Archivo | julio 2016

Siempre cuidaré de ti 1.

Siempre cuidaré de ti

Tras cuatro años de universidad, hoy por fin me he graduado. Han sido cuatro años de duro trabajo, pero también cuatro años de diversión en el campus compartiendo piso con mis dos mejores amigas: Ángela Montenegro y Deborah Hidalgo, alias Angie y Debby.

Angie tiene el pelo castaño claro, los ojos verdes y un rostro angelical, tal y cómo su nombre indica. Debby es pelirroja, de pelo rizado, ojos color miel y su carácter es más pícaro y desvergonzado. De broma, les digo que son el Ángel y el Demonio. Y luego estoy yo, rubia de pelo liso, ojos de un color gris azulado y, cómo no podía ser de otro modo, no soy ni un ángel ni un demonio, soy la simple mortal. En el campus somos conocidas como Los Ángeles de Charlie y nuestro pasatiempo favorito es salir a tomarnos unas cuantas copas y hacernos fotos posando como Los Ángeles de Charlie.

Y esta es una de esas noches en las que salimos a bailar, nos tomamos más copas de las recomendables para seguir lúcidas y nos hacemos un montón de fotos a lo “Ángeles de Charlie” con algún que otro fan improvisado que desea inmortalizar ese momento con nosotras.

–  Ari, ¡ven a bailar! – Me gritan Angie y Debby al unísono mientras Gabriel, el propietario del pub, me sirve mi tercera copa de tequila.

Les hago un gesto con la mano para que esperen a que coja mi copa y ellas siguen bailando al ritmo de la música en el centro de la pista.

Gabriel no me cobra, es la ventaja que tiene haber trabajado todas las noches durante cuatro años en el pub, pero sobretodo lo hace porque es mi última noche aquí y no he venido a trabajar, he venido como clienta.

Me uno a ellas a la pista de baile justo en el momento en que empieza a sonar el himno del pub, una réplica del Bar Coyote y cuyo himno no podría ser otro que “Can’t fight the moonlight”, la banda sonora de la película. Cómo hemos hecho todas las noches cuando sonaba esta canción, Angie, Debby y yo nos subimos a la barra y comenzamos a bailar y cantar, todo un espectáculo, sobre todo teniendo en cuenta las copas que llevamos encima. Mientras bailamos sobre la barra, veo cómo un tipo al fondo del local no me quita el ojo de encima. Con disimulo, lo estudio mientras bailo y deduzco rápidamente que no es un universitario, debe tener entre veintiocho y treinta años, más o menos. Tampoco parece estar acompañado, ¿quién viene a una fiesta en el campus solo? Quizás es un psicópata.

–  El moreno del fondo no te quita el ojo de encima, ¿lo conoces? – Me pregunta Debby.

–  No, creo que no. – Respondo dejando de mirar al susodicho.

–  ¿Crees que no? – Me pregunta divertida. – Si yo conociera a un tío así te aseguro que no lo olvidaría.

–  Debby, tú lo olvidarías en el mismo momento en que salieras de su cama. – Se mofa Angie.

–  Hablando de salir de camas ajenas, ¿no es ese el tipo al que te tiraste y te largaste antes de que se despertara? – Pregunta Debby burlonamente. – Prepárate, viene hacia aquí.

–  Mierda. – Musito al girarme y ver que se está acercando sonriendo.

–  ¡Por fin te encuentro! – Me dice saludándome con un beso en la mejilla. – ¿Eres una especie de criatura nocturna? Ni siquiera te he visto esta mañana en la graduación.

–  Un vampiro, para ser más exactos. – Le respondo bromeando al mismo tiempo que veo pasar por delante de mí al tipo solitario.

–  ¿Por eso abandonaste mi cama al amanecer? ¿Para refugiarte en tu tumba de la luz del sol?

–  Fue una noche divertida, nada más. – Le dejo claro de nuevo, pues ya se lo advertí aquella noche.

–  Lo sé, pero confiaba en encontrarte y hacerte cambiar de opinión. – Me confiesa.

–  Lo siento, pero no es buena idea. – Le digo sinceramente. – La vida de un vampiro es complicada.

–  En ese caso, si quieres pasar otra noche divertida, te dejo mi tarjeta. – Me dice dándome su tarjeta con su número de teléfono. – Llámame, estaré encantado de volver a verte.

–  Lo tendré en cuenta. – Le respondo sonriendo antes de dar media vuelta y unirme a mis amigas.

