Archivo | mayo 2016

Cállame con un beso 28.

Cállame con un beso

SILVIA.

Dos días después de que Sergei cenara en casa con nosotros, ya me encuentro mejor. Por fin la regla se me ha ido y ya no tengo náuseas ni vómitos. No suele ser así todos los meses, pero un par de veces al año siempre me da ese dolor infernal. El pobre Miguel se ha preocupado un montón y le he acabado diciendo que eran cosas de mujeres para que dejara de insistir en llamar a un médico. Aun así, no estaba del todo tranquilo y ha seguido cuidándome como si me estuviera muriendo. ¡Hombres!

–  Buenos días, cielo. – Le digo cuando me despierto y lo veo mirándome con amor.

–  Mmm… ¿La señora Hoffman despertando de buen humor? – Bromea. – Creo que ahora sí que tengo que llamar a un médico.

–  Me he despertado de muy buen humor y dispuesta a cobrarme mis derechos maritales que tanto te cuesta darme. – Bromeo.

Desde hace tres días no hacemos el amor y estoy hambrienta pero no de comida precisamente. Miguel, sonriendo con picardía, me coloca sobre él y, sin tiempo que perder, me penetra de un empujón, haciéndome gemir de placer. Hacemos el amor apasionadamente hasta llegar al clímax, momento en el que me derrumbo sobre él.

Cuando recobro la respiración, ruedo hacia un lado de la cama y reviso mi teléfono móvil. Leo el mensaje de Oleg que me confirma que todo está solucionado y le digo a Miguel:

–  Tengo que contarte algo, no quería decírtelo hasta estar segura, pero ya está todo confirmado.

Miguel se pone tenso y creo que también palidece. Se incorpora en la cama y, mirándome a los ojos, me anima a continuar:

–  Soy todo oídos.

–  Una vez que Sergei nos confirmó que los hermanos Petrov estaban detrás de todo, contacté con un amigo que tiene buena relación con ellos para que tratara de disuadirlos de su objetivo. – Le empiezo a decir con calma. – Mi contacto ha podido convencerlos para que se olviden de esos planos, les ha asegurado que han sido destruidos y no regresarán a buscarlos. Ya podemos volver a casa, gruñón.

–  ¿No tienes nada más que decirme? – Me pregunta.

–  No, ¿qué más quieres que te diga? – Contesto. – Miguel, acabo de decirte que lo hemos conseguido muchísimo antes de lo previsto y sin necesidad de entrar en una guerra de mafias y agencias, ¿no me has oído?

No lo entendía. ¿Qué le pasaba?

–  Sí, te he oído. – Me responde. – Y, ¿no tienes nada más qué decirme?

–  No te entiendo. – Le respondo empezando a cabrearme. – Algo más, ¿sobre qué?

–  ¡Sobre nada! – Me espeta furioso. – Haz tus maletas, volvemos a casa en el primer vuelo.

Para flipar. Hace un momento estábamos haciendo el amor y ahora está furioso.

–  Pero, ¿qué cojones te pasa? – Le espeto. Mi paciencia tiene un límite y ha sido rebasado.

–  Que no confío en ti, eso me pasa. – Su voz es tan fría que me deja congelada.

No entiendo nada, ¿qué ha pasado?

–  Miguel, si no te dije nada era porque no quería darte falsas esperanzas. – Le digo tras tragarme el poco orgullo y dignidad que me quedan. – Si hubiese sabido que te ibas a poner así, sin duda alguna te lo habría preguntado antes de meter en medio a Oleg.

–  ¡Me importa una mierda el caso! – Grita. – Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado, creía que podíamos confiar el uno en el otro, pero ya veo que no.

–  ¿En serio te estás poniendo así por no haberte contado lo de Oleg?

–  Deja de hacerte la tonta, Silvia. Sabes perfectamente a lo que me refiero. – Me contesta. – Eres una niñata incapaz de afrontar tus responsabilidades, incapaz de ser sincera e incapaz de hacer feliz a alguien.

Esta vez, a pesar de que ya no me queda dignidad, no pienso seguir rebajándome. Ni siquiera sé por qué se ha puesto así. Acabo de quitarnos varias semanas de trabajo, he evitado meternos en la boca del lobo y él me dice que no confía en mí. “Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado”, me ha dicho. Si no tiene que ver con el caso ni con Oleg, ¿a qué se refiere? Yo no he hecho nada, he sido sincera con él, nos lo hemos pasado bien juntos, confío en él. ¡Joder, si hasta creo que estoy enamorada y yo no me he enamorado en la vida!

Esa misma tarde, Miguel y yo regresamos a Ciudad del Cielo. Tras llegar a casa de los de la Vega, Fernando nos hace pasar a su despacho y empieza a hablar:

–  Silvia, estoy impresionado. – Me dice. – No solo habéis acortado la duración de la operación, sino que encima lo habéis hecho con los mejores resultados.

–  Me alegra saber que estás contento. – Le respondo con sinceridad.

–  ¿Pasa algo? – Pregunta Fernando mirándonos alternativamente. – Parecéis…

–  Estamos cansados, papá. – Le interrumpe Miguel. – ¿Puedo irme ya? Mañana tendrás mi informe sobre la mesa de tu despacho.

Fernando asiente con la cabeza y Miguel sale del despacho sin hablarme, sin dirigirme ni una sola mirada, como si no estuviera.

Regresando en el avión, incómoda y enfurecida por la actitud de Miguel, he redactado mi informe y lo he grabado en un pendrive que aprovecho para entregarle a Fernando mientras me despido:

–  Aquí tienes mi informe, están todos los detalles y los datos de los contactos que nos han facilitado toda la información. Oleg ha quedado en enviarme pruebas que demuestren que los rusos no volverán a acercarse por aquí, aunque a mí me basta con su palabra, sé que tú querrás tenerlo todo bien atado para poder relajarte. En cuanto las reciba, te las enviaré. – Y, conteniendo con sorprendente éxito las lágrimas, añado: – Llama a mi padre si surge algún imprevisto y no me puedes localizar.

