Archivo | julio 2016

Cita 29.

“La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.”

John Lennon.

Siempre cuidaré de ti 5.

Siempre cuidaré de ti

A la mañana siguiente mi padre me despierta y me dice que Manuel quiere que le eche una mano con un caso y, cómo no puedo negarme, me levanto, me doy una ducha y bajo a la cocina a desayunar, donde Manuel ya me está esperando.

–  Buenos días, Ariadna. – Me saluda Manuel.

–  Buenos días, Manuel. – Murmuro medio dormida.

Manuel, consciente de mi humor recién levantada, probablemente alertado por mi padre, deja que desayune tranquilamente mientras lee su periódico en silencio.

Media hora más tarde, cuando el desayuno ya ha calmado mi mal humor, le pregunto:

–  Mi padre dice que quieres que te ayude en un caso, ¿de qué se trata?

Manuel baja su periódico para mirarme a los ojos, lo dobla y lo deja sobre la mesa antes de responder:

–  Se trata de un caso antiguo y, como criminalista, me gustaría que me dieras tu opinión. He oído que te has licenciado con honores y no te faltan ofertas de trabajo, sin embargo has decidido tomarte un año sabático, ¿puedo preguntar por qué?

–  He estudiado la carrera de criminología porque me gusta, pero aún no he decidido si quiero entrar en el Servicio Secreto o trabajar en un laboratorio forense privado. – Le respondo con sinceridad. – He recibido una muy buena oferta en la que me harían jefa del departamento y no tendría que rendirle cuentas a nadie.

–  Suena bien, pero eso también lo podrías conseguir en el Servicio Secreto e incluso podrías desarrollarte mejor como profesional. – Me dice Manuel.

–  ¿Te ha pedido mi padre que me des la charla? – Le pregunto molesta.

Manuel suelta una carcajada y me dice:

–  No, pero ya me advirtió que tuviera cuidado al mencionar ciertos temas. – Se levanta de su silla y, mirándome con seriedad, me dice: – Hace diez años tratábamos de rescatar a la hija de alguien muy importante, pero algo salió mal y nunca más se supo de esa niña. Dos años más tarde encontraron un cuerpo de una niña y todo parecía indicar que era ella, pero hace unas semanas el ADN de esa niña apareció en la escena de un crimen. Nuestro criminólogo ha determinado que el ADN y el resto de pruebas señalan a esa niña, pero queremos una segunda opinión y el mejor criminólogo del país, tu profesor Tom Wilson, nos ha mencionado tu nombre. Cree que eres su digna sucesora y nos ha dicho que eres incluso mejor que él, así que me gustaría que le echaras un vistazo al caso y me dieras tu opinión.

–  De acuerdo, así tendré algo que hacer mientras mi padre está en la oficina. – Le respondo con una sonrisa.

Manuel y yo salimos de la casa y un Hummer custodiado por dos enormes agentes nos espera para llevarnos al laboratorio que hay oculto entre las montañas donde Manuel guarda todas las pruebas del caso. Mientras me enseña todas las pruebas, me explica que sospecha de que esa niña pequeña que secuestraron la hayan podido convertir en un arma para matar, puede que ahora nadie la controle y busque vengarse de los que no la devolvieron a los brazos de su padre. O puede que no esté sola y la estén manipulando. Son demasiadas hipótesis que no se pueden resolver solo con estas pruebas.

–  Con lo que tienes aquí lo único que pudo hacer es confirmar de quién es el ADN y cómo murieron las víctimas, según puedo interpretar de las fotos de la escena del crimen. – Le respondo. – Me gustaría ver el informe de la autopsia del cadáver que encontraron. También puede darse el caso de que alguien haya puesto ese ADN ahí para despistar o para vengar la muerte de esa niña.

–  ¿Crees que ha podido ser un montaje?

–  Eso te lo responderé cuando haya revisado todas las pruebas. – Le contesto. – Pero yo investigaría a la familia de la víctima, si sigue viva ella acudirá a ellos y si está muerta y alguien quiere vengar su muerte lo más fácil es empezar por la familia.

–  Veo que el profesor Tom Wilson no se equivocaba contigo. – Me dice Manuel con admiración. – En esta sala encontrarás todo lo que necesites para revisar las pruebas. Soy consciente de lo poco que os gusta que os observen mientras revisáis las pruebas, pero debo estar presente durante todo el proceso para certificar tu comprobación.

–  Tranquilo, estoy acostumbrada a trabajar con cientos de ojos pendientes de lo que hago. – Le contesto poniéndome la bata blanca.

Durante el resto del día, reviso una por una las pruebas del caso bajo la atenta mirada de Manuel, que me observa en el más absoluto silencio. Solo hacemos un parón de una hora a las dos de la tarde para comer, porque Manuel me obliga a descansar un rato y reponer fuerzas para seguir trabajando. Cuando me centro en mi trabajo me olvido de comer y de dormir, no puedo dejarlo a medias porque no me concentro en otra cosa que no sea acabarlo.

