Archivo | febrero 2016

No me llames gatita 10.

No me llames gatita

Al día siguiente decido ir de compras al centro comercial con Berta, una compañera de trabajo del juzgado y mi única amiga de verdad en Sunset. Berta también es abogada y nos conocimos hace un par de años, cuando regresé a Sunset. Ella y Elliot se gustaron desde la primera vez que se vieron y siempre que Berta ha venido de copas con nosotros al Club han estado coqueteando constantemente, pero siempre de una manera muy sana y ninguno de los dos se ha decidido a dar el paso para que ese coqueteo se convirtiera en algo más. Al principio creía que era por el hecho de que yo viviera con Elliot, pues Berta siempre me decía que si algo salía mal con Elliot ella ya no podría venir a verme a casa, pero hace ya más de un año que no vivo con Elliot, ellos se han visto algunas veces desde entonces y siguen igual, coqueteando sanamente sin llegar a nada más. Personalmente, creo que están hechos el uno para el otro, pero son ellos quienes deben dar el paso y no yo.

Berta y yo estamos desayunando sentadas en la terraza de una de las cafeterías del centro comercial cuando veo pasar a John, agarrando de la cintura a una morena exótica que sonríe mostrando su perfecta dentadura y llevando a un bebé de un año en su brazo izquierdo. John pasa a escasos metros de mí sin percatarse de mi presencia y le oigo decir a la morena:

–  Es demasiado pronto para decirlo, pero sé que nos saldrá bien, Rachel.

Así que esa es Rachel, a la que le prometió ir a cenar y con la que deduzco que ha pasado la noche ya que son las once de la mañana y sigue con ella. En cuanto al bebé, ¿será su hijo? Si tuviera un hijo Elliot lo sabría y me lo hubiera dicho, pero Elliot me dijo anoche que John no es de los que habla de su vida privada.

–  Cat, ¿estás bien? – Me pregunta Berta cuando se termina su café. – Estás muy callada desde hace un rato y estás poniéndote pálida.

–  Estoy bien, ¿vamos de compras? – Le respondo dando un salto de la silla para ponerme en pie, necesito caminar y que me dé el aire. – Quiero comprar un pijama calentito, de franela y de cuello alto a poder ser.

–  Vale, ya no aguanto más. – Me espeta Berta furiosa. – Vas a contarme lo que te pasa sí o sí.

Trato de resistirme pero no tengo ni ganas ni fuerzas para buscar excusas frente a Berta y me derrumbo echándome a llorar. Le explico todo lo que ha pasado con John y con quién lo acabo de ver y Berta trata de consolarme como puede.

–  Tengo una idea. – Me dice Berta cuando logra calmarme. – Nos vamos esta misma tarde a Westcoast a pasar unos días con tus padres y después nos vamos a la casa de la playa de mis padres, que está a una hora en coche de Westcoast.

–  ¿A la playa con este tiempo? – Le pregunto sonriendo por primera vez desde que he visto a John paseando con Rachel.

–  Es la mejor época del año si quieres ver a surfistas rubios y cachas semi desnudos en la playa, en verano las olas se calman y solo quedan abuelos y familias con niños. – Bromea Berta.

Por improvisado y descabellado que resulte, la idea de Berta me parece la mejor opción para alejarme de todo esto y de paso hacerle una visita a mis padres. Además, con el bajón que tengo, mejor tener a Berta a mi lado así al menos no me emborracharé sola.

Regreso al apartamento de Elliot y empiezo a recoger mis cosas mientras le cuento que me marcho a Westcoast esta misma tarde.

–  ¿A qué viene tanta prisa? – Me pregunta sorprendido.

–  Elliot lo siento, pero necesito salir de Sunset hoy mismo. – Le contesto.

–  ¿Ha pasado algo? No entiendo a qué viene tanta prisa.

–  No pasa nada, es solo que necesito alejarme de Sunset. – Le respondo para tranquilizarle. – Éstas últimas semanas han sido duras y complicadas, solo necesito desconectar y Berta es capaz de animar un entierro, así que no tienes de qué preocuparte.

–  Te estás comportando como una niñata, Cat. – Me reprende Elliot. – Si de verdad te gusta John no salgas huyendo como haces siempre, algún día tendrás que madurar.

