Archivo | septiembre 2016

Cita 37.

“Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre.”

Mahatma Gandhi.

Déjame sin aliento 3.

kh.g,j

El sábado siguiente, Carol y Pablo fueron a comer a casa de Cristina, su hermana mayor. A pesar de que era su hermana, a los dos les resultaba bastante incómodo mantener una conversación divertida con ella, pues era demasiado estricta y convencional, no terminaban de encajar. Con Nacho, el marido de Cristina, tampoco resultaba fácil mantener una conversación, pues era demasiado tímido y serio como para que ni siquiera captara las bromas de los hermanos. Además, Cristina y Nacho habían aprovechado la ocasión para dejar a sus hijos en casa de los abuelos maternos, por lo que ni Carol ni Pablo tenían ninguna distracción con la que pasar el rato.

–  Os estaréis preguntando por qué os hemos reunido a los dos. – Empezó a decir Cristina cuando sirvió el café. – Hace unas semanas, al hermano de un compañero de trabajo de Nacho le ocurrió una desgracia y su familia casi pierde la custodia de sus hijos por no haber hecho un testamento. Eso nos hizo pensar en qué pasaría con nuestros hijos si a nosotros nos ocurriera algo.

–  No os ocurrirá nada. – Sentenció Carolina que odiaba pensar en estas cosas.

–  Eso espero, pero queremos dejarlo todo hablado por si llegara el momento. – Le respondió Nacho.

–  Lo lógico es que nuestros hijos se quedaran con la familia, que no perdieran sus raíces y que estuvieran con gente que les quiere y les cuida. – Continuó Cristina hablando. – Nacho no tiene familia y yo siempre he admirado esa relación de hermanos que tenéis, me encantaría que mis hijos tuvieran la complicidad y la confianza que existe entre vosotros. – Les miró a los ojos y añadió: – Por ese motivo hemos decidido que, si algún día nos pasara algo, vosotros os ocuparais de Paula y Gerard. – Como ninguno de sus hermanos fue capaz de decir nada, Cristina añadió: – Ellos os adoran y sé que vosotros también los adoráis, sé que ambos seríais unos grandes tutores para ellos.

–  Creo que hablo en nombre de los dos cuando digo que los adoramos y los queremos más que a nada en el mundo. – Comenzó a decir Carolina con prudencia. – Pero, ¿de verdad creéis que estamos capacitados para ser nombrados sus tutores? Quiero decir, estoy segura que mamá y papá lo harían mucho mejor y además estarían encantados…

–  Lo que Carol quiere decir es que es un orgullo y un honor para nosotros que hayáis pensado en nosotros dos como los padrinos de Paula y Gerard. – La cortó Pablo antes de que su hermana pequeña dijera alguna burrada y su hermana mayor se lo tomara a la tremenda, como solía hacer, y se enfadara de por vida con ellos. – Es una responsabilidad muy grande y desde luego que impresiona, pero si llegara ese momento, que no va a llegar, nosotros siempre estaremos ahí para cuidar de Paula y Gerard.

Carolina apenas fue capaz de abrir la boca ni para beber agua. Adoraba a sus sobrinos y los amaba más que a nada en el mundo, pero eso no significaba que ella fuera a ser una buena madre, por no mencionar que la sola idea le daba pánico y además, ¿por qué les iba a pasar algo a su hermana y a su marido? ¿Por qué a los dos? Podría pasar, pero la posibilidad era remota. A Carolina no le gustaba pensar en la muerte, desde pequeña había asumido que la muerte llega cuando tiene que llegar y que es una estupidez pensar en ella constantemente, pues era algo inevitable. Ella prefería vivir el presente antes que pensar en su futura muerte.

Cuando salieron de casa de su hermana mayor, Pablo había quedado en salir a cenar con su mejor amigo David, el hermano de Lorena, e invitó a Carol a cenar con ellos.

–  No te vas a creer a quién acabo de ver. – Le dijo Pablo a Carol cuando regresó a la mesa donde estaba sentado con su hermana y David con tres cañas en las manos. Dejó las copas sobre la mesa y, al ver que ambos le miraban expectantes, añadió: – El tipo al que no soportas, al que nos encontramos la semana pasada cuando fuimos a comer, está sentado en una mesa junto a una morena de escándalo.

–  Genial por él. – Bufó Carolina.