A las siete de la tarde termino de revisar todas las pruebas y Manuel me pregunta:

–  Y bien, ¿qué te parece?

–  Según la autopsia, el cadáver corresponde al de esa niña. He revisado las muestras de ADN que el forense guardó y no me cabe ninguna duda de que la niña está muerta. – Le respondo. – El ADN que apareció en la escena del crimen, tal y como figura en el informe y según las fotos de la escena del crimen, hacen sospechar que se trata del ADN del asesino, así que, si la niña está muerta, alguien está matando escondiéndose bajo su identidad. Ahora te toca a ti descubrir quién es y te aconsejo que empieces por el por qué lo hace.

–  ¿Por qué crees tú que alguien puede hacer algo así?

–  Solo son conjeturas, pero supongo que alguien que quiera vengar su muerte o alguien que quiere que creamos que sigue viva y matando gente. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Investiga a la familia, averigua si tienen enemigos.

–  El padre de esa niña desapareció tres días después de que le confirmaran que el cadáver encontrado era el de su hija. – Me dice Manuel. – La madre murió cuando la niña era un bebé, no tenían más familia.

–  Entonces, alguien quiere que vosotros creáis que esa niña está viva y matando gente y, aunque suene extraño, el parece ser el candidato perfecto. – Me reafirmo en mi postura inicial. – ¿Quién ha podido tener acceso al ADN de esa niña? Desapareció hace diez años y encontraron su cadáver hace ocho años. Los únicos restos de ADN de esa niña son los que tú tienes, así que solo puede ser alguien que haya podido tener acceso a la sangre de la niña mientras estuviera viva.

–  Como los tipos que la secuestraron.

–  O como el doctor que le hacía análisis de sangre antes de que la secuestraran. – Le digo ofreciéndole otra alternativa.

–  Nuestro criminólogo ha revisado todas las pruebas y nos ha confirmado que el cadáver encontrado ocho años atrás corresponde a la niña, igual que ha confirmado que el ADN encontrado en la escena del crimen de hace unas semanas es de la misma niña, pero no ha llegado a sacar unas conclusiones tan buenas como las tuyas. – Me felicita Manuel. – Eres realmente buena.

–  Te agradezco tus halagos, pero no son conclusiones, son conjeturas. – Matizo. – Ninguna de las teorías que hemos mencionado tendrían validez ante un tribunal, no hay pruebas suficientes.

–  Así que además de ser preciosa, inteligente y excepcional en tu trabajo también eres humilde. – Me dice Manuel con una sonrisa divertida. – No me importaría que te convirtieras en mi nuera.

–  Y a mí no me importaría que fueras mi suegro, si no fuera porque no tengo la más mínima intención de casarme. – Le respondo bromeando.

–  ¿Aún no has encontrado a tu príncipe azul?

–  Hace mucho que dejé de creer en los príncipes azules. – Le contesto con sinceridad.

–  ¿No crees en el amor? – Me pregunta sorprendido.

–  No. – Le respondo con rotundidad. – Creo en la atracción que se puede sentir por alguien en concreto pero que con el tiempo desaparece. Una amiga siempre dice que el amor no es más que la insensatez de practicar sexo con un buen amigo y que, tarde o temprano, acabas quedándote sin sexo y sin amigo.

Ambos nos echamos a reír a carcajadas, esa frase es de Debby y estoy segura de que Manuel sabe perfectamente quién es la amiga que ha pronunciado esas palabras.

Entre bromas y preguntas un tanto indiscretas, Manuel y yo recogemos y ordenamos todas las pruebas del caso antes de salir del laboratorio.

Siempre cuidaré de ti 4.

Siempre cuidaré de ti

Después de dormir durante toda la mañana, me levanto y decido ir a visitar a mi padre durante un par de días, cualquier cosa es mejor que volver a encontrarme con el vecino, sobre todo después de lo que insinué delante de su amiga. Llamo a mi padre y le pongo al corriente de mis planes, al fin y al cabo me voy a instalar en su casa.

Cuando llego a casa de mi padre son las ocho de la tarde, así que lo saludo y subo a mi habitación para acomodarme antes de bajar al salón a cenar. Como siempre que voy a visitar a mi padre, Pablo se acerca a hacerme una visita y esta noche mi padre lo ha invitado a cenar con nosotros, aún sigue teniendo la esperanza de que entre Pablo y yo pueda haber algo, pero lo cierto es que ambos nos llevamos tan bien y nos conocemos desde hace tanto tiempo que somos como hermanos. El señor Méndez, el padre de Pablo, es uno de los mejores amigos de mi padre, junto con el señor Romero. Pablo, al igual que las chicas y yo, fuimos al colegio interno para los hijos de agentes, pero el hijo del señor Romero es siete años mayor que nosotros y cuando mi padre me metió en el internado él entró en la universidad y nunca lo he llegado a conocer.

