un par de besos en la mejilla y aprovecha la cercanía para susurrarle al oído:

–          No dejas de equivocarte, guerrera Xena.

Helena se queda desconcertada y Samuel, antes de subirse a un taxi, le dedica una de esas sonrisas macarras, sexis y arrolladoras que la dejan sin respiración, provocando que sus piernas flaqueen. Lo ve alejarse en aquel taxi y su estómago se vuelve del revés, probablemente ha bebido demasiado. Sergio la acompaña a casa y está a punto de despedirse de ella en el portal cuando ella lo interrumpe y le pregunta:

–          ¿Te apetece subir a tomar la última copa?

No estaba segura de que acostarse con Sergio la segunda noche de conocerlo fuera lo más sensato ni lo mejor, pero en ese momento solo podía ser práctica y lo que deseaba era calmar su deseo sexual, así que pensó que él era idóneo para ello. Sergio no se lo piensa dos veces y sube con ella. Mientras el ascensor sube hasta la tercera planta, Helena se dedica a observarlo. Es muy atractivo y tiene la sospecha de que es un buen amante en la cama. Y eso es justo lo que ella necesita, al menos en ese momento.

Nada más entrar en el piso se dirigen a la cocina y Helena sirve dos copas bajo la atenta mirada de Sergio. Lo mira a los ojos e intuye ese brillo que le dice que desea lo mismo que ella. Le entrega la copa y acto seguido le da un largo trago a la suya para armarse un poco de valor, pues hace mucho tiempo que no se ve en una situación así, ha pasado los últimos diez años con Jorge y desde entonces no ha estado con otro hombre. Se acerca a él despacio y se para cuándo queda frente a él. Coloca sus manos alrededor del cuello de Sergio y él la abraza por la cintura y lleva sus labios a los de ellas. Al principio es un beso tímido y mesurado, como si tuviera miedo que en algún momento ella se eche atrás y cambie de opinión, pero ella le devuelve el beso con pasión y el beso deja de ser un beso sosegado para convertirse en una batalla de lenguas y labios hasta que a Helena se le escapa un leve gemido y Sergio, haciendo un gran esfuerzo, se separa de ella lentamente y le dice:

–          Es mejor que me vaya, deseo más que tú sentirte mía, pero no quiero que mañana cuando te despiertes y lo recuerdes te arrepientas. – Le da un beso en la mejilla y se despide antes de marcharse: – Esperaré lo que haga falta, no tengo ninguna prisa. Solo quiero que cuando llegue el momento me desees solo a mí.

No tiene que decir nada más para que Helena le entienda pese a que no ha hablado claro. Se ha dado cuenta de que sus ojos han estado persiguiendo toda la noche a Samuel y, a pesar de habérselo puesto en bandeja, Sergio se comporta como un caballero y decide esperar a que ella tenga claro qué es lo que quiere. Helena se va a dormir con el calentón y, como ya es costumbre, sueña con unos ojos grises que la desnudan con la mirada y la hacen vibrar de excitación.

Cita 46.

“Nunca te van a cambiar por algo mejor, solo por algo más fácil.”

Paulo Coelho.

Una tentación irresistible 8.

Una tentación irresistible

Cuando Helena se despierta ya es mediodía. El aroma de café recién hecho la conduce hacia la cocina, donde se encuentra a su hermano Ramiro. Ambos se miran y se dan los buenos días con un leve gesto de cabeza. Ninguno de los dos suele ser muy hablador por las mañanas y menos una mañana de resaca. Desayunan en silencio hasta que alguien llama al timbre de la casa y Helena se levanta a abrir.

–          ¿Esperas visita? – Le pregunta Ramiro mirando su reloj.

–          No, voy a ver quién es. – Helena se dirige hacia el hall y abre la puerta sin siquiera mirar antes por la mirilla. No espera a nadie, pero tampoco hay muchas posibilidades de que sea otra persona distinta a algún miembro de la familia Ferreira. Pero al que menos esperaba encontrarse allí era a Samuel. – Hola. – Lo saluda aturdida por su presencia.

