Archivo | junio 2016

Cita 24.

“El poeta es un mentiroso que siempre dice la verdad”.

Jean Cocteau.

No tientes al diablo 19.

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Judith y yo llegamos al aeropuerto de Londres y mi madre y Harry, su marido, vienen a buscarnos. Tan amable como siempre, Harry nos saluda y se encarga de llevar las maletas, aunque creo que se arrepiente de su caballerosidad en cuanto las coge y comprueba el peso de las mismas. Una vez en casa de mi madre y Harry, nos acompañan a las habitaciones de invitados y nos dejan a solas para que nos acomodemos y nos refresquemos un poco.

Lo primero que hace Judith es llamar a Álvaro para decirle que hemos llegado sanas y salvas. A mí también me gustaría llamar a Ángel, pero obviamente ni se me pasa por la cabeza hacerlo.

Pasamos diez días en Londres, visitando museos, palacios, parques, tiendas de moda y disfrutando de la brisa de septiembre que nada tiene que ver con el pegajoso calor de Barcelona. Salimos un par de veces a tomar unas copas, más por Judith que trata de animarme que por mí. Ni siquiera tengo ganas de quedar con mis amigos, pero Judith se puso tan pesada que terminé cediendo y llegamos a casa a las siete de la mañana completamente borrachas. El pobre Harry flipó al vernos, pero mi madre, que ha sido más hija que madre en nuestra relación, se lo tomó de buen humor e incluso bromeó y nos contó algunas de sus anécdotas de cuando era joven. Lo cierto es que mi madre nunca deja de sorprenderme, a veces es como si siguiera siendo una adolescente.

El décimo día, quedamos con John para viajar con él en el jet privado de su empresa para regresar a Barcelona. Por lo que me ha contado, John está loco por Paula. Le ha prometido que si siguen adelante con su relación vendrá a Barcelona todos los fines de semana y las vacaciones, además de cada vez que tenga que supervisar las oficinas que poseen en Barcelona. Paula también parece estar completamente enamorada de John y yo me alegro por ellos, pero no puedo evitar pensar en Ángel y eso me pone de mal humor.

Cuando llegamos a Barcelona, Paula viene a buscarnos y nos convence para salir a cenar.

–  ¡Genial! – Exclama Paula cuando logra convencernos. – Voy a llamar a mi hermano y a Álvaro. – Se vuelve hacia a Judith y le dice: – Pobre, no sabes lo triste que ha estado sin ti. – Entonces, se dirige a mí y me advierte: – Tú y yo tenemos algo de qué hablar.

Me lo temía, tarde o temprano todo el mundo empezará a preguntarse por qué, si me llevaba tan bien con Ángel, no ha aparecido ni me ha llamado en casi dos semanas que han pasado del “incidente”, por llamarlo de alguna manera.

–  ¿No me vas a dar ni una tregua de veinticuatro horas? – Bromeo.

–  No, como mucho esperaré a que te hayas bebido un par de copas. – Me contesta divertida. – Creo que deberíamos ir al Edén, allí podremos cenar, tomar una copa, charlar y bailar.

Dos horas más tarde, Judith y yo salimos de casa y nos dirigimos al Edén, donde Álvaro, John y Paula nos esperan. Sé que Paula ha llamado a Ángel para que venga a cenar, pero dudo mucho de que se presente. De todas formas, Judith me ha hecho poner el vestido blanco al estilo Marilyn Monroe que me compré en Londres dándome esperanzas diciendo que quizás Ángel sí que aparecía.

Cuando llegamos al Edén, me quedo alucinada al ver que Ángel está allí, aunque tiene cara de muy pocos amigos. Todos me saludan con gran afecto y, cuando llega el turno de Ángel, me saluda con una frialdad y una indiferencia que me dejan hecha polvo, pero logro mantener el tipo y yo también le trato con la misma  indiferencia.

El aire es tan denso a nuestro alrededor que se puede palpar en el ambiente. Por si fuera poco, nos han sentado uno al lado del otro en la mesa y todo resulta todavía más incómodo.

Durante la cena, me limito a contestar con monosílabos a todo lo que me preguntan y a beber una copa de vino detrás de otra.