Bajo al comedor y allí me encuentro a Pablo con mi padre, que me saluda con un efusivo abrazo en cuanto me ve. Mi padre nos mira alegremente, le gusta que nos llevemos tan bien y disfruta viendo cómo bromeamos. Entonces, la puerta del comedor se abre y aparecen el señor Méndez y el señor Romero.

–  ¡Querida Ari, qué gusto volver a verte! – Me saluda el señor Romero, besándome la mano al más puro estilo de un caballero.

–  En cuanto supimos que venías de visita, no hemos podido contener las ganas de pasar a saludarte y tu padre nos ha invitado a cenar. – Me dice el señor Méndez, saludándome del mismo modo que el señor Romero.

–  Yo también me alegro de verles, caballeros. – Les respondo con una amplia sonrisa.

Pasamos al comedor donde nos tomamos un par de cervezas mientras charlamos antes de que empiecen a servirnos la cena. Me siento entre mi padre y Pablo y el señor Romero me pregunta:

–  ¿A qué se debe esta repentina visita? ¿Va todo bien en tu nuevo hogar?

–  Sí, espero que sí. – Le respondo forzando una sonrisa. – Señor Romero, no ocurre nada, solo me apetecía venir de visita.

–  Por favor, llámame Manuel, señor Romero me recuerda lo viejo que me estoy haciendo. – Bromea el señor Romero, o mejor dicho Manuel.

–  Si no fuera por lo bien que te conozco, te creería. – Se mofa Pablo. – ¿Desde cuándo te apetece venir de visita por aquí? Que yo recuerde, siempre lo has detestado.

–  Tengo un vecino imbécil con el que me encuentro constantemente, solo tenía ganas de perderlo de vista un par de días y, de paso, le hago una visita a mi padre. – Le respondo sonriendo.

–  ¿Un vecino imbécil? – Me pregunta mi padre divertido. – Cuéntanos qué ha pasado.

–  No ha pasado nada. – Le digo quitándole importancia al asunto. – Nos encontramos cada dos por tres en todas partes y siempre es muy seco y antipático conmigo, creo que me culpa del mal en el mundo o algo parecido, no le caigo nada bien y lo cierto es que él a mí tampoco. Al principio creía que podría ser un psicópata que me estaba siguiendo a todas partes, pues la primera vez que lo vi fue la noche de mi graduación en el pub y luego descubro que es mi nuevo vecino, era un poco sospechoso. Pero el señor Martínez y su esposa me confirmaron que llevaba viviendo allí cinco años, nunca había dado un solo problema y siempre salía a correr a la misma hora. – Me vuelvo hacia a mi padre y le digo: – Me dijiste que podía confiar en el señor Martínez, así que le he creído ciegamente y más le vale que me haya dicho la verdad.

–  El señor Martínez te ha contestado la verdad a todo lo que le has preguntado. – Me asegura mi padre severamente. – Ni a él ni a su mujer les gusta mentir, pero son muy discretos y no te contarán nada que no preguntes directamente. Te recuerdo que el señor Martínez fue un antiguo agente del Servicio Secreto, ahora retirado para disfrutar de la vida.

–  Precisamente eso es lo que me hace dudar de él. – Le contesto.

–  ¡Está claro que Ari ha sacado tu carácter! – Le dice Manuel a mi padre mofándose. Se vuelve hacia a mí y añade: – Físicamente eres igual que tu madre, dulce, bella y encantadora. Pero ese carácter seguro, desconfiado y desafiador es el carácter de tu padre.

–  Entonces, cuando dice que no me soporta, ¿está diciendo que tampoco se soporta a sí mismo? – Me mofo riendo y produciendo la risa de todos los presentes, incluido mi padre. Me vuelvo hacia Manuel y, con un tono más serio, le pregunto: – Por cierto, ¿cuándo vas a presentarme a tu misterioso hijo? Al final, pensaré que solo es fruto de tu imaginación.

–  No es el mejor momento, créeme. – Me responde divertido y todos miran para otro lado.

–  ¿Qué pasa aquí? – Les pregunto. – ¿A qué ha venido disimular de esa manera cuando he hablado de su hijo? ¿Hay algo que deba saber?

–  Te presentaremos al hijo de Manuel cuando ambos estéis preparados para conoceros. – Sentencia mi padre y añade para cambiar de tema: – ¿Solo te quieres quedar un par de días por aquí?

–  Sí, solo he venido un par de días de visita. – Le recuerdo. – Las chicas y yo tenemos pensado irnos de vacaciones a la playa en agosto.

Mi padre me mira con gesto desaprobador y yo le mantengo la mirada con firmeza, sé que no quiere que salga mucho hasta que se solucione lo que quiera que sea que se tenga que solucionar, pero si la situación fuera tan grave, mi padre hubiera sido capaz de meterme en un búnker, es demasiado sobreprotector.

Después de cenar y de tomarnos unas copas todos juntos, Manuel, Arturo y mi padre pasan al salón para hablar de sus cosas y Pablo y yo salimos al jardín, como en los viejos tiempos.

