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Y de repente tú 14.

Y de repente tú

Miércoles, 15 de agosto de 2012.

Oficialmente, mi cumpleaños.

Me despierto en la cama de Lucas, pero él no está a mi lado. Cierro los ojos y analizo los recuerdos de la noche anterior, una noche de pasión como nunca he vivido. Echo un vistazo bajo las sábanas y me ruborizo tras comprobar que estoy completamente desnuda. Estoy a punto de saltar de la cama cuando una de las puertas de la habitación se abre y aparece Lucas, totalmente desnudo a excepción de una pequeña toalla que le tapa de la cadera hasta las rodillas, recién salido de la ducha:

–  Felicidades, preciosa. – Me dice sonriendo al mismo tiempo que se acerca y me da un rápido beso en los labios. – ¿Has dormido bien?

–  Mejor que nunca. – Le contesto devolviéndole la sonrisa y añado bromeando: – A excepción de tus ronquidos, claro.

–  ¡Yo no ronco! – Me dice riendo, abalanzándose sobre mí, haciéndome cosquillas al mismo tiempo que trata de besar mis labios. Cuando lo consigue, cesa su ataque para dedicarse exclusivamente a ese beso, un beso cálido y sensual. – Será mejor que baje a preparar el desayuno o soy capaz de tenerte retenida en mi habitación todo el día.

–  Si me dejo retener, no es un secuestro, ¿verdad? – Le pregunto pícaramente.

–  No seas mala. – Me regaña frunciendo el ceño para después volver a besarme. – Te espero abajo, no tardes demasiado.

Una hora más tarde, bajo a desayunar. Lucas no dice nada, simplemente echa un vistazo al reloj de su muñeca izquierda y deja el periódico que está leyendo doblado sobre la mesa.

–  Estábamos a punto de subir a buscarte. – Me dice Gina abrazándome. – ¡Felicidades, Mel!

–  He tardado porque mi móvil no ha dejado de sonar. – Le contesto encogiéndome de hombros a modo de disculpa. – También han llamado tus padres, dicen que luego te llamarán y quieren saber qué fin de semana vamos a ir a Villasol. Por cierto, también ha llamado Gonzalo y me ha dado total libertad para salir a la calle, los de la mafia sureña han salido del país.

–  Oye, ahora que estamos todos, quiero preguntaros algo. – Empieza diciendo Giovanni, en su tono de suspense para llamar nuestra atención. – Me ha llamado Mía diciendo que este sábado nos invitaban a cenar a todos y que vosotros dos iríais juntos y también a la fiesta del final de verano. ¡Pero si tú no has ido a una de esas fiestas en tu vida!

–  Mel le prometió a mi hermana y después a mi madre que iríamos juntos y, a menos que Mel cambie de opinión, no puedo negarme. – Le contesta sonriendo.

–  Y, ¿desde cuándo conoces a Mía y a Leonor? – Me pregunta Giovanni sorprendido.

–  ¿De verdad vas a someterme a un tercer grado el día de mi cumpleaños? – Le chantajeo sentimentalmente, que siempre da resultado.

–  Te libras porque es tu cumpleaños, pero ya hablaremos, señorita Milano. – Me advierte Giovanni divertido pero hablando en serio, para después añadir alegremente: – Felicidades, pequeña. Ven aquí y dame un abrazo.

Le doy un abrazo a Giovanni y él me eleva dándome vueltas mientras me sujeta por la cintura, tal y como hace muy a menudo.

–  Estábamos pensando en ir al lago, ¿qué te parece? – Me pregunta Gina.

–  Me parece una idea genial. – Le respondo.

–  Adelantaos vosotros, Mel y yo en seguida vamos. – Sentencia Lucas.

Gina y Giovanni le obedecen de ante mano y se marchan al lago, dejándonos a Lucas y a mí a solas. En otro momento me hubiera encantado quedarme a solas con él, pero después de lo que pasó anoche y su mirada fría, en este instante preferiría estar en cualquier otra parte.

–  Me ha llamado Mía, quería que te felicitase de su parte  y también que le confirmemos si vamos a ir a la cena del sábado y a la fiesta del fin del verano. – Me dice acercándose a mí con cautela. – ¿Sigues queriendo ir?

–  ¿Quieres que vaya?

–  Sí, sobre todo si vienes conmigo. – Me dice sonriendo.

–  Entonces, puedes confirmar nuestra asistencia. – Le digo rodeando su cuello con mis manos al ver que su mirada de Iceman ha desaparecido y vuelven a brillarle los ojos. – Estás muy guapo esta mañana.

–  Será porque he pasado una magnífica noche. – Me contesta antes de besarme en los labios apasionadamente. – Será mejor que desayunes y nos vayamos al lago antes de que esos dos vuelvan a buscarnos.

–  Esos dos están demasiado ocupados con ellos mismos como para preocuparse por nosotros. – Le replico divertida.

–  ¿Qué está insinuando, señorita Milano? – Me pregunta con la voz ronca por el deseo.

–  Señor Mancini, es usted insaciable. – Le respondo fingiendo que me ofendo.

–  Solo cuando se trata de usted, señorita Milano.

En ese momento, Giovanni y Gina entran en la cabaña y nos encuentran en la cocina. Gina, tras echar un vistazo rápido y comprobar que estamos vestidos, nos dice:

–  Cambio de planes, el agua del lago está verde tirando a marrón y yo no me pienso meter ahí dentro, prefiero quedarme en la piscina.

Giovanni nos mira y se encoge de hombros para después salir con Gina al jardín y dirigirse a la piscina. Me aseguro de que están lo suficientemente lejos como para que no me escuchen y le digo a Lucas bromeando:

–  Lo siento señor Mancini, me temo que ahora no se va a poder saciar.

–  Me vas a matar si sigues torturándome. – Me susurra al oído colocándose detrás de mí, pegando su pecho contra mi espalda y su abultada entrepierna a mi trasero. Sus manos se mueven veloces bajo la falda de mi vestido y encuentran la costura de mi diminuto bikini. Como si de los dedos de un pianista se tratara, Lucas se hizo camino hasta tocar con su dedo mi húmeda hendidura. – Mmm. Veo que tú también eres insaciable, preciosa. Pero esto solo hace que me torture más.

