Archivo | agosto 2016

Empezar de cero 3.

Empezar de cero

Aparco frente a la pensión y salgo del coche corriendo bajo la lluvia para refugiarme, aunque ya poco importa porque estoy completamente empapada.

Abro la puerta de la pensión y entro como alma que lleva al diablo, hasta que me topo con la espalda de un tipo que se vuelve hacia mí y, mirándome de arriba a abajo con prepotencia, me espeta con arrogancia:

–  Deberías mirar por dónde vas.

Lo fulmino con la mirada y, cuando abro la boca para mandarlo a la mierda, Rosalía aparece de la nada y, llevándose las manos a la cabeza, me dice:

–  Muchacha, pero ¿cómo se te ocurre conducir con la que está cayendo y sin apenas conocer estas endemoniadas carreteras? Ve a darte una ducha y a ponerte ropa seca, te prepararé un plato de sopa caliente. – Se vuelve hacia el tipo y le regaña: – Y tú, jovencito, deberías tratar mejor a las señoritas o no encontrarás a ninguna que te soporte.

–  Estoy de acuerdo contigo, Rosalía. – Añado para molestar al tipo que me fulmina con la mirada. – Voy a darme una ducha.

Subo las escaleras hacia a la primera planta y entro en mi habitación sin molestarme en volver a mirar a ese tipo tan amargado. Me doy una ducha con agua caliente para reestablecer la temperatura de mi cuerpo y me pongo unos tejanos y un jersey antes de volver a bajar al hall, donde el mismo tipo de antes continua hablando con Rosalía, pero se calla en cuanto me ve.

–  ¿Te ocurre algo, Rosalía? – Le pregunto al ver su cara de preocupación.

–  No es asunto tuyo. – Me responde el tipo.

–  ¡Gonzalo! – Le regaña Rosalía. Se vuelve hacia a mí y añade: – Disculpa a mi nieto, Natalia tendría que haber regresado de Destins hace más de una hora y no sabemos nada de ella.

–  Probablemente se haya retrasado debido a la tormenta. – Trato de tranquilizarla después de mirar por la ventana y comprobar que sigue lloviendo. – Habrá parado hasta que pase la tormenta.

–  Voy a buscarla. – Dice Gonzalo.

–  No creo que sea una buena idea. – Opino. – Rosalía, Natalia necesita que le deis un voto de confianza y si él la va a buscar se molestará bastante.

–  Y tú, ¿qué sabrás? – Me espeta Gonzalo.

–  Por desgracia, más de lo que me gustaría. – Le contesto. Me vuelvo hacia a Rosalía de nada sirve tratar de hablar con su nieto, y le digo: – Dame el número de teléfono de Natalia, estoy segura de que si la llamo desde mi móvil contestará. – Rosalía me obedece de inmediato y yo marco su número en mi móvil mientras Rosalía y Gonzalo se desafían con la mirada. – ¿Natalia? Hola, soy Dayana. ¿Dónde estás?

–  Hola, Dayana. ¿Estás con mi abuela?

–  Sí, estoy con ella. – Le respondo. – Estaba preocupada porque te hubiera pillado la tormenta en la carretera, ¿estás bien?

–  Sí, pero estoy parada en la carretera, me da miedo seguir conduciendo con esta tormenta, no estoy acostumbrada a conducir demasiado. – Suspira profundamente y añade: – Dayana, sé que te voy a parecer una idiota pero, ¿podrías venir a buscarme? Llevo más de una hora aquí parada y no deja de llover, mi otra alternativa es avisar a mi primo Gonzalo, que me dará el sermón y no estoy preparada para enfrentarme a él en este momento.

–  No te preocupes, ahora mismo voy a buscarte. – Le respondo. – Dime dónde estás.

–  En la carretera de Destins a Bahía del Mar, ¿cuánto tardarás?

–  Media hora, como mucho. – Le contesto. – No te muevas de donde estás.

En cuanto cuelgo, Rosalía me pregunta:

–  ¿Está bien? ¿Qué le ha pasado?

–  Está bien, le da miedo conducir con tanta lluvia y está parada en la carretera, esperando que deje de llover. – La tranquilizo. – Voy a buscarla porque, según me ha dicho, la otra alternativa es llamar a su primo Gonzalo y no está de humor para escuchar un sermón.

–  ¿Eso te ha dicho? – Me pregunta sorprendido y dolido.

–  No se lo tengas en cuenta, es una adolescente de diecinueve años que trata de encontrar su camino, lo único que quiere ver ella es que todo el mundo está en su contra, a pesar de que todo lo que hacéis es para que ella sea mejor persona.