–  Tú no tienes ni puta idea de nada, Elliot. – Le reprocho furiosa como nunca antes lo había estado con Elliot. – No te estoy pidiendo permiso, ni siquiera te he pedido opinión. – Le digo cogiendo mis maletas y añado enfadada: – Solo quería que lo supieras. Por cierto, tendré el móvil apagado, te llamaré cuando regrese.

Elliot le da un puñetazo a la pared y yo me marcho dando un portazo. Cargo el equipaje en el maletero del coche y me dirijo a casa de Berta para recogerla y poner rumbo a Westcoast.

Mientras ayudo a Berta a cargar su equipaje en el maletero, oigo un mensaje a mí móvil, que aún no me ha dado tiempo a apagar, antes tengo que llamar a mi madre para avisar que voy de camino con Berta.

Cuando vuelvo a sentarme en el asiento del conductor saco mi móvil del bolso y leo el mensaje, es de John.

“Gatita, no me puedo creer que te hayas ido sin despedirte de mí, ya hablaremos tú y yo cuando vuelvas a Sunset. Por cierto, no sé qué le habrás dicho a Elliot, pero está furioso contigo y conmigo. Llámame cuando vuelvas, tenemos una conversación pendiente.”

Le doy el teléfono a Berta para que lea el mensaje y, tras leerlo, me dice:

–  No sé Cat, quizás deberías hablar con él antes de sacar conclusiones. Puede que esa chica sea una amiga o alguien de su familia, no es justo que le juzgues sin estar segura de nada.

–  Lo pensaré, pero de momento necesito poner tierra de por medio. – Le respondo.

Arranco el coche y empiezo a conducir. Durante las casi tres horas que dura el trayecto hasta Westcoast, Berta y yo hablamos de todo excepto de John y Elliot.

Cuando llegamos a casa de mis padres, ya es casi la hora de cenar. Mi padre y mi madre salen a recibirnos y ambos me abrazan con cariño y acto seguido saludan a Berta, a quién ya conocen porque ha venido varias veces conmigo de visita.

–  Cada vez que os veo estáis más guapas, lástima que ninguna de las dos quiera sentar la cabeza, casarse y tener una familia. – Nos dice mi madre con su perorata de siempre.

Para mi madre, las personas solo pueden ser felices si se casan y forman una buena familia, da igual que sea hombre o mujer, no lo hace por discriminar al sexo femenino. De hecho, Elliot también tiene que soportar la misma perorata. Su madre y la mía se alían para tratar de convencernos para que nos casemos y les demos nietos, aunque por lo menos ya han dejado de intentar que Elliot y yo seamos pareja y han asumido que eso nunca pasará.

–  Señor, señora Queen, me alegro de verles de nuevo. – Les saluda Berta amablemente.

–  Por favor Berta, llámanos Amelia y George. – Le responde mi padre. Se vuelve hacia a mí y me dice tras besarme en la frente: – Os hemos preparado la casa de invitados, allí estaréis más cómodas. Por cierto, ha llamado Elliot, quería saber si habíais llegado y parecía algo preocupado, ¿va todo bien?

–  Sí, papá. – Miento.

–  Y, ¿qué tal con John? – Insiste mi padre.

–  No quiero hablar de eso, papá. – Le respondo.

–  ¿Has discutido con John? – Vuelve a preguntar mi padre.

–  No, no he discutido con John. – Le contesto molesta. – Y no quiero hablar más del tema, ¿de acuerdo?

Todos asienten con la cabeza y se miran entre sí. Nos acompañan a la casa de invitados y nos dejan a Berta y a mí a solas mientras nos instalamos antes de cenar.

La casa de invitamos tiene cuatro habitaciones, así que aquí las dos solas tendremos sitio de sobra, podremos entrar y salir sin que mis padres se despierten y podremos llegar borrachas y seguir bebiendo y riendo en el salón sin molestar a nadie.

Cenamos con mis padres en la casa principal y Bárbara y Philip Burns, los padres de Elliot, se acercan a tomar café y saludarnos. Como era de esperar, Bárbara deja caer sus insinuaciones sobre cuánto le gustaría que Berta llegara a ser su nuera y Berta, ya acostumbrada a las insinuaciones de Bárbara, bromea al respecto, tomándoselo muy bien.