De pie e inclinada sobre la encimera de la cocina, Lucas se coloca detrás de mí y me tortura hasta que le ruego que se apiade de mí y mi haga el amor. Por suerte, ni Gina ni Giovanni han aparecido por la cocina.

Pasamos el día en la piscina y asando carne en la barbacoa. Respondo a todas las llamadas de teléfono que recibo de amigos y familia felicitándome por mi cumpleaños, a pesar de que lo único que me apetece es dedicarle toda mi atención a Lucas.

Decidimos quedarnos en la cabaña del lago hasta el sábado por la tarde, que volveremos a casa para prepararnos para asistir a la cena en casa de los padres de Lucas. Lucas y Giovanni han acordado trabajar desde aquí, así que la mayor parte del tiempo están en el estudio liados con sus asuntos mientras Gina y yo disfrutamos tomando el sol o dándonos un baño en la piscina.

Y de repente tú 13.

Y de repente tú

Madrugada del Miércoles, 15 de agosto de 2012.

Después de cenar, ya estamos más que achispados. Gina se levanta y pone un poco de música para animar el ambiente, aunque ya estamos bastante animados. A las doce en punto de la noche, Gina apaga las luces del comedor dejando solo unas pocas velas encendidas, lo suficiente para iluminar levemente la estancia. Giovanni camina hacia la enorme isla de mármol con un pastel de chocolate entre los brazos con el número 23 de vela encendido.

–  Pide un deseo y soplas las velas. – Me dice Gina cuando terminan de cantarme el cumpleaños feliz.

Cierro los ojos y pienso un deseo, aunque ya lo tengo claro: “Que de esta noche, no pase”. Susurro para mis adentros pensando en pasar la noche con Lucas, pero no solo para dormir.

–  ¡Felicidades, pequeña! Ya eres un año más vieja. – Me felicita Giovanni, dándome uno de sus abrazos de oso que dejan sin respiración. – Aquí tienes mi regalo. – Añade entregándome una pequeña caja rectangular. – Espero que te guste.

Desgarro el papel que envuelve el regalo y descubro un pequeño estuche de joyería. Lo abro y una preciosa pulsera de brillantes y oro blanco aparece dejándome con la boca abierta. Giovanni siempre se empeña en regalarme joyas y, aunque a mí me encantan, me siento incómoda aceptando este tipo de regalos.

–  Oh Giovanni, te he dicho mil veces que no necesitas regalarme joyas, yo no soy una de tus chicas. – Le digo bromeando.

–  Sabía que me ibas a decir eso, así que también te he traído otro regalo. – Me contesta orgulloso entregándome otro regalo.

Este regalo es cuadrado y mucho más grande que el anterior. Rasgo el papel de regalo y del paquete saco un marco de plata con una foto de Giovanni y Mía en una fiesta de la luna llena en la playa de Villasol.

– ¡Oh Giovanni, me encanta! – Le digo abrazándole emocionada. – Me acuerdo de esa noche como si fuera ayer, todos los que estábamos allí acabamos bañándonos desnudos en la playa.

–  Sí, fue una noche perfecta. – Dice Gina suspirando. – No he vuelto a ver a ese polaco en mi vida, pero no pierdo la esperanza.

–  Yo tampoco me puedo quejar, esa noche ligué con dos chicas. – Dice Giovanni sonriendo.

–  Y tú, Mel, ¿qué tal te lo pasaste esa noche? – Me pregunta Lucas con su mirada de Iceman.

–  En esa época, estaba con Gonzalo. – Le respondo con la misma frialdad de su mirada. – Fue una gran noche, pero las he tenido mejores.

–  Ahora abre mis regalos. – Me dice Gina impaciente. – El primero ya lo tienes, que es el vestido. Ahora abre éste y luego este otro.

Cojo el primer paquete que me da y lo abro desgarrando el papel y descubro un par de entradas del mejor balneario de Lagos con todos los tratamientos incluidos.

–  ¡Gracias, me muero de ganas por ir a probarlo! – Le digo abrazándola.

–  Toma, abre el otro. – Me dice Gina emocionada.

Este paquete es más pequeño que el anterior, parece ropa, pero es demasiado pequeño para ser una prenda, debe ser un complemento. Rasgo el papel y saco un conjunto de ropa interior de color rosa y negro, de encaje y diminuto, para dejar poco a la imaginación. Automáticamente, me ruborizo y el calor me sube a la cabeza.

–  ¡Joder! – Exclama Giovanni. – Creo que acabo de descubrir el regalo perfecto para hacerle a una mujer, siempre y cuando me deje que se lo vea puesto.

–  Lo siento chico, pero hoy no es tu día de suerte. – Le respondo divertida.

–  Será mejor que abras mi regalo. – Me dice Lucas intentando no mirar el sexy conjunto de ropa interior que me ha regalado Gina.

–  No deberías haberte molestado, ya bastantes regalos me has hecho desde que nos conocemos. – Le digo recordando que estamos en su casa.

–  Solo es un regalo que me apetecía hacerte y lo he hecho encantado. – Me susurra al oído. – Has prometido ser buena, no hagas que me enfade.

No puedo negarme, no mientras me mira de esa manera, tan sexy y penetrante que me excita a la vez que me intimida. Cojo el paquete que me entrega y rasgo el papel como he hecho con todos los anteriores. Para mi sorpresa, me encuentro con un estuche cuadrado, también de joyería. Por el tamaño, me atrevería a decir que se trata de un colgante o una gargantilla. Sin duda, demasiado para ser un regalo que se le hace a cualquiera. Las manos me tiemblan al sostener el estuche, el cual observo detenidamente sin abrirlo.

–  ¿No vas a abrirlo? – Me pregunta Lucas con voz ronca.

Le miro intentando descifrar su pensamiento, pero se ha puesto la máscara de Iceman y es implacable, no deja al descubierto ni un solo sentimiento. Abro el estuche y me quedo petrificada al ver una preciosa gargantilla con una cadena fina de oro blanco y un colgante en forma de lágrima de color rojo.