–  ¿Ese es el amigo del chico que sale  con mi hermana? – Quiso saber David.

–  El mismo. – Le confirmó Pablo. –  Podríamos llamar a Lorena para que se acercara a tomar una copa con nosotros y su nuevo novio, apenas la hemos visto en las últimas semanas.

–  Apenas la he visto yo y vivo en el piso que ella. – Respondió Carol. – Es normal que quiera disfrutar de los primeros momentos de una relación, son los mejores. Y ya conocéis a Lorena, es demasiado romántica y enamoradiza.

Los tres amigos continuaron charlando mientras bebían y cenaban y Carolina se olvidó de que Lucas estaba allí, en el mismo local que ella, otra vez. Por eso cuando se levantó para ir al baño no se percató que Lucas la había visto desde que había entrado por la puerta y esperaba el momento en que ella se encaminara hacia el baño para seguirla.

Lucas había echado a perder su cita con Malena en el mismo momento en el que vio aparecer a Carolina, desde entonces no había podido quitarle ojo y se había ido enfureciendo cada vez que la veía sonreír y divertirse con aquellos dos tipos que la acompañaban. Esperó en el pasillo a que saliera del baño y la saludó:

–  Volvemos a encontrarnos, muñeca. – La saludó con una sonrisa burlona cuando la alcanzó en el pasillo que conducía al baño.

–  ¿Eres el genio de los baños públicos o algo así? – Se mofó Carol.

–  ¿El genio de los baños públicos? – Preguntó Lucas con curiosidad y añadió con tono burlón. – Las mujeres me llaman genio, pero no precisamente por el don de aparecerme en los baños públicos.

–  No me lo digas, te llaman el genio de la arrogancia y el egocentrismo. – Se mofó Carol.

–  Y eso lo dice la reina del sarcasmo. – Le replicó Lucas. – Estoy seguro de que un buen polvo haría que te relajaras un poco.

–  Y eso lo dice alguien que siempre anda junto a la puerta del baño de mujeres, creo que eres tú quien está a falta de sexo. Yo, por el contrario, estoy extremadamente satisfecha con mi vida sexual. Deberías probar, tal vez así te distraigas lo suficiente como para ignorarme si volvemos a encontrarnos.

–  Ya veo lo bien acompañada que estás, ¿te van los tríos?

–  Me va cualquier cosa que no seas tú. – Le espetó Carolina con la paciencia agotada.

–  Si me lo propongo, acabarás rendida a mis pies suplicándome que te deje sin aliento. – Le respondió Lucas acercándose a ella con firmeza. La acorraló contra la pared del pasillo y le susurró al oído con la voz ronca mientras acariciaba la suave piel de su cuello con su incipiente barba: – Con ese carácter que tienes, apuesto a que eres de las que te arañan la espalda cuando se corren.

Lucas estaba a punto de besarla justo cuando en ese momento apareció por el pasillo Malena y se apartó bruscamente de Carolina tratando de disimular que allí pasara algo. Carolina aprovechó el momento para escapar de allí, era lo mejor. Si aquella lagarta que le acompañaba no hubiera aparecido, era capaz de haber acabado montándoselo con él en el baño. ¿Qué diablos me ha pasado?, se preguntaba mientras regresaba a la mesa junto a Pablo y David. Como era de esperar, tanto Pablo como David se dieron cuenta de que Lucas la había seguido y se habían encontrado en el baño y, tras ver lo nerviosa que estaba, fue David quien propuso:

–  Ya hemos pagado la cuenta, ¿nos vamos?

–  Espera, antes quiero saber qué ha pasado en el baño. – Le respondió Pablo divertido a su amigo y añadió dirigiéndose a su hermana menor: – ¿Qué ha pasado para que vengas tan sofocada?

–  Vámonos de aquí y os lo cuento. – Les prometió Carolina, impaciente por salir del local antes de que Lucas y su acompañante regresaran del baño y se encontrara con ellos.

Los tres salían por la puerta del local cuando Lucas regresaba del baño acompañado por una furiosa Malena que no acababa de creerse lo que acababa de ver.

–  ¿Qué pretendías hacer con ella? ¡Estabais en la puerta del baño y la tenías contra a la pared! – Le siguió reprochando Malena cuando se sentaron de nuevo en su mesa.