–  ¿Qué tal ha ido por Londres? – Pregunta Álvaro. – ¿Habéis salido mucho por ahí?

Judith capta la indirecta de Álvaro y, para divertirse un poco a su costa, le dice sonriendo:

–  Meg me ha presentado a sus amigos, salimos de copas e incluso bailé con uno de ellos que era bastante guapo, la verdad. – Le sonríe maliciosamente y añade con sorna: – ¿Quieres seguir preguntando qué más he estado haciendo en Londres?

–  No, ya hablaremos de eso esta noche en mi casa. – Le contesta Álvaro con la voz ronca.

–  Meg, ¿tú te has divertido? – Me pregunta John, sabiendo lo que siento por Ángel e intentando provocarle, que continua impasible. – He oído por ahí que te han salido muchos pretendientes.

–  No creas nada de lo que oyes por ahí, la gente tiende a exagerar. – Bromeo.

–  Si exageran, es porque algo de cierto hay, ¿no es así? – Insiste John.

No contesto a John, pero le fulmino con la mirada a modo de respuesta y él me devuelve una maliciosa sonrisa.

Salimos al jardín y nos sentamos en los sofás de la zona chill-out. Tras bebernos la primera copa, Álvaro, Judith, John y Paula se levantan y se dirigen a la pista de baile, dejándonos a solas a Ángel y a mí. Ángel continúa sin hablar, se mantiene serio y callado constantemente. Cuando ya no puedo soportarlo más, me armo de valor y furiosa le espeto:

–  ¿Se puede saber qué demonios te pasa?

–  No me pasa nada. – Me responde frío como el hielo.

–  Ángel, basta ya. – Le suplico. Me escruta con la mirada y añado: – Si no me dices por qué estás enfurruñado no puedo saberlo. La última vez que te vi estábamos en tu casa y nos llevábamos bien, no he vuelto a verte desde entonces, ¿qué se supone que he hecho?

–  No has hecho nada. – Me responde frío como el hielo. – Ambos estuvimos de acuerdo en que solo habría sexo entre nosotros, nada más.

–  Creo recordar que ambos estuvimos de acuerdo en comportarnos como adultos. – Le replico empezando a molestarme. – Si lo que quieres es que a partir de ahora no nos dirijamos la palabra, estaré encantada.

Como si lo hubiera planeado, un tipo muy atractivo se acerca y me invita a bailar y, contra todo pronóstico, acepto con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué le den! Mi madre siempre me ha dicho que si la vida te da limones hagas limonada y eso es lo que pienso hacer. Si Ángel en vez de hacer limonada quiere comerse los ácidos limones, que se los coma.

–  Soy Néstor, ¿cómo te llamas, preciosa? – Me dice el tipo con el que estoy bailando salsa en medio de la pista.

–  Me llamo Megan. – Le respondo con una dulce sonrisa. Y, al escuchar “soñé” de Gente de Zona, me animo más y le digo: – ¡Me encanta esta canción!

–  Disculpa, pero ya has bailado con ella y no puedo dejar que la acapares el resto de la noche. – Oigo la voz de Ángel dirigiéndose a Néstor.

Néstor le mira de arriba a abajo y le contesta:

–  Eso tendrá que decidirlo ella, ¿no crees?

Ambos me miran esperando una respuesta. Néstor me sonríe alegremente y Ángel me fulmina con la mirada pero, aun así, me disculpo con Néstor y me vuelvo hacia a Ángel sorprendida por su reacción.

–  Eres la persona más bipolar que conozco, pasas de un extremo al otro. – Le reprocho al mismo tiempo que sigo sus pasos al ritmo de la música.

–  Tenías razón, no podemos evitarnos eternamente. – Me responde.

–  ¿Por eso no viniste a verme y te largaste a Noruega? – Le reprocho dolida. – Estaba preocupada, nadie me decía nada y tú no aparecías.

–  Lo siento, no estoy acostumbrado y no he sabido reaccionar.

–  ¿Acaso crees que yo sí estoy acostumbrada a que intenten matarme? – Le espeto furiosa. ¿Qué clase de excusa es esa?