–  ¿Te gusta? Es un rubí tallado en forma de lágrima y la cadena es de oro blanco. – Me dice Lucas sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.

–  Es precioso pero…

–  Me has prometido ser buena y las niñas buenas no rechazan un regalo de cumpleaños, es de mala educación. – Me susurra al oído al mismo tiempo que saca la gargantilla del estuche para colocarla alrededor de mi cuello. – Te queda perfecta.

–  Gracias Lucas, pero…

–  Pero nada, eres una niña buena, lo has prometido. – Me interrumpe de nuevo.

Le abrazo mientras le doy las gracias y cuando sus brazos me rodean y siento su piel sobre la mía, una descarga eléctrica sacude mi cuerpo para finalizar en el centro de mi placer.

–  ¿Qué pasa? ¿No te gusta? – Me pregunta intentando descifrar mi rostro. – Si no te gusta, podemos cambiarlo por otro.

–  No es eso, me encanta. – Le respondo.

–  Entonces, ¿qué es? – Insiste.

–  Nada, olvídalo. – Le respondo dándole un beso en la mejilla y añado para que olvide el tema: – Me ha encantado la gargantilla, pero no deberías haberte gastado tanto dinero.

Gina y Giovanni han desaparecido tras decir que se iban a dar un chapuzón a la piscina, pues Gina no se fía de meterse en el lago de noche, así que estamos solos, otra vez.

–  Explícamelo, por favor. – Me ordena con su voz melódica.

–  ¿Qué quieres que te explique?

–  Creo que he hecho mal, según mi hermana, si a una mujer le regalas algo así se quedará encantada y será la más feliz, aunque solo sea en ese instante. – Empieza a decir frustrado. – Pero a ti parece haberte ofendido y, sinceramente, no lo entiendo. No voy regalando joyas por ahí, de hecho, exceptuando a mi madre y mi hermana, nunca he regalado joyas a nadie, pero está claro que hay algo que no he hecho bien.

–  Lucas, me encanta tu regalo. – Le digo sonriendo con ternura. – Es precioso, pero no me lo esperaba y he reaccionado un poco mal. – Intento calmar la tensión en los ojos de Iceman, que acaban de volver para fastidiarme la noche y no lo pienso permitir. – Si te soy sincera, esperaba que no me hubieras comprado nada y así poder pedirte el regalo que yo quisiera.

–  Pídeme lo que quieras, te lo regalaré si puedo hacerlo. – Me dice intrigado. – ¿Qué es lo que quieres?

–  Se me ocurren muchas cosas, pero no termino de decidirme.

–  Pídelas todas, tengo suficiente dinero.

–  El problema es que ninguna de las cosas que deseo se compra con dinero, no quiero cosas materiales, quiero otro tipo de regalo más personalizado. – Le digo con la voz llena de lujuria y pasión.

–  Creo que he bebido más de la cuenta y te estoy malinterpretando. – Me contesta Lucas con la voz ronca delatando su excitación. – ¿Puedes decirme qué quieres exactamente?

–  Justo lo que estás pensando. – Le susurro al oído.

No tengo que decir nada más, Lucas se me echa encima y hace de mi boca su prisionera mientras sus manos recorren todo mi cuerpo como si quisiera aprendérselo de memoria. Estoy tan conmocionada de sentir sus labios sobre los míos y sus manos sobre mi piel que me olvido hasta de respirar.

–  Respira, cariño. – Me susurra al oído. – Si te olvidas de respirar, no podré darte tu regalo de cumpleaños.

Sus premonitorias palabras me excitan tanto que se me escapa un gemido de lo más profundo de mi garganta, necesito tenerle. Lo necesito ya.

Sin necesidad de hablarle, Lucas parece entenderme y, tras cogerme de los muslos y alzarme haciendo que rodee su cintura con mis piernas, sube las escaleras hasta llegar a su habitación sin dejar de besarme. Me tumba boca arriba sobre la cama y me observa con una sonrisa pícara y un destello en los ojos, revelando su excitación. Se desnuda poco a poco ante mí, primero quitándose la corbata para seguir con la chaqueta americana, el cinturón, el pantalón, la camisa, los calcetines y, por último, su bóxer negro. Deja que me deleite observándolo y eso es lo que hago, sobre todo centrándome en su abultada entrepierna, lista y preparada para una noche de pasión.

Tras dejar que me deleite unos segundos, Lucas me coge en brazos y me deposita de pie en el suelo, preparándome para desnudarme. Empieza acariciándome las manos y asciende hasta llegar a mi cuello para rodearlo y desabrocharme el vestido, el cual se desliza hasta caer a mis pies de inmediato.

–  ¿Qué estás haciendo conmigo? – Me pregunta mientras acaricia mi cuello con sus labios, formando un camino por mi clavícula hasta llegar al hombro. – Desde que te vi en el Sweet te metiste en mi cabeza y lo único en lo que podía pensar era en este momento.

–  Podrías haberlo dicho antes. – Protesto divertida mientras acaricio su abdomen con las yemas de mis dedos.

–  No podía, le prometí a Giovanni que no intentaría nada contigo a menos que tú me lo pidieses antes, así que la decisión estaba en tus manos. – Me susurra al oído acariciándome con la nariz. – Te deseo como nunca he deseado a nadie.

Y sus palabras resuenan en mi cabeza una y otra vez, hasta disolverse para dejarme llevar por el momento, para disfrutar de mi regalo de cumpleaños.

Y de repente tú 12.

Y de repente tú

Martes, 14 de agosto de 2012.

Cuando llegamos a la cabaña de Lucas en el Lago Norte, no doy crédito a mis ojos. Como Giovanni ya nos había advertido, no tiene nada que ver con la cabaña que nos habíamos imaginado en nuestra mente. Se trata de una enorme casa a orillas del lago, hecha de piedra y madera, con un amplio porche, jardín y piscina. Es más parecida a una mansión de dos plantas sacada de una revista de viajes de lujo donde pasar unos días en la montaña, en plan rústico. Por dentro la cabaña es todavía más espectacular. Tiene cuatro habitaciones, tres baños, un enorme salón con chimenea, mesa de billar, un mueble-bar lleno de bebidas de todo tipo y un televisor de 50 pulgadas frente a dos sofás color crema y una mesita auxiliar. La cocina es de estilo americano, con una isla en medio de la estancia que separa la cocina del comedor.