–  Me desvivo por ella y cuando tiene un problema recurre a una completa desconocida antes que a mí, su propia familia. – Se lamenta Gonzalo. – ¿Qué estoy haciendo mal?

–  No creo que estés haciendo nada mal. Natalia recurre a sus amigos para resolver sus pequeños problemas pero estoy segura de que si tuviera un gran problema os llamaría a vosotros. – Le contesto con sinceridad. – Voy a buscarla y, cuando regresemos, intenta ser amable con ella y trata de apoyarla en vez de juzgarla.

–  La muchacha tiene razón, eres demasiado duro con ella y por eso no confía en ti, porque cree que si te llama a ti para pedirte ayuda la regañarás. – Puntualiza Federico.

–  Ahora la culpa será mía. – Protesta Gonzalo.

Rosalía coge del brazo a su nieto y se lo aprieta en señal de apoyo y yo aprovecho para salir en busca de Natalia y darles la privacidad que necesitan.

Entiendo a Natalia perfectamente, yo también pasé por esa época en mi vida en que creía que todo el mundo conspiraba en contra de mí cuando lo único que pretendían era protegerme. Aún recuerdo cómo mi tío trataba de hacérmelo entender, pero yo solo era una adolescente que no quería entender nada que no fuera lo que yo creía. Natalia tiene suerte de tener a sus abuelos y a su primo que tanto se preocupan por ella, yo solo tenía a mi tío y murió hace cinco años.

Conduzco entre la lluvia por la carretera que va a Destins y, más o menos a mitad de camino, me encuentro con el Ford Focus verde de Natalia, hago un cambio de sentido y detengo mi coche delante del suyo. Bajo del coche y Natalia también baja de su coche y viene corriendo hacia a mí para abrazarme.

–  ¿Estás bien? – Le pregunto. – Me temo que te pasa algo más que haberte quedado en medio de esta carretera, vamos al coche y me lo cuentas de regreso a la pensión.

Natalia empieza a sollozar y yo la brazo con fuerza, sin importarme que estemos al aire libre, bajo una intensa lluvia y que vuelvo a estar empapada. La acompaño hasta la puerta del copiloto y la ayudo a sentarse, para después rodear mi coche y sentarme en el asiento del conductor. Arranco el coche y empiezo a conducir de regreso a la pensión.

–  Te estoy poniendo el coche perdido de agua. – Me dice Natalia entre sollozos.

–  No te preocupes por eso, ya se secará. – Le respondo. – ¿Quieres contarme lo que te pasa?

–  Había quedado con mi novio, no lo veía desde San Valentín porque Gonzalo me ha tenido en clausura desde entonces. – Me empieza a decir con un hilo de voz. – Cuando he llegado al bar dónde habíamos quedado él no estaba, así que le he ido a buscar al bar donde siempre están sus amigos y allí me lo he encontrado comiéndole la boca a una maldita zorra pelirroja.

–  Siento el chasco que te has llevado pero, si lo piensas bien, es lo mejor que te ha podido pasar. – Le contesto con voz dulce. – Cuanto menos tiempo pierdas con ese cabrón, mejor. – Natalia hace un mohín y añado: – Piénsalo, ¿de verdad te hubiera gustado perder más tiempo con él cuando él ni siquiera se ha dignado a esperarte un par de semanas?

Natalia lo piensa durante unos instantes y finalmente dice:

–  Al final voy a tener que darle las gracias a Gonzalo.

–  Él y tus abuelos solo quieren protegerte como lo harían tus padres, no deberías ser tan dura con ellos, solo quieren lo mejor para ti.

Llegamos a la pensión y aparco en el mismo sitio de siempre. Bajamos del coche y Natalia camina a mi lado nerviosa para, antes de entrar en la pensión, abrazarme buscando fuerzas y un punto de apoyo.

–  No te preocupes, todo va a salir bien. – Le susurro devolviéndole el abrazo.

Entramos en la pensión y en el hall nos esperan Rosalía, Federico y Gonzalo. Rosalía corre a abrazar a Natalia y Natalia le corresponde el abrazo. Federico recibe a su nieta de la misma forma que Rosalía, pero Gonzalo ni se inmuta, la mira de arriba a abajo para comprobar que no tiene ni un rasguño y después me mira a mí con frialdad.

Natalia se vuelve hacia a su primo y, sorprendiéndolos a todos, le dice:

–  Gracias, Gonzalo. – Le da un abrazo y añade: – Siento todo lo que te he dicho últimamente, sé que solo quieres lo mejor para mí.

