Archivo | enero 2016

Mi corazón en tus manos 22.

Mi corazón en tus manos

A pesar de que los días pasaban y que la relación entre Mía y Juan iba cada día mejor, ninguno de los dos quiso sacar el tema ni ponerle un nombre a esa relación. Juan no quería presionar a Mía, sabía que no estaba pasando por un buen momento, el mismo tipo que había matado a su ex novio también quería matarla a ella. Mía tampoco quiso sacar el tema a relucir, pese a que Juan actuaba como si de su pareja se tratara, no entendía por qué no decía nada y prefirió aplazar todo lo posible aquella conversación por temor a que sus ilusiones se desvanecieran, quería disfrutar de aquello durante todo el tiempo posible y, cuando se acabara, tendría que asumirlo y regresar con su vida.

Mía y Juan continuaban trabajando a distancia con sus ordenadores portátiles, pero Juan debía asistir a una reunión urgente que requería su presencia y tuvo que decírselo a Mía:

–  Me iré mañana por la mañana y regresaré justo a tiempo para cenar contigo, te prometo que estaré aquí antes de las nueve.

–  No te preocupes, estaré bien. – Le tranquilizó Mía.

A la mañana siguiente, Juan se marchó con uno de los agentes de su empresa ya que prefirió que Vladimir se quedase para proteger a Mía junto a Jorge y los otros tres agentes.

El día transcurrió con normalidad y, sobre las siete de la tarde, Mía decidió darse una ducha y arreglarse para la cena con Juan, las noches se habían convertido en noches de pasión, lujuria y desenfreno. Estaba terminando de vestirse cuando oyó unos golpes en la planta baja de la casa. Asustada por lo que pudiera ocurrir, cogió la pistola que ocultaba entre sus cosas y se dispuso a bajar las escaleras. Apenas entró en el salón tuvo que refugiarse detrás de uno de los sofás, cinco tipos con pasamontañas y armados hasta los dientes disparaban contra los agentes de Juan, Vladimir y Jorge comenzaron a disparar para abatirles y ella estaba en mitad de ese fuego cruzado. Tras verificar que ninguno de los hombres que había en el salón se había percatado de su presencia, decidió participar en aquel tiroteo. Sin pensarlo dos veces, Mía salió de su escondite y rápidamente disparó a dos de los cinco hombres que allí se encontraban, pero ninguno de aquellos dos hombres era la persona que ella quería disparar, aunque acertó en el blanco y eso les dio ventaja. Jorge aprovechó ese momento para disparar a otros dos hombres, pero quedaba vivo un quinto que era al que precisamente Mía quería matar. Se asomó por detrás del sofá y vio como “El Chavo”, cómo le apodaban, tenía a Vladimir cogido por la espalda y le encañonaba su pistola en la cabeza al mismo tiempo que lo utilizaba de escudo. El Chavo miraba hacia a todas partes buscando a los que le disparaban y Mía aprovechó un momento en el que estaba de espaldas a ella para llamar la atención de Vladimir. Cuando lo logró, le enseñó tres dedos de una mano y después con un gesto seco la bajó de golpe, haciéndole entender que a la de tres se agachara. Vladimir lo entendió y asintió con disimulo, Mía sacó un dedo, luego dos y después tres. Vladimir se agachó y, acto seguido, Mía disparó. Acertó en el blanco y, cuando Jorge vio la furia que su mirada desprendía, optó por acercarse a ella y quitarle la pistola con cuidado, había visto antes esa mirada.

–  Gracias. – Le agradeció Vladimir sorprendido, mientras alternaba su mirada de los ojos de Mía al agujero de bala que el Chavo tenía en la frente.

Mía desvió su mirada del cadáver del Chavo para mirar a Vladimir y asentir levemente con un gesto de cabeza para dos segundos después volver a mirar aquel cadáver.

–  Pitu, le has ejecutado y podrías… – Empezó a decir Jorge.

–  ¿Podría haberle dejado vivo para que volviera a intentar matarme? – Le interrumpió Mía. – Debí hacerlo la primera vez y no me dejasteis. – Le reprochó. Entonces vio que uno de los hombres de Juan estaba herido, le había alcanzado una bala en el hombro izquierdo. Se acercó a él y, presionando la herida con sus manos para tratar de parar la hemorragia, le ordenó a Jorge y Vladimir: – Rápido, traedme unas toallas limpias, un cuchillo de filo liso esterilizado y, si encontráis un puñetero botiquín de primeros auxilios, tampoco me vendría mal.