Por suerte, nadie más en toda la noche vuelve a hablar de John y yo lo agradezco. Cada vez que alguien lo nombra o pienso en él, el corazón se me acelera y siento un dolor horrible en el pecho. Quizás Berta y Elliot tengan razón y debía haber hablado con John antes de sacar conclusiones  sin fundamentos. Pero, ¿qué le iba a preguntar? “John, te he visto en el centro comercial agarrado a una espectacular morena y con un bebé en brazos, ¿son tu mujer y tu hijo?” Al menos sé que no es su mujer, de lo contrario viviría con ella y no solo en el apartamento de al lado del apartamento de Elliot. Aun así, me enfurece pensar en John agarrando a esa tal Rachel por la cintura con tanta naturalidad. A los ojos de cualquiera, al ver esa imagen en el centro comercial, hubiera pensado que eran una familia perfecta.

Esa noche, nos vamos a dormir temprano, agotadas por el viaje. Cojo mi teléfono móvil y dudo en encenderlo o no, pero finalmente decido dejarlo apagado.

Premio Dardos.

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Hoy me han vuelto a dar una grata sorpresa, y es que Los Relatos de Rakel ha sido nuevamente nominado, esta vez al Premio Dardos.

La nominación viene de las manos de Los Libros de Jade, un blog maravilloso de reseñas de libros y novedades que os encantará y que os animo a tod@s a visitar. ¡Mil gracias por esta nominación tan inesperada!

Siempre da alegría saber que alguien lee tu blog y piensa que es digno de merecer un premio, pero todavía da más alegría descubrir el gran compañerismo que hay en este mundillo donde todos queremos expresarnos escribiendo.

 

Las reglas son las siguientes:

  1. Agradecer públicamente a la persona que te nominó.
  2. Lucir la imagen del premio en una entrada del blog.
  3. Nominar a 10 blogs.

 

Como veis, las normas son sencillas y fáciles de seguir. Así que, después de mostrar la imagen del premio en la entrada y de agradecer públicamente a Los Libros de Jade que me nominara para este estupendo premio, ya solo queda nominar a mis 10 premiados.

Se hace difícil escoger solo a 10 blogs, ya que sois muchos a los que sigo. Por ese motivo siempre trato de repartir un poco para todos y voy cambiando a los nominados. De igual modo, quiero agradecer y felicitar a todos aquellos que no están nominados pero que también se lo merecen.

 

Los 10 blogs nominados son: 

  1. Pedro Altamirano y su blog Relatos y Poesía.
  2. Dunia Arrocha Hernández y su blog Las Libretas Rojas.
  3. Gustavo García Pradillo y su blog Relatos y Otras Inquietudes.
  4. Juan Carlos y su blog Universo Mágico.
  5. Maria del Socorro Duarte y su blog Presentimientos.
  6. R. Crespo y su blog Ficción Romántica.
  7. Javi Gazapo y su blog Mi Pirineo.
  8. Xavier Hernandez y su blog Coleccionando letras.
  9. José Carlos García y su blog La Burbuja Literaria de J.C.
  10. Mercedes Gil y su blog La Abuela te cuenta.

 

¡¡¡MUCHÍSIMAS FELICIDADES A TOD@S!!!

Cita 6.

“No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado para darte cuenta de cuánto has cambiado tú.” 

Nelson Mandela.

No me llames gatita 9.

No me llames gatita

Después de hacer el amor en el sofá del salón, pasamos a la habitación de John donde seguimos haciendo el amor hasta el amanecer, cuando caímos exhaustos en un sueño profundo.

Cuando abro los ojos, me doy cuenta de que estoy casi totalmente encima de él, que continúa envolviéndome entre sus brazos y me sonríe al ver que ya estoy despierta.

–  Buenos días, gatita. – Me susurra al oído.

–  Mm. – Gimo estrechándome contra su cuerpo desnudo y volviendo a cerrar los ojos. Estoy demasiado a gusto como para querer moverme.

El teléfono de John empieza a sonar, alarga el brazo, sin mover el resto del cuerpo, para alcanzar el móvil y me dice antes de descolgar:

–  Es Elliot. – Se pone el teléfono en la oreja y añade sonriendo: – ¿Qué hay Elliot?

Escucho la voz de Elliot al otro lado del teléfono, pero no logro averiguar lo que dice. Aunque, por la cara que acaba de poner John y el brinco que ha dado para levantarse de su cama, me temo que no son buenas noticias. Espero a que cuelgue y le pregunto:

–  ¿Va todo bien?