Lucas y Giovanni nos enseñan nuestras habitaciones que, casualmente, la de Gina está junto a la de Giovanni y la mía junto a la de Lucas, que se encuentra en el otro extremo del pasillo.

Lucas y Giovanni nos han venido a buscar en cuanto han dejado resueltos los asuntos de su empresa y hemos venido todos juntos en el coche de Giovanni, que es un 4×4 y es mucho más amplio. El viaje ha durado apenas una hora, así que a las seis de la tarde ya estábamos aquí.

Como habíamos pensado celebrar mi cumpleaños esta noche, Lucas se ha empeñado en pasar la tarde acomodándonos en la habitación y descansando, a veces puede ser un poco mandón. Pero no ha habido manera de hacerle entender que quería darme un chapuzón en el lago y ha insistido en que tenía que descansar. No me ha quedado más remedio que obedecer, sobre todo porque Gina estaba haciéndome señas para que no dijera nada inapropiado y fuera amable con Lucas.

A las ocho y media de la tarde, Gina entra en mi habitación mientras yo me estoy secando el pelo.

–  ¿Dónde vas así vestida? – Me pregunta Gina horrorizada.

–  ¿Qué le pasa a mi ropa?

–  ¿Bromeas? No puedes bajar así. – Me inquiere. – Por suerte, yo he pensado en todo y te he traído un vestido.

Saca un vestido de color violeta con un escote abierto hasta el ombligo y dos finos tirantes atados al cuello, ceñido hasta a la altura de las rodillas donde se ensancha al estilo sirena.

–  El vestido es parte de tu regalo de cumpleaños, pero no el más importante. – Me dice alegremente con una sonrisa en los labios. – Ponte el vestido o esos dos me matarán, no sabes cómo me ha costado convencerlos para que se vistieran de etiqueta.

–  Pero, ¿por qué has hecho eso?

–  Es el primer año que celebras tu cumpleaños lejos de casa, sé que aunque te parezcan horribles, echas de menos una de esas fiestas que organizan nuestras madres, así que te he organizado una, aunque solo estaremos nosotros cuatro.

–  Está bien, me cambio  y bajo. – Acepto finalmente.

–  Genial, yo también me voy a cambiar. Nos vemos ahora abajo.

Veinte minutos más tarde, cuando ya estoy lista para bajar al salón, alguien llama a la puerta de mi habitación, golpeándola suavemente con la mano.

–  Pasa, está abierto. – Grito desde el otro extremo de la habitación mientras me perfumo tranquilamente creyendo que es Gina quien ha llamado a la puerta. – Si vienes para comprobar si me he puesto el vestido, puedes estar tranquila. He sido una niña buena y te he hecho caso.

–  En ese caso, recuérdame que le dé las gracias a Gina. – Contesta la voz de Lucas.

¿No es Gina quién está ahí? Me vuelvo despacio y me encuentro con Lucas, perfectamente vestido con un traje negro igual que la corbata y una camisa de color gris marengo. Está irresistible. De repente, aparece así vestido frente a mí y hace que me olvide hasta de hablar.

–  Estás preciosa. – Me dice sonriendo y acercándose a mí para coger mi mano derecha y alzarla hasta sus labios para besarla, como el caballero que es. – Como no bajabas, Gina me ha pedido que viniera a buscarte. Por cierto, si te sirve de consuelo, Gina también es la causante de que vaya así vestido.

–  En ese caso, yo también tendré que darle las gracias. – Le contesto pícaramente.

Paso por delante de Lucas para salir al pasillo y bajar las escaleras y dirigirme al salón, pero Lucas se ha quedado parado en su sitio.

–  ¿Es la primera vez que una chica te dice que estás muy guapo con traje? – Le pregunto burlonamente mientras le sonrío pícara.

–  Es la primera vez que tú me lo dices, pero apenas he podido disfrutarlo porque no me esperaba un cumplido por tu parte, ¿podrías repetirlo? – Se mofa.

–  Señor Mancini, no debería reírse de mí. – Le digo divertida. – Estoy segura de que Giovanni le habrá informado que soy cinturón negro en karate, no le conviene hacerme enfadar.

–  Por su tono, deduzco que Giovanni no le ha informado que yo también soy cinturón negro en karate, así que, si usted quiere, podemos hacer unas batallitas. – Me sonríe y empieza a caminar en mi dirección para, justo cuando pasa por mi lado, me susurra con su voz irresistible: – No te preocupes, te daré ventaja y te prometo que no te haré daño.

Está hablando de karate, pero mi mente perversa se imagina otra cosa y mi entrepierna empieza a arder. No voy a poder soportar esta tensión sexual por mucho más tiempo y menos todavía con alcohol y música de por medio. “La mejor manera de librarse de la tentación es caer ella”. De nuevo Óscar Wilde vuelve a mi cabeza, quizás deba caer en la tentación y así librarme de ella, pero Óscar Wilde no pensó que al sucumbir podemos convertirnos en adictos y eso no puede acabar bien. ¿Qué se supone que debo hacer? Me estoy precipitando, Lucas ni siquiera ha intentado nada conmigo, solo se está comportando de manera amable y educada, nada fuera de lugar. Exceptuando el hecho de que su familia cree que soy su novia, pero eso es otra historia.

Bajamos al salón mientras yo sigo dándole vueltas a la cabeza hasta que Giovanni me devuelve a la realidad, casi a voz en grito:

–  Mel, ¿se puede saber en qué estás pensando para que tu mente esté a miles de kilómetros de aquí?

–  Por su cara, yo diría que en Óscar Wilde. – Murmura Lucas divertido.

–  ¿En Óscar Wilde? – Preguntan sorprendidos Gina y Giovanni al unísono.

–  Sí, últimamente Óscar Wilde está muy presente en mi cabeza. – Contesto mirando a Lucas.