–  No me refería a eso. – Me contesta sonriendo. ¿Dónde está la gracia? – Me refería a ti.

–  Será mejor que lo dejes, en vez de arreglarlo lo estás empeorando. – Le advierto.

–  Sigues sin entenderme. – Me dice sin dejar de sonreír. – Creo que lo mejor será que vayamos a hablar a otro sitio más tranquilo.

Ni siquiera me deja darle mi opinión, me agarra de la mano con firmeza y, tras despedirnos de nuestros amigos rápidamente, los cuales se quedan con la boca abierta cuando Ángel les dice que nos vamos juntos, me saca del local y me arrastra hasta su coche. Me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad para después repetir la misma acción consigo mismo en el asiento del conductor. Arranca el coche y, en silencio, se incorpora a la circulación de Barcelona nocturna que tanto me gusta.

No tientes al diablo 18.

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Cuando vuelvo en sí, me encuentro en la habitación de un hospital, con un gotero puesto y con un dolor de cuerpo como si me hubiera atropellado un camión. Agudizo la vista y empiezo a distinguir las siluetas de mi padre, Dylan y Jeff, que se van haciendo más nítidas conforme pasan los segundos. Detengo mi mirada en Jeff, que está recostado en un sillón frente a mi cama. Tiene buena cara, aunque parece un poco cansado.

–  ¿Cómo estás, hija? – Me pregunta mi padre con los ojos llenos de preocupación.

–  Me duele todo el cuerpo, pero estoy bien sabiendo que estoy a salvo. – Miro a Dylan y le pregunto temiéndome lo peor: – ¿Están todos bien?

–  Vosotros sois los únicos heridos, al resto de guardias les durmieron con cloroformo, incluidos Smith  y Stuart. – Me informa Dylan. – Jeff ya tiene el alta médica, estaba esperando a que te despertaras para despedirse de ti y marcharse. – Abro la boca para protestar pero Dylan no me deja a hablar y añade rápidamente: – Te recuerdo que tu amigo Jeff tiene una orden de busca y captura internacional y se supone que debería arrestarlo, así que puedes darme las gracias si quieres.

Pongo los ojos en blanco y cruzo mi mirada con la de Jeff. Dylan y mi padre salen de la habitación para darnos un poco de intimidad y Jeff se acerca y se sienta a los pies de mi cama.

–  Tengo que irme, princesa. – Me dice con una triste sonrisa. – Te voy a echar de menos, otra vez.

–  Aquí siempre tendrás una amiga. – Le contesto. – Yo también te voy a echar de menos.

–  Tu padre es un buen hombre y te quiere, se ha encarado con Dylan para que me dejara quedarme hasta que tú despertaras, a pesar de que no le caigo nada bien. – Me dice divertido. – Al que no le ha hecho nada de gracia es a tu amigo, creo que hasta mis hombres le tendrían miedo. – Bromea mientras yo estallo en carcajadas. – ¿Estás con él?

–  No, él no es de los que están con nadie. – Le respondo.

–  Cuéntamelo todo. – Me anima.

–  No creo que sea buena idea hablar contigo de esto. – Opino.

–  Vamos, creía que habías dicho que aquí siempre iba a tener una amiga.

–  No hay nada que contar, nos hemos acostado juntos un par de veces y ya. – Le resumo. – Él no es de los que se casa, ni siquiera se acuesta con la misma chica dos veces, no las lleva a cenar ni a su casa, para eso alquila una habitación en un hotel de la ciudad.

–  Si eso que dices es cierto, entonces debe estar loco por ti. – Me dice sonriendo. – Por lo que me has dicho, te has acostado un par de veces con él, te ha llevado a su casa, te ha escondido de Colorado poniendo en riesgo su vida y, por si fuera poco, se ha pasado toda la noche en la sala de espera, esperando poder verte.

–  ¿Sigue ahí? – Pregunto sorprendida.

–  Cuando tu padre y Dylan han discutido él se ha puesto de parte de Dylan y cuando ha accedido a dejarme marchar cuando te despertaras se ha marchado hecho una furia. – Me dice divertido. – Ese tipo está loco por ti, te lo aseguro.

–  Será mejor que te largues antes de que Dylan cambie de opinión.