Leo la tarjeta, Nacho Muñoz. ¿Se llamaba Nacho? Ni siquiera lo recordaba…

–  ¿No piensas celebrarlo por todo lo alto? – Me pregunta Debby al comprobar que le he dado largas a Nacho. – Te mereces un homenaje.

–  Hablando de homenajes, por ahí viene mi hombre. – Dice Angie sonriendo al ver aparecer a Óscar, su amigo con derecho a roce del que pretende despedirse esta noche. – Os prometo que esta noche será digna de recordar.

–  Conociéndote, seguro que os limitáis a practicar el misionero. – Se mofa Debby.

–  Hola, chicas. – Nos saluda Óscar. Envuelve con sus brazos a Angie y la besa en los labios con ternura, dulzura y amor, el pobre está enamorado de ella. – Angie, necesito hablar contigo.

Angie asiente con la cabeza, se despide de nosotras y se marcha con Óscar de la mano. En cuanto se marchan, Debby me susurra al oído:

–  Angie va a darse su homenaje, yo voy a buscar a mi víctima de esta noche para darme un homenaje y tú deberías ir a por ese tipo misterioso que no deja de mirarte para darte tu propio homenaje. O también puedes llamar a ese Nacho, aunque no te lo recomiendo como primera opción, ya que el tío parece que quiere algo serio contigo.

–  Busca a tu víctima y lárgate, yo me voy a quedar a echarle una mano a Gabriel, el pobre no da abasto con toda la gente que hay y está solo. – Le digo. – Al fin y al cabo, nos ha dado la noche libre a las tres para que disfrutemos y yo ya he disfrutado bastante.

–  Eres demasiado leal, Ari. – Me recrimina Debby. – Deberías pensar sólo en ti, aunque solo fuera por una vez.

–  A partir de mañana pensaré en mí, te lo prometo. – Le contesto burlonamente. Le doy un fuerte abrazo y añado  modo de despedida: – Nos vemos mañana, tienes detrás a tu víctima.

Debby se vuelve hacia atrás y se sorprende al ver a Max, un chico surfero con el que se lo pasa muy bien y el único con el que ha repetido. Me guiña un ojo y acto seguido desaparece con Max cogida de su brazo.

Camino entre la multitud hacia la barra y le echo una mano a Gabriel, que me lo agradece con un guiño y una amplia sonrisa. Me pongo a servir copas y en quince minutos despejamos la barra.

–  No sé qué voy a hacer sin vosotras el año que viene. – Me dice Gabriel.

–  Contratar a otra camarera porque, cómo lo intentes llevar el bar tú solo, los clientes se jubilarán antes de que les sirvas. – Me mofo.

Entonces, el tipo solitario se acerca a la barra y me pide una copa:

–  Un Ballantines con Coca-Cola, por favor.

Puede que este tipo se haya pasado la noche mirándome, pero estoy segura de que no trata de ligar conmigo, más bien parece fastidiado. Ahora que lo veo de cerca, tengo que reconocer que no está nada mal. Moreno, ojos oscuros, con gusto para vestir. Pero no termina de encajar aquí y mucho menos solo. Le sirvo la copa con profesionalidad y, cuando me entrega el billete para pagar, nuestras manos se rozan y todo mi cuerpo se estremece, pero no de miedo precisamente.

–  Oye guapa, ¿qué cobras por un baile privado con final feliz? – Me pregunta un tipo borracho como una cuba.

–  Vete a casa y pídele el baile a tu madre. – Le contesto fulminándole con la mirada.

–  Vaya, ¡la gatita tiene uñas! – Se mofa el borracho.

Se apoya en la barra y estira el brazo para alcanzarme, pero el tipo solitario lo intercepta y, con tono amenazante, le dice:

–  La señorita te ha dicho que te vayas a casa y cómo no lo hagas me veré obligado a sacarte de aquí yo mismo, algo que te aseguro no te gustará.

El borracho alza las manos en señal de paz e inocencia y se marcha del pub seguido de sus amigos, igual o más borrachos que él.

–  Gracias, la próxima copa invita la casa. – Le agradezco al tipo solitario.

–  ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? – Me pregunta Gabriel.

–  Sí, Gabriel. – Le respondo sonriendo divertida. – Solo era un borracho.

Dos horas más tarde, le he servido tres copas más al tipo solitario y no le he cobrado ninguna, pero ni siquiera ha intentado iniciar una conversación conmigo y, por supuesto, yo tampoco.

Ayudo a Gabriel a cerrar ese a que no deja de insistir en que me vaya a casa y descanse, pero lo cierto es que no me siento para nada cansada ni quiero regresar a casa. Es la última noche que paso en el campus y no quiero que acabe, al menos no tan pronto.