Gonzalo abraza a su prima y me mira esperando una explicación, pero yo tan solo me encojo de hombros y con una amplia sonrisa les digo antes de retirarme a mi habitación: – Voy a darme otra ducha o acabaré resfriándome de verdad.

–  Espera Dayana, subo contigo. – Me dice Natalia.

–  No tardéis, estoy preparando la cena. – Nos dice Rosalía y después le pregunta a su nieto: – ¿Te quedas a cenar con nosotros, verdad?

–  Sí, te ayudo a preparar la mesa, abuela. – Le responde Gonzalo sin dejar de mirarnos a mí y a Natalia simultáneamente.

–  ¿Qué rollo te traes con mi primo Gonzalo? – Me pregunta Natalia en cuanto subimos las escaleras a la primera planta.

–  Ninguno. – Le contesto. – Le he conocido antes de salir a buscarte y creo que me odia.

–  Pues a mí me ha parecido que te miraba de cualquier forma menos con odio. – Se mofa Natalia riéndose.

Entre risas, cada una se adentra en su habitación. Cojo otros pantalones tejanos y otro jersey y entro en el baño para darme una ducha rápida. Mientras me ducho estornudo un par de veces y estoy segura de que acabaré constipada debido a tanto paseo bajo la intensa lluvia.

Empezar de cero 2.

Empezar de cero

A la mañana siguiente me despierto fresca como una rosa y, al ver que solo son las siete de la mañana, decido salir a correr por el campo. Algo bueno tiene que tener vivir en un pueblo, el aire siempre es más puro. Bajo las escaleras y saludo a Federico, que me devuelve el saludo mirando su reloj perplejo.

Corro a buen ritmo y decido ir dirección a la montaña en vez de a la playa, tengo curiosidad por recorrer los caminos de tierra de los que tanto me ha hablado Valeria.

Después de media hora corriendo, ni siquiera sé dónde estoy. Continúo por un estrecho sendero que me lleva a una explanada donde hay tres caballos en una cerca junto a un establo. Uno de los caballos, el negro, está solo mientras los otros dos trotan a su royo por la cerca. Me acerco a la valla de madera y me quedo a un par de metros del caballo solitario.

–  ¿Qué te pasa? ¿Estás triste y no quieres jugar con tus compañeros? – Le pregunto al caballo, sabiendo de ante mano que no me va a responder. – Yo también estoy triste, pero he salido a correr y ahora me siento mucho mejor. Quizás deberías hacer lo mismo. – El caballo rebuzna como si estuviera protestando y le digo riendo: – Ya veo que a ti tampoco te gusta que te digan lo que tienes qué hacer, nos parecemos mucho más de lo que te puedes llegar a imaginar, teniendo en cuenta que tú eres un caballo y yo una mujer, un desastre de mujer, pero una mujer al fin y al cabo.

El caballo negro da un par de pasos y se me acerca temeroso. Le acaricio suavemente la cara y noto como se relaja, no se inquieta.

–  Te voy a llamar Solitario, aunque probablemente tu dueño tenga otro nombre para ti. – Le digo con voz relajada para que no se tense. – Pero puede ser nuestro secreto, no veo a nadie por aquí que pueda oírnos.

Solitario rebuzna de nuevo, pero esta vez como queriendo que entre en la cerca con él, así que me fio de mis instintos y, sabiendo que me estoy metiendo en la propiedad de alguien sin permiso y que estoy hablando con su caballo, salto la cerca. Al final acabaré detenida o, aún peor, encerrada en un centro psiquiátrico.

–  Solitario, no llevas silla de montar ni riendas pero, ¿te apetece correr un poco alrededor de la cerca conmigo? – Le pregunto. – Si no haces ejercicio tus músculos se oxidarán y, a pesar de lo joven que eres, parecerás un caballo viejo. – Solitario vuelve a rebuznar. – Lo sé, yo tampoco quiero oxidarme.

Le acaricio entre los ojos y, cuando lo noto plenamente confiado, subo a lomos del caballo de un salto ágil. El caballo se pone tenso y empieza a rebuznar, así que le digo:

–  Tranquilo, chico. Solo vamos a dar una vuelta y, no te quejes tanto, no creo que esté gorda si es eso lo que insinúas.

Hago caminar un poco a Solitario para que él se acostumbre a mí y yo me acostumbre a él y tras unos minutos de adaptación, decido hacerle trotar un poco.

–  Eres un caballo ágil y fuerte, ¿por qué estás aquí encerrado sin hacer ejercicio?