–  Me he perdido. – Dice Giovanni.

–  Yo también. – Le secunda Gina.

–  ¿Quieres contarnos por qué piensas en Óscar Wilde? – Me pregunta Lucas burlonamente. Pondría la mano en el fuego que ha deducido que pienso en las frases sobre la tentación de Óscar Wilde, mundialmente conocidas.

–  Pienso en sus frases, no en él. – Le respondo divertida y añado maliciosa: – Te pondré un ejemplo: “Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.”

–  Touchée. – Me dice guiñándome un ojo.

Pasamos a la cocina donde, mientras yo estaba descansando obligatoriamente en mi habitación, ellos han estado preparando la cena y decorando la estancia con globos, velas y un montón de regalos.

Nos sentamos a la mesa para cenar y Giovanni nos sirve unas copas de vino tinto, uno de los mejores según los entendidos en vino, a mí todos me parecen iguales. Antes de servir el segundo plato, ya estamos todos bastante achispados.

Y de repente tú 11.

Y de repente tú

Viernes, 10 de agosto de 2012.

Abro los ojos de golpe, me siento rara. Miro a mi alrededor y la luz del sol que entra por la ventana me deslumbra, así que vuelvo a cerrar los ojos. ¿Qué hora es? Deslizo mi brazo hasta el filo de la cama intentando encontrar la mesilla de noche contigua, pero allí no hay nada. Vuelvo a abrir los ojos, pero esta vez lo hago lentamente para no deslumbrarme de nuevo. ¿Dónde estoy? Esta no es mi habitación en casa de Giovanni, ni tampoco la de mi nuevo apartamento. Oh, no. ¿Estoy en casa de Lucas?

Como si de un acto reflejo se tratara, mis manos retiran la sábana que cubre mi cuerpo y me tranquilizo al descubrir que no estoy desnuda, llevo puesta una enorme camiseta roja de manga corta y mis braguitas, nada más. Recuerdo haberme manchado mi camiseta de vino y que Lucas me dio esta mientras bromeaba diciendo que si volvía a mancharme no se notaría, pero no recuerdo haberme quitado el short en ningún momento. ¿Qué he hecho? ¿Cómo he llegado aquí sin mi short? ¿Dónde está Lucas?

Cierro los ojos mientras mi mente trata de abrir los cajones de mi memoria, pero están cerrados con llave y no logro recordar nada, al menos nada que no pueda ser producto de mi imaginación. No debí beber tanto.

Analicemos la situación. Estoy medio desnuda en la cama de Lucas. Anoche cenamos y bebimos en su salón, sobre todo bebimos. Estuvimos hablando de nuestra infancia, la suya y la mía. Y eso es todo lo que recuerdo. Y ahora estoy aquí, en su cama.

–  ¿Se ha despertado ya la bella durmiente? – Oigo su voz. ¿Está en mi cabeza o es real?

Abro los ojos poco a poco, adaptándome de nuevo a la luz que hay en la habitación para tratar de localizar el cuerpo de donde sale esa voz, su voz.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto cerrando de nuevo los ojos cuando logro vislumbrarle de pie a los pies de la cama. ¿Cómo es posible que esté tan guapo recién levantado?

–  Estás en mi apartamento, en mi cama, para ser más exactos. – Me dice sonriendo. – Gina te ha traído algo de ropa, puedes ducharte si quieres. Por cierto, Giovanni y Gina han ido a tu apartamento a coger algunas cosas, no regresarán hasta esta noche. Voy a prepararte algo para desayunar, estaré en la cocina.

–  Lucas, espera. – Le digo antes de que se marche de la habitación. – ¿Ha pasado algo…? – No sé cómo continuar y me quedo en silencio.

Lucas me mira y me sonríe maliciosamente. Esa sonrisa puede ser igual de peligrosa que su mirada de Iceman, pero en otro contexto.

–  ¿Qué crees tú que ha pasado? – Me pregunta sin disimular lo evidente que resulta que se está divirtiendo con la situación.

–  Lo único que recuerdo es que cenamos, bebimos, charlamos y seguimos bebiendo. – Le digo encogiéndome de hombros. – Ahora estoy en tu cama y medio desnuda, pero no recuerdo cómo he llegado aquí ni dónde están mis shorts.

–  Anoche bebimos demasiado y te quedaste dormida mientras te contaba mis años en la universidad, así que te llevé a mi cama, que es la única cama que hay en el apartamento, y te dejé dormir.

–  Eso no explica dónde están mis shorts. – Insisto. – Y, si solo hay una cama, ¿dónde has dormido?

–  Los shorts te los quitaste porque te molestaba el botón y decías que esa camiseta era como un camisón de tu abuela que te cubría hasta los pies. – Dice intentando controlar su risa sin éxito. – Y yo he dormido en la cama.

–  ¿Hemos dormido juntos? – Pregunto atónita. ¿Cómo es posible que haya dormido en la misma cama que él y no hayamos…?

–  ¿No pretenderías que durmiese en el sofá? – Se mofa. – Tranquila, esta cama es muy grande y ni siquiera nos hemos rozado mientras dormíamos. Ahora dúchate y vístete que voy a hacer el desayuno, o más bien dicho la comida, que ya es mediodía.

Lucas sale de la habitación y yo decido levantarme y darme una ducha. Cuando salgo del baño, Lucas ha dejado una bolsa con ropa, la ropa que me ha traído Gina. Decido ponerme un vestido ibicenco y las mismas sandalias que llevaba anoche. Al agacharme para calzarme las sandalias me doy cuenta de que mis shorts están sobre una butaca, Lucas ha debido traerlos.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando oigo la voz de una mujer procedente del salón y me quedo detrás de la puerta para escuchar.

–  Había pensado en ir a buscarte para salir a comer, pero llamé a tu oficina y me dijeron que no habías ido a trabajar, así que pensé que estabas enfermo y por eso he venido. – Dice la mujer.

–  Mamá, estoy bien. – Oigo la voz de Lucas. – Además, tengo una invitada y no puedo salir a comer contigo, te llamo mañana y vamos a comer donde tú quieras.