–  Malena, ya te dije que no buscaba una relación propiamente dicha, no te prometí exclusividad ni pienso prometértela. – La interrumpió Lucas molesto con ella por haber interrumpido en el momento más inoportuno.

–  Y me quedó bastante claro, salvo por el hecho de ignorar que eso también incluía la humillación de ver cómo te lo montas con otra delante de mis narices cuando has quedado para cenar conmigo. – Le espetó Malena lo más digna que pudo, recogió sus cosas y se marchó, dejando a Lucas solo en el restaurante.

Frustrado como estaba por la interrupción de Malena, la huida de Carol y los reproches de una furibunda Malena que jamás había visto antes, decidió regresar a casa y centrarse en el trabajo, eso era lo único que le abstraía totalmente del mundo, diseñar edificios.

Carolina pasó la noche bebiendo y charlando con Pablo y David. Les contó todos los encuentros con Lucas y les pidió su opinión, en la que ambos estuvieron de acuerdo en que debía de aliviar esa tensión sexual no resuelta que emanaba entre ambos y la mejor manera de aliviarla era resolviéndola a la vieja usanza.

Déjame sin aliento 2.

kh.g,j

El domingo por la mañana Carolina fue a comer con su hermano Pablo, como todos los domingos. Pablo era el mediano de los tres hermanos y era tres años mayor que ella, pero siempre se habían llevado muy bien y se contaban todos sus secretos y locuras, cosa que ninguno de los dos podía hacer con Cristina, la hermana mayor de treinta y cinco años. Tal y como decía Pablo, Cristina pertenecía a otra generación. Se casó a los veinticinco años y a los treinta tuvo a su primera hija, Paula, y tres años más tarde tuvo a Gerard, dos hijos que ocupaban todo su tiempo y motivo por el cual nunca cambiaba el chip de madre en los pocos momentos que estaba con sus hermanos.

Como todos los domingos, Pablo condujo hasta el edificio de su hermana, donde la recogía y juntos paseaban por la Barceloneta hablando de sus cosas para después ir a comer al restaurante favorito de ambos.

–  ¿Has hablado con Cristina? – Le preguntó Pablo con tono burlón.

–  Sí, me llamó ayer. – Respondió Carolina. – Quiere que vayamos a comer a su casa el próximo sábado porque tiene algo importante que decirnos, ¿crees que está embarazada otra vez?

–  No lo creo, también hubiera invitado a papá y mamá. – Respondió Pablo. – Ya nos lo dirá el sábado, conociéndola, seguro que es para decirnos que tiene alguna idea para el cumpleaños de Paula, quedan solo tres meses y ya sabes cómo es nuestra hermana.

A Carol le encantaba estar con su hermano Pablo, tenía la misma confianza que con Lorena, pero con la diferencia que él podía darle otro punto de vista, el punto de vista de un hombre. Quizás era por la sinceridad de su hermano por lo que ella nunca confiaba en ningún hombre, por muy buenos y perfectos que parecieran siempre ocultaban algún horrible secreto y, en el mejor de los casos, te dejaban por otra antes de que llegaras a enamorarte de ellos. No es que odiara a los hombres, le gustaban y mucho, pero era consciente de lo que podía esperar de ellos y no se permitía desear más de lo que iba a conseguir. Carol clasificaba a las personas en cuatro grupos: su familia, sus amigos, las personas relacionadas con su trabajo y, por último, el resto de personas del mundo, en el que incluía a sus amantes, ya fueran de una noche o de más. No le gustaba mezclar el trabajo con los amigos o la familia, igual que tampoco le gustaba que sus amantes conocieran su entorno más íntimo. Los únicos dos grupos que de vez en cuando se unían eran los de la familia y amigos y era porque básicamente lo consideraba el mismo grupo.

Pablo y Carol entraron en un restaurante cerca del puerto y se sentaron en una de las mesas de la terraza con vistas al mar para aprovechar el día soleado. Carol pasó con Pablo por al lado de la mesa donde Lucas estaba sentado junto a una pelirroja de labios carnosos y pechos voluptuosos, pero no reparó en ellos ya que estaba riendo divertida por la ocurrencia de su hermano, que la hacía reír sin parar. Sin embargo, Lucas sí la vio y notó como su entrepierna aumentaba de tamaño al verla reír tan relajada. No conocía personalmente al tipo que la acompañaba pero le había visto en un par de ocasiones y sabía que se movía por los mismos círculos que él, razón por la que no entendía que estuvieran comiendo juntos un domingo, aunque lo mismo podían pensar de él y sin embargo allí estaba, comiendo con Ginger, la hija del director del gabinete para el que trabajaba, por lo que no pudo rechazar su insistente invitación, pese a que no le gustaba mezclar el trabajo con los amigos o el placer.

