Archivo | septiembre 2016

Déjame sin aliento 8.

kh.g,j

Lucas se despertó pasadas las doce del mediodía y Carolina seguía durmiendo entre sus brazos, no se había movido en toda la noche. Temía que si se movía ella se despertaría y la magia se acabaría, por eso decidió quedarse quieto mientras observaba como Carolina dormía plácidamente abrazada a él.

Una hora más tarde, Carolina empezó a moverse perezosamente y se detuvo bruscamente al reconocer que estaba abrazando a alguien y abrió los ojos de golpe.

–  Buenos días, muñeca. – La saludó Lucas sonriendo al verla abrir los ojos. Carolina trató de zafarse de su abrazo, pero Lucas se lo impidió y añadió: – Hoy es nuestro día libre, no tienes por qué salir de la cama en todo el día si así lo quieres.

–  Esto no puede volver a ocurrir. – Le recordó Carolina tratando de ignorar como la entrepierna de Lucas había ido creciendo bajo las sábanas. – Aunque, si te soy sincera, no sé cómo vamos a tratar de evitarlo si tenemos que trabajar juntos en el proyecto.

–  Vamos a estar muy ocupados con el proyecto y no vamos a tener tiempo apenas de nada, ambos tenemos necesidades y no nos va a resultar fácil compaginar el proyecto con nuestra vida personal. – Le empezó a decir Lucas mientras acariciaba la desnuda espalda de ella. – No sé tú, pero yo no puedo pasar tres meses sin sexo y menos cuando voy a estar bajo el mismo techo que tú, razón por la que no entiendo que no pueda repetirse, a los dos nos vendrá bien aliviar tensiones después de trabajar tanto.

–  ¿Me estás proponiendo algo? – Le preguntó Carolina divertida.

–  No puedes negar la atracción sexual que existe entre nosotros, tú misma has reconocido que no ibas a poder evitar que volviera a ocurrir. – Le respondió Lucas. – Te estoy proponiendo sexo fuera de las horas pactadas para trabajar en el proyecto, no afectará a nuestro rendimiento laboral, al menos no negativamente, y nos mantendrá lo suficientemente relajados como para no acabar discutiendo.

–  Sexo terapéutico, suena raro pero me gusta. – Le respondió Carol divertida, sorprendiendo a Lucas por lo bien que se lo había tomado. Carolina se dio cuenta en ese mismo momento de la hora que era y dio un salto de la cama: – ¡Mierda, tengo que irme!

–  Es domingo, ¿a dónde se supone que tienes que ir? – Le preguntó Lucas frustrado cuando Carol se levantó. – ¿No puedes tomarte un solo día libre para no hacer nada?

–  He quedado para ir a comer y llego tarde.

–  Llama y cancela tu cita, estoy seguro que puedes dejarlo para otro momento.

–  No puedo, lo prometí.

–  ¿Puedo preguntar a quién y qué has prometido?

–  A mi sobrina de cinco años, le prometí que la llevaría a comer una hamburguesa y después a patinar al paseo marítimo. Pablo seguro que ya ha llegado y me va a matar si no llego pronto.

–  ¿Quién es Pablo?

–  Mi hermano, el mediano de los tres. Mi hermana Cristina es la mayor, la madre de mi sobrina Paula y mi sobrino Gerard. – Le respondió Carol mientras se vestía.

–  Dame diez minutos, me doy una ducha rápida y te llevo a casa. – Le dijo Lucas levantándose con pereza de la cama. – Prepárate un café en la cafetera eléctrica y coge de la despensa lo que quieras para desayunar, como si estuvieras en tu casa.

Lucas entró en el baño para ducharse y Carolina se afanó en preparar un par de cafés que tuvo listos cuando él apareció duchado y vestido en la cocina diez minutos más tarde. Tan solo se bebieron el café que Carolina había preparado y Lucas la llevó a su casa. Se despidieron en el coche frente al portal del edificio donde vivía Carolina, que le dio un beso en la mejilla antes de salir del coche y entrar en el edificio para dirigirse a casa.

Llamó a Pablo y le pidió que fuera a recoger a Paula y la llevara a la hamburguesería, donde ella se reunió con ellos tras darse una ducha rápida en su apartamento.

Después de comer una hamburguesa fueron al parque donde los dos hermanos pudieron hablar con más tranquilidad mientras Paula jugaba con otros niños y niñas de su edad.

–  ¿Dónde has pasado la noche, hermanita? – Le preguntó Pablo mientras miraba a su sobrina Paula jugar, comprobando que no pudiera escuchar nada de lo que decían. – ¿Te has acostado con Lucas?

–  Sí, pero eso no es todo. – Le confesó Carol. – No sé cómo pero he acabado aceptando seguir acostándome con él al menos mientras sigamos trabajando en el proyecto, eso sí, fuera de las horas pactadas para trabajar en el proyecto.

–  Te dije que sería una buena idea que te acostaras con él, pero acostarte durante tres meses con él mientras os veis más de doce horas diarias es peligroso. Muy peligroso. – Le advirtió Pablo. – No solo te has saltado tu regla de oro, si no que piensas seguir haciéndolo durante los próximos tres meses.

–  Lo sé, haga lo que haga, no va a acabar bien para mí.

–  ¿Por qué dices eso?

–  Si tengo que pasarme tres meses trabajando con él tratando de contener mis ganas por devorarlo, me dará algo. – Se lamentó Carolina. – Pero si me acuesto con él durante los siguientes tres meses, entonces acabaré enamorándome de él como una idiota y cuando terminemos el proyecto él pasará de mí.

–  ¿Qué te hace pensar que él no se vaya a enamorar de ti? Jugáis con las mismas cartas, Carol. – Le recordó su hermano. – Si quieres un consejo, deja de pensar en lo que puede ocurrir y céntrate en el presente. Si te apetece seguir acostándote con él, hazlo. Ya te lamentarás cuando llegue el momento si es que llega, mientras tanto disfruta de lo que la vida te da, que no es poco.