– ¿Una invitada? Tú, que aunque seas mi hijo y te quiera mucho, eres el hombre de hielo, ¿tienes a una invitada? ¿Del sexo femenino? – Pregunta la mujer estupefacta. – Eso es lo más parecido al amor que he visto en ti, ¿quién es la afortunada?

–  Mamá, hoy no. – Sentencia Lucas. – No creo que lo que le apetezca en este momento sea conocer a mi madre.

–  Pregúntaselo a ella, a lo mejor no le parece una idea tan descabellada.

No me lo puedo creer, la madre de Lucas está aquí y quiere conocerme. Oh, Dios. Esto no me puede estar pasando a mí.

Escucho unos pasos acercarse y disimulo empezando a recoger mi ropa para doblarla y guardarla en la bolsa que me ha traído Gina.

La puerta de la habitación se abre y entra Lucas, cerrando la puerta tras él. Me mira desconcertado y por primera vez noto la duda y la inseguridad en su mirada. ¿Dónde se ha metido Iceman?

–  Mel, mi madre está aquí. – Me dice delatando su nerviosismo al pasarse las manos por la cabeza. – Le he dicho que no estaba solo y se ha empeñado en conocerte, pero no tienes por qué hacerlo si no quieres.

–  No me importa conocerla pero, ¿qué se supone que estoy haciendo aquí? Es una situación un poco incómoda, ¿no crees?

–  No te preocupes por eso. – Me dice cogiéndome de la mano y arrastrándome hacia a la puerta. Se vuelve hacia a mí y añade antes de abrir la puerta y salir al pasillo que da al salón: – Estás preciosa con ese vestido blanco.

Salimos de la habitación y camino por el pasillo con las piernas temblorosas hasta llegar al salón donde, sentada en un sillón está la madre de Lucas. La mujer parece ser de la edad de mi madre, quizá pocos años mayor. Lleva el pelo de color caoba recogido en un inmaculado moño, dejando al descubierto sus perfectas y dulces facciones y sus ojos del color azul del cielo. Va vestida con un traje de falda y chaqueta de color gris perla y una blusa lisa de color blanco nuclear.

La mujer se levanta en cuanto nos ve aparecer y me sonríe ampliamente con los ojos brillantes por la emoción. Lucas me rodea por la cintura con su brazo, ofreciéndome su apoyo, y le dice a su madre:

–  Mamá, te presento a Mel. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Mel, ella es mi madre.

–  Encantada de conocerla, señora Mancini. – La saludo estrechándole la mano.

–  Lo mismo digo, Mel. – Me dice sin dejar de sonreír. – Cuando Mía me lo contó, no podía creérmelo pero, ahora que te conozco, lo entiendo todo.

¿A qué se refiere? ¿Es un cumplido o una puñalada? Busco la mirada de Lucas intentando obtener una respuesta a todas mis preguntas, pero la madre de Lucas interrumpe mis pensamientos:

–  Llámame Leonor, por favor. – Me dice sonriendo. – Mía me dijo que vendrás con Lucas a la fiesta del final del verano, ¿es así? Mi hijo nunca ha asistido a una de las fiestas que organizo ni a las que nos invitan, es un poco asocial, nada que ver con Mía.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Bromeo.

–  Si queréis, os dejo a solas para que me podáis seguir criticando con más libertad. – Se queja Lucas.

– Oh cariño, nadie en su sano juicio se atrevería a criticarte. – Se mofa Leonor. – ¿Por qué no venís mañana a cenar a casa?

–  Mamá, Mel tiene cosas que hacer y no…

–  Bueno pues si no es mañana, ¿cuándo puedes venir a casa? – Me insiste Leonor ignorando las excusas de su hijo. – Te prometo que te haremos sentir como en tu propia casa. Además, invitaremos también a Giovanni y a tu amiga, así te sentirás aún más cómoda.

–  Lo cierto es que mañana no puedo. – Me excuso. – Pero quizás podamos ir el próximo sábado, ¿tú qué dices, Lucas?

–  Yo no digo nada, que luego siempre termino siendo el culpable de todo. – Me dice levantando las manos en señal de inocencia. – Poneros de acuerdo entre vosotras que hasta ahora se os estaba dando muy bien.

–  Leonor, deja que hablemos con Giovanni y Gina y te diremos algo, ¿de acuerdo? – Le digo sin comprometerme demasiado.

–  El próximo sábado, no lo olvidéis. – Nos dice Leonor levantándose del sillón y añade para despedirse antes de macharse: – Me alegra saber que esta visita ha servido para algo, por fin mi hijo se echa novia.

–  ¡Mamá! – Protesta Lucas.

Rápidamente, Leonor nos da un par de besos en la mejilla y desaparece como si la arrastrase un huracán y la sacara del apartamento. Lo cierto es que a mí también me gustaría salir corriendo y huir, la mirada de Iceman ha vuelto y no augura nada bueno.

–  No le puedes decir a mi madre que vas a ir y después no aparecer. – Me advierte.

–  Mi intención es ir contigo y pasar un buen rato, si estás de acuerdo, claro.

–  ¿De verdad quieres ir? Van a hacerte un montón de preguntas y…

–  No te preocupes. – Le interrumpo. – Estoy acostumbrada a tratar con mi madre y con la madre de Gina, tu madre a su lado es como un corderito al lado de un lobo. Aunque creo que tienes que explicarme por qué tu madre piensa que somos novios.

–  No salgo con chicas, en plan citas y esas cosas. – Empieza a decirme poniéndose serio. – No llevo a chicas a lugares públicos y nunca he traído a casa a una chica, es mi santuario, solo para mí. Mi madre y Mía están obsesionadas en que tengo que encontrar novia y si sumas uno más uno…

–  Te acabo de meter en un buen lío. – Le interrumpo arrepentida. – Lo siento, no sabía qué decirle y me pareció feo rechazar su invitación sin escrúpulos. Puede que no vuelva a verla, pero no quiero que se lleve una mala impresión de mí, y mucho menos cuando yo no soy así.