–  ¿Y no te puedo localizar? – Me pregunta Fernando preocupado. – ¿A dónde vas?

–  Necesito unas vacaciones, Fernando. Necesito relajarme y desconectar y no lo voy a conseguir si todo el mundo me localiza. – Le aclaro. – El único que podrá localizarme será mi padre y le diré que si me necesitas me avise y me pondré en contacto conmigo. – Y, para intentar tranquilizarle, le digo forzando una sonrisa: – Ya sabes que me gusta perderme cuando estoy de vacaciones.

–  Silvia, si ha pasado algo con mi hijo… – Empieza a decir. – Quiero decir, que si no se ha comportado como debería… Eres como mi hija, Silvia. ¿Lo sabes, verdad?

–  Todo está bien, Fernando. – Miento. – No tienes de qué preocuparte.

Thor, el guardaespaldas personal de Fernando, me lleva a un aeropuerto privado y allí me subo en un yet que me lleva de regreso a Ciudad de Perla. No me despido de Miguel, no quiero hacerlo y más cuando sé que actuaría con absoluta indiferencia. Por otra parte, nunca me han gustado las despedidas.

Cuando llego a Ciudad de Perla, mi padre me espera con Alan y Darek en el aeropuerto privado, Fernando le ha debido avisar. No sé qué les habrá dicho, pero ambos me escrutan con la mirada, intentando adivinar algo sin querer preguntármelo directamente. Finjo que no me doy cuenta y actúo con la mayor naturalidad que soy capaz, no tengo ganas de hablar, solo quiero encerrarme en mi habitación, meterme en la cama y llorar hasta quedarme dormida por agotamiento. Y eso es lo que hago.

Cuando despierto quince horas después, me encuentro a Lety sentada a los pies de mi cama, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.

–  Lety, ¿qué te pasa? – Le pregunto preocupada. – ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

–  Silvia, dime tú qué ha pasado con Miguel. – Me dice con un hilo de voz. – Alan me llamó anoche, tu padre y él están muy preocupados. Daniel me ha llamado esta mañana, Miguel está insoportable y se niega a hablar de ti ni de nada que tenga que ver contigo. Fernando no entiende nada, ayer lo dejaste de piedra cuando te fuiste de su casa nada más llegar, sin despedirte de Miguel. Y, hablando de él, Daniel me ha dicho que su hermano se ha enfurecido todavía más cuando ayer bajó a cenar y Fernando le dijo que te habías largado.

–  No sé qué ha pasado, Lety. – Le confieso entre sollozos. Lety me abraza y yo sigo hablando entre sollozos con más fuerza: – Todo iba bien y, sin venir a cuento, se enfureció, me dijo que no confiaba en mí, que era una niñata incapaz de nada. Al principio creía que lo decía porque le pedí a Oleg que interfiriera por mí y no se lo dije hasta saber que había dado resultado, pero él me dijo que no era nada que tuviera que ver con el caso, sino que yo le había decepcionado.

–  No lo entiendo, no tiene sentido. – Me responde Lety sin dejar de abrazarme.

–  Llevaba unos días un poco raro, pero entre nosotros todo iba bien.

–  ¿Un poco raro? ¿A qué te refieres?

–  Me preguntaba constantemente si tenía algo que contarle, si todo iba bien. – Contesto. – No sabía a qué se refería entonces y tampoco lo sé ahora, Lety.

–  Quizás descubrió algo y esperaba que tú se lo contaras.

–  ¿El qué? No hay nada que pudiera descubrir y que le sentara mal, no tiene ningún sentido. – Le respondo abatida. – No quiero seguir hablando de esto. Necesito salir de aquí, tomarme unas vacaciones, descansar, aclarar mis ideas… Creo que voy a tomarme una temporada sabática.

Tras darme una ducha y desayunar, entro en el despacho de mi padre dispuesta a hablar con él para decirle que me voy a tomar una temporada sabática. Como era de esperar, mi padre se percata de que algo no ha ido bien con Miguel, pero cuando le digo que no quiero hablar del tema él no insiste.

Ese mismo día, me dirigí  al aeropuerto y volé en el yet hasta Isla del Sol, donde pensaba esconderme de todo el mundo. Lo bueno que tiene Isla del Sol es que no hay aeropuerto, solo existe la pequeña pista de aterrizaje de la villa a la cual solo tiene acceso el personal que yo misma autorice y no pienso autorizar a nadie. La otra forma de llegar es en barco y la costa la controla Lorenzo, no tendré problema alguno en conseguir que vete la entrada de cualquier persona no nativa.

Necesito pensar, necesito aclarar mis sentimientos.

Cállame con un beso 27.

Cállame con un beso

MIGUEL.

A la mañana siguiente, aprovecho que Silvia todavía está dormida para abrir el cajón de la cómoda donde anoche la vi esconder algo que no quería que viese. Hubiera podido preguntarle directamente, pero me hubiera arriesgado a que no me lo quisiese decir y que cambiara de sitio lo que fuera que hubiera guardado ahí, dejándome con las ganas de saber de qué se trata.

Abro el primer cajón de la cómoda y pongo blanco al ver dos test de embarazo, ambos utilizados y con un resultado que, sin leer las instrucciones, no puedo descifrar. ¿Un palito rosa? ¿Qué significa eso? ¿Está Silvia embarazada? ¡Joder, no hemos usado preservativo en ninguna ocasión! Tampoco me he preocupado porque ella no ha comentado nada, así que pensé que se tomaría la píldora y, como ambos hemos tenido acceso a nuestros expedientes médicos y estamos limpios, no había de qué preocuparse. Excepto de un embarazo, claro. Cojo uno de los prospectos de los dos test de embarazo (ambos con el mismo resultado) y lo guardo en mi cartera para leerlo cuando no haya peligro de que Silvia me descubra. Sin hacer ruido, vuelvo a meterme en la cama.