–  Supongo que es una buena filosofía de vida. – Reconoció Carol. – Por cierto, ni se te ocurra hablar de esto con nadie. – Le advirtió. – Se supone que es algo que debe quedar entre nosotros.

–  ¿Ni siquiera se lo vas a contar a Lorena?

–  A Lorena no me hará falta contárselo, lo sabrá nada más mirarme a los ojos… – Se lamentó. – Me va a someter a un tercer grado y no me apetece en absoluto. Ni siquiera soy capaz de contestar mis propias preguntas, es como si mi cerebro se hubiera desconectado del resto de mi cuerpo y mi cuerpo actúa por voluntad propia, haciendo caso omiso de las órdenes del cerebro.

–  Siento ser yo quien te lo diga, pero me temo que ya estás colada por él.

Los dos hermanos continuaron con sus confidencias al mismo tiempo que no le quitaban el ojo de encima a su sobrina, que seguía entretenida jugando con los demás niños en el parque. Sobre las seis de la tarde se dirigieron a casa de sus padres, donde debían dejar a la pequeña Paula para que Cristina y su marido pasaran a recogerla a la hora de cenar.

–  ¡Por fin te vemos el pelo! – Se quejó Ángela, la madre de Carolina, Pablo y Cristina. – ¡Hace casi dos semanas que no te veo! Tanto trabajar y al final caerás enferma.

–  Estoy bien, mamá. – Le respondió Carol armándose de paciencia.

Su madre siempre se quejaba de que veía poco a sus hijos, aunque los viera un par de veces a la semana, por lo que no ver a su hija pequeña en casi dos semanas era algo horrible.

–  Ángela, tu hija tiene entre manos un proyecto importante, necesita tiempo para trabajar en él. – Medió su padre, quién solo tenía ojos para su hija pequeña, la niña de sus ojos. Besó a Carol en la mejilla y le dijo con la misma ternura que siempre utilizaba al dirigirse a ella: – ¿Cómo va el proyecto? ¿Has logrado llegar a entenderte con tu compañero?

–  Más o menos, papá. – Le respondió Carol tratando de ignorar la risa burlona de su hermano. – Lo cierto es que se nos está dando bastante bien trabajar en equipo pese a que esperaba todo lo contrario.

–  Nadie se resiste a mi encantadora princesa. – Dijo Antonio orgulloso de su hija pequeña. – Por cierto ya casi tengo tu coche arreglado, estoy pendiente de recibir dos piezas de Alemania para terminarlo.

–  Espero que esta vez le dure más de un mes. – Se mofó Pablo. – Carol conduce por la ciudad como si estuviera compitiendo por el mundial de Fórmula 1.

–  La tita Carol dice que me llevará a ver las carreras. – Comentó la pequeña Paula dejando de prestar atención a los dibujos animados que salían en la televisión. – ¿A que sí, tita Carol?

–  Sí, cariño. – Le confirmó Carol a la pequeña. – Pero ya sabes que para eso tendrás que ser muy buena y portarte muy bien.

–  ¡Yo soy muy buena! – Exclamó Paula. – ¿A que sí, abuelo?

–  Claro que sí, princesa. – Le respondió el orgulloso abuelo.

–  Demasiado buena tiene que ser para aguantar a su madre. – Murmuró Pablo sin que la niña le escuchara, provocando una carcajada en Carol.

–  ¿No os da vergüenza hablar así de vuestra hermana mayor? – Les regañó Ángela. Se volvió hacia a su marido y añadió: – Y tú, Antonio, ¿no les vas a decir nada?

–  ¿Y qué quieres que les diga, Ángela? – Contestó Antonio resignado. Y añadió encogiéndose de hombros: – Ya sabes cómo es tu hija, nació con cuarenta años.

Carolina pasó la tarde junto a su hermano, sus padres y su sobrina, pero no consiguió apartar de su mente a Lucas, martirizándola una y otra vez con el recuerdo de las imágenes y sensaciones de la noche anterior.

¿Qué diablos me está pasando?, se preguntó Carol cuando llegó a su casa. ¿Acaso Pablo va a tener razón y me estoy enamorando de Lucas?

Aquella noche, Carolina se metió en la cama con la intención de dormir, pero lo único que consiguió fue dar vueltas en la cama y darle aún más vueltas a la cabeza. Por suerte, aquella noche Lorena no fue a casa a dormir y Carolina tuvo un día más de tregua, aunque sabía que más temprano que tarde tendría que darle todos los detalles a su amiga, detalles en los que ella había tenido tiempo para pensar y asimilarlos.

Déjame sin aliento 7.

kh.g,j

Lucas abrió la puerta de su apartamento y dejó pasar a Carolina, que había permanecido en silencio desde que habían salido del Zen. Lucas hubiera preferido que estuviera más relajada, pero agradecía que no hubieran acabado discutiendo, así que la invitó a entrar y la guio hasta el amplio salón, donde la invitó a una copa para tratar de hacer desaparecer aquella incómoda tensión que se había estancado entre ellos:

–  ¿Te apetece una copa?

–  Sí, creo que más que apetecerme es una necesidad. – Le confirmó Carol.

Lucas sonrió y se marchó a la cocina a preparar un par de copas mientras Carolina dio una vuelta por el salón examinando las dos únicas fotografías que allí habían: una de una pareja de mediana edad, probablemente de sus padres, y otra de él junto a una joven bastante guapa. ¿Su novia?, pensó Carol, o lo que es peor, ¿su ex? Pero entonces se fijó en los ojos de ambos y dedujo que sería su hermana. Siguió observando la librería en la que reinaban los libros de arquitectura y arte, algunas biografías de arquitectos famosos por sus obras y algunas novelas policíacas. Se sentó en el sofá y observó el lugar con mayor amplitud de visión: un espacio amplio y con muchas ventanas, le gustaba la luz natural; los muebles tenían personalidad, la misma que su dueño, eran fuertes, bonitos y confortables; la decoración no era minimalista pero tampoco se excedía, había lo justo y necesario.