–  Me encanta que hayas aceptado. – Esta vez es él quien me interrumpe. – Por un momento pensé que ibas a salir corriendo y no volvería a verte y sin embargo aquí estás, en medio de una emboscada.

–  Te va a sonar raro, pero tu madre me recuerda mucho a la mía. – Le digo divertida. – Mi madre se pasa la vida buscando posibles candidatos a príncipe azul mientras yo trato de salir airosa. Giovanni vino un verano a Villasol y se quedó en casa unos días, si no llegamos a frenarla, nos hubiéramos casado ese mismo verano. Gina tiene un término psicológico para eso, pero yo simplemente digo que está loca.

–  Creía que entre tú y Giovanni nunca había habido nada.

–  Y no lo ha habido, por eso te digo que mi madre está loca. – Le contesto sonriendo. – Giovanni y yo hicimos un trato, si a los treinta sigo soltera, me casaré con él para que mi madre deje de darme la lata y las mujeres dejen de pedirle más compromiso a Giovanni. Suena un poco frío, pero si lo meditas tiene su lógica.

–  ¿Por qué lo haces? ¿Por qué quieres ir a cenar con mi familia?

–  Me gusta estar contigo y tengo curiosidad por conocer a tu familia. – Le contesto insegura. – Mía y tu madre me caen bien, si tu hermano y tu padre son la mitad de amables y simpáticos de lo que son ellas, nos llevaremos bien.

Lucas y yo pasamos el resto de la mañana cocinando y parte de la tarde recogiendo la cocina. Mientras tanto, vamos charlando y me sorprendo al comprobar que se me da bastante bien la convivencia con él. Le cuento anécdotas de mi madre y sus intentos de buscarme pretendientes y ambos reímos a carcajadas. Iceman vuelve a desaparecer para dejar paso a un Lucas más relajado y sonriente.

Y de repente tú 10.

Y de repente tú

Jueves, 9 de agosto de 2012.

Cuando Giovanni regresa del trabajo, decido actuar. Llevo dos días encerrada con Gina en casa de Giovanni y ya no puedo más. Gina ha estado entrando y saliendo con Giovanni con la excusa de ir a casa a por ropa y demás enseres necesarios, pero a mí me tienen en clausura. Según Gonzalo, hasta que confirmen que la mafia sureña ha abandonado el país, lo mejor es que me quede aquí y procure no salir a la calle, cosa que Gina y Giovanni se han tomado al pie de la letra.

Por si fuera poco, no he visto a Lucas desde el martes, cuando se marchó sin despedirse de mí tras traerme a casa de Giovanni. Llevo dos días viviendo en frente de su casa y ni siquiera ha venido a verme. Giovanni no me ha dicho nada sobre Lucas y yo tampoco he querido preguntar, aunque me muero de ganas por verlo.

Pero de esta noche no pasa, tengo que aclarar con Lucas todo esto, al fin y al cabo él me ha estado ayudando. Aunque cabe la posibilidad que al escuchar mi historia haya decidido alejarse, sería lo más sensato en su situación.

–  ¿Qué tal el día, chicas? – Nos pregunta Giovanni nada más entrar en casa.

–  Aburridas. – Contesta Gina. – Y tengo antojo de comida japonesa, ¿no podemos ir a cenar a un japonés? En plan rápido, solo esta noche.

–  No, Gonzalo ha sido bastante claro: Mel no puede salir a la calle. – Responde Giovanni.

–  Yo no puedo, pero vosotros sí. – Le digo sonriendo. Sé que a ambos les encantará salir juntos a cenar y yo necesito un poco de vía libre. – Id vosotros a cenar, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta Gina. – No me hace gracia que te quedes sola.

–  Estaré bien, coge el bolso y largaros, venga. – Les apresuro.

–  Voy a cambiarme de ropa, tardo dos minutos. – Dice Gina.

–  Eso quiere decir media hora. – Murmura Giovanni sacando un par de cervezas de la nevera y ofreciéndome una. – ¿Has tenido noticias de Gonzalo?

– Sí, ha llamado esta mañana y hace un rato. Cree que cómo mucho estarán en el país una semana más, así que vas a tener inquilinas unos días más. – Bromeo.

–  Estoy encantado teniendo inquilinas. – Me contesta Giovanni sonriendo para acto seguido preguntarme socarronamente:- ¿No quieres preguntarme nada?

–  ¿Qué pasa con Lucas? ¿Está enfadado conmigo? ¿Ha pensado en todo lo que le conté y no quiere saber nada de mí? – Le pregunto sin contenerme.

–  Eso deberías preguntárselo a él.

–  Se fue sin despedirse y no he sabido nada más de él, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Vive en el apartamento de en frente, solo tienes que cruzar el rellano. – Me dice con tono burlón y le da un trago a su cerveza antes de añadir: – Ahora mismo está en su apartamento, ¿por qué no vas a verle?

–  A lo mejor ha quedado con alguien.

–  Lucas no lleva chicas a casa, es su regla número dos.

–  ¿Y cuál es la regla número uno?

–  No llevar a una chica a casa de sus padres.

–  Quizás debería mandarle un mensaje y decirle que quiero hablar con él. – Propongo.

–  Como quieras, pero si quieres un consejo, es mejor que vayas tú a buscarle.

Gina aparece en el salón lista para salir a cenar y ambos se despiden de mí. Por supuesto, Giovanni me recuerda que solo estoy autorizada a salir del apartamento para ir al apartamento de Lucas.

Voy al baño antes de salir y me peino un poco. Me miro en el espejo consciente que no voy muy bien vestida, un short tejano y una camiseta blanca de algodón con tirantes cruzados por detrás, pero no me cambio de ropa, no quiero que piense que me he arreglado para él.

Media hora más tarde, me armo de valor y salgo al rellano decidida a llamar al timbre del apartamento de Lucas. Me paro frente a su puerta y noto como las piernas empiezan a flaquearme, estoy un poco nerviosa y presiono el botón del timbre con el dedo índice antes de perder el valor y salir corriendo. En pocos segundos, la puerta se abre y tras ella aparece Lucas vestido tan solo con un pantalón del equipo local de fútbol y desnudo de cintura para arriba. Su pelo está mojado, igual que su pecho y su abdomen, debe de acabar de salir de la ducha.