Como no podía ser de otra manera, el caballo no responde. Pierdo la noción del tiempo yendo al trote con Solitario hasta que me doy cuenta que un hombre de unos cuarenta y pocos años me observa desde la puerta del cercado. Va vestido con unos vaqueros, una camisa a cuadros verdes y negros, unas botas de vaquero y un sombrero de paja, así que supongo que será el dueño del establo o trabajará aquí. Hago trotar a Solitario hasta el hombre, que me observa sin decir nada, y bajo del caballo de un salto.

–  Lo siento, sé que no debería…

–  ¡No me lo puedo creer, muchacha! – Me dice el tipo alegremente y sonriendo de oreja a oreja sin darme tiempo a terminar de disculparme. – No sé cómo lo has hecho, pero me alegro de que hayas logrado montar sobre Killer.

–  ¿Killer? – Pregunto horrorizada.

–  Así se llama el caballo del que acabas de bajar, Killer. – Me responde. – ¿Cómo lo has hecho?

–  Bueno, la verdad es que he salido a correr, me he perdido y he venido a parar aquí. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Lo he visto tan solo y tímido que me he acercado a hablar con él. Sé que lo que estoy diciendo suena ridículo, pero me crié con mi tío y él adoraba los caballos, tenía una hípica y aprendí muchas cosas de él sobre caballos. Solitario es un caballo ágil y fuerte, probablemente haya sido un caballo profesional y haya ganado muchos premios, tiene mucha clase.

–  ¿Solitario? – Me pregunta el hombre confundido.

–  Lo siento, cómo no sabía cuál era su nombre le he llamado Solitario todo el rato. – Le contesto ruborizándome.

–  Muchacha, éste caballo hace dos años que no lo monta nadie. La hembra que teníamos se murió al dar a luz a uno de sus potrillos y desde entonces Killer se volvió arisco y agresivo. No se deja montar ni por su propio amo, apenas come y bebe y siempre está desafiante y a la defensiva. – Me explica. – Es la primera vez en dos años que alguien se atreve a montarlo sin terminar volando por los aires para aterrizar en el suelo. El jefe pretende sacrificarlo cuando llegue la primavera, pero quizás si consigues que vuelva a ser el caballo que era…

–  Podría venir de vez en cuando, si no le importa a tu jefe, claro. – Le propongo. – A mí me encantaría venir un rato por las mañanas o por las tardes para pasar el rato con Solitario, o Killer. – Me corrijo de inmediato. – Puede que si hacemos que Killer se vuelva más social tu jefe no quiera sacrificarlo.

–  Mi jefe le tiene mucho cariño a este caballo, si haces que vuelva a ser el que era, estoy seguro de que no lo sacrificará. – Me responde el hombre quitándose el sombrero. – Por cierto, soy José.

–  Encantada de conocerte, José. – Le respondo estrechando su mano. – Yo soy Dayana.

–  Da… ¿Como? – Me pregunta confundido.

–  Dayana, pero puedes llamarme muchacha. – Bromeo.

Ambos nos reímos y acuerdo pasar por el cercado todas las tardes de lunes a viernes y las mañanas de los sábados y los domingos. José me ha pedido discreción, no quiere dar esperanzas a nadie de poder salvar a Killer sin estar completamente seguro. Aunque me ha asegurado que si consigo que Killer vuelva a ser el que era su dueño no lo sacrificará, así que no sé cómo, pero lo voy a conseguir.

Me despido de José y Killer y regreso a la pensión para darme una ducha antes de ir a casa de Valeria y su futuro marido.

A las doce en punto, aparco frente a la hacienda de Ismael, el futuro marido de Valeria. Aún no me he bajado del coche y ya veo salir a Valeria por el gran porche, corriendo para recibirme con uno de sus afectuosos abrazos.

–  Me ahogas. – Logro decir con un hilo de voz cuando Valeria me abraza con fuerza.

–  Lo siento, ya sabes que me encanta tenerte cerca y aún no puedo creer que vayamos a vivir a menos de media hora de distancia. – Me dice Valeria. – Incluso podrías quedarte en Bahía del Mar e ir a trabajar a Destins, tardarás menos de lo que tardabas en llegar a tu trabajo en High City, a pesar de que tu casa y tu trabajo estaban en la misma ciudad.

–  No creo que Bahía del Mar sea mi sitio, la verdad. – Le digo encogiéndome de hombros.

–  Yo también dije eso la primera vez que vine a este pueblo y mira dónde estoy. – Bromea. – Vamos dentro, Ismael tiene ganas de verte.