Mientras esperaban a que les trajeran el café, Carolina aprovechó para ir al baño y cuando Lucas la vio pasar se fue tras ella tras excusarse con Ginger para ir al baño. Lucas atravesó el pasillo y esperó en la puerta del aseo de mujeres a que Carolina saliera para fingir toparse con ella por casualidad.

–  Mira a quién tenemos aquí. – Le dijo burlonamente en cuanto salió del aseo. – ¿Disfrutando de un soleado domingo?

–  Eso pretendía, al menos hasta que te he visto. – Le respondió Carolina fastidiada por encontrarlo allí.

–  Veo que tu sentido del humor es tan nulo de día como de noche. – Se mofó Lucas solo para molestarla.

–  Mi sentido del humor es perfecto tanto de día como de noche, el único problema es que se esconde en cuanto tú apareces. – Le replicó ella desafiándole con la mirada.

–  Ya lo veo, tu sonrisa me está deslumbrando en este mismo momento. – Siguió pinchándola Lucas.

–  Eres insoportable.

–  Soy encantador, pero tu mal humor, por decirlo con suavidad, te impide verlo y reconocerlo.

–  Cretino, creído y egocéntrico, me ratifico en mi opinión sobre ti.

Lucas se acercó a ella y le susurró al oído con voz ronca antes de regresar a su mesa donde Ginger seguía esperándolo:

–  Muñeca, si tu acompañante no te tiene satisface será mejor que lo cambies por otro, estoy seguro que así serías más feliz.

Carolina se quedó con ganas de contestar, pero Lucas fue demasiado rápido y cuando salió del baño él ya se estaba sentado junto a una pelirroja que le sonreía coquetamente. Cuando se sentó de nuevo en la mesa con su hermano, su humor había cambiado por completo y Pablo se dio cuenta.

–  ¿Se puede saber qué te ha pasado mientras estabas en el baño?

–  Me he encontrado con un idiota. – Le explicó Carol. – ¿Ves al chico que está con la pelirroja? Es un amigo de Jordi, un chico con el que Lorena ha empezado a salir. Lo conocí el viernes y es de lo más irritante, dos veces que nos hemos visto y dos veces que hemos acabado discutiendo, pero me atrae con la misma intensidad que me saca de quicio.

–  Ese es el tipo de hombre que a ti te hace falta, hermanita. – Se mofó Pablo. – Alguien que sea capaz de enfrentarse a ti, de tomar las riendas.

–  ¿Qué parte de “me saca de quicio y es mutuo” no has entendido? – Protestó Carol.

–  Lo he entendido a la perfección, igual que he entendido que te atrae con la misma intensidad y, teniendo en cuenta que no ha dejado de mirar en nuestra dirección desde que has vuelto del baño, creo que la atracción también es mutua. – Le contestó Pablo. – El sexo con tanta tensión suele ser salvajemente placentero, ya me lo dirás, hermanita.

–  Me encantaría ver la cara de mamá escuchándote decir lo que acabas de decirme. – Se mofó Carol imaginando que su madre pondría el grito en el cielo.

Los dos hermanos continuaron bromeando y riendo hasta que Pablo pidió y pagó la cuenta y se dispusieron a abandonar el restaurante. Al pasar junto a la mesa de Lucas y su acompañante, Pablo rodeó a su hermana por la cintura y, con una sonrisa pícara en los labios, le susurró al oído:

–  Ahora mismo tu amigo debe estar fulminándome con la mirada.

Entre risas de complicidad abandonaron el restaurante y Lucas les estuvo observando hasta que les perdió de vista cuando salieron del local. No había podido concentrarse en otra cosa que no fuera aquella rubia con lengua viperina que llevaba dos noches colándose en sus sueños. Tenía que hablar con Jordi para que le diera algunas pistas de dónde poder encontrarla, en el caso de que siguiera viendo a Lorena, que parecía lo más probable. Pero antes debía ocuparse de Ginger, la chica le miraba molesta, consciente de que no le había hecho caso en ningún momento. Ginger era la hija de su jefe y, a pesar de que no iba a tener nada con ella, debía ser amable y educado y lo cierto es que había sido un desastre gracias a la aparición de Carolina.