–  Te voy a echar de menos, Ari. – Me dice Gabriel después de cerrar el pub, mientras nos despedimos en el aparcamiento. – Aunque espero que de vez en cuando vengas a hacerme una visita como clienta, aquí siempre estará tu casa.

–  Yo también te voy a echar de menos, Gabriel. – Le digo abrazándolo. – Y por supuesto que vendré a verte, no pienses que te vas a librar de mí tan fácilmente.

Tras otro abrazo, nos despedimos y me dirijo a mi coche, dispuesta a irme a casa. Antes de montarme en el coche miro a mi alrededor esperando ver al tipo solitario, ha desaparecido justo cuando estábamos cerrando y no lo he vuelto a ver. A mi alrededor no hay ni un alma, así que me subo al coche y conduzco hasta llegar a casa, donde hoy dormiré por última vez en la que ha sido mi habitación durante los últimos cuatro años.

Siempre cuidaré de ti.

Siempre cuidaré de ti

Ariadna trata de de llevar una vida normal, pero siendo la hija del Director del Servicio Secreto, es una meta demasiado difícil de alcanzar. Al menos, ha conseguido terminar la carrera y con una nota inmejorable. Tras la graduación, decide celebrarlo con sus dos inseparables amigas, Angie y Debby, en el pub de Gabriel donde las tres han trabajado durante los últimos cuatro años.

Lo que en principio parecía ser el inicio de una vida normal, se convierte en todo lo contrario. Primero descubre que el tipo que no le quita ojo en el pub, es en realidad su nuevo vecino, un tipo muy atractivo pero que parece odiarla sin razón aparente. Por si fuera poco, se queda encerrada en el ascensor con el vecino psicópata durante toda una noche y, cuando por fin consiguen salir, se encuentra con una amiguita de él por la que no demuestra ninguna simpatía.

Queriendo evitar un nuevo encuentro con su peculiar vecino y aprovechando que sus amigas están fuera de la ciudad con sus familias, Ariadna decide ir a casa de su padre un par de días. Aunque pretendía no hacer nada, no puede negarse cuando Manuel Romero, un gran amigo de la familia y casi un tío para ella, le pide ayuda en la investigación de un caso. Tras pasar el día en el laboratorio con Manuel, se disponen a regresar a casa de su padre cuando son atacados por un grupo de ocho de hombres armados.

Tras conseguir defenderse del ataque, Ariadna sabe que algo no va bien y quiere respuestas, pero lo que menos espera es descubrir quién es realmente su nuevo vecino…

Si quieres saber más sobre ésta historia, aquí tienes todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Alma Gemela.

Alma Gemela

“Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.”

 

 

Suspiró al leer aquel fragmento del poema. Sin terminar de leerlo, depositó el libro sobre la mesita auxiliar y cerró los ojos, dejando que aquellas palabras resonaran en su cabeza una y otra vez. Era como si hubiesen escrito aquellos versos pensando en él.

Recordó las duras palabras de su madre un par de noches atrás. Ella, siempre tan dulce y cariñosa, siempre tan comprensiva con su único hijo, le reprochó que, a su edad, siguiera soltero. La mujer quería disfrutar de sus nietos y verlos crecer, pero temía que ese momento jamás se llegara a producir. Y, la única razón, era su necedad.

Él era un hombre atractivo, muchas mujeres se le ofrecían a diario, no importaba si eran solteras, casadas, divorciadas o viudas; todas estaban dispuestas a complacerle. Desgraciadamente, sabía por experiencia propia que aquello no le saciaba, no le divertía lo suficiente como para repetir con alguna de esas mujeres. Le resultaba tan fácil tenerlas, que el juego perdía la gracia y él perdía su interés por ellas.

De igual modo, las mujeres que se empeñaban en dramatizar y complicar la relación le atormentaban, sacaban lo peor de él. Esas mujeres tampoco le satisfacían, también lo sabía por experiencia.

Resopló con resignación, quizás no existía una mujer perfecta para él. Tal vez, él no tuviera nunca un alma gemela con la que disfrutar día tras día y al que querer con la misma devoción que se querían sus padres.

Unos golpes en la puerta de su habitación le devolvieron a su aburrida realidad. Se frotó la cara con las manos, tratando de deshacerse de aquellos pensamientos negativos y, tras carraspear para aclararse la voz, dijo alzando la voz:

–Adelante.

La puerta se abrió y la figura de su madre apareció ante él. Lleva un par de días esquivándola, aquella última conversación que habían mantenido le había trastocado más de lo que esperaba.