Vladimir se encargó de reunir todo lo que Mía le pidió, pero trajo el cuchillo sin esterilizar.

–  Voy a poner agua a hervir, espero que con eso sea suficiente al menos para sacar la bala y parar la hemorragia hasta que lleguemos al hospital. – Les dijo Mía. – Presionad la herida con fuerza, le dolerá un poco pero no queremos que se muera desangrado.

Vladimir asintió y obedeció rápidamente mientras que Jorge y los otros dos hombres lo cogían en brazos y lo tumbaban sobre la mesa del comedor, desnudándole de cintura para arriba.

Mía se dirigió hacia a la cocina y, justo cuando iba a entrar, escuchó unos pasos dirigiéndose hacia a donde ella estaba. Contuvo la respiración, se hizo a un lado de la puerta y, cuando se abrió y apareció una silueta, ella le puso el cuchillo en el cuello, pero rápidamente se dio cuenta que se trataba de Juan y lo bajó de inmediato.

–  ¡Joder, qué susto me has dado! – Le dijo recobrando la respiración.

Juan la miró de arriba a abajo y, al ver las manos de Mía totalmente ensangrentadas, le dijo con un hilo de voz y asustado como nunca antes lo había estado:

–  Tienes sangre en las manos, ¿qué coño ha pasado? ¿Estás bien?

–  Sí, estoy bien. La sangre no es mía, pero necesito esterilizar el cuchillo. – Le dijo Mía.

–  Espera, espera. – La retuvo Juan. – ¿Es que no vas a explicarme qué ha pasado?

–  Ahora no, ves al salón. – Le ordenó Mía mientras trasteaba en la cocina.

Juan, tras volver a mirar a Mía de arriba a abajo para comprobar que estaba bien, se dirigió al salón donde se encontró con uno de sus agentes herido. Vladimir rápidamente le puso al corriente, no le hizo falta hacer ninguna pregunta:

–  Entraron en la casa y apenas nos dio tiempo a defendernos. Jerry está herido, Mía va a intentar sacarle la bala para evitar infecciones, pero dice que acto seguido debemos llevarle a un hospital si no queremos que se desangre.

–  ¿No habéis podido reducirlos sin necesidad de matarlos? – Preguntó al ver que tres de ellos tenían una bala entre ceja y ceja. Vladimir, Jorge y los dos agentes de Juan se miraron entre ellos pero ninguno dijo nada. – ¿Qué ha pasado? La casa está llena de cámaras de vigilancia, si no me lo decís vosotros lo veré en los vídeos del sistema de seguridad.

–  Mía se estaba duchando cuando ellos entraron, cuando bajó al salón ya habían empezado los tiros. A esos dos los mató primero y a este le mató y me salvó la vida. – Le dijo Vladimir. – Supongo que el comandante Swan ha debido de enseñar a su hija a defenderse.

–  ¿Mía ha…? – Juan no fue capaz de terminar la frase. Echó un vistazo a su alrededor sin poder creerse que parte de aquella estampa fuera obra de Mía.

–  Será mejor que no le preguntes nada, no está muy sociable. – Le advirtió Jorge.

–  No me lo puedo creer. – Fue lo único que pudo decir Juan.

Mía regresó al salón con el cuchillo en la mano y con un gesto les pidió que se apartaran para acercarse a Jerry, el agente herido. Le miró a los ojos y le dijo:

–  Esto te va a doler. Voy a quitarte la bala mientras tus compañeros te sujetan para que no te muevas y, una vez que te hayamos quitado la bala, desinfectaremos la herida y le pondré un apósito. Tendremos que presionar constantemente para cortar la hemorragia y evitar que te desangres antes de llegar al hospital. Te aseguro que te vas a poner bien, pero primero debes pasar por esto.

–  No eres muy buena dando ánimos. – Bromeó Jerry.

–  Tan solo pretendo ser realista, a mí me gustaría que me hablaran claro en una situación así.

Jerry asintió para que Mía hiciera lo que tuviera que hacer. Con cuidado, sacó la bala con la ayuda del cuchillo mientras dos agentes de Juan sujetaban con fuerza a Jerry que maldecía mientras trataba de soportar el dolor que aquello le causó.

–  Bien Jerry, ya tenemos la bala. – Le animó Vladimir.

Tras curarle la herida, dos agentes de Juan llevaron a Jerry al hospital y Mía aprovechó la ocasión para huir del salón y pensar un rato a solas:

–  Necesito una ducha, vuelvo en veinte minutos.