–  ¿Siempre eres así de tímido o lo tenías reservado para mí? – Le espetó Ginger más que molesta al ver que su acompañante seguía sin decir nada.

–  No, no siempre soy así. – Le respondió Lucas. – Pero ya te advertí que hoy no era un buen día para que saliéramos a comer, no estoy de humor.

–  Ambos somos adultos, si lo que te incomoda es que mi padre sea tu jefe, puedo asegurarte de que nada de lo que hagamos influirá en tu trabajo, ni para bien ni para mal. – Le contestó con descaro. – A menos que pienses que no soy atractiva.

–  Eres muy atractiva, puedes estar segura de ello. – Le aseguró Lucas. – Pero tengo mis propias reglas y una de ellas es no mezclar el trabajo con el placer.

–  ¿No tengo ninguna posibilidad contigo? – Insistió la pelirroja.

–  No, al menos mientras siga trabajando en el gabinete de arquitectos de tu padre.

–  Búscame si algún día dejas de trabajar para él, puede que para entonces nuestra cita sea un poco más entretenida.

–  Lo tendré en cuenta si alguna vez dejo de trabajar en el gabinete.

Lucas llevó a Ginger a su casa y, de regreso a su casa, no pudo evitar dar un par de vueltas por las calles de alrededor del Zen. Lorena había dicho que vivían a un par de calles, pero no había dicho en qué dirección. Él vivía a cuatro manzanas, por lo que decidió que, aunque resultaría difícil toparse con ella, pasaría por aquellas calles antes de ir y al volver del trabajo.

Déjame sin aliento 1.

kh.g,j

Carolina Hernández tiene veintisiete años, estudió arquitectura en la universidad de Barcelona y trabaja en uno de los gabinetes más reputados y prestigiosos del país. Vive en un piso de alquiler en el centro de la ciudad junto a su mejor amiga, a la que conoce desde que tiene uso de razón y a la que considera como a una hermana. Habían sido vecinas toda la vida, sus padres vivían puerta con puerta, habían ido a la misma guardería, a la misma escuela, al mismo instituto y a la misma universidad, aunque habían estudiado carreras distintas. Cuando acabaron el instituto, decidieron independizarse juntas y alquilaron un piso en el centro que pagaban combinando sus estudios en la universidad con un trabajo a tiempo parcial en el casal del barrio donde se criaron, trabajando como monitoras de niños de entre cuatro y doce años que se quedaban por las tardes en el casal haciendo los deberes y jugando con los demás niños hasta que sus padres regresaban a buscarles tras finalizar su jornada laboral.

Carolina llegó a casa después de un largo viernes y una larga semana en el trabajo, lo único que le apetecía era quitarse los zapatos, ponerse el pijama y sentarse en el sofá para ver alguna película hasta quedarse dormida. Pero no hizo más que poner un pie en el salón cuando Lorena, su mejor amiga, la oyó entrar y salió de su habitación como un torbellino para llegar a ella al mismo tiempo que le decía con desesperación en la voz:

–  Carol, tienes que ayudarme. ¿Te acuerdas del chico del que te hablé?

–  ¿El del restaurante?

–  Sí, ese. – Le confirmó Lorena. – Pues me lo he vuelto a encontrar, pero él no se ha dado cuenta de que yo estaba allí. El caso es que le escuché hablar por teléfono y ha quedado con unos amigos para ir a tomar unas copas esta noche en el Zen. Tenemos que ir.

–  ¿Tenemos? – Preguntó Carolina alzando las cejas esperando una explicación.

–  Bueno, tengo que ir y tú tienes que acompañarme. – Se corrigió Lorena. – Es mi futuro marido, el futuro padre de mis hijos, estoy segura de que te encantará explicarles a mis futuros hijos que gracias a ti sus papás están juntos.

–  Acabas de perder la cordura, si es que alguna vez la tuviste. – Opinó Carol tras oír lo que su amiga le acababa de decir.