–  Aquí están las copas. – Le dijo Lucas dejando ambas copas sobre la mesa auxiliar y, tras haberse dado cuenta que Carol había estado analizando el escenario, le preguntó: – Y bien, ¿qué te parece mi casa?

–  Solo he visto el salón, no puedo hacer una crítica justa. – Le contestó Carolina con naturalidad. – Pero tengo que reconocer que tienes buen gusto para la decoración.

–  En ese caso, tendré que darle las gracias a mi hermana, ella se encargó de la decoración. – Le confesó él con una tímida sonrisa en los labios.

–  Conocer los gustos del cliente es primordial en nuestra profesión. – Opinó Carolina y añadió con complicidad: – Me gusta reunirme con los clientes en sus despachos o en sus casas, se descubre mucho de ellos y de sus gustos observando dónde trabajan y dónde viven.

–  Y tú, ¿qué has descubierto de mí? – Le preguntó Lucas con la voz ronca.

–  Me voy a reservar la opinión por el momento, de lo contrario no sería justa. – Le respondió Carolina divertida. Alzó su copa y, entrechocándola con la copa de Lucas, brindó: – Por nosotros y por ese proyecto que estoy segura que sacaremos adelante.

Tras brindar, ambos bebieron de su respectiva copa y se sonrieron. Lucas no sabía cómo actuar, temía que si se le lanzaba ella pudiera rechazarlo y se rompiera la magia que había surgido entre ellos momentos antes en el Zen y Carolina esperaba con ansia que él volviera a besarla y no entendía por qué no lo hacía. Lucas encendió la radio y sintonizó una emisora de música en español, pero el destino quiso que justo en ese momento empezara a sonar la canción “Breathless” de The Corrs y ambos intercambiaron una intensa mirada.

–  Si no fuera imposible, pensarías que lo has hecho a propósito. – Bromeó Carolina.

–  Tiene gracia, nunca me había parado a pensar lo que decía esta canción. – Confesó Lucas.

Ambos se miraban a los ojos con deseo mientras escuchaban lo que aquella canción les decía, ninguna otra canción hubiera significado tanto como aquella:

“So go on, go on, come on leave me breathless.

Temp me, tease me, until I can’t deny

This lovin’ feeling make me long for your kiss.

Go on, go on, yeah. Come on.”

–  Leave me breathless, me gusta como suena. – Le dijo Carolina con una sonrisa traviesa en los labios.

–  Será mejor que no sigas por ahí, o no me haré cargo de mis actos.

–  Ambos somos adultos y ambos sabíamos qué pasaría si subíamos juntos, ¿quieres echarte atrás ahora? – Le preguntó Carol sabiendo que Lucas no sería capaz de resistirse.

–  ¿Qué hay de las normas?

–  Quedará entre nosotros, no volverá a repetirse y nadie tiene por qué enterarse.

Lucas volvió a sonreír con travesura y se acercó a ella lentamente, le tendió la mano para ayudarla a levantarse y que se quedara de pie frente a él. Le había advertido que terminaría suplicándole que la dejara sin aliento y su mente maquinaba para terminar consiguiéndolo. Se consideraba un buen amante, pero con ella quería subir aún más el listón, aquella chica de rasgos dulces y lengua viperina que tenía delante le volvía loco y la quería solo para él, por lo que iba a tener que esforzarse si quería alejarla de todos los buitres que la acechaban. Primero besó sus labios, saboreándolos sin prisa, mientras sus manos se encargaban de acariciar su delicado cuerpo, empezando por la cintura para deslizarse hasta agarrar su trasero y estrujarlo con deseo, tanto que la alzó en los brazos y ella le rodeó la cintura con las piernas. Carolina no se hizo la tímida, aprovechó el momento para desabrocharle la camisa a Lucas y quitársela dejándola caer al suelo. Se entretuvo acariciando los marcados músculos de su abdomen mientras el caminaba con ella en brazos y la dejaba sentada sobre la mesa de comedor con sumo cuidado para así poder desnudarla mejor. Primero le quitó los zapatos de tacón, masajeó brevemente sus pies y continuó deshaciéndose de su ropa. Su blusa y sus pantalones no tardaron en caer al suelo junto a sus botines.

–  Eres preciosa. – Le susurró Lucas al mismo tiempo que deslizaba sus dedos siguiendo la línea de su clavícula, para acabar acariciando la suave piel de su cuello. Sus manos se abrieron paso hacia a su espalda con la intención de desabrochar el sujetador, pero no fue capaz de encontrar el cierre. – Será mejor que me digas cómo te quito el sujetador o me veré obligado a arrancártelo.

–  Creía que tendrías más experiencia en quitar la ropa interior de las mujeres. – Se mofó Carolina con una sonrisa traviesa en los labios. Se echó un poco hacia atrás y, exponiendo sus pechos, le señaló el cierre del sujetador situado entre ambos pechos. – Ahí está, ¿quieres que me lo quite o prefieres hacerlo tú?

Lucas le respondió con una amplia sonrisa y acto seguido le desabrochó el sujetador, dejando libres y al descubierto aquellos redondos y perfectos pechos de pezón pequeño y rosado. Tal fue la tentación que Lucas no pudo evitar llevárselos a la boca. Carolina se arqueó para facilitarle el acceso y disfrutó con las caricias que Lucas le estaba dando, dejándose llevar por el placer y sin importarle nada más. Lucas se dedicó por completo a su cuerpo, acarició cada recoveco de su piel, lamió y mordisqueó sus pezones, su clavícula, su cuello, los lóbulos de sus orejas y, cuando la tuvo donde quería, se deshizo del diminuto tanga que ella llevaba y deslizó sus dedos sobre su pubis para comprobar lo húmeda que estaba. Carolina gimió ante aquel contacto y Lucas, sonriendo con picardía, le susurró:

–  Quiero probar tu sabor, muñeca.