Ni siquiera miró a Juan y él se molestó. Estaba preocupado y quería abrazarla, pero ella ni siquiera le había permitido acercarse. Se mostraba fría e indiferente, pero sabía que esa era su forma de enfrentarse a los problemas, había aprendido muchas cosas sobre Mía durante aquellas semanas conviviendo juntos. Jorge pareció leerle el pensamiento a Juan y, acercándose a él para que nadie más le escuchara, le dijo:

–  Mía está bien, no te preocupes.

 

 

 

Mi corazón en tus manos 21.

Mi corazón en tus manos

Juan sabía que no podía volver a presionar a Mía como lo había hecho la noche anterior, pero no podía dejar de observar cómo ella parecía estar en otro mundo y estaba empezando a preocuparse. Por suerte, Jorge se le adelantó y le dijo a Mía sacándola de su ensimismamiento:

–  Mía, baja de nuevo a la tierra, creo que estás empezando a asustar a Juan.

–  ¿Eh? – Preguntó Mía aturdida. Al ver cómo ambos la miraban y tras cruzar su mirada con la de Vladimir por el retrovisor del coche, añadió: – Lo siento, mi cerebro está colapsado.

–  ¿Estás bien? Lo de Pablo…

–  Estoy bien. – Le interrumpió Mía no queriendo hablar de Pablo y mucho menos con Juan allí presente.

–  Ya casi hemos llegado y podrás descansar. – Le dijo Juan.

Llegaron a la casa del lago de Juan y, tras instalarse cada uno en una habitación, Mía decidió echarse una siesta aunque no tuviera sueño, quería estar a solas para poder pensar con claridad. Pasadas un par de horas, cuando Mía consiguió poner sus ideas en orden y comportarse como una persona normal, bajó las escaleras para dirigirse al salón pero cuando fue a abrir la puerta escuchó a Juan y Jorge hablar:

–  No te preocupes, Mía está bien, pero necesita algo de tiempo para asimilar lo que ha ocurrido. – Le decía Jorge a Juan.

–  Quiero ayudarla y que se sienta mejor, pero no quiero que se sienta presionada, no sé qué hacer. – Le contestó Juan. – Mía se fue de mi casa porque la noche anterior discutimos. Creía que necesitaba espacio y, tras pasar toda la noche en el despacho pensando qué podía hacer para disculparme, por la mañana decidí darle una sorpresa. La dejé durmiendo en mi habitación y me fui para prepararle la sorpresa. Me pasé el día organizando una pequeña escapada a un manantial de aguas termales, un retiro de fin de semana. Tuve que mover cielo y tierra para conseguirlo con tan poco tiempo de antelación y, cuando llegué a casa y me proponía a darle la noticia, Rosario me dijo que se había marchado. El resto de la historia supongo que ya la sabrás.

–  No sé qué le habrá dicho Mía a su padre, pero creo que deberías tenerlo en cuenta ya que el comandante ha bajado su tono contigo y no ha puesto ningún impedimento en que seas tú quien se ocupe de la seguridad de su hija pequeña que, por si no lo habías, es la niña de sus ojos. – Le animó Jorge. – Ten un poco de paciencia, ella hablará contigo cuando esté preparada y tenga claro lo que quiere decir.

Mía escuchaba detrás de la puerta y al oír las palabras de Juan sintió como parte de la carga que llevaba en sus hombros se hacía más ligera. Juan se preocupaba realmente por ella y ella se había dado cuenta que no quería apartarse de él. Abrió la puerta y entró en el salón. Ambos hombres se levantaron del sofá para recibirla y Jorge, tan solo con la mirada, se entendió con Mía.

–  Prepararé algo de cenar, debes de estar hambrienta. – Le dijo Jorge besándola en la mejilla antes de marcharse a la cocina y dejarles a solas.

–  ¿Has podido dormir un poco? – Le preguntó Juan.

–  No, pero he descansado. – Le contestó Mía acercándose a él y sentándose en el sofá. Esperó a que Juan se sentara a su lado y añadió: – Gracias por todo lo que haces.

–  No tienes que darme las gracias por nada, además, lo hago encantado.

Mía le sonrió con dulzura y le abrazó, necesitaba sentirse entre los brazos de Juan y él no dudó en darle lo que demandaba. Tras permanecer unos minutos en silencio, Mía le dijo:

–  No sé cómo lo haces, pero cuando estoy contigo me siento bien, segura y a salvo.

–  Podemos pasarnos el día así, si es lo que quieres. – Bromeó Juan.