A pesar de todos mis prejuicios antes de conocer a Ismael, tengo que reconocer que me gustó en cuanto lo vi. Estaba nervioso, sabía que para Valeria era muy importante que él y yo nos lleváramos bien y no quería defraudarla. Fue amable, educado y encantador durante toda la cena, pero lo que me convenció de que Valeria tenía que seguir con él fue ver cómo la miraba, cómo estaba pendiente de ella y se preocupaba por ella. Hacen una pareja genial y, por suerte, resulta que Ismael y yo tenemos bastantes cosas en común como para poder mantener una buena conversación sin que ninguno de los dos se aburra.

Entramos en la enorme casa y en el hall nos recibe Ismael, tan amable, educado y encantador como siempre.

–  ¡Dayana, qué alegría de verte! – Me saluda con un breve abrazo y un par de besos en la mejilla. – Valeria me ha dicho que vas a trabajar en Destins, me alegro de que las dos podáis estar más cerca la una de la otra, incluso podrías quedarte en Bahía del Mar, en casa tenemos sitio de sobra.

–  Te lo agradezco, Ismael. – Le digo sinceramente. – Pero no pienso quedarme en casa de una pareja de recién casados, me resultaría demasiado empalagoso. – Bromeo.

Pasamos al salón y nos sentamos en los sofás de en frente de la chimenea, aunque estemos casi en marzo, el clima aquí es frío, los picos de las montañas están nevados y por la noche la temperatura cae diez grados de golpe, es como si este pueblo tuviera un microclima.

Tras charlar y tomar el aperitivo en el salón, pasamos al comedor donde dos asistentas nos sirven la comida. Debo reconocer que cuando Valeria me dijo que Ismael tenía dos asistentas internas en casa no me gustó nada, pero ahora que las veo y compruebo que son dos mujeres de unos cincuenta años, de nacionalidad rusa y poco habladoras, creo que son el personal perfecto para el hogar. Aunque intimidan un poco, la verdad.

Después de comer, tomar el café y que Valeria me muestre toda la hacienda, decido marcharme cuando empieza a llover.

–  Ten cuidado con el coche, aquí cuándo llueve cae un buen chaparrón y es difícil ver la carretera. – Me advierte Valeria. – Ves despacio, me caso en un mes y medio y como mi dama de honor aparezca en mi boda con el más mínimo rasguño me arruinará el día. – Añade bromeando.

–  Yo siempre tengo cuidado. – Le respondo abrazándola para despedirme. Me vuelvo hacia Ismael y me despido con un par de besos en la mejilla.

Tras despedirme de ambos, salgo de la casa y corro hasta llegar al coche tratando de no mojarme mucho, pero me he puesto empapada igualmente. Arranco el coche y me dispongo a conducir bajo la intensa lluvia para llegar a la pensión.

Empezar de cero 1.

Empezar de cero

Después de tener la mayor discusión que he tenido con Sergio, el que hasta ahora era mi novio y con el cuál convivía, tras tres años de relación, lo hemos dejado. Hace una semana me propusieron dirigir mi propia revista, eso sí, en la ciudad de Destins, a quinientos kilómetros de donde vivo, pero a tan solo treinta kilómetros de donde vive Valeria, mi mejor amiga que está a punto de casarse con un reputado enólogo de Bahía del Mar, un pueblo costero muy humilde, ya que sus habitantes trabajan en el campo o en el mar.

Valeria se casa dentro de un mes y medio y la despedida de soltera es este fin de semana, así que he pensado en mudarme a la única pensión de Bahía del Mar mientras encuentro un piso dónde vivir.

Aún no le he contado nada a Valeria sobre mi ruptura con Sergio, no he querido decírselo por teléfono porque quiero que cuando se lo diga pueda ver con sus propios ojos que estoy bien. Valeria es muy melodramática, monta un drama por cualquier cosa y no quiero imaginar cómo estará cuando solo queda un mes y medio para su boda.

Conduzco durante cuatro horas seguidas hasta llegar a Bahía del Mar y el GPS me guía hasta la única pensión del pueblo, una pequeña casita de tres plantas y diez habitaciones, nada que ver con los lujosos hoteles de más de treinta plantas y quinientas habitaciones de High City. Aún no logro entender cómo a Valeria no le ha importado nada pasar de vivir en una ciudad moderna a un pueblo… En fin, a un pueblo lleno de vacas, huertos y pescadores.