Ese mismo día pero más tarde, Silvia recibe una invitación a una fiesta de Sergei Ivanov, de quién sospechamos que podemos sacar bastante información si nos lo montamos bien. Como es lógico, aceptamos la invitación y aprovechando que ella está en el baño duchándose y arreglándose para la fiesta, decido leer el prospecto del test de embarazo y enterarme del puñetero resultado. Lo saco de la cartera y voy directamente al apartado de “interpretación del resultado.” “Si sale un palito azul no está embarazada, si sale un palito rosa está usted embarazada”, leo antes de ponerme pálido y marearme. Un palito rosa significa que está embarazada. Silvia está embarazada. Con cuidado de no ser descubierto, decido abrir el cajón de la cómoda para comprobar que el palito era rosa, aunque estoy convencido de ello, pero los test de embarazo ya no están allí. Silvia se ha deshecho de ellos. Debió de hacerse el test y cuando dio positivo debió comprar otro para confirmarlo. Puede que esto tuviera un margen de error, ¿no? Decido sacar de nuevo el prospecto y lo vuelvo a leer. El margen de error es del uno por ciento. Si se ha hecho dos test y los dos han dado positivo, no hay margen de error posible.

Silvia sale del baño completamente vestida y arreglada. Está preciosa con ese vestido rosa palo con escote en palabra de honor y un abrigo de pelo sintético de color blanco. Sin poder evitarlo, mi mirada se desvía hacia a su barriga, que sigue tan plana como siempre. Hace poco más de un mes que Silvia y yo nos acostamos juntos, así que si está embarazada, lo estará de un mes más o menos.

–  Muñeca, estás deslumbrante. – Le digo sonriendo como si no supiera nada. Le rodeo la cintura con mis brazos y, colocándole las manos en el vientre, la recuesto sobre mi pecho y le beso en la mejilla.

–  ¿Qué te pasa? – Me pregunta divertida. – Cada día estás más raro.

Me besa en los labios y me dedica una sonrisa.

Llegamos a casa de Sergei Ivanov, una increíble mansión llena de invitados vestidos de etiqueta y, tras cogernos los abrigos, nos hacen pasar al enorme salón donde todos los invitados charlan animadamente mientras toman una copa de champagne. Un camarero pasa a nuestro lado ofreciéndonos una bebida, yo cojo una copa pero Silvia la rechaza. Las embarazadas no beben alcohol.

–  ¿No te apetece champagne? – Pregunto con naturalidad.

–  No, creo que tengo el estómago un poco revuelto y no quiero beber alcohol. – Me responde con una sonrisa en los labios.

–  ¿Va todo bien, muñeca? – Insisto.

–  Claro, todo va bien. – Me miente. Y lo sé porque al responder ha evitado mirarme a los ojos.

No quiero presionarla, así que no insisto más. Durante toda la noche, no dejamos de saludar a todos los invitados, todos conocen a Irina, quieren felicitarla por la boda y conocer a su recién estrenado marido.

Sergei Ivanov por fin se acerca a saludarnos. Primero saluda a Silvia con un abrazo demasiado efusivo y duradero para mi gusto, después me mira de arriba a abajo mientras Silvia hace las presentaciones pertinentes y, finalmente, me estrecha la mano con firmeza.

–  Sergei, nos alegra haber venido a tu fiesta, que ha sido todo un evento. – Le dice Silvia con una amplia sonrisa. – Espero que puedas venir un día a casa y así ponernos al día, tenía muchas ganas de verte.

–  Yo también tenía muchas ganas de verte, Irina. – Contesta mirándome con desprecio. – Si te viene bien, mañana mismo iré a tu casa.

–  Eso sería maravilloso, Sergei. Te esperamos mañana a las nueve para cenar. ¿Vendrás acompañado?

–  No, iré solo. – Responde al mismo tiempo que se despide de ella con un abrazo y desaparece para atender al resto de invitados.

–  Ya está, así de fácil. – Me dice contenta.

–  A riesgo de no gustarme la respuesta, ¿has tenido algo con Sergei?

–  ¿Qué? ¡No! – Me contesta riendo. – ¿De dónde sacas eso?

–  De su forma de mirarme con odio, quizás. – Le digo molesto.

–  No se lo tengas en cuenta, siempre quiso que fuera la novia de su hermano, que es todavía más horrible que él. – Me aclara sonriendo. – Señor Hoffman, es usted un hombre muy celoso y posesivo.

–  Señora Hoffman, no lo sabe usted bien. – Le digo antes de besarla estrechándola contra mi pecho para abrazarla con fuerza.

Tras dar un par de vueltas por el salón saludando a algunos invitados más, decidimos que ya es hora de regresar a casa. Silvia tiene mala cara y cuando le pregunto qué le pasa me dice que no se encuentra muy bien. Nos metemos en la cama en cuanto llegamos, pero solo para dormir.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, Silvia no está en la cama. Me levanto y la escucho vomitar en el baño. La puerta del baño está cerrada y no sé qué hacer. ¿Entro por si necesita ayuda? Pero, ¿si no quiere que esté allí? Deben de ser las náuseas matutinas del embarazo, la mayoría de las mujeres las padecen, ¿no? Joder, ¡no sé nada de embarazos! Dios, voy a ser padre. Creo que necesito sentarme. Estoy a punto de sentarme a los pies de la cama cuando oigo a Silvia tirar de la cadena y el grifo del lavabo salpicando agua en la pica. Golpeo suavemente la puerta del baño con la palma de la mano y pregunto:

–  Muñeca, ¿estás bien?