Permanecieron un buen rato abrazados en el sofá, hasta que Jorge les informó que la cena ya estaba servida y los cuatro cenaron en la cocina.

Una vez cenaron, Jorge se ofreció para encargarse de la vigilancia del turno de noche y Vladimir se ofreció a acompañarlo hasta que los cuatro hombres de la agencia de Juan que estaban de camino llegaran y se ocuparan de la vigilancia. Juan acompañó a Mía hasta la puerta de su habitación, donde la besó en la frente con ternura y le dijo:

–  Estaré en la habitación de al lado, llámame si necesitas cualquier cosa. – Le dedicó una leve sonrisa y añadió: – Intenta dormir un poco, necesitas descansar.

–  Juan… – Empezó a decir Mía pero no acabó la frase.

–  Dime, ¿qué ocurre?

–  Sé que no tengo derecho a pedirte nada pero, ¿te importaría quedarte conmigo esta noche? – Le preguntó Mía tímidamente. – No quiero estar sola.

–  No vas a estar sola, ven a mi habitación. – Le dijo Juan con dulzura. Entraron en la habitación y Juan rápidamente sacó un pijama de uno de los cajones de la cómoda y se lo entregó a Mía: – Con esto no pasarás frío, puedes cambiarte en el baño.

–  Gracias, pero no puedo dormir con tanta ropa. – Le dijo Mía dejando el pijama sobre una butaca. Se acercó a él y le dijo en un susurro: – Prefiero que me prestes una camiseta vieja.

Juan tuvo que tomar aire despacio, ya iba a ser bastante difícil dormir con Mía y contener sus ganas de devorarla, pero si ella se metía en la cama tan solo vestida con una de sus viejas camisetas, lo sería mucho más. Aún y así, Juan trató de calmar su instinto y comportarse como un caballero. Pero todas sus fuerzas se vieron derrotadas cuando, al entregarle una de sus viejas camisetas, vio que Mía se había quitados las botas y se estaba empezando a desnudar.

–  Eh…, toma la camiseta. – Balbuceó Juan mirando hacia a otro lado.

–  ¿Ocurre algo? – Preguntó Mía con falsa inocencia. Sabía que Juan era apasionado y sabía que ella lo atraía, por lo que optó por sacar todo su arsenal para seducirlo.

–  No, nada. – Le contestó Juan dándole la espalda para no seguir viendo cómo Mía seguía desnudándose mientras él se afanaba en quitarse la ropa y ponerse un pantalón para dormir.

Tan solo con aquella camiseta puesta, Mía se subió a la cama y se colocó detrás de la espalda de Juan, que estaba sentado al filo de la cama conectando su teléfono móvil al cargador. Colocó sus finas manos sobre los robustos y fuertes hombros de Juan y, tras comprobar la tensión que acumulaba, le susurró al oído:

–  Estás muy tenso, relájate.

–  Como si fuera tan fácil. – Farfulló Juan.

Mía continuaba masajeando su espalda, subió de nuevo hacia sus hombros y volvió a descender pero esta vez lo hizo por los musculosos pectorales de Juan y, cuando llegó a la parte inferior del abdomen, él la agarró de las manos y la detuvo.

–  Mía, necesitas descansar. – Le dijo Juan con la voz ronca pero con firmeza. La metió con él en la cama y, tras taparse con las mantas y abrazarla para que durmiera entre sus brazos, la besó dulcemente en los labios y le susurró al oído: – Duérmete, Pitu. Te prometo que no me moveré de aquí.

Mía no quiso insistir, sabía que él estaba tan excitado como ella, su erección lo delataba, pero aún y así había rechazado una noche de sexo por una noche en la que solo dormirían abrazados y eso a Mía le hizo darse cuenta de muchas cosas.

Cuando Mía se despertó, abrió los ojos y comprobó que Juan había cumplido su promesa: no se había movido de allí en toda la noche.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó Juan besándola en la frente. – ¿Has dormido bien?

–  Sí, pero no sería sincera si no te dijera que podría haber dormido mejor. – Le contestó Mía con una sonrisa pícara en los labios. – ¿Qué tal has dormido tú?

–  Te aseguro que yo también podría haber dormido mejor, preciosa.

Mía supo que Juan ya no sería capaz de volver a resistirse y, tras sonreír como si fuera una niña traviesa, lo besó en los labios y le susurró:

–  Quiero que me hagas el amor.

A Juan le gustó la seguridad de aquella petición y lo que conllevaba. No le había pedido sexo, le había pedido que le hiciera el amor y eso era justo lo que él más deseaba. Juan adoró, acarició y besó cada recoveco de su piel, le regaló dos orgasmos antes de penetrarla y un tercero en el que Juan la acompañó.