–  Me voy ya. – Me dice besándome en la frente. – Seguiré cuidando de ti, estés donde estés.

Nada más marcharse Jeff, mi padre vuelve a entrar en la habitación con Matías, que tras hacerme una última revisión, decide darme el alta para esta misma tarde, eso sí, prometiéndole que voy a hacer reposo absoluto. Poco a poco, todos van entrando a visitarme, todos excepto Ángel. También han entrado a saludarme Paula y Adrián, incluso Andrés y Gloria, los padres de Ángel, también han venido a visitarme, aunque es algo normal ya que estoy en su clínica y ambos trabajan aquí.

Cuando Álvaro y Judith se quedan un rato conmigo mientras Matías y mi padre arreglan el papeleo con Dylan, trato de preguntarles por Ángel pero no me atrevo y menos aun cuando ellos están tratando de evitar el tema. ¿Les habrá contado algo Ángel? ¿Será su manera de darme a entender que entre nosotros no hay ni puede haber nada? Agotada y vencida por los acontecimientos, cuando llego a casa me meto en la cama y me quedo dormida. Mi padre quería que me quedara en su casa, pero Judith ha insistido en que ella se ocuparía de mí, ya que le habían dado un par de días libres en el trabajo.

Cuando me despierto, miro el reloj y me sorprendo al ver que he estado durmiendo quince horas seguidas. Desde luego, me hacía falta descansar. No me molesto en peinarme ni vestirme, ni siquiera me lavo la cara, y salgo de mi habitación en busca de Judith. En el salón, me encuentro a Judith con mi padre y Álvaro. La parejita se pasa todo el día juntos y, aunque me alegro por ellos, a veces me desespera ver tanto beso y abrazo en tan poco espacio de tiempo. Parecen dos osos amorosos.

–  ¡Por fin te has despertado! – Exclama Judith divertida. – Mi mejor amiga se ha convertido en una marmota que no hace otra cosa que dormir.

–  ¿Cómo te encuentras, hija? – Me pregunta mi padre.

–  Bien, supongo. – Respondo encogiéndome de hombros.

Todo lo bien que se puede estar teniendo en cuenta que han intentado matarme, me han disparado y la persona de la que me he enamorado no aparece por ninguna parte, me hubiera gustado contestar. Mi pobre padre no tiene la culpa de nada, la única culpable soy yo.

–  Voy a llamar a Matías para avisarle de que ya te has despertado. – Me informa mi padre. – Nos dijo que le avisáramos para que viniera a echarte un vistazo. Ese chico está demostrando todo lo que vale y está teniendo mucha dedicación y paciencia contigo.

–  Eso es gracias a Álvaro, son amigos. – Le quito importancia al asunto, solo me faltaba que mi padre se pusiera a hacer de cupido con el doctor. – Voy a darme una ducha, os veo ahora.

Media hora más tarde, cuando regreso de nuevo al salón, ya duchada, peinada y vestida con ropa de calle y no con el pijama, Matías ya está en casa y me sonríe nada más verme.

–  Tienes buen aspecto. – Me saluda Matías sin dejar de sonreír. – Vamos a echarle un vistazo a ese brazo, ¿has tenido fiebre esta noche?

Me encojo de hombros a modo de respuesta y Judith le contesta:

–  Le he tomado la temperatura cada dos horas como dijiste y no ha pasado de los 37ºC.

Matías, Judith y mi padre empiezan a contrastar datos, a hablar de cómo tengo que curar la herida y que si la fiebre sube debo ir a urgencias. Aprovecho que los tres están concentrados con la conversación para preguntarle a Álvaro en voz baja para que solo él me escuche:

–  ¿Dónde está Ángel? Necesito hablar con él.

–  En estos momentos debe estar subido en un avión camino de Oslo. – Me contesta con tristeza y al ver que frunzo el ceño me aclara: – Uno de nuestros clientes ha tenido un problema y Ángel ha ido a solucionarlo pero no creo que esté más de una semana fuera.