Lorena Velasco era una chica alegre, divertida y llena de energía, pero también era una romántica empedernida y no se cansaba de buscar a su príncipe azul.

–  Solo serán unas copas en el Zen, nada que no hayamos hecho antes un viernes por la noche. – Insistió Lorena. – Y cualquier plan es mejor que el tuyo, ¡seguro que ya habías pensado en ponerte el pijama y holgazanear en el sofá hasta una hora prudente a la que poder irte a dormir! – Le replicó. – Te estás convirtiendo en una abuela y solo tienes veintisiete años.

–  Está bien, está bien. – Terminó aceptando resignada. – Pero solo porque quiero darle el visto bueno a tu príncipe azul, no sea que se convierta en rana.

Carolina se dio una ducha rápida, se puso unos tejanos de pitillo con una blusa azul atada al cuello que dejaba su espalda al descubierto y se calzó unos zapatos negros de tacón de aguja. Se había dejado su larga y dorada melena suelta en lugar de recogerla en una coleta alta como solía hacer cuando iba a trabajar. Lorena la esperaba en el salón con un vestido rojo de escote con forma de corazón, unos zapatos negros y su larga melena morena alisada.

–  Te has vestido para matar. – Bromeó Carol al ver lo sexy que se había puesto su amiga.

Se dirigieron a un bar de tapas donde se sentaron en la terraza y cenaron mientras se tomaban algunas cañas y charlaban alegremente. Después de cenar se dirigieron al Zen, un pub situado a un par de manzanas de su casa y donde iban casi todas las semanas a tomar unas copas. Lorena agradeció estar en el Zen, se sentía tan cómoda allí como en su propia casa.

–  Míralo, allí está. – Le dijo Lorena mientras se dirigían a la barra a por una copa. Carolina miró hacia a donde le señalaba Lorena y vio a dos chicos junto a la barra hacia donde ellas se dirigían. – Es el rubio, ¿qué te parece?

–  Es un bombón, pero me gusta más el moreno. – Opinó Carolina.

Las chicas llegaron a la barra y se colocaron a escasos dos metros de ellos. Ninguno de los dos hombres se percató de la presencia de ambas hasta que el rubio escuchó la voz de Lorena y se volvió hacia a ella sorprendido por toparse con ella allí.

–  ¿Lorena? – Le preguntó el rubio de ojos azules con una sonrisa en los labios. – ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!

–  ¡Parece que el destino se divierte cruzándonos en el camino! – Bromeó Lorena mientras le saludaba con dos besos en la mejilla. – He venido a tomar unas copas con una amiga. – Señaló a Carolina y les presentó: – Ella es mi amiga Carolina.

–  Encantado, yo soy Jordi. – La saludó el chico rubio y acto seguido presentó a su amigo: – Y él es Lucas, un amigo.

Lorena y Carolina saludaron a Lucas y Jordi las invitó a sentarse en uno de los sofás de la zona chill-out para así tener la oportunidad de conocer a Lorena, haberla encontrado allí era una ocasión que no pensaba desaprovechar.

–  Bueno, y ¿qué hacéis por aquí? – Les preguntó Jordi cuando se sentaron.

–  Eso mismo me pregunto yo. – Murmuró Carolina y recibió un codazo de su amiga.

–  Venimos casi todas las semanas al Zen desde hace varios años, nos gusta el local y vivimos por aquí cerca. – Le respondió Lorena con una amplia sonrisa en los labios.

Jordi y Lorena se enfrascaron en la conversación y Lucas, que había estado observando en silencio desde que aquellas dos chicas llegaron, se percató de que la chica rubia quería estar en cualquier otro lugar menos allí. Con una sonrisa maliciosa en los labios, Lucas le preguntó:

–  ¿Estás cumpliendo condena?

–  ¿Cómo dices? – Le preguntó Carolina desconcertada.

–  No pareces muy contenta de estar aquí. – Aclaró Lucas.

–  Tenía otros planes, pero la he convencido para que saliéramos juntas de copas. – Intervino Lorena antes de a que su amiga le diera por decir algo que no debía.

–  ¿Cómo la has convencido? ¿Poniéndole una pistola en la cabeza? – Se mofó Lucas.

Jordi le dio un codazo a su amigo a modo de advertencia, pero ya era demasiado tarde, Carolina estaba lo bastante molesta como para encima tener que soportar al amigo cretino y creído de Jordi.