Aparco frente a la pensión y bajo de mi todoterreno negro que destaca entre los escasos coches que hay aparcados en la plaza mayor del pueblo, donde está situada la pensión. Entro en la pensión y me recibe un matrimonio mayor, de unos sesenta y muchos años, y les digo quitándome las gafas de sol para mostrar mis ojos:

–  Buenos días, llamé anoche para hacer una reserva de una habitación. Soy Dayana Gómez.

–  Sí, la muchacha que no sabe cuánto tiempo se quedará. – Le dice el hombre a su esposa. Coge una de las llaves que guarda en un cajón y me la entrega: – Es la habitación número tres, está en la primera planta y tiene baño propio. En el sótano hay lavadora y secadora, el servicio es gratuito. El régimen es de alojamiento y desayuno, el desayuno se sirve en la cafetería de la pensión, justo al volver la esquina.

–  De acuerdo. – Les respondo con una sonrisa. – Dejaré pagada una semana por ahora, pero probablemente me quede más tiempo, aunque no puedo concretar cuánto con exactitud.

–  No hay problema, puede abonar ahora la primera semana o si quiere puede abonar el importe día a día. – Me dice la señora. – Por cierto, este es mi marido Federico y yo soy Rosalía.

–  Encantada de conocerla, señora Rosalía. – Le respondo y volviéndome hacia a su marido añado: – Y lo mismo digo, señor Federico.

–  Ve a instalarte y luego ven a la cafetería a desayunar, preparo unas magdalenas caseras que te vas a chupar los dedos. – Me dice la señora Rosalía.

–  Deshago las maletas, me doy una ducha rápida y bajo a la cafetería, estoy deseando probar esas magdalenas caseras. – Le respondo alegremente.

Me instalo en la habitación número tres, que es mucho más moderna de lo que imaginaba, y bajo de nuevo a la recepción, donde le pago a Federico una semana entera de pensión por la habitación. Después salgo a la calle y, justo al doblar la esquina, encuentro la cafetería que me ha dicho Rosalía y entro deseosa por probar una de esas deliciosas magdalenas, estoy hambrienta.

–  Señorita Gómez, ¿lo ha encontrado todo a su gusto? – Oigo la voz de Rosalía detrás de mí.

–  Todo estaba perfecto, señora Rosalía. – Le respondo con una amplia sonrisa. – Y por favor, llámeme tan solo Dayana.

–  De acuerdo, Dayana. – Me responde devolviéndome la sonrisa. – Pero entonces tú deberás llamarme tan solo Rosalía, señora Rosalía me recuerda lo vieja que soy. – Añade bromeando. – ¿Quieres probar mis magdalenas caseras?

–  Lo estoy deseando, Rosalía.

Rosalía se marcha a la trastienda y regresa pocos minutos después con un chocolate caliente y tres enormes magdalenas.

–  ¿Puedo sentarme un rato contigo para hacerte compañía? – Me pregunta. – Odio ver a alguien comer sola.

–  Yo también odio comer sola. – Le confieso.

Una muchacha de unos diecinueve años sale de la trastienda cargada de bandejas con bollería casera y los va colocando en la vitrina. La observo detenidamente, hay algo en ella que me resulta familiar. Y entonces lo veo, esa muchacha se parece mucho a Rosalía.

–  Es mi nieta Natalia. – Me dice Rosalía como si me leyese la mente. – Mi hijo y mi nuera murieron en un accidente de tráfico cuando ella tan solo tenía diez años y mi marido y yo nos hicimos cargo de ella.

–  Lo siento.

–  Yo también, muchacha. – Me dice resignada. – Pero no hay nada que podamos hacer, salvo seguir viviendo. Natalia es una buena chica, pero últimamente ha estado andando con malas compañías, así que otro de mis nietos y primo de Natalia, ha logrado convencerla para que deje la universidad durante un año y regrese al pueblo para que recuerde quién es, a ver si así deja esas compañías.

–  No es fácil crecer sin padres. – Apunto.

–  ¿Tú también creciste sin padres? – Me pregunta Rosalía.

–  Sí, mis padres murieron cuando yo tenía seis años.

Es extraño, nunca había hablado con nadie, salvo con Valeria, de mi pasado ni de mis padres, sin embargo con Rosalía las palabras me salen solas sin necesidad de que me haga ninguna pregunta.

–  Apenas te conozco, pero pareces haberte convertido en una buena muchacha y estoy segura de que tus padres, estén donde estén, estarán orgullosos de ti. – Me dice sonriendo con ternura.