–  No, estoy fatal. – Me contesta tras abrir la puerta.

Está pálida y ojerosa, desde luego no tiene buena cara. La cojo en brazos y la llevo a la cama, donde la deposito con cuidado.

–  ¿Quieres que llame a un médico? – Le pregunto preocupado.

–  No, no te preocupes. No es nada. – Me responde llevándose las manos al vientre. – ¿Podrías traerme un vaso de zumo?

–  Ahora mismo lo traigo. – Le contesto tras besarla en la frente.

Después de subirle el zumo a Silvia, se duerme y la dejo descansar. Aprovecho la ocasión para navegar por internet e investigar sobre la mujer embarazada. Dos horas más tarde, Silvia entra en el despacho y rápidamente salgo de la página de embarazos que estaba leyendo.

–  ¿Te encuentras mejor?

–  Si, gracias. – Me responde sonriendo. – ¿Qué haces?

–  Estaba echando un vistazo al correo. – Miento. Alargo mi brazo y la atraigo hacia a mí para sentarla en mi regazo. – Muñeca, si no te encuentras bien anulamos lo de esta noche con Sergei.

–  Estoy bien, no te preocupes.

A las nueve en punto de la noche Sergei aparece en casa. Cenamos mientras Silvia y él hablan de cosas banales hasta que Silvia empieza a interrogarle sutilmente. Sergei, embobado con ella, responde encantado a todo lo que le pregunta. Así conseguimos enterarnos de que los hermanos Nikolay y Alexey Petrov son los que están detrás del asalto en casa de mi padre.

Una vez que escuchamos lo que queremos oír, Silvia se encarga de deshacerse de Sergei y volvemos a quedarnos a solas. Silvia sigue sin tener buena cara y me lo confirma cuando me dice:

–  Estoy un poco cansada, me voy a ir a dormir.

–  Mañana iremos al médico, da igual lo que digas.

–  Estoy bien, de verdad. – Me dice forzando una sonrisa. – Son cosas de mujeres, nada grave.

Será mentirosa. Está intentando hacerme creer que está con la regla y que los vómitos y las náuseas no tienen nada que ver con el embarazo. ¿Es que no piensa decirme que está embarazada? Y, ¿si el padre de ese bebé no soy yo? Estoy seguro de que desde que nos conocemos solo ha estado conmigo, pero de eso solo hace dos meses, podría estar ya embarazada. Aunque, por otra parte, los test de embarazo estaban aquí, por lo que ella ha descubierto que estaba embarazada en Moscú. No creo que tarde más de un mes o mes y medio en darse cuenta de su estado, así que ese bebé tiene que ser mío.

Cállame con un beso 26.

Cállame con un beso

SILVIA.

Tal y cómo habíamos previsto, en menos de dos meses, nos infiltramos en Moscú. Después de pasar un mes en Kiel, echo de menos a Frida, a Jeffrey, a Dave y sobre todo a Rayo. Miguel, que parece darse cuenta de mi tristeza, me da un beso en los labios y me susurra al oído:

–  Podrás venir a verles siempre que quieras.

Eso me alegra. Puedo venir de visita y lo mejor es que aquí seré la señora Hoffman, podré seguir besando a Miguel cada vez que quiera porque aquí seguiré siendo su mujer.

Cuando llegamos a mi casa en Moscú, Miguel se queda asombrado. La casa es un pequeño palacio que perteneció a la familia Koviakov desde antes de la guerra fría. Mijaíl y Svetlana, el matrimonio que cuida de la casa, nos dan la bienvenida y nos felicitan por nuestro matrimonio. Al no ver por ninguna parte a Natasha, la hija de Mijaíl y Svetlana, que es de mi edad y una gran amiga, pregunto por ella:

–  ¿Dónde está Natasha?

–  ¡Eso es lo que yo quisiera saber! – Protesta Mijaíl. – No sé qué le pasa a esta hija mía, pero cada día está más rara.

–  Irina, a lo mejor tú puedes hablar con ella para ver qué le pasa, nos tiene muy preocupados. – Me ruega Svetlana.

–  No te preocupes, hablaré con ella. – Le respondo abrazándola con dulzura.

Miguel nos mira y sonríe, creo que no se termina de acostumbrar de verme abrazar con cariño al personal de la casa.

Miguel y yo subimos a nuestra habitación para ducharnos y cambiarnos de ropa. Estoy a punto de cerrar la puerta del baño para meterme en la ducha cuando Miguel me lo impide y, con gesto pícaro, me pregunta:

–  ¿Cielo, no piensas esperarme?

Le sonrío y le dejo pasar sabiendo lo que va a venir a continuación. Y no me equivocaba. Una hora después, salimos de la bañera con la piel arrugada y una sonrisa en los labios.

Esa misma tarde, Natasha aparece por casa y decido hablar con ella para tranquilizar a sus padres, aprovechando que Miguel está ocupado revisando toda la documentación de mis negocios.

–  Estaré con Natasha en la biblioteca, llámame si necesitas algo.

Me doy la vuelta dispuesta a marcharme cuando Miguel me coge del brazo y me pregunta sonriendo:

–  Muñeca, ¿no se te olvida algo?

No sé a qué se refiere y le miro arqueando una ceja. Él parece percatarse de mi aturdimiento y decide darme una pista señalándose la mejilla con el dedo índice. ¿Un beso? ¿Es eso lo que quiere? Le sonrío y le doy un beso en la mejilla, pero él vuelve la cara atrapando mi boca con sus labios. Sorprendente, pero hoy el gruñón tiene ganas de jueguecitos. Salgo del despacho antes de que la cosa se caliente más, no quiero hacer esperar a Natasha y tengo muchas ganas de hablar con ella.