–  Oye, ¿desde cuándo sales huyendo por un vecino imbécil? – Me pregunta Pablo cuando nos sentamos sobre el césped del jardín para fumarnos un cigarrillo de marihuana que tanto nos gustan.

–  Me conoces demasiado bien. – Le reprocho. – Lo que he dicho es verdad, pero he omitido el pequeño detalle de que ayer por la noche me quedé encerrada con él en el ascensor y no pudimos salir hasta las siete de la mañana. Le di plantón a Juan y era la tercera vez consecutiva en menos de un mes que no aparecía en una cita, y esta vez ni siquiera podía avisarle. Tuve que pasar la noche encerrada en el ascensor con ese idiota y, cuando por fin conseguimos salir, nos encontramos con una loca amiga de él que, en cuanto nos vio las pintas que teníamos, pensó lo que no era y montó un numerito, así que la puse en su lugar, pero creo que eso le va a salir caro a mi vecino. Así que, teniendo en cuenta el odio que ya me tiene de por sí, he preferido no encontrármelo durante los próximos días por lo que he venido a dar una vuelta por aquí y así mato dos pájaros de un tiro.

–   Cuéntamelo todo desde el principio sin escatimar en detalles, estoy seguro de que hay algo ente medias que se nos ha pasado inadvertido para entender el misterio de tu vecino. – Me dice Pablo.

Le cuento toda la historia, esta vez desde el principio, cuando lo vi por primera vez en el pub de Gabriel la noche de mi graduación, hasta cuando me despedí de él esta mañana después de salir del ascensor.

–  Tengo que decirte que, si le has jodido el rollo con la morena, estará furioso. – Opina Pablo.

–  Lo supongo, pero en el fondo estoy segura de que le he hecho un favor. – Le digo divertida. – Y, si tienes en cuenta mi frustración por no poder quedar con Pablo, estuve de lo más modosita

–  Si tan necesitada estás, estoy dispuesto a hacer un esfuerzo y satisfacerte sexualmente, aunque tengo que reconocer que solo de pensarlo me incomoda.

–  Sí, es como si fuera incesto o algo parecido. – Le secundo. – Te lo agradezco, pero de momento no me siento tan necesitada. – Le contesto riendo.

Con Pablo siempre he podido hablar de todo, igual que con las chicas, pero con él puedo tener la opinión de un miembro del sexo masculino. La teoría de Pablo sobre las mujeres es que somos tan desconfiadas que cuando vemos algo simple, como por ejemplo un hombre, tendemos a creer que son seres complejos que quieren ocultarnos algo porque no queremos creer que son así de simples. A mí siempre me ha parecido que los hombres son seres simples y funcionales, las mujeres somos más complejas y calculadoras que ellos. Si hubiera podido escoger, me hubiera  gustado ser simple y funcional, pero tengo que reconocer que me encanta poder echarle la culpa a mis hormonas por todas las cosas que digo o hago cuando estoy de mal humor y luego me arrepiento, que suele ser bastante a menudo.

–  Oye, ¿tú sabes algo del hijo de Romero? – Le pregunto a Pablo tras no poder dejar de darle vueltas a la cabeza a lo que ha ocurrido durante la cena. – Todos han actuado como si quisieran ocultar algo, ¿crees que es posible que no exista?

–  No lo he visto nunca, pero sé que existe. – Me responde Pablo. – Hace unas semanas lo trasladaron a una misión secreta y nos enviaron a dos agentes y a mí a ocupar su lugar en Colombia, donde terminamos la misión hace un par de días. El hecho de que manden a tres agentes en su lugar ya te hace pensar que es uno de los mejores agentes del Servicio Secreto, pero todos los agentes que había allí y le conocían le respetaban y le admiraban. – Me mira a los ojos y añade: – Pero sí, creo que nos están ocultando algo. Tu padre ha dicho que lo conocerás cuando ambos estéis preparados, ¿acaso crees que tu padre es capaz de organizar una boda pactada? A lo mejor te ha cambiado por un par de camellos y una lavadora. – Me dice Pablo mofándose.

–  Con mi carácter, dudo que mi padre se arriesgara a organizarme una boda con un completo desconocido, regresaría para vengarme al estilo “Kill Bill”. – Le digo riendo. – ¿Solo dos camellos y una lavadora? Creo que valgo algo más que eso. – Protesto.

–  Ari, tú no tienes precio. Tu valor es incalculable. – Me dice Pablo riéndose.

–  Muy gracioso, pero te recuerdo que eres tú el que insistes en verme cada vez que vengo de visita.

–  Touchée. – Me responde.

Nos quedamos sentados en el suelo del jardín fumando cigarrillos de marihuana y bebiendo cerveza hasta las tres de la madrugada, cuando Manuel y Arturo salen al jardín a buscarnos para despedirse. Pablo se marcha con su padre y yo me voy a la cama de mi antigua habitación.

Siempre cuidaré de ti 3.