–Cielo, ¿estás bien? –La preocupación por su hijo era palpable en su voz. – No debes darle tantas vueltas, algún día encontrarás a la mujer perfecta para ti.

–Y, ¿si no es así?

–Lo será, ya lo verás –insistió, totalmente segura de sus palabras.

Abrazó a su hijo con ternura, le deseó buenas noches y se marchó dejándolo en soledad para perderse de nuevo en sus pensamientos.

Cita 28.

“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.”

Pablo Neruda.

Tú, yo y las estrellas 21.

Tú, yo y las estrellas

Tras aguantar las bromas de los compañeros de la oficina durante toda la semana, el viernes Álex me lleva a casa después del trabajo para recoger mi maleta y a Thor y dirigirnos a su cabaña de los Pirineos para pasar allí el fin de semana, tal y cómo me había prometido. La verdad es que nos hace falta un par de días solo para nosotros ya que durante las dos últimas semanas, entre conocer a nuestras familias, mi sobrina, nuestros amigos y el trabajo, no hemos tenido tiempo para relajarnos juntos.

–  Gracias por dejar venir con nosotros a Thor, últimamente lo tengo muy abandonado. – Le agradezco cuando nos montamos en el coche.

–  Cariño, Thor es uno más de la familia. – Me dice sonriendo. – Además, tu sobrina ya me ha advertido que me tengo que portar bien con Thor o su tita me dará una patada en el culo.

–  ¿Qué? – Pregunto alucinada. – ¡Esta niña no tiene remedio!

Llegamos a la cabaña y Thor corre feliz por el jardín mientras Álex enciende la chimenea y yo preparo algo para cenar.

Esa noche, antes de irnos a dormir, salimos a la terraza. Álex se coloca detrás de mí y me envuelve con sus fornidos brazos. Nos quedamos un rato abrazados y mirando las estrellas hasta que me dice:

–  Cariño, lo he estado pensando y creo que deberíamos vivir juntos. – Al ver mi cara de pánico, añade rápidamente: – Eli, no te estoy proponiendo que lo dejes todo para venirte conmigo. Lo que te propongo es que ambos conservemos nuestro apartamento pero, en vez de estar de un lado a otro siempre corriendo, podemos instalarnos en uno, que es lo mismo que ya estamos haciendo pero en los dos apartamentos.

–  Y, ¿dónde propones tú que vivamos? – Espero su respuesta pero no dice nada, se limita a mirarme. – Cariño, ¿me has escuchado?

–  Sí perdona, es que me acabas de dejar sin palabras. – Me responde sonriendo y abrazándome con más fuerza. – Esperaba un no rotundo como respuesta y me había preparado para recitarte un arsenal de buenas razones para convencerte. Pero, aunque no me hayas dicho que no, tampoco me has dicho que sí.

–  Cómo tú has dicho, se puede decir que ya vivimos juntos pero en dos apartamentos, así que supongo que será lo mismo pero viviremos con mayor comodidad. – Le respondo sonriendo. – Ahora dime, ¿dónde habías pensado vivir?

–  Había pensado que a lo mejor prefieres mi apartamento, así el tuyo estará siempre libre y dispuesto cuando lo necesites. – Me responde. – Además, Thor estará más cómodo en mi apartamento en esa enorme terraza. Incluso podemos comprarle una de esas casetas para perros de jardín para que duerma fresquito en verano. En cuanto a ti, te prometo que te haré sentir como en casa y no echarás de menos tu apartamento ni un solo instante. ¿Qué me dices, pequeña amazona?

–  Veo que también habías preparado un arsenal de buenas razones para mudarnos a tu apartamento. – Le digo bromeando. Le doy un beso en los labios y añado: – Supongo que es buena idea y, si algo sale mal, siempre puedo regresar huyendo a mi apartamento.

–  No vas a querer salir huyendo, pequeña. – Me susurra al oído con la voz ronca. – De hecho, no vas a querer alejarte de mí nunca.

Nos besamos y, cuando nuestras caricias se tornan cada vez más atrevidas y necesitadas, Álex me coge en brazos y me lleva a la habitación, me deposita sobre la cama con suavidad para después hacerme el amor con pasión y lujuria, una y otra vez hasta acabar agotados.

 

 

Un año después…

 

En cuanto Álex sale a pasear con Thor, me levanto de la cama y corro al baño a vomitar. Hace diez días que tendría que haberme venido el período y llevo tres días vomitando por las mañanas, creo que estoy embarazada. He aguantado las ganas de vomitar para no alarmar a Álex, no quiero que me vea así, al menos no hasta estar segura de lo que me pasa. Puede que solo sea un virus, una de esas pasas gastrointestinales que se pasa en unos días, aunque empiezo a dudarlo. Vomito por las mañanas, durante el día me atiborro a comida como si no hubiera un mañana, tengo sueño a todas horas y mis cambios de humor me asustan hasta a mí.