Acto seguido, hizo que Carolina se tumbara sobre la mesa y abrió sus piernas colocando sus pies sobre el filo de la mesa donde poder sujetarse, exponiendo el centro de su deseo para poder saborearlo. Hundió su rostro entre sus piernas y, separando los labios superiores con los dedos para facilitar el acceso, acarició con su lengua el abultado clítoris, rozándolo y presionándolo, mientras Carolina se estremecía disfrutando de aquel contacto. Lucas siguió disfrutando del sabor de Carolina hasta que notó que su cuerpo empezaba a temblar y se separó de ella, al mismo tiempo que a Carolina resoplaba con frustración.

–  No seas impaciente, muñeca. – Le dijo Lucas sonriendo maliciosamente. – Si quieres que continúe, solo tienes que pedírmelo.

–  Continúa. – Le rogó Carolina con un hilo de voz.

–  Será un placer, muñeca. – Le respondió Lucas.

Lucas no se hizo de rogar y continuó con lo que estaba haciendo. Lamió, presionó y mordisqueó el suave y abultado clítoris, succionó sus jugos deleitándose con el sabor de aquella mujer tan imprevisible que ahora estaba totalmente sumisa a sus caricias, hasta que sus músculos se tensaron y los espasmos del orgasmo convulsionaron su cuerpo mientras él se bebía hasta la última gota de su placer. Carolina cerró los ojos tratando de recomponerse tras aquel devastador orgasmo, pero Lucas no le dio tiempo, abrió de nuevo sus piernas y la penetró con profundidad, haciéndola gemir de nuevo.

–  Eso es, muñeca. Quiero oírte gemir otra vez. – La animó Lucas deslizando su mano hacia donde se unían sus cuerpos para acariciar y estimular nuevamente su clítoris, arrancando otro gemido de placer de la garganta de Carolina. – Oh, como me excitas, cariño. – Añadió besándola en los labios al mismo tiempo que entraba y salía de ella cada vez con más rudeza.

Sintió que el orgasmo empezaba a apoderarse de él y aceleró el ritmo de sus caricias en el centro de placer de ella, quería que alcanzaran juntos el orgasmo y sabía que no le iba a costar demasiado, tan solo tenía que aguantar un poco más. El cuerpo de Carolina se estremeció entre sus brazos y supo que se estaba corriendo cuando le mordió en el hombro para ahogar su grito, momento en el que Lucas se dejó llevar y se corrió dentro de ella para después derrumbarse junto a ella sobre la mesa. Ambos estuvieron así unos minutos hasta que sus respiraciones se normalizaron, cuando Lucas se incorporó y, cogiendo a Carolina en brazos, la llevó hasta a su habitación y la depositó con sumo cuidado sobre la cama.

–  Esto solo acaba de empezar, muñeca. – Le advirtió Lucas. – Pienso dejarte sin aliento.

Lucas y Carolina pasaron la noche disfrutando del placer que les entregaba el cuerpo del otro hasta que ambos se durmieron agotados al amanecer.

Déjame sin aliento 6.

kh.g,j

El teléfono móvil de David empezó a sonar a las siete y media de la mañana y despertó a Carolina y David, que habían pasado la noche durmiendo en el sofá del salón tras las copas de más que se bebieron la noche anterior. David buscó su móvil y, cuando lo encontró sobre la mesa, lo cogió y respondió la llamada. Era del trabajo, tenía una reunión a las ocho de la mañana y había quedado antes con el director de la empresa para prepararse para la reunión y ya llegaba tarde. Tras colgar, se dio una ducha en el baño de la habitación de invitados mientras Carol hacía lo propio en el baño de su habitación.

Tan puntual como había prometido, Lucas llamó al timbre a las ocho y David abrió la puerta mientras Carol terminaba de vestirse. La puerta se abrió y Lucas se topó de frente con David, hecho que hizo desaparecer el buen humor con el que Lucas se había despertado.

–  Buenos días. – Lo saludó David sonriendo maliciosamente. – Supongo que eres el compañero de trabajo de Carol, ¿verdad? Yo soy David, encantado.

–  Igualmente, soy Lucas. – Musitó Lucas educado pero distante.

–  Carol está terminando de vestirse, ahora mismo sale. – David le hizo un gesto para que entrara y cerró la puerta. – Voy a avisarla, dame un segundo. – Se dirigió a la habitación de Carol cuando se la encontró en el pasillo y, guiñándole un ojo con complicidad, le dijo en voz alta: – Tu compañero de trabajo acaba de llegar. – Le dio un beso en la mejilla cuando entraron juntos al salón y añadió para despedirse: – Recuerda lo que me prometiste anoche, no puedes echarte atrás.

–  Eso no es justo, no jugaste limpio. – Le reprochó Carol, pero David se esfumó sonriendo y ella se topó con Lucas, que hizo que se olvidara de todo lo demás. – Buenos días, Lucas. Perdona el retraso, se me ha echado el tiempo encima, pero ahora mismo preparo café.

–  Veo que has tenido una noche divertida. – Comentó Lucas al ver las dos botellas de vino vacías sobre la encimera de la cocina.

Carolina pudo haber contestado, pero prefirió callar. No tenía ninguna intención de contarle el más mínimo detalle de su vida privada, al menos no de aquella forma tan simple.

Tras desayunar, empezaron a trabajar en el proyecto y así pasaron todo el día y el resto de la semana. Contra todo pronóstico, conseguían trabajar juntos y lo cierto era que no se les daba nada mal. Ambos se sentían cómodos trabajando juntos y se dedicaban única y exclusivamente al proyecto, dejando a un lado todas sus diferencias. La tensión y atracción sexual seguía existiendo entre ellos y era cada vez mayor, pero ambos se esforzaban en ignorarla sin demasiado éxito.