–  En este momento, hubiera preferido que me dispararan. – Le espetó Carolina.

–  Si tuviera una pistola, yo mismo cumpliría tus deseos. – Le replicó Lucas molesto, nada acostumbrado a que las mujeres lo rechazaran y mucho menos sin motivo alguno.

–  No te ofendas, pero dudo mucho que fueras capaz de cumplir mis deseos.

–  Ni yo ni ningún hombre con dos dedos de frente, muñeca. – Se mofó Lucas. – Fría, frígida y borde no son cualidades que atraigan a un hombre a hacer realidad tus deseos.

–  ¿He dañado tu enorme ego al sentirme molesta por tener que estar perdiendo el tiempo aquí contigo? – Le preguntó Carolina sabedora del motivo del enfado de aquel moreno observador y nada modesto que la sacaba de quicio tanto como le atraía. – Lo lamento, no pretendía ofenderte.

Lucas maldijo entre dientes, se levantó de su asiento y, exasperado, le dijo a su amigo:

–  Será mejor que me vaya, a mí tampoco me gusta perder el tiempo. – Le estrechó la mano a Jordi y añadió mirando a Lorena: – Un placer conocerte, pero no puedo decir lo mismo de tu amiga.

Carolina rodó los ojos y se mordió la lengua para no contestar, no quería estropear la noche de Lorena, que por fin había logrado atraer toda la atención de su futuro marido, como ella decía.

–  Yo también me voy, hablamos mañana. – Se despidió Carolina de su amiga cinco minutos después de que Lucas se hubiera marchado. Se volvió hacia a Jordi y añadió: – Un placer conocerte, Jordi.

–  Lo mismo digo, Carolina. – Se despidió Jordi. – Lamento si Lucas…

–  No te preocupes, no tienes que decir nada. – Le cortó Carolina. – Pasadlo bien, buenas noches.

–  Buenas noches. – Se despidieron Lorena y Jordi al unísono.

Carolina regresó sola a su casa y agradeció que Lorena se quedara con Jordi, así podría disfrutar de la soledad y la tranquilidad de su habitación sin que nadie la interrumpiese.

Se metió en la cama pero no lograba conciliar el sueño, aquel moreno de ojos grises y sonrisa traviesa se le aparecía cada vez que cerraba los ojos hasta que se durmió y soñó con él.

En otra cama no muy lejos de dónde se encontraba Carolina, a Lucas también le costó conciliar el sueño y cuando lo hizo soñó con aquella chica rubia de ojos verdes y lengua viperina que tanto le había sacado de quicio y a la vez lo excitaba como ninguna antes le había excitado.

Déjame sin aliento.

kh.g,j

Arrastrada por su amiga Lorena, Carolina acude al Zen, el local de moda de la ciudad. Allí conoce a Jordi, el último capricho de Lorena, y a su amigo Lucas. A pesar de que no empiezan con buen pie, Carol y Lucas se atraen como dos polos opuestos. Por si fuera poco, se encuentran en todas partes, incluso en el gabinete arquitectónico donde Carol trabaja, pues su jefe es el hermano del jefe de Lucas.

Sus jefes deciden que ambos deben diseñar un proyecto en conjunto para satisfacer a unos clientes alemanes y se ven obligados a trabajar juntos de sol a sol y de lunes a sábado.

Conscientes de que no lograrán concentrarse en el trabajo con semejante tensión sexual entre ellos y dado el poco tiempo libre del que disponen para satisfacer sus necesidades más primitivas, deciden que lo más práctico es satisfacerlas juntos, eso sí, fuera del horario laboral.

Lo que ninguno de los dos imagina es que del sexo al amor hay un paso y que el corazón no obedece a la razón. Pasar tres meses conviviendo día y noche, comportándose como una auténtica pareja, no es lo que ninguno hubiera imaginado, mucho menos cuando algo tan importante como su carrera profesional está en juego.

¿Lograrán sacar el proyecto adelante para satisfacer a esos clientes alemanes tan exigentes? Y, cuándo terminen el proyecto, ¿qué ocurrirá entre ellos? ¿Serán capaces de aceptar, asimilar y finalmente afrontar lo que sienten el uno por el otro?

Si quieres saber más sobre ésta historia, aquí tienes todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19