Se ha ido. Se ha ido para no tener que verme. Se ha ido para dejarme claro que entre él y yo no hay absolutamente nada. Se supone que yo ya sabía que eso iba a pasar, pero aun así me duele. ¿Cómo he sido tan idiota como para pensar que quizás conmigo fuese diferente? Lo dejó claro desde el primer momento, solo se trataba de sexo, nada más. Y yo estaba de acuerdo. De hecho, fui yo la que insistió en eso. ¿Por qué he sido tan idiota? Solo a mí se me ocurre enamorarme de alguien como Ángel.

Tras otro largo día de visitas, Judith y yo nos quedamos a solas en casa cuando el sol se va. Mi padre me ha pedido que llame a mi madre esta noche sin falta, le ha contado lo que ha pasado y le ha dicho que como no la llamara se cogía un avión y se plantaba en Barcelona. Apenas he hablado con ella desde que me he mudado a Barcelona y eso me hace sentir una mala hija. Mi madre y yo nunca habíamos estado tan distanciadas, y no me refiero a los kilómetros que nos separan. La echo de menos. Echo de menos sus locuras, sus excentricidades y, sobretodo, echo de menos que me abrace y me diga que todo va a salir bien cuando me siento hundida.

Entonces decido tomarme unos días de vacaciones para ir a ver a mi madre e intentar olvidar todo esto antes de que empiece mi nueva rutina. Así también tendré tiempo de olvidarme de Ángel. Le explico mi plan a Judith, pero ella no muestra ni una pizca de entusiasmo:

–  ¿A Londres? ¿Qué se te ha perdido allí?

–  Para empezar, mi madre y mis abuelos. – Le contesto molesta por su falta de apoyo. – Necesito salir de aquí o me volveré loca.

–  Colorado está muerto, aquí estás segura.

–  No se trata de Colorado, Jud.

–  Por favor, no me digas que esto tiene que ver con Jeff porque soy capaz de matarte. – Me suplica.

–  ¿Con Jeff? ¿Qué pasa con Jeff? – Le pregunto sin entender.

–  Además de querer ver a tu familia, ¿qué más quieres hacer en Londres? – Me increpa. – Y no me mientas que ya sabes que a ti se te da muy mal mentir y a mí muy bien saber si mientes.

Suspiro profundamente y, armándome de valor, confieso:

–  Creo que me he enamorado de Ángel. – Judith abre la boca alucinada pero, antes de que pueda decir nada, continuo hablando: – Lo sé, soy idiota. Solo yo puedo enamorarme de un tipo que solo le interesa el sexo con las mujeres, que nunca repite con la misma, que nunca se ha comprometido ni se comprometerá con nadie. Solo quiero pasar unos días en Londres, ver a mi familia y olvidarme de Ángel, aunque solo sea por un rato.

–  No lo entiendo, Meg. – Me confiesa Judith. – Tu padre se encaró con Dylan para que Jeff estuviera ahí cuando te despertases, dio a entender que estabais juntos y que lo aceptaba.

–  ¿Qué? – Pregunto riendo. – No estoy con Jeff y, si así fuera, mi padre nunca lo aceptaría. – Le aclaro entre risas. – Mi padre sabe que Jeff sigue siendo muy importante para mí, es mi ex novio pero también es un buen amigo. Me ha salvado la vida, dos veces.

–  Pues creo que eso no le ha sentado muy bien a Ángel. – Comenta Judith. – Cuando Dylan aceptó que Jeff se quedara y prometió no arrestarle, Ángel se largó furioso y desde entonces no lo he vuelto a ver. Le he preguntado a Álvaro pero lo único que he conseguido averiguar es que ayer estaba muy cansado y estuvo todo el día durmiendo y que hoy se ha ido a Noruega por un asunto de trabajo. – Me mira fijamente a los ojos y me pregunta: – ¿Piensas explicarme que rollo te has estado trayendo con Ángel?

Se lo cuento todo. Necesito desahogarme con alguien y Judith es mi mejor amiga.

–  ¡No me puedo creer que te lo hayas vuelto a tirar! – Exclama divertida. – ¡Has derretido al hombre de hielo!

–  Y él ha decidido irse a Noruega a ver si el frío de allí le vuelve a congelar. – Me lamento. Judith se echa a reír pero yo no estoy para bromear. – No te rías, tu mejor amiga tiene graves problemas y tú te descojonas de ella en su cara.