–  Mel. – Me dice con frialdad en los ojos cuando me ve.

–  ¿Tienes un minuto? Me gustaría hablar contigo. – Le digo con un hilo de voz. – Si estás ocupado, puedo volver en otro momento.

Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice echándose a un lado para dejarme entrar:

–  Adelante, pasa.

Camino con mis piernas temblorosas hasta llegar al salón mientras echo un rápido vistazo para comprobar el lugar, que tiene la misma distribución que el apartamento de Giovanni. La decoración es minimalista, utilizando el negro y el blanco combinado por algún toque de color rojo. Bonito, pero demasiado masculino para mi gusto. Sin embargo, me llama la atención el cuadro que hay colgado en la pared sobre la chimenea. Se trata de una réplica exacta del Guernica de Picasso.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta Lucas. – Puede que no sea el mejor cuadro para decorar un salón, al menos eso decía el decorador que contraté, pero a mí me gusta donde está.

–  “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.” Al menos, eso fue lo que dijo Picasso. – Le respondo sin dejar de observar el cuadro. – Está considerada una de las obras más importantes del siglo XX y su valor artístico está fuera de discusión, pero nadie menciona su valor simbólico y lo que representa.

–  Olvidaba que estaba hablando con una experta. – Me dice sonriendo. – Giovanni me ha dicho que acabas de graduarte en historia del arte.

–  Sí, pero aún no he encontrado trabajo, aunque tengo dos entrevistas concertadas. – Le informo sin esperar a que me pregunte. Me vuelvo hacia a él para mirarle directamente a los ojos y le pregunto con voz calmada: – ¿Por qué estás enfadado conmigo?

–  ¿Qué te hace pensar que lo estoy? – Me pregunta enarcando las cejas.

–  El martes te fuiste sin despedirte, ni siquiera me miraste. – Le respondo encogiéndome de hombros y volviendo la mirada al cuadro.

–  No estoy enfadado. – Me dice zanjando el tema. – ¿Te apetece una copa de vino?

–  ¿No vas a contarme que pasó? – Insisto.

–  ¿De verdad quieres saberlo? – Me espeta. – Te pedí que confiaras en mí, te hice una sola pregunta y te encerraste en banda de repente. Me diste a entender que yo no era nadie para hacer preguntas y no las hice. No me lo tomé muy bien en ese momento, pero comprendo tu posición. Al fin y al cabo, ¿qué me importa a mí lo que estuvieras haciendo? Sexo, drogas, dinero, ¿qué más da? Es tu vida y tu pasado, yo no soy nadie para entrar en él.

–  Estaba allí porque una compañera de la universidad me llamó pidiendo ayuda. Su novio era uno de los mafiosas sureños y ella le había dejado esa misma noche, pero él la retuvo allí por la fuera. – Empiezo a contestar a la pregunta que me hizo hace dos días. – Apenas hacía diez minutos que había llegado cuando empezó el tiroteo. – Miro por una de las ventanas del salón para desviar mi mirada de la suya y añado con un hilo de voz: – Mi amiga fue a la primera que vi cuando el tiroteo cesó. Estaba en el suelo rodeada de un enorme charco de sangre. – Me vuelvo hacia a él y mirándole a los ojos susurro: – Si no te contesté no es porque no confiara en ti, sino porque no me gusta hablar de ello.

–  Entonces, ¿por qué me lo cuentas ahora? – Me pregunta sosteniéndome la mirada.

–  Supongo que es mi manera de demostrarte que confío en ti, aunque no necesariamente te cuente todo lo que me haya pasado. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Te apetece cenar conmigo? No puedo salir del rellano, así que tendríamos que cenar aquí o en casa de Giovanni.

–  Me encantaría cenar contigo. – Me contesta cogiéndome de la mano y arrastrándome a la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. – Mejor cenamos aquí, así podremos charlar más tranquilamente.

–  Gina y Giovanni han salido a cenar, podemos charlar tranquilamente en cualquiera de los dos apartamentos. – Puntualizo divertida.

–  ¿Se han ido a cenar y te han dejado sola? – Me pregunta indignado.

–  Me ha costado un poco convencerlos, pero al final lo he conseguido. – Le contesto devolviéndole una sonrisa pícara.

–  Así que te las has apañado para que se vayan a cenar fuera y has venido a verme para disculparte y ¿cenar conmigo? – Me pregunta socarrón.

–  Ese sería un resumen bastante breve y escueto, pero sí, más o menos. – Paso a su lado y abro la puerta de la nevera, que está a rebosar de comida pese a que vive solo. – Con lo que tienes aquí puedo hacer cualquier cosa, ¿alguna sugerencia?

–  Muchas, pero ninguna culinaria. – Susurra con voz ronca justo detrás de mí. – Puedo llamar al Bistro y que nos traigan algo de comer, así no tendremos que cocinar.

Como no deje de hablarme así, me va a dar algo. Cada una de sus palabras suenan a sexo, o al menos yo las interpreto así. Su voz ronca y sexy susurrando detrás de mí es más de lo que puedo soportar, al menos sin lanzarme a su cuello. “Logro resistirlo todo salvo la tentación”, Óscar Wilde.

–  ¿En qué te has quedado pensando?  Me pregunta Lucas, medio burlón y medio preocupado.

–  En Óscar Wilde.

–  ¿Óscar Wilde? – Me pregunta, ahora confundido.

–  Olvídalo, cosas mías. – Le respondo divertida. – Me parece buena idea pedir comida a domicilio, así tendremos más tiempo para charlar tranquilamente.

No debería pensar en esto, pero se me ha venido a la cabeza otra gran frase de Óscar Wilde: “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y eso es todo lo que necesito para relajarme y disfrutar de una copa de vino en compañía de Lucas, que parece que hoy le ha dado el día libre a Iceman.

Lucas llama por teléfono para encargar comida a domicilio y cenamos mientras hablamos animadamente, consecuencia de la botella de vino que nos hemos bebido y parte de la segunda botella que nos vamos a beber.