–  ¡Irina! – Grita Natasha al verme y corre a abrazarme. – Aún no me puedo creer que te hayas casado, tiene que ser un hombre perfecto para que te hayas casado con él.

–  Lo es. – Contesto con sinceridad. – Y, además, está muy bueno.

Ambas nos echamos a reír a carcajadas y me siento como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotras. Hablamos de lo que hemos estado haciendo durante todo este tiempo, le cuento mi supuesto romance con Erik Hoffman y la repentina boda, la luna de miel y lo mucho que le deseo, lo cual no es para nada falso. Natasha me explica que ha salido con algunos hombres pero que se ha enamorado de Vladimir Pavlov, mi mano derecha en Moscú. Sonrío, Vladimir es un buen hombre y también está muy bueno, pero su gesto delata una pizca de tristeza que no me pasa desapercibida.

–  Suéltalo, Natasha. – Le ordeno.

–  Está bien. – Accede. Coge aire y continúa: – Vladimir y yo hemos estado viéndonos a escondidas, nadie sabe que mantenemos una relación. Todo empezó como una aventura pero, con el paso de los meses, se ha convertido en algo más. Ahora creo que estoy embarazada y no sé cómo decírselo. No sé cómo se lo va a tomar.

–  ¿Crees que estás embarazada? Lo primero que debes hacer es asegurarte, a lo mejor te estás preocupando por nada. – Le sugiero.

–  Tengo miedo, no sé qué pasará si el test da positivo. – Me dice encogiéndose de hombros. – Confío en que me venga la regla y todo este malestar general desaparezca.

–  Tienes que hacerte el test y te sugiero que te lo hagas cuanto antes. – Insisto. – Vladimir regresará dentro de dos días y, si estás embarazada, necesitarás tiempo para asimilarlo, decidir lo que quieres hacer y encontrar una manera de decírselo a él.

Finalmente, consigo convencerla. Tras pasar por el despacho para decirle a Miguel que salgo de compras con Natasha, nos vamos a un centro comercial. Lo primero que hacemos es comprar dos test de embarazo (en el caso de que salga positivo, lo repetiremos para estar seguras), después nos paseamos por varias tiendas y compro ropa de abrigo (el frío de Moscú nada tiene que ver con el frío de Ciudad de Perla) y finalmente nos sentamos en una cafetería para descansar un poco antes de regresar a casa. Una vez en casa, nos aseguramos de que Miguel sigue encerrado en el despacho y, sin hacer ruido, nos dirigimos a mi habitación.

Natasha se hace el test de embarazo y da positivo, así que repite el test y nos confirma lo que ya sospechábamos: está embarazada.

–  Bueno, lo siguiente es pensar qué quieres hacer con el bebé. – Le digo. – ¿Quieres tener este bebé, Natasha?

–  Creerás que estoy loca, pero quiero a este bebé. Incluso aunque Vladimir no me apoye y me abandone, pienso luchar por este bebé. – Me confirma con seguridad.

–  Entonces, solo queda decírselo a Vladimir.

–  ¿Cómo lo hago? Cuando venga, le digo: “Oh, Vladimir, te he echado de menos. Ah, por cierto, estoy embarazada, vas a ser padre.”

–  Es una opción, pero yo escogería algo menos directo. Dejaría que se relajara y, en un momento íntimo, se lo confesaría. – Le propongo.

–  Sería más fácil si tú me prepararas un poco el terreno, Irina.

–  Ni de coña. – Me niego. – Esto es algo entre vosotros dos, Natasha.

–  No te pido que se lo digas, simplemente que hables con él y le preguntes qué intenciones tiene conmigo. – Me suplica. – Si te dice que soy solo una aventura pasajera no le diré nada sobre el embarazo, me iré a San Petersburgo y allí comenzaré una nueva vida lejos de él.

–  Está bien, hablaré con él pero de forma sutil, no esperes que saque mucho. – Cedo. – Anda, ve a guardar tu ropa, nos vemos luego.

Natasha sale de mi habitación y yo me dejo caer sobre la cama. Por el bien de Vladimir, más le vale tener buenas intenciones con ella. Oigo la puerta de la habitación abrirse y doy un respingo. Es Miguel. Rápidamente, escondo los test de embarazo en el primer cajón de la cómoda y, justo cuando lo estoy cerrando, se coloca detrás de mí, me abraza y me susurra al oído:

–  Muñeca, ¿por qué no me has dicho que has vuelto?

Cómo no sé qué responderle, decido besarle. En un abrir y cerrar de ojos, Miguel y yo estamos desnudos, tumbados en la cama, recorriendo el cuerpo del otro con las manos y con la lengua.

–  ¿Has comprado muchas cosas? – Me pregunta cuando nuestras respiraciones se normalizan.

–  Mucha ropa de abrigo para los dos, espero que te guste. – Le contesto. – Y también una pequeña sorpresa para ti.

–  ¿Para mí? ¿Qué sorpresa?

Saco una de las bolsas con el logotipo de la lencería y se la doy a Miguel al mismo tiempo que le explico:

–  No sabía por cuál decidirme, así que he comprado los dos.

Miguel abre la bolsa y saca los dos picardías que he comprado. Uno es un corsé y un culote con liguero de color azul eléctrico y negro y el otro es un camisón de rejilla de color rosa chicle con liguero que no deja nada a la imaginación.

–  ¿Quieres acabar conmigo? – Bromea. – Creo que paso de cenar, prefiero quedarme contigo y ver cómo te pruebas todo lo que te has comprado.

Tras varias bromas y risas, logro convencer a Miguel para bajar a cenar al comedor, donde la familia Vasiliev nos espera para servir la cena.