Siempre cuidaré de ti

Dos semanas después de mudarnos al apartamento, las chicas se van de vacaciones con sus respectivas familias y yo me quedo sola en casa. A pesar de que mi padre y yo ya hemos resuelto nuestras diferencias, tampoco me ha apetecido irme con él para pasarme el día sola en su casa mientras él trabaja o, peor aún, ir con él a la oficina, dónde nadie mantiene conmigo una conversación normal, todos se empeñan en tratarme como a la hija del jefe en vez de una persona normal. Supongo que ser la hija del director del Servicio Secreto es lo que tiene.

Durante estas dos semanas me he encontrado a Axel en todas partes. Todas las mañanas salgo a correr por el parque y me lo encuentro, si voy al supermercado él también está allí comprando y cuando he salido con las chicas también me lo he encontrado varias veces. Incluso he llegado a sospechar que se trata de un psicópata que me persigue, pero a través del señor Martínez me he enterado de que el vecino misterioso lleva viviendo en su apartamento desde hace cinco años y sale a correr todas las mañanas a la misma hora, así que supongo que simplemente se trata de una inquietante coincidencia. Y digo inquietante porque, a pesar de nuestros continuos encuentros, Axel está serio y poco agradable, de hecho es como si me odiara, creo que me detesta aunque no entiendo por qué.

He quedado con Juan, un amigo de la universidad, para ir a cenar a su casa y lo que surja, cómo llevamos haciendo desde que nos conocimos hace cinco años. Aunque he tenido que anular las dos últimas citas en el último momento y se ha molestado un poco, pero esta cita es nuestra pipa de la paz y pienso pasármelo en grande esta noche. Juan es un buen tipo, lo pasamos bien juntos y busca lo mismo que yo: diversión sin compromiso. No es uno de esos amigos con los que se queda para hablar de lo bien que te va la vida o de los problemas que tienes, como diría Debby, es un follamigo. Creo que con eso ya dejo bastante claro el tipo de relación que mantengo con él.

Me pongo un vestido blanco a lo Marilyn Monroe con unos zapatos plateados de tacón de aguja a juego con un bolso de mano. Cojo la botella de vino tinto que he comprado para la ocasión y salgo de mi apartamento dispuesta a ir al ascensor, no se me ocurriría bajar todas esas escaleras con los tacones para llegar al parking. Pero en el rellano me encuentro con Axel, vestido con un traje negro y una camisa gris a juego con la corbata, tan atractivo como siempre, esperando el ascensor para bajar. Nuestras miradas se cruzan y Axel me saluda con un leve movimiento de cabeza y yo le saludo del mismo modo. Las puertas del ascensor se abren y Axel me hace un gesto para que pase yo primero. Le obedezco sin dignarme a mirarle, al fin y al cabo él tampoco es que parezca contento de verme, más bien todo lo contrario. Cuando ambos estamos dentro, las puertas del ascensor se cierran y empezamos a descender hasta que de repente el ascensor se para de golpe y las luces se apagan.

–  ¡Mierda! – Murmuro entre dientes. – ¿Qué ha pasado?

–  Se habrá ido la luz. – Me responde con la voz serena mientras aprieta el botón de la campana en el panel del ascensor, sin obtener ningún resultado. – Me parece que no funciona, probablemente haya habido un fallo en el suministro eléctrico y en breve se reestablecerá.

–  No hay ningún fallo eléctrico, el aire acondicionado sigue funcionando. – Comento al mismo tiempo que aprieto el botón de la campana que segundos antes apretaba Axel.

Miro hacia el techo tratando de encontrar una escapatoria, pero este ascensor es una caja metálica con una única puerta.

–  ¿A caso pensabas salir por el techo? Has visto demasiadas películas. – Se mofa al mismo tiempo que se quita la americana, la corbata y se desabrocha un par de botones de la camisa para acto seguido sentarse en el suelo y decirme: – Será mejor que te pongas cómoda.

–  Puede que tú no tengas nada mejor que hacer, pero yo sí. – Le respondo molesta. Saco mi móvil del bolso con la intención de llamar al señor Martínez, pero no tengo cobertura. – Mira si tu móvil tiene cobertura, el mío está fuera de servicio.

Axel se saca el móvil del bolsillo y, tras comprobarlo, niega con la cabeza. Empiezo a dar golpes contra la puerta del ascensor y grito:

–  ¡Hola! ¿Alguien puede oírme?

–  No te molestes, la mayoría de los vecinos están de vacaciones y el hueco del ascensor está insonorizado, nadie podrá oírte.

–  ¿Puedes tratar de pensar en una solución en vez de criticar todo lo que hago? – Le espeto furiosa.

–  Créeme, tengo más ganas de poder salir de aquí que tú. – Me contesta con indiferencia. – Pasar la noche de un sábado encerrado en el ascensor con una niña consentida es lo último que me apetece hacer, sin embargo me resigno y me comporto como un adulto.