–  Ojalá yo hubiera tenido una abuela cómo tú, Rosalía. – Le contesto un poco sonrojada. – Mi vida hubiese sido más fácil teniendo a alguien como tú a mi lado.

Desayuno mientras Rosalía me observa en silencio y se asegura de que me lo como todo, tengo la impresión que si dejo algo en el plato me regañará como a una niña.

Después de desayunar, me despido de Rosalía y cojo el coche para dirigirme a Destins, quiero dar una vuelta por la ciudad y conocer la nueva oficina de la revista de la que voy a ser directora, aunque ni siquiera hemos decidido cuál será el nombre de la nueva revista. De hecho, la nueva oficina aún está en obras y no prevén que se terminen hasta dentro de un par de semanas, así que tengo un par de semanas para adaptarme a mi nueva vida y a mi nueva ciudad antes de empezar a trabajar de nuevo.

Llego a Destins en media hora sin pasar de 80km/h, conduciendo tranquilamente. Me alegra saber que voy a estar cerca de Valeria, la echo de menos desde que se mudó hace un par de meses a Bahía del Mar.

Doy una vuelta por las tiendas de la ciudad, que nada tienen que ver con las sofisticadas tiendas de High City, y decido ir a ver cómo van las obras en la nueva oficina. Aunque no puedo empezar a trabajar, le he prometido al director de la editorial, mi jefe, que me pasaría por allí un par de veces a la semana para controlar cómo van las obras.

Caminando hacia a donde he dejado aparcado el coche, saco mi móvil del bolso y veo que tengo once llamadas perdidas de Valeria, ¿se habrá enterado ya que estoy hospedada en la pensión de su pueblo? Decido llamarla y salir de dudas.

–  ¡Por fin te encuentro! – Me grita Valeria en cuanto descuelga. – ¡Llevo llamándote una hora! ¿Dónde  estás metida?

–  No te lo vas a creer. – Le respondo riendo nerviosamente.

–  No tengo ni idea, pero hace una hora me ha llamado Sergio preocupado porque no te encontraba, me ha dicho que anoche discutisteis y que esta mañana te has ido de casa. – Me dice Valeria preocupada.

–  No es exactamente eso lo que ha pasado, pero te lo voy a contar en media hora. – Le digo y añado antes de colgar: – Te veo en la cafetería de la pensión de Bahía del Mar en media hora.

Tras colgar sin dejar que Valeria me pregunte nada más, prefiero contárselo todo en persona, monto en mi coche y conduzco de regreso a Bahía del Mar.

Treinta minutos después, aparco mi coche frente a la pensión y, nada más bajarme, oigo la voz de Valeria gritando a mi espalda:

–  Dayana, ¿estás bien?

Corre hasta llegar a mí y me abraza con fuerza con el rostro lleno de preocupación.

–  Estoy bien, Val. – Le respondo. – Anda, vamos a la cafetería y te invito a un café mientras te lo cuento todo. Pero quita ya esa cara, estoy bien. De hecho, creo que estoy mejor que nunca.

Entramos en la cafetería y Rosalía nos saluda a ambas. Conoce a Valeria y por lo que puedo observar  ambas se tienen gran estima y se tratan con cariño. Pedimos un par de cafés y le cuento todo a Valeria:

–  Me han ofrecido la dirección de una nueva revista en Destins y he aceptado. Cuando se lo conté a Sergio puso el grito en el cielo, pero nuestra relación hace meses que terminó. Nos comportamos como compañeros de piso en lugar de como amantes. Hace tiempo que no estoy enamorada de él y creo que él tampoco lo está de mí, continuamos juntos simplemente por rutina, por costumbre. Anoche le dije que no podía más, que no podía seguir viviendo y compartiendo mi vida con alguien a quién, por mucho que quiera, no amo. Le dije que había aceptado la dirección en Destins y discutimos, discutimos cómo nunca antes habíamos discutido. Él se emborrachó en el salón y se quedó dormido mientras yo recogí mis cosas, hice las maletas y conduje hasta llegar aquí. Me voy a hospedar en la pensión hasta que encuentre un piso en la ciudad donde vivir.

–  ¿Estás segura de lo que estás haciendo? – Me pregunta Valeria. – Sabes que yo siempre te voy a apoyar en todo lo que hagas, pero vas a cambiar por completo tu vida de la noche a la mañana. Has dejado a tu novio con el que llevas tres años, vas a cambiar de trabajo y vas a cambiar de ciudad.

–  Lo necesito, Valeria. – Le confieso. – Me sentía asfixiada con Sergio y esta es la oportunidad que estaba esperando, no la iba a desperdiciar por nada en mundo. Siempre he soñado con dirigir mi propia revista, no podía rechazar esta oferta.