Durante más de dos semanas, Mía y Juan permanecieron en la casa del lago junto a Vladimir, Jorge y cuatro de los agentes de seguridad de la empresa de Juan. Durante aquellos días, todos fueron testigos de la improvisada luna de miel que Mía y Juan vivían a pesar de las circunstancias.

Robert hablaba con su hija todos los días y también pudo comprobar la alegría en la voz de su ojito derecho aunque Jorge también se lo hacía saber cada día que llamaba.

 

Mi corazón en tus manos 20.

Mi corazón en tus manos

A la mañana siguiente, Mía se despertó a las diez, se dio una ducha rápida y bajó a la cocina donde se encontró a su padre discutiendo con Juan mientras Jorge intentaba mediar entre ellos y Vladimir se mantenía al margen pero cauteloso, leal a Juan.

–  ¿Qué está ocurriendo aquí? – Preguntó Mía con cara de pocos amigos.

Robert conocía el humor que su hija se gastaba por la mañana y optó por ir directamente al grano:

–  Ya sabemos quién trató de mataros.

Mía no necesitó que su padre le dijera nada más, lo supo nada más mirarle a los ojos.

–  Ha vuelto a terminar lo que empezó. – Murmuró Mía con la mirada perdida. – ¿Y Pablo? – Preguntó sabiendo también la respuesta. Si Pablo estuviera vivo la hubiera advertido, él siempre la había protegido y su silencio confirmaba lo que ella sospechaba.

–  Pitu, ¿estás bien? – Le preguntó Jorge al ver que su amiga continuaba con la mirada perdida y se había puesto pálida.

–  Sí, estoy bien. – Respondió Mía volviendo en sí. Se volvió hacia su padre y Juan y les preguntó: – ¿Por qué estabais discutiendo?

–  Creo que deberías trasladarte a la base pero Juan insiste en encargarse él personalmente de tu seguridad. – Le contestó Robert molesto a su hija.

–  No pienso trasladarme a la base, papá. – Le dejó claro Mía. Se volvió hacia Juan y le preguntó con un hilo de voz: – Juan, ¿podemos hablar un momento? – Al ver que todos la miraban, aclaró: – A solas.

Juan asintió y ambos salieron de la cocina y se dirigieron a la habitación de Mía. Juan estaba nervioso, temía que Mía le reprochara que discutiese con su padre o que incluso lo echara de allí como si de un perro se tratara, pero logró mantener la compostura. Una vez a solas en la habitación, Mía le dijo:

–  Creo que tenemos una conversación pendiente y no puedo tomar ninguna decisión hasta haber hablado contigo.

–  Mía, antes que digas nada, quiero decirte que conmigo estarás a salvo. – Le dijo Juan tratando de sonar calmado. – Sé que ayer me dejaste claro que no era buena idea, pero estoy dispuesto a mantenerme al margen si así lo quieres, eso sí, con una condición. – Le advirtió. – Si no quieres que yo esté contigo, al menos debes permitir que mis hombres te protejan.

–  No quiero instalarme en la base y tú eres mi único as en la manga. – Le confesó Mía. – Sé que no estoy haciendo las cosas bien e insisto en que no es buena idea y que además te estoy poniendo en peligro a ti y a todos los que te rodean, pero me gustaría quedarme contigo.

–  No sabes lo que me alegra oír eso, Pitu. – Le contestó Juan sonriendo al mismo tiempo que se acercaba a ella y la abrazaba. – Iremos hacia el norte, tengo una casa en un pequeño valle, apartada de la civilización, donde podremos ocultarte hasta que todo esto termine. Solo necesito que me confirmes que estás de acuerdo y yo me ocuparé de todo, incluso de tu padre.

–  Ya me ocupo yo de mi padre, bastantes problemas te he causado ya. – Le contestó Mía y, teniendo tan cerca los labios de Juan, no pudo evitar besarle.

–  Mía… Si sigues así acabarás volviéndome loco. – Le advirtió Juan con la voz ronca.

–  Lo siento. – Se disculpó Mía tímidamente.

–  No quiero que pienses que hago esto porque me sienta culpable ni mucho menos porque busque algo más de ti que no sea protegerte, lo cual no quiere decir que no quiera nada contigo, tan solo pretendo dejarte claro que, pase lo que pase y mientras dure esto, estarás bajo mi protección. – Le dijo Juan. – No puedes salir huyendo cada vez que discutamos, Mía.