–  Si comportarte como un adulto es ser un gilipollas, me alegro de ser una niña consentida. – Le respondo fulminándole con la mirada. – Además, ¿qué sabrás tú de mí?

–  No sé nada ni quiero saberlo. – Me contesta furioso.

Decido que es mejor no enfadarlo, el tipo está cachas y estamos solos y encerrados en un ascensor insonorizado, mejor no tentar mi suerte. Me siento al lado de Axel, separados por escaso medio metro, y resoplo al comprobar la hora en mi móvil, ahora mismo debería estar en casa de Juan.

Pasamos dos horas en absoluto silencio y seguimos encerrados en el ascensor, con la tenue luz de emergencia y el aire acondicionado a toda marcha, tanto que la piel se me ha puesto de gallina y empiezo a frotarme los brazos para tratar de entrar en calor.

–  Toma, póntela. – Me dice Axel dándome su americana. La cojo y me la pongo sin dignarme a mirarle, él lleva dos horas ignorándome, y añade: – De nada, simpática.

–  ¿Ahora te apetece hablar? – Le reprocho furiosa.

–  Vaya, lamento que no hayas podido asistir a tu cita. – Me dice con sorna. – Está claro que te hace mucha falta desestresarte un poco. ¿Siempre eres así de simpática con todo el mundo o solo me deleitas a mí con tu adorable personalidad?

–  El único que necesita echar un polvo aquí, eres tú. Siempre estás con esa cara de amargado, como si te hubieras comido un limón. – Le reprocho furiosa. – ¿Se puede saber qué te he hecho yo para que seas tan borde? ¿O es que solo me deleitas a mí con esa adorable personalidad tuya?

Contra todo pronóstico, Axel sonríe. No tengo la menor idea de por qué lo hace, pero verlo sonreír le hace aún más atractivo y yo me pongo más furiosa. ¿Se puede saber qué se ha creído éste imbécil? Y, por si fuera poco, mi cuerpo ha desafiado a mi mente y goza de libre albedrío para reaccionar ante mi vecino, ahora mismo no soy capaz de controlarlo.

Volvemos a quedarnos en silencio y cada vez hace más frío. Axel me abraza y me coloca entre sus piernas cuando me oye tiritar y yo apoyo mi espalda sobre su pecho duro como una roca. Noto que está ligeramente ladeado y al mirar en el espejo de enfrente veo reflejado algo metálico a través de su camisa, una pistola sin lugar a dudas.

–  ¿Por qué llevas una pistola? – Le pregunto en un susurro y noto como se tensa.

–  ¿Cómo lo has sabido? – Me pregunta tras asegurarse de que la pistola sigue en su sitio.

–  Por tu postura y por el reflejo en el espejo de algo metálico en el costado de tu cintura bajo la tela de tu camisa. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Eres muy observadora. – Me responde susurrando. – ¿No te asusta estar entre los brazos de un desconocido que va armado?

–  Si me matas, me harías un favor. – Le respondo despreocupadamente.

–  Explícamelo. – me susurra al oído con la voz ronca y yo me estremezco.

–  No me gusta hablar de mi vida privada, mucho menos con desconocidos.

–  Si es por tu cita, estoy seguro que si le explicas que te has quedado encerrada en el ascensor lo entenderá y se arreglará. – Me dice divertido.

–  ¿Quién se va a creer que me he quedado encerrada en el ascensor de un edificio inteligente? Esto es surrealista. – Le digo resignada. – Tengo una botella de vino tinto carísima y que pienso beberme. No tengo copas, pero podemos compartir la botella.

–  No tengo un plan mejor así que, ¿por qué no? – Me dice encogiéndose de hombros.

Nos bebemos la botella de vino entre pullas, pero lo cierto es que tengo que reconocer que incluso me divierto con él. En algún momento, vencida por el cansancio y el alcohol, me quedo dormida entre sus brazos.

A la mañana siguiente me despierto abrazada a Axel cuando el ascensor se pone en marcha y las luces se encienden. Miro el reloj, las siete de la mañana. Axel y yo nos levantamos evitando mirarnos el uno al otro, un tanto incómodos. Axel pulsa el botón del ático y el ascensor asciende y abre sus puertas segundos después. Con los zapatos en la mano y la americana de Axel aún puesta, salgo del ascensor seguida de él, que lleva en su mano la botella de vino completamente vacía, y nos encontramos con una morena de ojos oscuros, vestida con traje de chaqueta y pantalón de color gris perla, que pone los brazos en jarras en cuanto nos ve salir del ascensor, a la par que me fulmina con la mirada.

–  Zaida, ¿qué haces aquí? – Le pregunta Axel visiblemente molesto.

–  Anoche habíamos quedado y no te presentaste. – Le responde la morena con fuego en los ojos. – Te llamé pero tenías el móvil apagado, así que esperé y esperé hasta que a las seis de la mañana me dije que si no estabas en casa estarías a punto de regresar y no me he equivocado. – Me mira con desprecio y añade con odio: – ¿Me has dejado tirada para estar con esta Barbie?