Ambas nos echamos a reír y, cuando conseguimos calmarnos un poco, Judith me dice:

–  Llama a tu madre, mañana mismo nos vamos a Londres.

–  ¿Nos vamos? – Le pregunto encantada de la vida.

–  Sí, nos vamos. – Me contesta divertida. – Necesito ir contigo para asegurarme de que vuelves y me deben varios días libres en el trabajo, no me pondrán ningún problema.

–  ¡Genial! – Grito alegremente.

La abrazo y llamamos a mi madre, la cual se vuelve loca de alegría cuando le decimos que mañana mismo vamos a Londres para hacerle una visita. Cuando cuelgo a mi madre, llamo a mi padre y le informo de mis planes. A pesar de que insiste en que debería esperar un par de días más antes de viajar, mi padre termina desistiendo y, tras hacerme prometer que lo llamaré todos los días, me desea un feliz viaje.

Mientras yo hablo con mi padre, Judith llama a Álvaro y le explica que se viene conmigo a Londres unos días para visitar a mi madre. Judith está feliz y es gracias a Álvaro.

No tientes al diablo 17.

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A la mañana siguiente, cuando me despierto en la cama de Ángel, él ya no está en la habitación. Cojo el reloj de la mesilla de noche y doy un brinco al comprobar que son las doce del mediodía. ¿Cómo he dormido tanto? Debía estar muy cansada, hacía años que no dormía más de siete horas seguidas. Ángel se ha ocupado de traerme la bolsa con mi ropa a la habitación para que pueda vestirme. Decido darme una ducha y, cuando salgo del baño envuelta únicamente con una diminuta toalla, me encuentro a Ángel esperándome apoyado en la puerta y con una sonrisa en los labios.

–  Por tu sonrisa deduzco que has dormido bien. – Comento divertida.

–  Deduces bien. – Me contesta sin dejar de sonreír. – He venido a buscarte, el doctor ha llegado hace media hora y no puede esperar mucho más.

–  ¿Ocurre algo?

–  Dice que todo está bien, pero que le gustaría hablar contigo. – Me dice encogiéndose de hombros.

Me visto rápidamente bajo la atenta mirada de Ángel, que no se pierde detalle. Cuando entro en el salón, completamente vestida y arreglada, me encuentro con un doctor de aspecto nervioso. Sin duda alguna, algo malo pasa.

–  ¿Han salido mal los análisis? – Pregunto preocupada.

–  No, en realidad los análisis han salido bien. Tienes una pequeña anemia de hierro, pero por lo que he podido comprobar en tu historial siempre andas un poco baja de hierro. – Se apresura en contestar el doctor. – Megan, me gustaría hablar contigo en privado.

Miro a Ángel intentando descifrar qué está ocurriendo, pero Ángel está tan perdido como yo, así que accedo a reunirme con él en privado en el despacho de Ángel.

–  Megan, te juro que yo soy un tío legal y no hago estas cosas, pero me han amenazado con matarme si no te entrego esto. – Me dice entregándome un sobre. – El tipo que me lo ha entregado me ha dicho que era de vital importancia para tu supervivencia y, tras comprobar que solo era una carta, he aceptado entregártelo. Ese tipo parecía desesperado, me puso una pistola en la cabeza y me dijo que no le dijera nada a nadie, excepto a ti.

Incrédula, abro el sobre y saco una carta. Lo primero que hago es leer el final de la carta, donde veo la firma de Jeff. Suspiro aliviada y leo la carta desde el principio: “Sal de ahí, princesa. Colorado sabe dónde te escondes y va a por ti. Lo mataré antes de que pueda llegar a ti. I love you, baby. Jeff.”

–  Gracias. – Le digo al doctor. – Pero ahora debe irse. Respecto al hombre que le ha amenazado, no tiene de qué preocuparse y le agradecería que no hablara con nadie sobre esto.

–  Puedes confiar en mí. – Me dice el doctor y añade antes de marcharse: – Llámame si tú o tus amigos necesitáis un doctor, no sé de qué va todo esto ni quiero saberlo, solo quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre que lo necesites.