–          Hola, ¿me dejas entrar? – La saluda Samuel sonriendo con picardía.

–          Eh… Claro, pasa.

Helena se hace a un lado para dejar entrar a Samuel y después lo guía a la cocina, donde Ramiro continua desayunando. Ramiro se acaba su café de un trago y se levanta para tenderle la mano a Samuel a modo de saludo. Tras intercambiar un “buenos días”, Ramiro se disculpa alegando que va a darse una ducha y les deja a solas. Helena es consciente de que tan solo lleva una camiseta de tirantes y un culote que apenas le tapa la piel, no se ha peinado y tiene resaca, pero ya es demasiado tarde como para que él no la haya visto, así que suspira y hace gala de su buena educación:

–          ¿Te apetece un café?

–          Sí, claro. Gracias. – Le responde Samuel algo nervioso.

Samuel se sienta en uno de los taburetes y la observa mientras ella le sirve el café. Coloca la taza sobre la encimera y ve que ella echa unos polvos en el vaso con leche que se ha servido para ella. Cuando la leche empieza a oscurecerse y volverse de color marrón, una sonrisa maliciosa se dibuja en sus labios y le pregunta con tono burlón:

–          ¿Bebes Cola-Cao?

–          No, bebo Nesquik. – Le responde Helena fulminándole con la mirada. – ¿A qué has venido?

–          Se acabó la tregua. – Murmura Samuel entre dientes. Se vuelve hacia Helena y, tras tomar aire, le dice: – Ayer mi hermano te preguntó si tenías planes para el sábado porque celebro la inauguración de un pequeño yate que me he comprado y Álvaro quería invitarte. A ti y a tu hermano, podéis venir acompañados de quien queráis. – Samuel hace una pausa y ve la duda en el rostro de Helena, así que añade: – Solo seremos un grupo de amigos, quince o veinte personas, depende de si venís y de cuantos acompañantes traigáis.

Helena se lo queda mirando sin decir nada, tratando de averiguar si todo esto que le está diciendo es parte de algún tipo de broma de ese humor ácido y macabro que tiene. Ese ogro disfruta volviéndola loca en todos los sentidos y ella se ha dado cuenta.

–          Es tu barco y tu fiesta. ¿Por qué quieres que yo esté allí? – Se oye preguntar Helena. A veces tenía la sensación de necesitar un filtro en la garganta para que omitiera ciertos comentarios que se le escapaban pensando en voz alta.

–          Vengo en son de paz. – Le responde Samuel alzando las manos en señal de rendición al mismo tiempo que le dedica una amplia sonrisa a Helena. – Cenaremos y tomaremos unas copas después mientras navegamos no muy lejos de la costa. Ven con tu novio y con tus amigas si quieres, Sarah, Álvaro y Noelia también estarán allí.

–          ¿Te han obligado a venir aquí e invitarme? Ya sabes, en plan “has sido un chico malo, ve y discúlpate”. – Le pregunta Helena sin saber muy bien si reírse o echarle de casa.

–          ¿No vas a darme una tregua? – Le pregunta Samuel haciéndose el indignado.

–          Está bien, me duele demasiado la cabeza y creo que aún sigo borracha, no tengo ganas de discutir contigo.

–          Genial, porque Noelia me ha pedido que os llevara a su casa, quiere invitaros a comer antes de que Sarah y yo regresemos a Barcelona. – Le dice Samuel. La mira de abajo a arriba y, humedeciendo sus labios, le dice: – Será mejor que vayas a cambiarte de ropa antes de irnos, te esperaré aquí.

Helena se ruboriza y desaparece escaleras arriba. Tras avisar a su hermano del plan de Noelia, se dirige a su habitación y entra en el baño para darse una ducha rápida antes de montarse en un coche con Samuel, todavía podía oler el alcohol en su piel.