–  Depende de las ganas que tengas de ver a tu padre, está en el apartamento de Elliot. – Me responde visiblemente nervioso.

–  ¿Mi padre? – Pregunto confundida. – ¿Qué hace aquí mi padre?

–  Pues no lo sé, pero Elliot me ha dicho que sabe que estás en mi apartamento, ¿cómo se ha podido enterar? – Me pregunta.

–  Oh, no me lo puedo creer, ha rastreado mi móvil otra vez. – Comento en voz alta. – Para ser juez no se toma la ley muy en serio.

–  ¿Le has dado algún motivo para hacerlo?

–  No quieres saberlo, créeme. – Le contesto divertida. – Necesito darme una ducha, ¿te importa si utilizo el baño? No tardaré más de diez minutos.

–  Estás en tu casa. – Me contesta con seriedad. – Diez minutos, yo también tengo que ducharme.

Estoy a punto de abrir la boca para invitarle a ducharse conmigo, pero no es el mejor momento estando mi padre en el apartamento de al lado esperándome. Una lástima, ha sido una noche memorable pero tenía que acabar en algún momento.

Me doy una ducha rápida y regreso a la habitación, donde John vuelve a hablar por teléfono y me señala la cama, donde me ha dejado unos tejanos y un jersey que supongo que Elliot habrá tenido el detalle de traer.

–  Lo sé, pero me ha surgido un imprevisto, Rachel. – Le dice John a su interlocutora. – Te prometo que esta noche cenamos juntos, estaré allí a las nueve. – Le dice antes de colgar.

Mientras tanto, yo he seguido actuando con normalidad y, fingiendo no escuchar su conversación, ya me he puesto la ropa interior y los tejanos, pero solo llevo puesto el sujetador de cintura para arriba cuando John se me acerca por detrás y me susurra al oído:

–  Voy a darme una ducha rápida de agua fría, gatita. No te vayas sin mí.

Y dicho esto, entra en el baño sin tocarme, acariciarme o besarme como lo hubiera hecho anoche.

¿Pero qué estoy pensando? Mi padre está en el apartamento de al lado con Elliot esperándome y yo estoy aquí parada pensando en… Dios, creo que es mejor no pensarlo. ¿Cómo he podido acostarme con John? Además de ser el jefe de Elliot vive en el apartamento de al lado, lo voy a tener que ver quiera o no quiera y, teniendo en cuenta la humedad que empieza a surgir en mi entrepierna, voy a tener un problema. No puedo colgarme de alguien como John, mucho menos sin saber quién es esa tal Rachel a la que le ha prometido cenar juntos esta noche. ¿Estoy celosa? ¡Esto es horrible!

–  ¡Cat! – Me dice John con cara de preocupación al mismo tiempo que me agarra de los brazos, zarandeándome, y me pregunta: – ¿Estás bien?

– ¡Ay! Pero, ¿qué haces? – Le espeto furiosa. – ¿Te has vuelto loco?

–  Llevo gritando tu nombre un buen rato y tú seguías ahí pasmada y, ¿el loco soy yo? – Se mofa.

–  Genial, el capitán Gruñón ha vuelto. – Musito entre dientes pero no lo suficiente bajo para que John me oiga.

–  ¿El capitán Gruñón? ¿En serio?

–  Sí, muy gruñón. – Le replico molesta.

Recojo mis escasas pertenencias que he ido dejando por el apartamento de John mientras espero a que se vista para ir al apartamento de Elliot, que abre la puerta y sonríe maliciosamente en cuanto nos ve, al mismo tiempo que nos dice burlonamente:

–  Buenos días, parejita. – Se vuelve hacia a John y le dice bromeando: – ¿Preparado para conocer a tu suegro?

–  Elliot. – Le advierto de malhumor.

–  John, no sé qué le habrás hecho pero no parece muy contenta. – Se mofa Elliot de nuevo.

–  ¿Quieres trabajar todos los festivos, Elliot? Porque estás a punto de conseguirlo. – Le advierte John.

–  ¡Cat! – Oigo la voz de mi padre detrás de Elliot. Se abre paso para llegar hasta a mí y me abraza como lo haría un oso. – Hija, ¿no vas a presentarme a tu amigo?