–  Muchas gracias.

Me despido del doctor y salimos del despacho, donde se despide de Ángel y se marcha. Una vez el doctor se ha marchado, Ángel me pregunta:

–  ¿A qué ha venido eso? ¿Ocurre algo?

–  Tenemos que irnos de aquí. – Le respondo entregándole la carta de Jeff.

Ángel lee la carta y, mirándome a los ojos, me pregunta:

–  ¿Estás segura de que es Jeff? ¿Y si es Colorado que pretende hacerte salir de aquí para poder tenerte a tiro? Deberíamos llamar a Dylan antes de ir a ninguna parte.

–  No tenemos tiempo, el doctor me ha dicho que Jeff parecía desesperado.

–  ¡Ni siquiera sabes si es Jeff! – Me espeta furioso. – Y aunque así fuera, te recuerdo que gracias a él te encuentras en esta situación.

En ese momento se oyen unos golpes y ambos nos sobresaltamos. Apenas nos da tiempo a girarnos cuando unos tipos nos apuntan a la cabeza con sus pistolas y entonces oigo la voz de Orlando Corolado y el corazón se me para:

–  Por fin volvemos a vernos mi gringa linda. Aunque tendremos que deshacernos del resto de tus compañeros, no me gusta la multitud.

–  Ellos no tienen nada que ver con esto, iré contigo donde quieras si les dejas en paz. – Le propongo.

–  Eres sensible y eso me encanta, por eso no he matado a tus escoltas, solo dormirán durante un par de horas. – Me dice divertido mientras yo siento náuseas. – Si vienes conmigo sin causar ningún percance al salir del edificio, te doy mi palabra de que tus amigos seguirán con vida.

–  ¿Cómo puedo estar segura de lo que me dices? – Le pregunto a Colorado.

–  Aunque te cueste creerlo, soy un hombre de palabra. – Me responde.

Doy un paso hacia a Colorado al mismo tiempo que miro a Ángel y le susurro bajito:

–  Lo siento.

Ángel me mira con el rostro encogido, intenta agarrarme del brazo pero uno de los tipos de Colorado lo aparta a punta de pistola rápidamente y yo fulmino con la mirada al tipo.

–  No saques las uñas, te he dado mi palabra de que nadie les va a hacer daño, al menos no mientras tú sigas dispuesta a venir conmigo. – Me dice Colorado.

Dedicándole una última sonrisa a Ángel, salgo del apartamento sin decir nada. En el hall me encuentro a Smith y Stuart tirados en el suelo y, al ver mi gesto de preocupación, Colorado me dice:

–  Solo están inconscientes, se despertarán dentro de un rato.

Sin volver la vista atrás, entro en el ascensor del edificio seguida por Colorado y cuatro de sus hombres armados hasta los dientes y descendemos hasta el parking del edificio, de donde salen seis tipos más de tres 4×4 de color negro y cristales tintados. Me ordenan subir a uno de los coches y obedezco sin rechistar. Tras media hora sentada en la parte trasera del 4×4 junto a Colorado, llegamos a una casa aislada situada a las afueras de la ciudad. Puede que esta vez sea la última vez que salgo al aire libre y solo de pensarlo me mareo. Colorado no deja que ninguno de sus hombres se me acerque más de la cuenta y mucho menos que me toquen, supongo que él tampoco ha olvidado lo que pasó la última vez.

–  ¿Vas a matarme aquí? – Le pregunto con fingida indiferencia.

–  No he dicho que fuera a matarte. – Me responde Colorado divertido. – Había pensado en que podíamos hacernos amigos, me gustaría tener a alguien como tú viviendo conmigo. Cuidaría de ti, te compraría todo lo que desees.

–  Prefiero que me pegues un tiro en la cabeza. – Le contesto furiosa.

–  Me gustas, gringa. Eres leal y fiel a tus principios y a tus seres queridos. No abunda la gente como tú, ese dichoso Jeff es un hombre con suerte.

Al escuchar el nombre de Jeff la piel se me pone de gallina. Jeff sabía que Colorado me había encontrado, me había prometido que lo mataría antes de que llegara a mí así que, si Jeff no ha aparecido…

–  ¿Por qué dices que tiene suerte? – Le pregunto.