–  Pues creo que a Sergio no le ha quedado clara tu decisión. – Me dice Valeria. – Me ha llamado preocupado y no me ha dicho nada de que lo hubierais dejado, simplemente me dijo que habíais discutido, y tampoco mencionó nada de tu nuevo trabajo.

–  Valeria, todo está bien. – Le digo para tranquilizarla. – Llamaré a Sergio mañana y le dejaré las cosas claras. Ahora solo quiero que te preocupes por tu despedida de soltera y de tu boda. Míralo por el lado bueno, voy a vivir a menos de media hora de distancia de ti, podremos vernos todos los días.

–  Estás como una cabra, pero me alegro de que lo hayas dejado con Sergio, sabes que nunca llegó a gustarme. – Me dice encogiéndose de hombros.

Ambas nos tomamos el café charlando y bromeando como hacía tiempo que no hacíamos las dos solas. El futuro marido de Valeria es un buen tipo, la trata como a una reina, es inteligente, educado y además está forrado de dinero, todo un partidazo. Valeria ha tenido mucha suerte, pero él ha tenido más suerte encontrando a alguien como Valeria.

Valeria insiste en que me vaya a su casa hasta que encuentre un piso en Destins, pero prefiero quedarme en la pensión y no molestar a la feliz y enamorada pareja. Me pide que al menos vaya a cenar a su casa, pero decido convencerla y dejarlo para mañana por la noche, ya que después de la noche y el día que he tenido, necesito descansar.

Empezar de cero.

Empezar de cero

Dayana lo tiene claro: no puede renunciar a ese ascenso laboral por el que tanto había luchado, no le importaba que implicase tener que mudarse a 500 km de su ciudad y tampoco que a su novio no le gustase aquella decisión. Su relación llevaba meses muerta, seguir juntos no tenía sentido.

Empezar de cero no le supone un problema, ya lo hizo una vez y sobrevivió.

Hasta que encuentre un apartamento en su nueva ciudad, Dayana decide hospedarse en la pensión de un pequeño pueblo situado a 50 km de su nueva ciudad, ya que allí se ha trasladado su mejor amiga tras prometerse con su novio. Los dueños de la pensión son un encanto y la nieta de ellos se convierte en una amiga más.

En la pensión se topará con Gonzalo, el otro nieto de los dueños de la pensión. Tras un accidentado primer encuentro, no empiezan con buen pie. Sin embargo, cuando el aterrador pasado de Dayana regresa para saldar cuentas pendientes, Gonzalo se muestra de lo más protector con ella, se comporta como un tipo encantador.

Empezar de cero su objetivo pero, ¿también respecto al amor?

Si quieres saber más sobre esta historia, aquí podrás encontrar todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Por ti late mi corazón.

Por ti late mi corazón

Entró en casa y se encerró en su habitación, abrumado por aquellas sensaciones que un día olvidó y que no esperaba volver a sentir.

Se había esforzado mucho para convertirse en el hombre frío y distante que era, en evitar sus emociones y enterrar sus sentimientos en un cajón olvidado de su mente.

Pero ella le trastornaba y le confundía. Pese a que él la trataba con la misma frialdad que trataba a los demás, ella se atrevía a plantarle cara sin amilanarse. Incluso se atrevía a desafiarle con sensualidad, la muy descarada.

Al principio, pensó que se trataba de un capricho pasajero, impulsado por el estrés del trabajo y la falta de tiempo para ocuparse de sus necesidades más lujuriosas. Quizás lo único que tenía que hacer para sacar a aquella mujer de su cabeza era tomarla y hacerla suya hasta saciarse de ella. Pero nunca llegó a ocurrir, con cada uno de aquellos encuentros clandestinos, ella lo envolvía con su calidez y su bondad, derribando poco a poco las murallas que rodeaban su corazón.

Pero esa noche, tras escuchar de sus labios un “te amo” antes de que se quedara dormida, derribó aquellas murallas por completo. Su corazón comenzó a latir desbocado y se asustó. Solo ella era la responsable de que su corazón comenzara a latir de nuevo.

Esperó a que se durmiera y se marchó sin despedirse. No quería huir como un cobarde, pero primero necesitaba aclarar sus ideas. ¿Podría ella devolverle la vida que había dado por perdida? Aunque la pregunta que no se atrevía a hacerse era: ¿estaría ella dispuesta a intentarlo después de haberla dejado sola en aquella habitación de hotel tras haberle declarado su amor?