–  Estoy de acuerdo en lo de no salir corriendo, pero creo que tienes que aclararme el resto.

–  Si quieres algo más que un protector, serás tú quién tenga que pedírmelo. – Le aclaró Juan. – Tendrás que dar el primer paso porque yo no pienso arriesgarme a que tu cabecita entienda lo que no es.

–  ¿Temes que piense que me estás protegiendo solo para tener sexo conmigo? – Le preguntó Mía llamando a las cosas por su nombre.

–  Eso es, Pitu. – Le confirmó Juan sonriendo. – Y doy por hecho que ya has descartado la posibilidad de que quiera protegerte porque me sienta culpable.

–  Me he comportado como una idiota. – Se lamentó Mía.

–  Yo tampoco me he quedado atrás. – Reconoció Juan. – Empecemos de cero, sin reproches.

–  Gracias por todo, Juan. – Le agradeció Mía.

–  No hay de qué. – Le aseguró Juan abrazándola y estrechándola entre sus brazos. Se había propuesto no ser él quien se acercase a ella, pero le iba a resultar difícil. – Bajemos a desayunar, después recogeremos tus cosas y nos marcharemos.

Mía asintió y juntos regresaron a la cocina. Mía discutió con su padre y, cuando Jorge y Juan trataron de mediar ella les pidió que la dejaran a solas con su padre. De mala gana, Jorge y Juan obedecieron y salieron de la cocina. Una vez a solas con su padre, Mía le dijo:

–  Papá, no me lo pongas más difícil.

–  Pitu, en la base estarás más segura, tan solo pretendo que estés protegida. – Trató de hacerla entender Robert. – ¿Qué hay entre él y tú? Y no me digas que no hay nada porque no me lo creo, tu hermana me ha dicho que fuiste con él a comer a su casa y las niñas le adoran, ayer se pusieron de su parte en vez de ponerse de la mía.

–  Es cierto que hace relativamente poco que conozco a Juan, pero aun así está dispuesto a seguir protegiéndome, pese a haberse demostrado que él no es responsable de lo que ocurrió. – Le dijo Mía con un brillo en los ojos que no pasó desapercibido para Robert. – No me he portado nada bien con él y sin embargo aquí está, dispuesto a encararse contigo y con quién haga falta tan solo por complacerme y sin pedirme nada a cambio.

–  ¿Confías en él? – Quiso saber Robert.

–  Con los ojos cerrados. – Le confirmó Mía.

–  ¿Tengo que empezar a asimilar que puede ser mi yerno? – Trató de hacer sonreír a su hija.

–  Es un poco pronto para eso, pero no lo descarto. – Le confesó Mía sonriendo con complicidad.

–  De acuerdo, pero quiero que me mantengáis informado de todo y, si en algún momento cambias de opinión y no quieres seguir en la casa del lago con Juan, me llamas y lo hablamos. – Le advirtió Robert. – En cuanto a la seguridad, quiero que Jorge vaya contigo, me quedaré más tranquilo y no es negociable.

–  ¿Eso significa que vas a dejar de discutir con Juan?

–  Eso significa que lo voy a intentar. – Le dijo Robert sin prometer nada. Confiaba en el juicio de su hija y había investigado a fondo a Juan Cortés, sabía que era un tipo muy profesional y había podido comprobar en primera persona lo preocupado que se mostraba con su hija. – Por su culpa tu madre, tu hermana y tus sobrinas están enfadadas conmigo.

–  Estoy segura de que si le pides disculpas, Juan lo olvidará sin más.

–  No sé, Pitu. – Le dijo Robert algo avergonzado. – Lo cierto es que está bastante cabreado conmigo, lo único que puedo prometerte es que no empeoraré las cosas.

–  Supongo que puedo conformarme con eso. – Se resignó Mía.

Tras hablar con Mía, Robert le dio instrucciones a Jorge para que formara parte de la seguridad de Mía y le mantuviera informado en todo momento de las novedades, quería que su hija tuviera a alguien que la apoyase en el caso de que cambiara de opinión.

 

Mi corazón en tus manos 19.

Mi corazón en tus manos

Mía se despertó pasadas las diez de la mañana y lo primero que hizo fue comprobar si Juan estaba a su lado, pero el lado derecho de la cama estaba intacto, Juan no había dormido allí. Tras levantarse y darse una ducha, Mía bajó a la cocina a desayunar y allí se encontró con Rosario y Vladimir.

–  Buenos días. – Les saludó Mía por educación.