Miguel está de buen humor y disfruto viéndolo así. Natasha me sonríe divertida y me da el visto bueno en cuanto ve a Miguel aparecer. Durante la cena todos conversamos y reímos y Miguel me sorprende besándome con tanta naturalidad delante de todos ellos.

Cállame con un beso 24.

Cállame con un beso

SILVIA.

Cuando me despierto, estoy tumbada sobre Miguel mientras él me sonríe con dulzura.

–  Buenos días, muñeca. – Me saluda con un beso en la frente.

Le devuelvo la sonrisa y ruedo hacia un lado para tumbarme sobre la cama y dejarle libre de mi peso. Miguel se vuelve hacia a mí y vuelve a colocarme sobre él al mismo tiempo que me dice:

–  Señora Hoffman, ¿no está a gusto con su esposo?

–  En absoluto, simplemente pensaba que quizás le apeteciera respirar con normalidad sin la necesidad de cargar con mi peso. – Le contesto sonriendo.

–  No pienses por mí, muñeca. – Me responde abrazándome con fuerza. – En lo referente a ti, te quiero lo más cerca posible. ¿Nos damos una ducha antes de bajar a desayunar?

Asiento con la cabeza y Miguel me lleva en brazos a la ducha. Después de volver a hacer el amor y ducharnos, bajamos a la cocina.

Frida nos prepara de todo, excusándose por no saber qué me gustaría para desayunar. Tras agradecerle el esfuerzo por todo lo cocinado, le digo que cualquier cosa que prepare me parecerá bien y Frida me sonríe complacida.

Después de desayunar, Miguel me lleva al establo y decide enseñarme la finca y los alrededores montando a caballo. Yo me muestro encantada pero, cuando estoy a punto de subirme al caballo que me ha asignado Miguel, veo un caballo negro precioso que relincha nervioso y agitado. Estoy a punto de pedirle a Miguel que me deje montarlo cuando me dice:

–  Hace un par de años murió su criador y desde entonces no se deja montar, así que olvídate de él. Si sigo teniéndolo en el establo es porque me da pena sacrificarlo.

Estoy a punto de decirle que quiero intentar montarlo cuando pienso que eso nos llevará a una discusión y no quiero arruinar el día después de lo bien que nos estamos llevando desde que hemos llegado, así que le obedezco y subo al caballo que me ha asignado.

Miguel me enseña la finca y después paseamos por la orilla del mar a lomos de nuestros caballos. No discutimos en ningún momento, solo nos sonreímos y hablamos como si fuésemos amigos de toda la vida.

Los días pasan y Erik dedica todas las mañanas a sus negocios, dejándome sola en casa, bueno con Frida y algunos de sus hombres, los cuales no me quitan los ojos de encima pero ni siquiera se atreven a hablar conmigo. Aburrida y consiente de que Erik tardará un par de horas en volver, me dirijo hacia el establo decidida a montar al caballo negro salvaje. En el establo, me encuentro con un chico joven, quizás un par de años mayor que yo, que se dedica a cuidar de los caballos.

–  Buenos días. – Le saludo.

El chico alza la vista y cuando me ve me sonríe ampliamente antes de decir:

–  Buenos días, señora Hoffman. ¿Va a salir a dar un paseo a caballo?

–  No exactamente. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Lo cierto es que he venido a ver al caballo negro, Erik me dijo que desde que su cuidador murió hace un año nadie ha podido montarlo porque se ha vuelto salvaje.

–  Soy Dave, mi padre era el cuidador de Rayo, el caballo negro. – Me dice el chico con una sonrisa nostálgica. – Mi padre decía que era el mejor caballo y lo cuidaba como si fuera una persona. Es un caballo inteligente, pero cuando murió mi padre se volvió loco.

–  Lo siento, no pretendía entristecerte…

–  No te preocupes, no pasa nada. – Me dice sonriendo. – Pero el señor Hoffman me matará si se entera que la he dejado acercarse a Rayo.

–  Yo no pienso decírselo pero si crees que sería una deslealtad verme y no decírselo, te aconsejo que te vayas a dar una vuelta durante la próxima hora. – Le sugiero divertida.

–  Creo que me voy a quedar aquí. – Me dice sentándose en una montaña de paja. – Si lo vas a hacer de todas formas, prefiero estar aquí por si me necesitas.

Cada vez que me acercaba a Rayo, éste relinchaba, se ponía nervioso e intentaba morderme. Nunca me había intentado morder un caballo antes, pero aun así, no me doy por vencida. Una hora más tarde, por fin consigo subirme a lomos de Rayo sin que acto seguido me tire sobre el montón de paja, evitando así que Dave vuelva a reírse de mí.

Durante un par de semanas, dedico las mañanas que Miguel no se queda en casa a seguir mi entrenamiento con Rayo. Cada día que pasa Rayo confía más en mí y hoy decido sacarlo del vallado para galopar con él fuera del recinto. A Dave la idea no le gusta en absoluto, pero tampoco puede evitar que lo haga sin salir perjudicado. Monto sobre Rayo a pelo, no le gusta la silla de montar y quiero que se sienta cómodo en nuestra primera salida. Dave está nervioso, no se fía de Rayo y teme que me ocurra algo, pero se calla y no dice nada. Tras trotar con Rayo durante un rato, empezamos a galopar a toda velocidad por el camino que lleva a la playa. Rayo es como una flecha, nunca había montado un caballo con tanta fuerza y tanta velocidad. Estoy tan contenta por mi paseo con Rayo que cuando me dirijo al establo no me doy cuenta que Miguel está de pie junto a Dave y una pareja. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos amigos.

–  Oh, oh, Rayo. – Susurro para que solo me escuche el caballo. – Creo que nos acabamos de meter en un buen lío, amigo.

Me paro frente a Miguel y forzando una sonrisa le digo:

–  Hola, cielo. Hoy has venido temprano.