–  No es mi amigo, papá. – Le aclaro a mi padre todavía molesta con John. – Es el capitán John Stuart, el jefe de Elliot.

–  No sé qué le habrás hecho muchacho, pero la has enfadado bien. – Saluda mi padre a John con un apretón de manos y una cómplice sonrisa. – Yo soy George Queen, el padre de Cat.

–  Encantado de conocerle, señor Queen.

–  Por favor, llámame George. – Le dice mi padre encantado de la vida. Pasamos al salón y mi padre continúa hablando: – Cat, tu madre está muy preocupada, deberías venir a Westcoast unos días, necesitas unas vacaciones y desconectar de todo lo que ha pasado.

–  Estoy de acuerdo contigo, creo que un par de semanas en Westcoast me sentarán bien. – Le respondo a mi padre dejando a todos con la boca abierta.

–  ¿Tan fácil? ¿No vas a poner mil excusas para no venir? – Me pregunta mi padre sorprendido.

–  Estoy cansada, he trabajado sin parar durante meses, han intentado matarme en numerosas ocasiones y justamente ayer cerré el caso que tenía entre manos, es un buen momento para tomarme un par de semanas de vacaciones. – Le digo encogiéndome de hombros.

–  Eso es fantástico. – Dice mi padre. – Elliot, tú también podrías venir unos días y tú también, John. Estoy seguro de que Westcoast te encantará y en casa tenemos habitaciones de sobra, te sentirás como en tu propia casa.

Estoy demasiado alucinada para hablar. Mi padre nunca ha soportado a ninguno de mis novios, ni cuando era adolescente ni ahora, da igual lo buenas personas que fueran, el excelente trabajo que tenían o lo importante que fueran sus familias. Para mi padre, ningún chico/hombre es lo suficiente bueno para mí excepto, según parece, John. Y, por si fuera poco, John le sigue la corriente y le dice que puede que se anime y venga con nosotros.

–  Como te descuides, esos dos te organizan la boda. – Me dice Elliot al oído.

Comemos los cuatro juntos y a última hora de la tarde Elliot y yo acompañamos a mi padre al aeropuerto cuando John se marcha, probablemente a su cita con la tal Rachel.

Cuando por fin regresamos al apartamento, nos tomamos una copa en el salón y Elliot me pregunta:

–  ¿Quieres contarme qué pasa con John?

–  Anoche nos acostamos. – Le contesto con tristeza.

–  ¿Tan malo fue el sexo? – Se mofa.

–  Ese es el problema, fue demasiado bueno.

–  Me he perdido.

–  Olvídalo, estoy cansada y ya no sé ni lo que digo.

–  No sé qué os traéis entre manos ni quiero saberlo, pero sí te diré que le gustas. – Me dice Elliot mirándome a los ojos. – Apenas habla de su vida privada, pero he visto cómo se ha preocupado de ti, cómo ha dejado toda su vida de lado para protegerte solo porque tú se lo pediste. Y, no sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido ganarse el respeto de tu padre. – Me pasa el brazo por encima de los hombros y añade: – He visto cómo le miras y cómo te relajas cuando estás con él, sé que te gusta aunque te empeñes en negarlo.

–  Si no me gustara no me hubiera acostado con él. – Le resto importancia al asunto.

–  Digo que te gusta de verdad, Cat. – Me dice con seriedad. – No puedes salir huyendo cada vez que tienes una relación que puede volverse seria. John es un buen tipo, deberías darle una oportunidad.

–  Necesito unas vacaciones para descansar y poner kilómetros de por medio es una buena forma de aclarar lo que siento por John. – Le contesto. – El viernes me iré a Westcoast, allí aclararé mis ideas y cuando vuelva ya veremos qué hago.

Cuando terminamos de tomarnos las copas, nos damos las buenas noches y nos vamos cada uno a nuestra habitación para descansar, hoy ha sido un día largo y duro.

No me llames gatita 8.

No me llames gatita

John y yo continuamos bebiendo y charlando sin discutir, mientras la gente a nuestro alrededor también baila ríe y se divierte. John le da un largo trago a su copa y se la termina, me mira divertido y le pregunto coqueteando:

–  ¿Quieres bailar, capitán Gruñón?

–  Ah no, gatita. – Me contesta sonriendo. – Yo no bailo.