–  Juan ha tenido que marcharse, pero regresará esta noche. – La informó Rosario.

Mía no dijo nada pero sintió aquellas palabras como puñales en el alma. No entendía por qué Juan se había ido tan repentinamente ni por qué no la había avisado, si no quería que estuviese allí solo tenía que decírselo y ella se marcharía. Y eso fue lo que decidió Mía.

Después de desayunar, subió a la habitación y llamó a su padre para avisarle que regresaba a casa y, tras discutir con él durante un buen rato, acordaron que dos de los hombres de Robert la irían a buscar a casa de Juan y la llevarían a una pequeña cabaña que los Swan poseían en el bosque, donde uno de los hombres de su padre se quedaría con ella para protegerla. Mía pensó en avisar a Juan enviándole un mensaje, pero finalmente decidió no decirle nada, cuanto antes saliera de su vida mejor para todos.

Bajó las escaleras cargando con su maleta y, nada más verla, Rosario, seguida por Vladimir, le preguntó:

–  ¿Vas a alguna parte?

–  Sí, me marcho. – Le respondió Mía con pesar, odiaba las despedidas y Rosario le había dado mucho cariño y comprensión en los últimos días. – Un par de hombres de mi padre vienen a buscarme, de hecho, ya deberían estar aquí.

–  A Juan no le gustará saber que te has ido. – Comentó Rosario.

–  Juan no es responsable de lo que me ocurra. – Le recordó Mía.

Vladimir se retiró sin decir nada, probablemente para llamar a Juan y contarle lo que Mía estaba a punto de hacer.

Mía se despidió de Rosario con un cariñoso abrazo y le prometió que regresaría a verla cuando todo se calmara. Cuando escuchó a Vladimir en el salón hablar por teléfono con Juan, Mía sacó su teléfono móvil del bolso y lo desconectó, no quería arriesgarse a que Juan la llamara y tratara de retenerla ahora que había tomado la decisión de poner tierra de por medio, una decisión que debía haber tomado días atrás antes de que sus sentimientos hacia Juan crecieran como habían crecido.

Los dos agentes del comandante Swan recogieron a Mía y la llevaron a la pequeña cabaña familiar donde se encontró con Jorge Sánchez, el hijo de los vecinos de los padres de Mía, teniente del ejército de tierra y gran amigo de Mía.

–  ¿Mi padre te ha enviado a ti para hacer de niñera? – Le preguntó Mía sorprendida.

–  Nadie mejor que yo para cuidar de ti, Pitu. – Se mofó Jorge.

Ambos amigos se abrazaron y entraron en la cabaña. Los dos hombres que acompañaban a Mía cogieron sus maletas y, tras llevarlas a su habitación, se quedaron custodiando los alrededores de la cabaña. Mía le contó a Jorge todo lo que ocurría y lo que empezaba a sentir por Juan. Le dijo que Juan solo quería protegerla porque se sentía culpable y que ella decidió salir de su casa antes de que todo aquello terminara de destrozarla. Jorge la escuchó y la consoló sin decir nada, sabía que si Mía quería saber su opinión se la hubiera pedido, pero en aquellos momentos tan solo necesitaba un hombro sobre el que llorar y no alguien que le reprochara lo incauta que había sido.

Pasaron el día charlando y después de cenar, Karen llamó a Mía por teléfono:

–  Pitu, ¿estás bien?

–  Sí Karen, estoy en la cabaña del bosque.

–  Lo sé hemos venido a cenar a casa y papá me ha contado que le has llamado y habéis acordado que te traslades a la cabaña con Jorge. – Le dijo Karen. – Lo que no entiendo es por qué no le has dicho nada a Juan. Ha venido mientras estábamos cenando y se ha montado la marimorena. ¡Telita con la mala leche que se trae tu amigo! – Bromeó Karen. – A ese chico le gustas, Pitu. Ha discutido con papá y le ha desafiado hasta que por fin ha logrado averiguar dónde te encuentras. Por eso te llamo, Juan va de camino a la cabaña y está molesto porque te has ido de su casa sin decirle nada, ¿cómo se te ocurre?

–  Es una larga historia, Karen. – Le dijo Mía. – Gracias por avisarme, tengo que colgar.

–  Llámame si necesitas algo, Pitu. – Le dijo Karen antes de colgar.

A Jorge no le hizo falta preguntar, Mía le contó todo lo que necesitaba saber y, tras informarle que Juan estaba en camino, le preguntó:

–  ¿Qué debo hacer? Sabes que siempre me interesa tu opinión como hombre.