El viernes por la mañana tuvieron la primera reunión con los hermanos Luján para hablar de cómo iba el proyecto y los dos hermanos se quedaron tranquilos al comprobar con sus propios ojos la profesionalidad de aquellos dos arquitectos.

El sábado continuaron trabajando en casa de Carol y, cuando estaban a punto de dar las ocho de la tarde, Lorena entró en el apartamento acompañada de Jordi. Tras saludarse, Lorena le guiñó un ojo a su amiga sin que ninguno de los dos hombres la viera y propuso con una amplia sonrisa en los labios:

–  ¿Os apetece salir a cenar los cuatro juntos? Después podemos ir a tomar una copa.

Una hora más tarde, los cuatro estaban cenando en un restaurante cercano y se divertían charlando alegremente. Después de cenar se dirigieron al Zen a tomar una copa, pero Lorena y Jordi ni siquiera esperaron a terminarse la copa para marcharse, dejándolos a solas.

Estaban hablando del proyecto cuando Carol vio entrar en el local a Raúl, el hijo de Ricardo Villa, el principal cliente del gabinete Luján, y se puso pálida. Lucas, que fue consciente de su reacción, se acercó a ella y le preguntó al oído:

–  ¿Te encuentras bien?

–  Acaba de entrar en el Zen Raúl Villa, no quiero que me vea.

–  ¿Por qué? ¿Qué problema hay?

–  Es muy pesado e insistente y no puedo decirle lo que pienso porque su padre es el principal cliente del gabinete y, teniendo en cuenta mi capacidad para morderme la lengua, es mejor que no me vea.

–  Tengo una idea mejor que te librará de ese tipo, ¿te fías de mí?

–  No puede ser peor de lo que ya es, así que no tengo nada que perder. – Le respondió Carolina encogiéndose de hombros.

–  En ese caso, tú solo tienes que seguirme la corriente. – Lucas agarró de la cintura a Carol y la arrastró a la pista de baile hasta quedar frente a la barra donde se había acomodado Raúl. Estrechó a Carolina contra su cuerpo y le susurró al oído: – Ya ha puesto sus ojos en ti, ahora solo tienes que besarme.

–  ¿Cómo? – Preguntó Carol con el corazón desbocado.

–  Si quieres que ese tipo te deje en paz, lo mejor es que piense que estás con otro. – Le dijo Lucas armándose de paciencia. – Hoy es tu día de suerte, me tienes dispuesto a echarte una mano. ¿Os es que tienes miedo de acabar suplicando que te deje sin aliento?

Carolina no se lo pensó dos veces y le besó, consciente de lo que aquel beso desataría en su interior, tan consciente como lo era Lucas y aun así él le correspondió con la misma pasión. Sentado a la barra del bar, Raúl les observaba sin dar crédito a lo que veía. Aquella chica de cabello dorado y ojos felinos le había gustado desde la primera vez que la vio, pero ella siempre le había rechazado educadamente alegando que su norma número uno era no mezclar el trabajo con el placer y él estaba relacionado con el trabajo, aunque no directamente, por lo que no entendía qué hacía besándose con Lucas Molina, uno de los arquitectos del gabinete para el que trabajaba, aunque de distinta oficina.

–  Creo que ya se ha dado cuenta. – Le susurró Lucas despegando sus labios de los de ella. – ¿O quieres repetir para asegurarlo?

–  Esto no es una buena idea. – Murmuró Carol recobrando la sensatez, o al menos parte de ella. – Raúl seguro que sabe quién eres y si no lo sabe no tardará en averiguarlo.

–  ¿Y qué hay de malo en que sepa quién soy? – Le preguntó Lucas con semblante serio.

–  Si se entera que trabajamos juntos, lo echamos todo a perder. – Le respondió Carol pero, al ver que él seguía sin comprender nada, le aclaró: – Cada uno tenemos nuestras propias normas y una de mis normas es no mezclar el trabajo con el placer, puede que ya no tenga que seguir dándole calabazas, pero si se entera de quién eres podemos tener problemas, su padre es uno de nuestros principales clientes.

–  ¿Eso significa que no quieres repetir? – Le preguntó Lucas burlonamente. Le daba igual lo que aquel pijo niño de papá pensara de ellos y sabía que ni Moisés ni Fernando les recriminarían nada, incluso Moisés le había propuesto a Carolina denunciarlo. – Será mejor que nos aseguremos…

Lucas volvió a besarla antes de que Carol cambiara de opinión y le dejara allí excitado y con un palmo de narices. A Carolina ya no le quedaba más fuerza de voluntad para resistirse y menos si Lucas se le echaba encima como acababa de hacer.

–  Vámonos de aquí. – Sentenció Lucas tras ese beso.

Ambos salieron del pub y se montaron en el coche de Lucas, que condujo hasta aparcar en la plaza de parking del edificio donde vivía. Carolina sabía perfectamente dónde estaban y qué pasaría si subía con él al apartamento pero, aún y así, no se opuso y dejó que Lucas la guiara.

Subieron a la sexta planta en el ascensor y la tensión les envolvió de nuevo. Ambos sabían cómo acabarían la noche pero ninguno sabía cómo volver a empezar donde lo dejaron el Zen.

Déjame sin aliento 5.

kh.g,j

Carolina entró en su despacho y se dejó caer sobre su sillón sin dar crédito a lo que acababa de hacer. Había aceptado trabajar junto a Lucas en un proyecto que tenían que entregar en tres meses, lo que significaba que tendría que dedicar las noches y los fines de semana a seguir trabajando para entregar el proyecto a tiempo. Si no soy capaz de mantener una conversación con él sin que me saque de quicio o me excite, ¿cómo voy a conseguir trabajar con él en el proyecto?, pensó Carolina. Pero unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos y, tras respirar profundamente para serenarse, dijo en voz alta:

–  Adelante.

La puerta se abrió y ante ella apareció Lucas. A diferencia de las otras veces en las que habían coincidido, esta vez él no tenía esa sonrisa burlona y desenfadada en los labios, más bien parecía preocupado.