–  Baja ahora mismo de ese caballo, Irina. – Me dice enfurecido. Hago lo que me pide sin rechistar y le entrego las riendas de Rayo a Dave, que me mira preocupado. – Te dije que no te acercaras a Rayo, que se había vuelto loco y tú, ¿qué haces? Vas y decides galopar con él como si nada. ¿Es que quieres matarte?

Miguel está furioso. De hecho, creo que nunca le había visto tan enfadado. La pareja me observa desde detrás de Miguel y el hombre, de unos treinta y pocos años, me pregunta:

–  ¿Cómo has conseguido montar a Rayo?

–  No ha sido fácil, es un caballo muy testarudo. – Le contesto sonriendo.

–  Káiser, Eva, ésta es Irina, mi mujer. – Nos presenta Miguel implacable.

–  Encantada. – Les digo estrechándoles la mano a ambos.

–  Me encantaría saber cómo te las has apañado para conseguir que Rayo te tolere, yo mismo lo intenté, salí volando y me abrí la cabeza. – Me confiesa el Káiser divertido.

–  Hace dos semanas traté de montarlo por primera vez, pero cada vez que lograba subirme a su lomo, él me lanzaba por los aires y aterrizada en una montaña de paja. – Respondo mirando a Miguel de soslayo, que cada vez está más furioso. – Empecé montándolo en el establo, lo saqué por el vallado y hoy, como lo he notado tranquilo y confiado, lo he sacado de la finca. Rayo es increíblemente rápido y fuerte, pero necesita ponerse en forma. – Me vuelvo hacia a Miguel y le digo con voz dulce: – Es un buen caballo, no puedes dejar que se muera de tristeza encerrado en el establo.

–  Llevas dos semanas montando a Rayo a mis espaldas, a pesar de que te dije expresamente que no te acercaras a él. – Me acusa impasible. – No siendo suficiente solo eso, lo sacas de la finca y galopas con él sin estar ensillado, ¿quieres matarte, joder? Estás loca y…

Le callo con un beso. No quiero discutir con él y mucho menos delante de estos extraños. Cuando despego mis labios de los suyos, le sonrío dulcemente y le susurro al oído:

–  Te he echado de menos, gruñón.

Miguel se ablanda y me sonríe. El Káiser, que se percata de ello, estalla en carcajadas para después decir divertido:

–  Erik, sin duda Irina es tu punto débil. En solo dos minutos ha hecho que pasaras de estar enfurecido a estar con cara de idiota enamorado.

–  Por eso me he casado con ella, por amor. – Le responde Miguel sonriendo para después volverme a besar y decirme con voz más suave: – La próxima vez que quieras montar a Rayo, quiero que me avises para ir contigo. – Hace una pausa y me pregunta: – Solo por curiosidad, ¿cómo has conseguido que Dave se prestara a esto?

–  No lo conseguí. – Le confieso encogiéndome de hombros. – Le di a elegir entre largarse y no tener nada que ver con el tema si me descubrías o quedarse y estar callado. El pobre los primeros días se ponía pálido cada vez que Rayo me lanzaba por los aires. No le regañes, creo que ya se lo he hecho pasar bastante mal.

Todos se ríen, incluido Miguel, y yo me relajo un poco. Regresamos a casa y por el camino Miguel me explica que el Káiser es un amigo y que ha venido con su mujer Eva para visitarnos y quedarse un par de días con nosotros. Mientras Miguel encarga a Frida que acompañe a los invitados a su habitación, yo aprovecho para escaparme a la habitación y darme una ducha, tengo una pinta horrible.

Cállame con un beso 25.

Cállame con un beso

MIGUEL.

En cuanto me aseguro de que el Káiser y su mujer están instalándose en su habitación, me dirijo hacia a mi habitación en busca de Silvia. Aún no me puedo creer lo que ha hecho, me han entrado ganas de matarla cuando la he visto subida a Rayo y galopando como una flecha. ¿Es que se había vuelto loca?

Pero la admiraba. Es increíble que en tan solo dos semanas haya podido ganarse la confianza de Rayo, que parecía haberse convertido en un caballo salvaje y malhumorado. Yo mismo había querido montarlo y desistí cuando me cansé de que me mordiera y me lanzara por los aires. Dave, el Káiser y algunos de mis hombres también quisieron probar, pero ninguno tuvo mejor suerte que yo.

Entro en la habitación en el preciso momento en que Silvia sale del baño envuelta en una toalla diminuta que apenas le tapa los pechos y la parte superior de sus muslos. Trato de mirarla a los ojos para centrarme en lo que quiero decir, pero me resulta imposible recorrer con la mirada su cuerpo casi desnudo. A pesar de semejante visión, no se me olvida el motivo por el que he venido a buscarla:

–  ¿Quieres matarme de un infarto? ¿O pretendes que mate a mi mujer delante de los invitados?

–  Empiezas a parecerte a mi padre, señor Hoffman. – Me dice divertida. – Relájate un poco, me gustabas más en nuestra luna de miel.

–  Estoy hablando en serio, joder.

–  ¡Y yo también! – Me espeta. – Me aburro aquí metida día y noche. Tú te vas todas las mañanas a ocuparte de tus negocios pero yo me quedo sola y aburrida. Si no llega a ser por Dave y Rayo probablemente a estas alturas ya me habría vuelto loca y tendría cincuenta amigos imaginarios.

–  ¿Tanto has disfrutado de la compañía de Dave? – Le pregunto molesto.

–  No me lo puedo creer, ¿estás celoso de Dave? – Me pregunta incrédula.

–  ¿Tengo motivos para estarlo?

–  En absoluto, cielo. – Me contesta acercándose a mí peligrosamente y, antes de besarme apasionadamente, me susurra: – La señora Hoffman solo tiene ojos para ti.