–  No conozco personalmente a Juan Cortés, pero por lo que he oído hablar de él sé que no es uno de esos hombres que van detrás de una mujer, de hecho se rumorea que nunca repite más de tres veces con la misma mujer. – Empezó a decir Jorge. – Si te ha ofrecido su casa, se ha enfrentado a tu padre y está viniendo hacia aquí a pesar de ser casi medianoche y que está diluviando, creo que está realmente interesado por ti, si buscara sexo estoy seguro de que lo encontraría más rápido y sin ninguna complicación en cualquier parte. Respecto a que se siente culpable, no puedo saberlo, pero sí sé que en los negocios es un hombre sin escrúpulos, por lo que dudo que se sienta culpable de algo por lo que no sabe si él es el causante y, aunque lo fuera, tampoco sería su culpa que tú fueras en ese momento con él en el coche.

–  ¿Qué me aconsejas? – Le preguntó Mía esperando arrojar un poco de luz a su mente.

–  Habla con él, Mía. – Le aconsejó Jorge. – Hablad claramente de lo que queréis y de las intenciones que tenéis el uno con el otro. Hasta que no habléis no puedes tomar una decisión con seguridad.

Justo en ese momento, uno de los hombres que custodiaba la cabaña le dijo a Jorge:

–  Teniente Sánchez, creo que debería salir un momento.

Jorge salió de la cabaña junto al agente y Mía supo al instante que Juan había llegado. Seguir el consejo de Jorge significa hablar de sentimientos con Juan y no estaba preparada para hacerlo, mucho menos para asimilar un rechazo. Por otra parte, Mía no era de las que huía de los problemas, Mía afrontaba los obstáculos como si de retos de la propia vida se tratara y eso fue lo que decidió hacer.

Jorge regresó a la cabaña seguido de Juan y Vladimir, miró a su amiga y le dijo:

–  Pitu, tienes visita. Estaré en la cocina con Vladimir si nos necesitáis.

Jorge se dirigió a la cocina y Vladimir le siguió, dejando a Mía y Juan a solas. Mía se había quedado paralizada mientras Juan la miraba furioso al mismo tiempo que empezó a reprocharle:

–  ¿Se puede saber por qué te has ido? ¡Y sin decirme nada! – Vociferó Juan. – ¿Tan mal te he tratado para que hayas salido huyendo? ¡Joder Mía! Desde que salimos de casa de tus padres has mantenido las distancias conmigo, pensaba que quizás necesitabas algo de espacio y, cuando te lo doy, ¡sales corriendo!

–  Juan…

–  ¿Y a qué ha venido eso de Pitu? ¿Los agentes de tu padre también te llaman así? – Le interrumpió Juan molesto por la confianza y complicidad entre Jorge y Mía de la que había sido testigo.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Atinó a decir Mía.

–  ¿Que qué hago aquí? – Espetó Juan hecho una furia. – ¿A ti qué te parece qué he venido a hacer a medianoche y diluviando? Creo que como mínimo me merezco una explicación.

–  Anoche discutimos, no viniste a la habitación a dormir y cuando me desperté tú no estabas, Rosario me dijo que no regresarías hasta la noche y ni siquiera me avisaste.

–  Sé que anoche me porté como un imbécil y por eso me fui esta mañana, quería darte una sorpresa para hacer las paces contigo, pero he llegado a casa y tú no estabas. – Le espetó Juan frustrado. – Vuelve conmigo a casa, Mía.

–  No es una buena idea, Juan. – Le dijo Mía.

–  Si no quieres venir a casa conmigo me quedaré aquí, pero no pienso dejarte sola ni un solo segundo y me da igual lo que opines. – Sentenció Juan.

–  Es tarde y está diluviando, esta noche la pasaremos aquí y mañana ya hablaremos, ahora estoy agotada y no tengo ganas de discutir con nadie. – Le dijo Mía visiblemente cansada.

–  De acuerdo, hablaremos mañana. – Acordó Juan.

Se reunieron con Jorge y Vladimir en la cocina y Mía le dijo a Jorge que Juan y Vladimir se quedarían a dormir, por lo que prepararon las dos habitaciones que quedaban libres para que Juan y Vladimir se instalaran. Mía se encerró en su habitación y se metió en la cama, estaba demasiado confusa para hablar con Juan y demasiado cansada para discutir con él.

Cita 1.

“Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado. Aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitarás perdonarlas. Aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma… Descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos destruirla y que tú también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de tu vida.” 

William Shakespeare.