–  ¿Podemos hablar un momento? – Preguntó Lucas con suavidad para no empeorar las cosas.

–  Supongo que sí.

Lucas aceptó aquella invitación, entró en el despacho de aquella mujer que le volvía loco por diferentes razones y cerró la puerta antes de sentarse frente a ella.

–  Tú dirás. – Le animó Carolina.

–  Si vamos a trabajar juntos en el proyecto, necesitamos seguir algunas normas, vamos a pasar mucho tiempo juntos y tendremos que intentar llevarnos bien, ¿no crees?

A Carolina le gustó la profesionalidad de Lucas y que, por primera vez desde que se conocían, estaba manteniendo una conversación normal con ella.

–  Por una vez, estamos de acuerdo en algo. – Opinó Carolina.

–  Siempre hay una primera vez para todo. – Le recordó Lucas sonriendo de una manera que hizo que Carolina se estremeciera. – Tenemos que entregar el proyecto en tres meses, no es mucho tiempo pero, si nos esforzamos, estoy seguro que formaremos un buen equipo.

–  Sabes que acabaremos matándonos, ¿verdad? – Le recordó Carolina por si acaso se hubiera olvidado.

–  Esa no es la actitud, muñeca.

–  Y desde luego esa tampoco. – Le reprochó Carol molesta.

–  Vale, para que veas que pienso de verdad en lo que estoy diciendo, te invito a comer.

–  Gracias, pero ya tengo planes.

–  Sigue sin ser la actitud. – Le reprochó Lucas. – Pon de tu parte, se supone que acabamos de acordar que intentaríamos llevarnos bien. Yo también tengo planes para salir a comer, pero pienso cancelarlos para comer contigo.

–  ¿Vas a anular la cita con tu dentista? – Se mofó Carolina.

–  Si quieres guerra, tendrás guerra, muñeca. – Le advirtió Lucas.

–  Lo siento, es la costumbre. – Se disculpó Carol con una sonrisa traviesa en los labios. – He quedado con Lorena y su hermano, deja que les envíe un mensaje para que sepan que no voy.

Lucas había quedado con Jordi, podría haber propuesto que se unieran todos, pero prefirió callarse y salir a solas con Carolina, necesitaba poder pasar un rato con ella para conocerla mejor y no pensaba desaprovechar aquella oportunidad.

Una hora más tarde, estaban sentados uno frente al otro mientras bebían una copa de vino y charlaban mientras esperaban a que el camarero les sirviera la comida.

–  Tendríamos que acordar unos horarios y un punto de encuentro, ¿dónde te gusta trabajar en tus proyectos? ¿Tienes algún lugar especial donde poder concentrarte? – Le preguntó Lucas para entablar de nuevo conversación.

–  Suelo trabajar en casa, allí tengo mi despacho y todo lo que necesito: una cama, una cocina y un baño, así no pierdo tiempo trasladándome de un lugar a otro. – Le respondió Carol encogiéndose de hombros.

–  De acuerdo, trabajaremos en tu casa. – Sentenció Lucas sin dejar pasar la oportunidad de colarse en su vida con un simple juego de palabras.

Carolina iba a protestar, pues ella no le había invitado en ningún momento y él había tomado la decisión con descaro, pero una vez evaluó la situación, le resultó una oferta tentadora que no tuvo fuerzas para negarse.

–  Está bien, pero tendremos que pactar unos horarios para no molestar a Lorena.

–  Perfecto, ya hemos llegado a otro acuerdo. – Le contestó Lucas con una seductora sonrisa en los labios que dejaba entrever su doble intención. – Vamos a ver qué tal se nos dan los horarios. Tendremos que dedicarle muchas horas diarias al proyecto, prefiero que nos sobre tiempo a tener que improvisar en el último momento. Doce horas al día, de lunes a sábado, ¿qué te parece?

–  Me parece bien. – Contestó Carolina.

–  No me puedo creer que todo esto sea tan fácil. – Comentó Lucas sorprendido.

El camarero les trajo la comida y ambos continuaron charlando tranquilamente sobre posibles ideas para el proyecto y sin lanzarse pullas el uno al otro. Después de comer Lucas insistió en llevar a Carolina a su casa con la excusa de que tenía que aprender el camino si el lunes iba a tener que dirigirse allí.

–  Es aquí. – Le indicó Carol cuando llegó al portal de su edificio. – Gracias por traerme, nos vemos el sábado. Por cierto, el piso es el Ático B.

–  Estaré aquí el lunes a las ocho y te traeré el desayuno para que veas mi buena fe. – Le dijo Lucas con una amplia sonrisa. – Pero tú te encargas del café.

–  Te veo el lunes a las ocho, espero que seas puntual porque odio que me hagan esperar. – Le respondió ella mientras se despedía con un beso en la mejilla que a punto estuvo de rozar la comisura de sus labios.

–  Hasta el lunes, Carolina. – Se despidió Lucas notando como su entrepierna se abultaba.

Carolina necesitó toda la tarde para asimilar todo aquello, ahora tendría que pasar doce horas diarias con Lucas en su casa y trabajando codo con codo. Cuando llegó la noche, Carolina no dejó de dar vueltas tratando de dormir y, cuando por fin lo consiguió, Lucas volvió a aparecer en sus sueños, más romántico y seductor que nunca.

El domingo por la noche, Lorena salió a cenar con Jordi y avisó a Carol que no regresaría a dormir a casa, se quedaría en casa de Jordi, por lo que Carol decidió quedarse en casa y adelantar algo sobre el proyecto.

A las nueve de la noche, cuando estaba a punto de dirigirse a la cocina para preparar algo de cenar, alguien llamó a la puerta y Carol fue a abrir, era David, el hermano de Lorena.

–  ¿Qué haces aquí? Lorena no está y no va a regresar. – Lo saludó divertida.