Media hora más tarde, Helena baja las escaleras y se encuentra con su hermano y Samuel esperándola en mitad del hall. Samuel la mira desafiante, mira el reloj de su muñeca y alza una ceja, esperando una disculpa por el retraso. Pero Helena, lejos de disculparse, pasa por su lado, se dirige hacia la puerta y, al dar media vuelta y ver que él sigue parado en el mismo sitio, le pregunta con sorna:

–          ¿Vienes o prefieres quedarte ahí parado?

Samuel no le responde, se limita a fulminarla con la mirada mientras camina hacia su coche. Pocos minutos más tarde llegan a casa de Álvaro y Noelia y todos vuelven a reunirse en el salón de la casa. Álvaro insiste en que Helena y Ramiro acepten la invitación de Samuel y acudan a la cena en alta mar que ha organizado. Sarah no tiene que insistir demasiado para que Ramiro acepte, pero Helena les responde que lo pensará.

Después de comer, Samuel y Sarah regresan a Barcelona y Ramiro y Helena también regresan a casa. Hacía mucho tiempo que no coincidían unos días y a ambos les apetecía ponerse al corriente de sus vidas.

–          Parece que has hecho buenas migas con Sarah. – Comenta Helena después de dos horas de conversación en la que no se ha mencionado a ningún miembro de la familia Ferreira.

–          No puedo decir lo mismo de ti y de Samuel. – Se mofa Ramiro.

–          ¿Qué me dices de Sarah? – Insiste Helena.

–          Sarah… Apenas la conozco, pero me gusta. – Confiesa Ramiro. – Hemos intercambiado teléfonos y le he dicho que la llamaría.

–          ¿Y piensas llamarla?

–          Sí, todos los días de la semana. – Le responde con una sonrisa de oreja a oreja.

A Helena le gusta esa amplia sonrisa en el rostro de su hermano, hacía mucho tiempo que no le veía sonreír a así.

El lunes por la mañana Ramiro se marcha, tiene que viajar a Bruselas por trabajo y no regresará hasta el viernes. Helena continua con su rutina: sale a correr por la mañana temprano, escribe el resto de la mañana y parte de la tarde, va todas las tardes al establo para seguir entrenando a Loco y después regresa a casa para cenar, ducharse y escribir un poco más hasta que se le cierran los ojos y se mete en la cama.

El jueves recibe la llamada de Sergio, el hombre perfecto. Incapaz de rechazar otra invitación, Helena le dice que el viernes tiene noche de chicas pero que seguramente pasará por el Queen y allí podrán verse. A Sergio aquello le basta para mejorar su humor.

El viernes por la mañana Helena pasa a buscar a Noelia y ambas se dirigen a Barcelona en el coche de Helena. Álvaro tiene que trabajar y no llegará a la ciudad hasta última hora de la tarde. Los chicos, aprovechando que las chicas han quedado, han decidido reunirse. Ramiro propuso salir a cenar y les prometió que después les llevaría a dónde se encontraran las chicas. A Álvaro le encantó la idea y Samuel tenía demasiadas ganas de volver a encontrarse con Helena que no pudo ni quiso negarse. Ramiro también había avisado a Héctor, el novio de Silvia, que también aceptó aquella invitación.

Helena lleva a Noelia a comer a casa de sus padres. A Lourdes y Ramón les gusta Noelia y la tratan como a una más de la familia. Helena tiene que escuchar los reproches de su madre porque apenas llama, no se le ve el pelo y creen que ahora más que nunca necesita el apoyo de la familia. Noelia es testigo del amor que irradia Lourdes por su hija y siente nostalgia, ella nunca ha tenido una madre que se preocupe por ella. Ramón es más bien callado, pero se nota que apoya incondicionalmente a su hija, es la niña de sus ojos.

Después de aquella comida familiar que a Noelia le pareció de lo más tierna y divertida, se despidieron de Lourdes y Ramón y se dirigieron al piso de Helena. Allí se cambiaron de ropa y se arreglaron para salir a cenar con las chicas.