–  Claro que sí, vamos. – Le digo tirando de él y arrastrándole a la pista de baile. Justo en ese momento empieza a sonar “Propuesta indecente” de Romeo Santos, una bachata muy sugerente. – Solo tienes que seguir el ritmo, un, dos, pam.

–  Esto no va a salir bien.

–  Por favor, deja de quejarte. – Le contesto con impaciencia. – Déjalo, será mejor que me olvide de bailar.

–  Gatita, espera. – Me susurra al oído abrazándome desde la espalda y empezando a moverse al ritmo de la música. – Deja al menos que lo intente.

John baila perfectamente bien, me guía y sigue los pasos dentro del tiempo.

–  Me has engañado, me has dicho que no sabías bailar. – Protesto.

–  ¿Cómo crees que acabará esto, gatita? – Me susurra al oído.

–  No lo sé, tendremos que averiguarlo. – Le respondo con picardía.

John me estrecha entre sus brazos, dejando de bailar de golpe, y mirándome a los ojos me dice:

–  Gatita, eso ha sonado muy sugerente y, a pesar de lo que puedas pensar, te aseguro que no soy de piedra.

–  Chicos, siento interrumpir. – Dice Elliot apareciendo de repente. – Cat, esta noche no duermo en casa, no me esperes despierto, pero estoy seguro de que John estará encantado de llevarte a casa, ¿verdad John?

–  Por supuesto, Elliot. – Le responde John.

–  Genial, pásatelo bien. – Me dice Elliot despidiéndose de mí con un beso en la mejilla antes de desaparecer.

John vuelve a estrecharme entre sus brazos y continuamos bailando hasta que la canción termina. Entonces, me coge de la mano y me lleva de nuevo hacia a la barra y le pide a William que nos sirva un par de copas.

Estoy dando un trago a mi copa cuando veo a Oliver entrar en el local, no podía aparecer en peor momento.

–  Mierda. – Musito entre dientes.

–  ¿Qué pasa? – Me pregunta John mirando en la misma dirección que miran mis ojos y cuando ve a Oliver me dice: – Tu novio.

–  No es mi novio y nunca lo ha sido. – Le aclaro. – Pero estoy segura de que nos va a dar problemas.

–  En ese caso, deja que al menos le dé algún motivo. – Me susurra agarrándome por la cintura para pegarme a su cuerpo y besándome en los labios apasionadamente durante un buen rato, hasta que retira lentamente sus labios de los míos y me susurra con la voz ronca: – Gatita, vas a volverme loco.

–  No me culpes a mí de tu locura, yo ya te conocí así. – Le respondo bromeando. Echo un vistazo a nuestro alrededor y, tras comprobar que no hay ni rastro de Oliver, le digo: – No veo a Oliver por ninguna parte, vámonos antes de que nos topemos con él.

John no se lo piensa dos veces, me abraza desde mi espalda, me rodea la cintura con sus brazos y me guía hacia la salida del Club para dirigirnos al coche, pero entonces ambos nos damos cuenta de que Oliver está apoyado en el coche de John y puedo notar como todo su cuerpo se tensa antes de decirle a Oliver con tono amenazador:

–  Será mejor que desaparezcas, estás empezando a tocarme las narices, O’Neill.

–  ¿He interrumpido a la parejita? – Nos espeta Oliver con graves indicios de embriaguez. – ¿Él es la razón por la que me has estado evitando?

–  Oliver, lo que yo haga con mi vida…

–  Lo sé, no es de mi incumbencia, ¿verdad? – Me interrumpe Oliver. Se vuelve hacia John y empieza a decir con sarcasmo: – Catherine Queen tiene fobia al compromiso, en cuanto vea que empiezas a enamorarte de ella te dejará.

–  ¡Basta ya! – Le espeta furioso John cogiéndole con fuerza por el cuello. – Si vuelves a acercarte a Cat o a cualquier persona que guarde relación con ella, te mataré. ¿Lo has entendido?

Se deshace de él de un empujón y, furioso, tira de mí para sentarme en el asiento del copiloto de su coche y acto seguido él se sienta en el asiento del conductor, arranca el motor y conduce en silencio hasta llegar al parking del edificio donde viven Elliot y John.

Entramos en el ascensor para que nos lleve al apartamento y, como John sigue sin decir nada y parece bastante molesto, me quito los zapatos y saco las llaves del apartamento de Elliot mientras subimos en el ascensor para no tener que pararme en el pasillo.