Así no hay quién se controle, joder. Si ya es bastante difícil de por sí, si me besa estando vestida tan solo con una diminuta toalla ya no hay nada que hacer. Me dejo llevar por ese beso y, una hora después, ambos estamos desnudos y agotados sobre la cama.

–  Será mejor que salgamos de aquí si no queremos que nuestros invitados piensen que somos unos mal educados. – Le digo besándole en la frente. – Venga muñeca, ya dormirás luego.

Cuando bajamos al salón, el Káiser y Eva nos sonríen, ambos intuyen lo que hemos estado haciendo todo este tiempo en nuestra habitación. Silvia se ruboriza ligeramente y ese rubor la hace parecer inocente y entrañable y, lo que es peor, me excita demasiado.

–  Erik me ha dicho que quieres pasar una temporada en Moscú, ¿echas de menos tu país? – Le pregunta el Káiser a Silvia.

–  Sí que lo echo un poco de menos, pero esa no es la razón por la que quiero regresar. – Le contesta ella. – Quiero enseñarle a mi marido mis propiedades y mis negocios, quiero que conozca a mis amigos y aprovechar para ver cómo van mis asuntos por allí, no me gusta tenerlos tan descuidados.

–  He oído hablar mucho y muy bien de ti, Irina. Cuando Erik me dijo que se había casado contigo no me lo podía creer. – Dice el Káiser. – En Rusia eres toda una leyenda y, ahora que te conozco en persona, tengo que decir que no solo eres una mujer preciosa y sencilla, sino que también eres humilde, fogosa a juzgar por la cara de idiota que pone Erik cada vez que te mira, y muy valiente. La única capaz de dominar la voluntad de Rayo desde que su cuidador falleció.

–  Káiser, te recuerdo que es mi mujer y que la tuya está sentada a tu lado. – Le aviso.

–  Estoy felizmente casado, amigo. – Me responde el Káiser sonriendo. – Pero eso no quita que admire la belleza, la inteligencia y la valentía de tu mujer.

Durante todo el fin de semana, el Káiser y Eva nos acompañan y salimos a cenar y a tomar unas copas con ellos. Silvia se muestra encantada de poder salir de la finca y anoto mentalmente que tengo que salir con ella más a menudo si no quiero que se busque otra distracción descabellada como la de montar a Rayo.

Cuando el Káiser y su esposa regresan a Berlín, decido llevar a Silvia a cenar a la ciudad. Jeffrey nos lleva hasta el centro y entramos en un restaurante cuya especialidad es la carne asada. Silvia me sonríe con dulzura y yo me derrito. Como diría el Káiser, ahora mismo tengo que tener cara de idiota.

Nos sentamos en una de las mesas más apartadas del local y, en vez de sentarme frente a ella, me siento a su lado para poder besarla, abrazarla y tocarla cada vez que quiera sin que la mesa me moleste.

–  ¿Qué te pasa? Estás muy… – Me dice sin acabar la frase.

–  Estoy muy… ¿qué? – La animo a que continúe.

–  No sé, estás cariñoso, sonriente y pegado a mí como un pulpo. – Me contesta divertida. – Creo que me estás malacostumbrando tratándome así.

–  ¿No te gusta?

–  Yo no he dicho eso, pero me sorprende. – Me confiesa. – Si el primer día que te conocí me hubieran dicho que acabaríamos así, no me lo hubiera creído.

–  Y ahora, ¿qué piensas?

–  Ahora intento no pensar en lo que estamos haciendo. – Me dice con tristeza. – Soy consciente de que no es buena idea llevar esto como lo estamos llevando, pero lo cierto es que así me resulta más cómodo sobrellevar todo esto.

–  ¿Más cómodo? ¿Te acuestas conmigo porque te resulta más cómodo? – Le pregunto molesto.

–  No he querido decir eso, al menos no del modo que tú lo has interpretado. – Me dice sonriendo con ternura y, después de besarme, me aclara: – Me siento a gusto y cómoda contigo. Me gusta no tener que contener mi apetito sexual cada vez que te veo, de lo contrario, nos volveríamos locos. ¿Podrías vivir conmigo en la misma casa y dormir en mi misma cama conteniendo tus ganas de besarme, acariciarme, tocarme y follarme?

–  No, no podría. – Le confieso excitado. – Creo que me volvería loco.

–  Pues a eso me refería.

–  Y, ¿cuándo todo esto acabe? – Le pregunto.

–  No lo sé, Miguel. – Me responde. – Ni siquiera quiero pensar en ello ahora. Ya veremos lo que ocurre de aquí a allí.

Sé muy bien lo que va a ocurrir porque ya está ocurriendo. Por primera vez en mi vida me he enamorado y ella ni siquiera quiere pensar en un futuro. Soy su aventura en esta misión, la clave para satisfacer su necesidad sexual sin levantar sospechas.

Después de cenar, Silvia quiere ir a tomar una copa y a bailar y, como no podía ser de otra manera, me convence de inmediato. La llevo a un pub tranquilo que hay a dos calles y nos sentamos junto a la barra mientras nos sirven las copas.

–  Te has quedado muy callado, ¿te pasa algo? – Me pregunta preocupada.

–  Solo estaba distraído. – Le contesto forzando una sonrisa. Como ella no deja de escudriñarme con la mirada, la beso en los labios y añado: – ¿Quieres bailar?

Silvia acepta encantada y bailamos hasta bien entrada la noche. Entre las copas de la cena y las de después, ambos estamos bastante achispados y nos dejamos llevar por la necesidad y el deseo, cayendo de nuevo en la tentación. Cuando llegamos a casa, ardiendo en deseos, la cojo en brazos y la llevo hasta a la habitación donde, tras colocarla sobre la cama, hacemos el amor hasta caer rendidos de agotamiento.