Aún y así, Álex se ha creído que alguna comida me ha sentado mal, que estoy cansada y que el estrés de los últimos días en la oficina ha acabado con mis fuerzas, lo cual no deja de ser cierto, al menos en parte.

Saco de mi bolso el test de embarazo que compré ayer, donde lo tenía bien escondido, me armo de valor y decido hacerme la prueba y que sea lo que tenga que ser.

Tras leer y seguir las instrucciones, espero los tres minutos que indican y miro la pantallita rectangular del test. Dos rayitas de color rosa. Estoy embarazada.

–  Cariño, ¿estás bien?  Me pregunta Álex al otro lado de la puerta.

–  Sí, ahora salgo. – Logro responder.

–  Voy a preparar el desayuno, ¿lo tienes ya todo preparado para marcharnos?

–  Sí, solo me falta vestirme y desayunar.

–  De acuerdo, no tardes. – Me contesta.

Como ayer le dije que estaba cansada, Álex ha pensado que tomarnos un par de días libres para irnos a la cabaña de los Pirineos era lo mejor para que me recupere, pero el que va a necesitar recuperarse será él cuando le dé la noticia. ¿Cómo reaccionará? Una cosa es que Álex adore a mi sobrina y le guste pasar el rato con ella, otra muy distinta es decirle que va a ser papá.

Desde ese momento, me convierto en un zombi. Desayuno sin apenas hablar y me paso todo el trayecto en el coche de camino a la cabaña en el más absoluto silencio. El resto del día en la cabaña tampoco va mucho mejor, me lo paso evadida en mis propios pensamientos mientras él se muestra paciente conmigo. Hasta después de cenar, que ya no puede más y me dice con voz dulce:

–  Cariño, no sé qué te pasa pero es obvio que algo te ocurre. ¿Quieres contármelo o piensas seguir torturándome otro día más?

–  Quiero contártelo desde esta mañana, pero no sé cómo hacerlo. – Le confieso.

–  Cariño, estoy contigo para lo bueno y para lo malo. – Me dice abrazándome. – Ahora dime qué te ocurre antes de que me dé un infarto. Solo estamos tú, yo y las estrellas. Bueno, y también Thor.

–  Hay alguien más, Álex. – Le contesto y él empieza a mirar a nuestro alrededor preocupado hasta que cojo su mano, la coloco sobre mi vientre y le susurro: – Estoy embarazada.

A Álex se le ilumina la cara y sus labios dibujan una amplia sonrisa. Me abraza con fuerza y me besa en la frente, en la mejilla, en los labios, por el cuello… Hasta que se para de repente, me mira a los ojos y me pregunta:

–  Cariño, antes de que siga haciéndome ilusiones, ¿deseas tener el bebé?

–  ¿Lo deseas tú?

–  Más que mi propia vida.

–  Yo también, cariño. – Le respondo dejándome envolver por sus brazos. – Tenía miedo de tu reacción, no sabía cómo te lo ibas a tomar.

–  Pequeña, ¿desde cuándo lo sabes?

–  Saberlo con certeza desde esta mañana que me he hecho el test de embarazo, pero lo sospecho desde hace tres días, cuando empecé a vomitar. – Le confieso. – No quería decirte nada hasta estar segura, no quería preocuparte por nada…

–  Cariño, acabas de hacerme el hombre más feliz y lo único que deseo es que confíes plenamente en mí, juntos para lo bueno y lo malo. – Me responde sonriendo y sin dejar de abrazarme. – Un pequeño guerrero o una pequeña guerrera, Nerea se pondrá muy contenta cuando se entere que por fin va a tener un primito.

–  Aún es pronto para anunciarlo, cariño. – Le respondo. – Te prometí que serías el primero en saberlo y lo he cumplido, pero de momento seremos los únicos, al menos hasta que visite al doctor y nos confirme que todo está bien.

–  Cómo tú ordenes, pequeña. – Me consiente. Me da un beso en los labios antes de cogerme en brazos y añade: – Vamos dentro que no quiero que cojas frío, pequeña.

Y me lleva a la habitación, donde me desnuda y, antes de hacerme el amor, me besa una y otra vez en cada centímetro de mi vientre, con amor y ternura. Él desea tanto este bebé cómo lo deseo yo.

 

FIN