John se percata de lo que hago y me mira con disimulo de reojo mientras yo finjo que no me doy cuenta. ¿Por qué nos complicamos tanto la vida con lo fácil que sería decir lo que ambos deseamos, que estoy segura de que en estos momentos es lo mismo?

Las puertas del ascensor se abren, John me hace un gesto para que pase delante de él y salgo del ascensor contoneando mis caderas, dispuesta a volverlo loco, cómo él mismo me ha dicho en el Club.

Cuando estoy a punto de meter la llave en la cerradura de la puerta del apartamento de Elliot, John me agarra de la cintura, me estrecha contra su cuerpo y me besa en los labios con verdadera necesidad. Le devuelvo el beso con la misma pasión y me coge en brazos agarrándome del trasero con una sola mano y colocando mis piernas alrededor de su cintura con la otra, para así poder abrir la puerta de su apartamento sin despegarse de mí.

Entramos en su apartamento y John deja caer mis zapatos, que aún llevo en las manos, camina hacia a la cocina donde me deja sentada sobre la encimera de la isla mientras sirve un par de copas de lo mismo que estábamos bebiendo en el Club.

–  Si pretendes emborracharme para que me acueste contigo llegas tarde, me temo que ya estoy borracha. – Bromeo.

John me mira sonriendo y apenas echa un dedo de ron en mi copa para rellenarla de hielo y limón antes de entregármela y servir su copa para acto seguido brindar conmigo:

–  Por nosotros, gatita. – Ambos bebemos de nuestras respectivas copas y añade susurrándome al oído mientras vuelve a cogerme en brazos para llevarme hasta el salón, donde se sienta en el enorme sofá y me coloca a horcajadas sobre su regazo: – Estás muy callada, si quieres ir a casa de Elliot…

–  ¿Me has oído quejarme? – Le interrumpo sonriendo. – No estás de servicio y, personalmente, me gusta más John que el capitán Stuart.

–  A mí me gustas de todas las maneras. – Me dice John a un centímetro de mis labios. – Bésame, gatita.

No me hago de rogar y le beso en los labios mientras empiezo a desabrocharle la camisa y él desliza sus manos desde mis muslos hasta mi cintura arrastrando con ellas mi vestido. John masajea lascivamente mi trasero con sus manos y me estrecha con fuerza sobre su cuerpo, levantando ligeramente la pelvis para que note su abultada entrepierna bajo mi ya húmedo sexo.

Desabrocho su pantalón y cuando me dispongo a coger su duro y erecto miembro, John me agarra de la mano para detenerme y me pregunta mirándome a los ojos:

–  ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con esto, Cat?

–  ¿De verdad crees que me voy a echar atrás ahora? – Le pregunto divertida. – No empiezo nada que no tenga pensado terminar, capitán.

John me devuelve la sonrisa y vuelve a besarme. Nuestros besos y nuestras caricias se tornan cada vez más apasionadas y nuestra ropa acaba tirada por el suelo del salón. Una vez estamos completamente desnudos, John acaricia mi sexo con la yema de sus dedos y, cuando comprueba mi humedad, me dice antes de penetrarme de una sola estocada:

–  Me encanta que estés tan húmeda, gatita.

John entra y sale de mí una y otra vez, me besa, me acaricia y me abraza mientras nuestras respiraciones se aceleran y nuestros gemidos aumentan de volumen. Cuando está a punto de correrse, trata de salir completamente de mí pero se lo impido al mismo tiempo que le susurro al oído:

–  Tomo la píldora, no te preocupes. – Le beso levemente en los labios y añado: – Pero deberías haberte puesto preservativo.

–  Estoy completamente sano, me hago análisis todos los meses, al igual que todos los agentes. – Me contesta lamiéndome los pezones. – Gatita, quiero oírte gemir. – Me susurra mientras masajea mi clítoris con el pulgar. – Quiero ver cómo te corres.

Oírle hablar con la voz ronca me excita, pero oírle decir lo que ha dicho me vuelve loca y el orgasmo invade mi cuerpo mientras John da un par de estocadas más y se corre dentro de mí.

Me desplomo sobre John y él me envuelve entre sus brazos, así nos quedamos hasta que nuestras respiraciones se normalizan.