–  Él tiene tu corazón, por eso es un hombre con suerte. – Me responde. – Por eso y porque, a pesar de que mis hombres tratan de averiguar dónde se esconde, él siempre va un paso por delante.

–  A lo mejor no es que tenga más suerte, a lo mejor simplemente es mejor. – Oigo la voz de Jeff junto a la puerta de la casa y en un abrir y cerrar de ojos me veo envuelta en un tiroteo.

Me quedo completamente paralizada y Colorado aprovecha la situación para utilizarme de escudo. Los hombres de Jeff acaban con los diez hombres de Colorado sin mucho esfuerzo, pero ahora el problema soy yo, que estoy en medio de las balas y quien se supone que tiene que recibirlas.

–  ¿Has venido a rescatar a tu princesa? – Le pregunta Colorado a Jeff. – Siento decepcionarte, pero tu princesa se va a quedar conmigo o, como bien ha pedido ella, le pegaré un tiro en la cabeza.

Jeff y yo nos miramos y nos entendemos a la perfección. Él fue quién me enseñó a defenderme, a cuidar de mí misma y, gracias a Dios, me enseñó a reaccionar ante una situación así. Tras entender lo que me pide con sus ojos, espero la señal y cuando llega, le doy un rodillazo en sus partes a Colorado y me deshago de él, dejándole a tiro. Jeff dispara cuatro veces contra el pecho de Colorado que, antes de caer al suelo, logra disparar su pistola por última vez y alcanza a Jeff en el hombro.

Me arrojo a los brazos de Jeff y presiono la herida con fuerza al ver que comienza a salir sangre en abundancia. Meto una de mis manos en mi bolsillo y saco la tarjeta de visita que me ha dado el doctor en casa de Ángel, me dijo que le llamara si necesitaba su ayuda y eso es lo que voy a hacer.

–  Dame un teléfono, necesito hacer una llamada. – Le digo a uno de los hombres de Jeff y, al ver su cara de desconfianza, añado: – Tengo un amigo médico, el mismo al que Jeff ha amenazado para advertirme que Colorado sabía dónde me escondía. Jeff necesita un médico y no puede ir a un hospital, ¿tienes alguna idea mejor? – El tipo no responde y contesto furiosa: – Me lo temía, dame el maldito móvil.

Llamo al doctor y, veinte minutos más tarde llega a la casa de las afueras. El pobre aguanta con gran esfuerzo el paisaje de cadáveres y sangre que hay en el hall y el salón de la casa y se dirige directamente hacia donde estamos Jeff y yo.

–  He traído todo lo necesario excepto a una enfermera, así que tendrás que ayudarme. – Me dice sin atisbo de estar bromeando. Al ver mi cara de horror, añade: – No te preocupes, lo vas a hacer muy bien.

–  Meg, tú puedes con esto y más. – Me anima Jeff con un hilo de voz.

No puedo negarme a pesar de que hacer esto es lo último que me apetece en este momento. Siguiendo las órdenes del doctor, el cual me ruega que a partir de ahora le llame Matías, le ayudo a extraer la bala del hombro de Jeff, aunque no sin marearme. Entre los nervios, el olor a sangre y el dolor reflejado en el rostro de Jeff, me siento como si en cualquier momento me fuera a desmayar.

Noto un dolor en el brazo y al mirar veo que lo tengo lleno de sangre, pero esa sangre no es de Jeff, es mía.

–  ¡Megan, estás herida! – Exclama Matías. – Joder, ¿cómo no me he dado cuenta?

Matías termina de coser la herida de Jeff mientras Jeff intenta quitárselo de encima y le grita que primero me atienda a mí. Cuando por fin termina, se me acerca y, tras examinar mi herida, me dice:

–  La bala ha entrado y salido, pero hay que coser esa herida.

Ver y oler la sangre cada vez me pone peor y empiezo a verlo todo borroso y cada vez más oscuro hasta que no veo ni oigo nada, me desmayo.

Cita 23.

“Solo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para amar, crecer, hacer y principalmente vivir.”

Dalai Lama.