–  Si estos eran tus planes de anoche, entiendo perfectamente que no quisieras salir del ascensor. – Le digo a Axel en voz alta para que la morena me escuche. Me quito su americana y, a modo de despedida, le digo devolviéndole la chaqueta: – Buenas noches, Ken. O buenos días.

Sonrío burlonamente a la morena que me mira con ganas de asesinarme y entro en mi piso. Lo siento por Axel que lo he metido en un lío todavía mayor del que ya estaba, pero en el fondo le he hecho un favor, esa mujer es una bruja.

Me quito la ropa y me meto en la cama, no quiero pensar en nada de lo que ha ocurrido esta noche ni en lo que me dirá Axel la próxima vez que me vea después de lo que he insinuado delante de la bruja de su amiga, o quizás sea su novia. De hecho, creo que debería considerar la opción de mudarme. Si antes me odiaba, ahora será mucho peor y, por si fuera poco, lleva una pistola. Tendré que sondear al señor Martínez para averiguar cómo se gana la vida mi vecino misterioso.

Siempre cuidaré de ti 2.

Siempre cuidaré de ti

Dos días después de la graduación, mi vida es un caos. Las chicas y yo dejamos el piso del campus ayer y hoy se suponía que el camión de mudanzas tenía que traer nuestras cosas a nuestro nuevo hogar, un apartamento de tres habitaciones en el centro de la ciudad, pero el camión aún no ha aparecido y Debby no deja de quejarse, Angie de lamentarse y yo ya he acabado con la poca paciencia que me quedaba.

–  ¡Basta ya! – Les espeto furiosa. – Voy a llamar a la empresa de mudanzas.

Pero justo en ese momento, el señor Martínez, el portero del edificio, llama al interfono y nos anuncia la llegada del camión de mudanzas.

Como ayer pintamos todo el apartamento, todavía queda olor a pintura, por lo que metemos todas las cajas en nuestras respectivas habitaciones y preparamos unos colchones hinchables en el suelo del salón para pasar la noche de nuevo allí.

–  Como mañana los de la inmobiliaria no nos traigan los muebles les quemaré la tienda. – Musita Angie, que no suele enfadarse.

–  Tranquila, no estarás sola. – Le dice Debby abrazándola. – Pienso ir contigo y ayudarte a quemarles la tienda y estoy segura de que Ari también se apuntará.

–  Prefiero pensar que cumplirán con lo acordado y mañana nos traerán los muebles, de lo contrario les mataré con mis propias manos uno por uno. – Les digo bromeando.

Por suerte, al día siguiente nos trajeron los muebles y no hizo falta cumplir nuestras amenazas. Tras una semana de duro trabajo, limpiando, ordenando y organizando el apartamento, por fin acabamos y decidimos tomarnos un día de descanso que Angie y Debby aprovechan para ir a visitar a sus padres. Yo también debería ir a ver a mi padre, pero discutí con él el día de la graduación y no he vuelto a hablar con él.

Mi padre es el director del Servicio Secreto y, cómo agente secreto, es bastante discreto con su identidad, no es bueno que sepan quién es y dónde localizarlo. Mi madre murió en el parto, nunca la llegué a conocer, y mi padre me crio y educó como si fuera un pequeño proyecto de agente secreto, su pequeño proyecto. He pasado mi infancia y mi adolescencia en un colegio interno para hijos de agentes del Servicio Secreto, donde conocí y me hice amiga de Debby y Angie, y durante las vacaciones, regresaba a casa con mi padre, que dedicaba todo su tiempo libre en mí cuando estaba con él. Como hijas de agentes, las tres hemos sido entrenadas para defendernos ante el ataque de cualquier enemigo y justo por eso es por lo que discutí con mi padre el día de la graduación. Según lo poco que me contó, una misión no salió bien y alguien quiere vengarse, esa fue su única explicación para querer ponerme un agente las veinticuatro horas del día para que fuera mi sombra y yo me negué. Empezamos a discutir y finalmente, después de la graduación, mi padre se fue refunfuñando. Debby y Angie llevan diciéndome toda la semana que debo hablar con mi padre, pero a mí no me apetecía y no he contestado a ninguna de sus muchas llamadas, aunque ellas se han encargado de hablar con él y ponerle al día de todo lo que hacemos, lo que me ha puesto aún más furiosa.

¿Para qué me ha educado como una agente si no deja ni que cuide de mí misma? Por no mencionar que no pienso tener a uno de los hombres de mi padre pegado a mi espalda como si de un complemento se tratara. Mi vida ya es bastante complicada teniendo en cuenta que para los agentes del Servicio Secreto nunca dejaré de ser la hija del director y al resto del mundo le tengo que ocultar quién soy por mi propia seguridad. Con las únicas personas que puedo mostrarme tal y cómo soy de verdad, sin ocultarles nada, es con Debby y Angie, ellas me entienden, me quieren y siempre están ahí para apoyarme, aunque también para tocarme las narices, pero en eso consiste tener familia, ¿no?