–  En realidad, he venido a verte a ti. – Le respondió David con una sonrisa que Carol sabía no le iba a traer nada bueno. – ¿No vas a invitarme a pasar?

–  Pasa, anda. ¿Has cenado?

–  No, confiaba en que tú tampoco hubieras cenado y cenar juntos. ¿Pedimos pizza?

Un par de horas más tarde, ambos habían cenado pizza y continuaban bebiendo, aunque habían pasado de la cerveza al vino.

–  Será mejor que me digas lo que has venido a decir porque si esperas un poco más mañana no me acordaré. – Le dijo Carol ya bajo los evidentes signos del alcohol.

–  Necesitaba que estuvieras relajada para decírtelo, pero creo que ya nos hemos relajado suficiente los dos. – Bromeó David. – El caso es que necesito que me acompañes a…

–  ¡No! ¡Ni lo sueñes! – Le interrumpió Carol sin dejar que terminara de hablar. – El año pasado ya te dije que sería la última vez que te acompañaba, te dije que te buscaras a otra.

–  ¡Y lo hice! – Se excusó David. – Pero ayer me vio con otra chica y dudo mucho que, después del numerito que se montó, quiera venir conmigo y, sinceramente, yo tampoco quiero que venga. Es la fiesta anual del aniversario de la empresa para la que trabajo como director de recursos humanos, necesito a alguien de confianza, que tenga mucha clase y que además sea una auténtica belleza.

–  De acuerdo, iré contigo otra vez a la fiesta, pero te costará caro, te lo advierto. – Le aseguró Carol tras tomárselo mejor de lo que cabía esperar. – Pero esta vez sí que será la última, el año pasado me encontré con tres de tus ex amigas en el baño y casi me sacan los ojos.

–  No tienes de qué preocuparte, yo seré tu guardaespaldas. – Se mofó David.

Continuaron bromeando y bebiendo hasta que, pasadas las dos de la madrugada, se quedaron dormidos en el sofá uno al lado del otro, como los dos grandes amigos que eran.

Déjame sin aliento 4.

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Carolina había pasado una semana bastante agitada. Desde que el sábado por la noche se encontró de nuevo con Lucas, su imaginación tenía voluntad propia y no obedecía a la razón. Necesitaba mantenerse concentrada en el trabajo para no pensar en él y, por las noches, era inevitable que apareciera en sus sueños y se adueñara de su subconsciente.

–  Carol, ¿me estás escuchando? – Le preguntó Lorena a su amiga zarandeándola por el brazo al ser la tercera vez que le hablaba sin obtener respuesta.

–  ¿Qué? – Preguntó Carolina distraída. – Perdona, no te estaba escuchando.

–  Lo sé, llevas así toda la semana. – Se quejó Lorena. – Te estaba preguntando por el proyecto, ¿sabes ya si han tomado una decisión?

–  No, aún no. – Respondió Carolina mientras terminaba de tomarse el café antes de ir al trabajo. – Esta mañana tenemos una reunión con los inversores, espero que hayan escogido a nuestro gabinete. – Cogió su bolso, le dio un beso en la mejilla a Lorena y añadió antes de salir rumbo al trabajo: – Me voy que llego tarde, ¿comemos juntas?

–  He quedado con David en el restaurante vasco que hay a dos calles de tu oficina, ¿te apuntas?

–  Sí, te llamo cuando salga de la reunión.

Lucas estaba en el gabinete del hermano y a la vez socio de su jefe, Fernando Luján. Fernando había creado junto a su hermano Moisés un gabinete de arquitectos pero cuando alcanzaron la fama decidieron dividirlo en dos partes y cada uno se ocupaba de una en sus respectivas oficinas. Pese a que estaban ubicados en distintos edificios, a efectos prácticos seguían siendo un único gabinete.

Esta vez se habían reunido para  recibir la visita de unos inversores muy importantes que habían organizado una especie de competición entre gabinetes de arquitectos de todo el mundo y el ganador se haría con el contrato del diseño de un museo de arte e historia que otorgaría al gabinete mucho dinero y un mayor reconocimiento a nivel internacional. Fernando le había hecho participar y había enviado su proyecto justo un día antes de conocer a Carolina. Si la hubiera conocido antes, no hubiera sido capaz de concentrarme y acabar el proyecto, reflexionó Lucas mientras esperaba sentado en aquella sala de reuniones a que los inversores llegaran.

–  Buenos días, Lucas. – Lo saludó Moisés, el hermano de Fernando. – ¿Qué tal va todo?

–  Buenos días, señor Luján. – Le dijo Lucas estrechándole la mano. – Estoy impaciente por conocer la decisión de los inversores.

–  Lo sabremos en una hora. – Respondió Moisés alegremente, pero su gesto cambió cuando vio entrar en la oficina al mensajero de la floristería cargado de ramos de rosas. – Me temo que el día se nos acaba de complicar.

–  ¿Qué ocurre, hermano? – Le preguntó Fernando al ver su reacción.

Pero no hizo falta que Moisés le explicara nada porque en ese preciso momento salió del ascensor Carolina y, tras intercambiar un par de palabras con la recepcionista, cogió la tarjeta que acompañaba aquellos ramos y, tras leerla, la introdujo en la trituradora de papel y se encaminó hacia la sala de reuniones, donde los tres hombres la observaban tras aquella pared de cristal.

–  Buenos días. – Saludó Carolina alegremente al entrar en la sala de reuniones, pero su gesto se endureció al ver allí a Lucas.

–  Buenos días, Carolina. – La saludó Fernando con un par de besos en la mejilla. – Me alegro de verte, sigues tan preciosa como siempre.

–  Yo también me alegro de verte, Fernando. – Le respondió algo aturdida. Se volvió hacia a Moisés y le preguntó: – Moisés, ¿podemos hablar un momento? En privado.

–  ¿No piensas saludar a los amigos, Carolina? – Le dijo Lucas molesto por su actitud.

–  ¿A qué amigos? – Le replicó Carolina.

Fernando y Moisés se miraron sorprendidos y el segundo preguntó:

–  ¿Os conocéis?

–  Más o menos. – Respondió Carolina. – ¿Podemos hablar? Es importante, estoy tratando de evitar que tu gabinete se convierta en un maldito jardín botánico.

–  Hablaré con él y, si vuelve a molestarte, le denunciaremos. ¿O prefieres que le denunciemos ya? – Le preguntó Moisés queriendo saber su opinión.

–  Me da igual lo que hagas, sólo quítamelo de encima si no quieres tener que pagar mi fianza. – Le respondió Carolina en un susurro pero que fue audible para todos los allí presentes.

Lucas prefirió no abrir la boca, no tenía ni idea de qué hacía allí Carolina y mucho menos de la extraña conversación que acababa de mantener con Moisés.

–  Carolina, no sé si ya conoces a Lucas Molina, es el mejor arquitecto de mi gabinete. – Le dijo Fernando tratando de suavizar la situación. Se volvió hacia a Lucas y añadió: – Lucas, Carolina Hernández es tan buena como tú en su trabajo, estoy seguro de que tenéis mucho en común.

–  Ni se te ocurra seguir por ahí, hermano. – Le recriminó Moisés. – No pienso dejar que te la lleves.

Lucas y Carolina se estrecharon la mano educadamente y ambos sintieron como el cuerpo del otro se estremeció ante aquel contacto. Lucas sonrió y Carolina se ruborizó, algo que no pasó inadvertido para los dos hermanos que observaban divertidos a aquellos dos jóvenes.

–  Bueno, os hemos reunido una hora antes de la reunión con los inversores porque hay algo que no sabéis. – Empezó a decir Moisés. – Os pedimos a ambos que presentarais un proyecto para el museo y teníamos que decidir entre uno de los dos, pero no fuimos capaces. Tras negociar con los inversores, accedieron a que presentáramos dos proyectos y eso hicimos. Y eso significa que nos hemos presentado al concurso por separado.

Los inversores llegaron antes de tiempo y los hermanos Luján no quisieron hacerles esperar. Tras hacer las presentaciones oportunas, todos se sentaron alrededor de la rectangular mesa de la sala de reuniones y uno de los inversores empezó a decir:

–  Les permitimos presentar los dos proyectos por separado ya que ustedes alegaron que eran incapaces de decirse por uno de ellos. – Hizo una pausa para dar más expectación a sus palabras y añadió: – El caso es que nos ha resultado fácil descartar al resto de gabinetes, pero nos ha ocurrido lo mismo con sus dos proyectos, no hemos sabido decidirnos por uno. Nos gusta la seguridad y la personalidad del edificio diseñado por el señor Molina, pero la pasión y la clase del edificio de la señorita Hernández nos ha dejado a todos impresionados, por no mencionar lo doblemente impresionados que estamos al constatar su juventud.

–  Y, eso exactamente, ¿qué significa? – Preguntó Moisés cansado de tanto rodeo.

–  Como no hemos podido decidirnos por ninguno de los dos proyectos, hemos pensado que lo ideal sería que ambos diseñaran en conjunto un nuevo proyecto, queremos un edificio con vuestras cualidades porque encajan a la perfección, tan solo tenéis que trabajar en equipo. ¿Hay algún problema con eso?

Los hermanos Luján volvieron a intercambiar su mirada, pero esta vez con preocupación. Ambos conocían el carácter de esos dos arquitectos y sabía que aquello no iba a acabar bien, pero tampoco querían que los inversores estuvieran al corriente de los problemas internos. Por suerte, Carolina y Lucas, conscientes de que aquello no era un juego y que de ello dependía su profesión, contestaron al unísono:

–  No hay ningún problema.

Fernando y Moisés respiraron aliviados, habían estado conteniendo la respiración desde que los inversores preguntaron y los arquitectos respondieron. Una vez acordaron un plazo de entrega del proyecto de tres meses, se despidieron de los inversores y los cuatro se quedaron de nuevo a solas en aquella sala de reuniones.

Moisés fue el primero en hablar, sabiendo que ambos arquitectos eran de armas tomar y que aquella encerrona no les haría gracia a ninguno de los dos, especialmente a Carolina, que desde que entró a trabajar en el gabinete dejó sus normas muy claras y una de ellas era que jamás mezclaba el trabajo con el placer y que por placer se refería a todas aquellas personas a las que hubiera conocido fuera del ambiente laboral o que tuvieran otras intenciones para acercarse a ella que no tuviera nada que ver con él con el trabajo. De hecho, ya está bastante molesta por el acoso floral al que la está sometiendo el hijo de Ricardo Villa, uno de nuestros mejores clientes, pensó para sus adentros Moisés antes de decir en voz alta:

–  Sé que esto no es lo que ninguno teníamos pensado, pero así son los negocios. Ambos le habéis asegurado al inversor que no iba a haber ningún problema, ¿debo creer que va a ser así?

–  Ambos somos adultos y responsables, lo suficiente como para saber mantener nuestras diferencias personales alejadas mientras trabajemos juntos. – Le aseguró Lucas.

–  ¿Carol? – Preguntó Moisés esperando su respuesta.

–  Sabes tan bien como yo que no es una buena idea, pero tampoco tenemos alternativa. – Reconoció Carolina tratando de asimilar que iba a tener que trabajar codo con codo con Lucas.

–  En ese caso, el lunes empezaréis el nuevo proyecto juntos. – Sentenció Fernando. – El próximo viernes volveremos a reunirnos para que nos informéis de cómo vais evolucionando.

Tras escuchar aquellas palabras, Carolina asintió y, tras disculparse para atender un asunto supuestamente urgente, salió de aquella sala de reuniones tan cargada de tensión y se adentró en la seguridad de su confortable despacho. Necesitaba estar sola para asimilar los últimos acontecimientos y no podía pensar con la mirada penetrante de Lucas fijada en ella.