Decido salir a dar una vuelta por el barrio y comprar algunos peces para el acuario, pues ya hace cinco días que he acondicionado el agua y ya está apta para los peces. Bajo por las escaleras en vez de por el ascensor, así evito cruzarme con algún vecino, odio ese momento tan incómodo cuando subes al ascensor con algún vecino y te ves obligada a tener algún tipo de conversación banal mientras rezas a todos los dioses que recuerdas para que el ascensor llegue lo más rápidamente a su destino y poder huir.

En el hall del edificio me encuentro al señor Martínez hablando con un tipo que me resulta familiar y cuando ambos se vuelven al oírme acercarme mis alertas se disparan al ver al tipo solitario y misterioso charlando tranquilamente con el señor Martínez.

–  Señorita Ayala, buenos días. – Me saluda el señor Martínez.

–  Buenos días. – Le respondo educadamente.

El señor Martínez debe de haber visto cómo miro al tipo solitario y rápidamente me pone al corriente y hace las presentaciones oportunas:

–  Señorita Ayala, él es el señor Axel Romero, su vecino de al lado. – Se vuelve hacia el tipo solitario, Axel, y le dice: – La señorita Ayala acaba de mudarse al Ático A con dos chicas más. – Axel y yo nos miramos con desconfianza y el señor Martínez, que no se le escapa una, nos pregunta: – ¿Ya se conocían?

–  No exactamente, aunque sí nos hemos visto. – Le contesta Axel sin apenas pestañear. – Y supongo que viviendo en el mismo edificio, volveremos a vernos tarde o temprano.

Esto último lo añade como si fuera una penitencia. Le dedico una mueca de desagrado y, despidiéndome únicamente del señor Martínez, salgo del edificio decidida a ir a comprar peces y olvidarme del idiota del tipo solitario, aunque tengo que reconocer que está muy atractivo con esos tejanos y esa camisa blanca con los tres primeros botones desabrochados. Pero, ¿qué estoy pensando? Está claro que necesito sexo.

Después de media hora recorriendo las calles del centro de la ciudad, encuentro una tienda de animales y entro para mirar qué peces tienen. Tras echar un vistazo y decidir cuáles quiero, me acerco a una delas dependientas y le digo:

–  Disculpe, ¿podría ayudarme?

–  Por supuesto, ¿qué puedo hacer por usted? – Me responde amablemente la dependienta de unos cincuenta años.

–  Llevo cinco días preparando el agua en el acuario y, según la lectura de las tiras reactivas, el agua ya está completamente acondicionada, así que quiero comprar algunos peces. – Le respondo.

–  ¿Sabes ya lo que quieres? – Me pregunta con dulzura. – No pareces una novata en cuanto a tener peces de acuario.

–  Tengo peces desde que tengo uso de razón, acabo de mudarme al barrio y quiero tener peces en casa, observarlos me ayuda a relajarme. – Le confieso tímidamente. – Lo cierto es que siempre compro los mismos peces, neones, guppys y barbos tetrazona. Son los menos delicados de cuidar, sobre todo cuando no se tiene tiempo ni de respirar.

–  ¿Cuántos quieres?

–  Pues, un banco de diez neones, cinco guppys y cinco barbos tetrazona. – Le respondo con decisión y una sonrisa. – También necesitaré comida para los peces.

–  Dame un minuto y en seguida te lo preparo todo. – Me responde la dependienta con voz dulce.

Lo que en principio iba a ser un minuto se convierte en veinte.

– Aquí tienes, cielo. – Me dice entregándome una bolsa con agua y peces y otra con la comida para los peces. – Son cincuenta y cinco euros con cuarenta céntimos. Te voy a dar una tarjeta y cada vez que vengas a comprar la sellaremos, cuando tengas diez sellos conseguirás un descuento del 50% en la próxima compra que realices.

–  Gracias, ha sido muy amable. – Le agradezco al mismo tiempo que le entrego mi tarjeta de crédito para que me cobre.

Cuando por fin salgo de la tienda de animales y llego a casa es casi la hora de comer. Pongo los peces en el acuario y les doy de comer, quedándome embobada observándolos. ¿Qué tendrán los peces que hacen que me evada de todas mis preocupaciones mientras los miro? Es tan absurdo como eficaz.

Llamo al restaurante chino del que me han dejado propaganda en el buzón y encargo comida a domicilio, puede que comer comida china sola en casa un sábado a mediodía no sea el mejor plan, pero es lo único que me apetece. Entre el estrés de los exámenes finales, el trabajo en el pub de Gabriel y los nervios por la graduación y la mudanza, no he tenido tiempo para mí.

Por la noche, las chicas y yo vamos a cenar a un restaurante que hay a dos calles de casa y que nos han recomendado el señor Martínez y su esposa, y más tarde vamos a un pub a tomar unas copas, donde bailamos y nos divertimos.