Archivo | enero 2016

Cita 2.

“Me gustan las personas desesperadas, con mentes rotas y destinos rotos. Están llenos de sorpresas y explosiones. Me encuentro bien entre marginados porque soy uno de ellos.” 

Charles Bukowski.

Bajo la luz de la luna 1.

Bajo la luz de la luna

Elisabeth Muller no sabía si subirse a un avión y dirigirse a más de 1100 km de distancia de su casa, su familia y sus amigos era una buena decisión, pero después de lo ocurrido lo único que le apetecía era desaparecer al menos durante una temporada.

Y allí estaba, subida en un avión viendo desde el aire como la ciudad en la que había nacido y en la que había vivido durante sus veintitrés años de vida se iba haciendo más pequeña hasta que la perdió de vista. Cerró los ojos y suspiró. Era un suspiro de alivio, necesitaba alejarse de aquel lugar y España le pareció la mejor opción para desconectar. Sus abuelos maternos eran españoles y, aunque se mudaron a Londres por motivos de trabajo cuando se casaron, regresaron a España antes de que su nieta Elisabeth naciera. Pero sus abuelos murieron diez años atrás y desde entonces ella no había regresado a España, a pesar de que le dejaron en herencia la casa de la playa en una pequeña urbanización de Castelldefels a 25 km de Barcelona y un apartamento en el centro de Barcelona. Ese fue el motivo por el cual había decidido dejar Londres y pasar una temporada en Barcelona, allí tenía una casa y un apartamento, por lo que no tendría que preocuparse en encontrar un sitio en donde alojarse, pues ya lo tenía.

Se puso los auriculares y encendió el iPod para escuchar algo de música. Cerró los ojos y trató de evadirse, pero su mente reproducía una y otra vez los recuerdos de los dos últimos días. No pudo evitar preguntarse si estaba haciendo lo correcto, pero trató de animarse al pensar que era lo mejor para ella en ese momento.

Cinco horas más tarde, Elisabeth se bajaba del taxi y cruzaba la verja del jardín delantero de la casa de la playa de sus abuelos. Todo estaba tal y cómo ella lo recordaba, aunque menos limpio. Desde que sus abuelos murieron, sus padres venían a España un par de veces al año para ocuparse del mantenimiento de la casa y el apartamento, con todo lo que ello conllevaba.

Tras abrir las ventanas y airear todas las estancias de la casa, deshizo las maletas y se dio una ducha. Había sido un día largo, no había pensado en que eran más de las diez de la noche y aún no había cenado, así que decidió pedir algo de comida a domicilio.

Al día siguiente, Elisabeth decidió salir a comprar. El día anterior había visto un bar a la vuelta de la esquina donde podría desayunar y dos calles más allá había un pequeño supermercado que le serviría para comprar todo lo que necesitaba. Se sentó en una de las mesas de la terraza del bar y le pidió al camarero un café y una tostada. Mientras esperaba a que le sirvieran, Elisabeth ojeaba el periódico que alguien había dejado olvidado sobre la mesa hasta que otro camarero distinto le trajo lo que había pedido.

–  Buenos días señorita, aquí tiene su desayuno. – Le dijo el joven camarero mostrándole una amplia sonrisa.

–  Gracias. – Le dijo Elisabeth sonriendo tímidamente.

–  ¿Eres nueva por la zona? No te había visto nunca por aquí. – Le dijo el chico tratando de ser amable y simpático.

–  Más o menos, voy a quedarme por aquí una temporada. – Le respondió Elisabeth.

–  Entonces, supongo que nos iremos viendo. – Le dijo el camarero y, tendiéndole la mano, añadió: – Por cierto, me llamo Fernando.

–  Encantada, yo soy Eli. – Le dijo Elisabeth estrechando su mano.

–  ¿Conoces a alguien por aquí, Eli?

–  Me temo que no, acabo de llegar y aún no conozco a nadie.

–  Pues eso tiene solución. – Sentenció Fernando. – Esta noche celebramos el cumpleaños de un amigo en el bar, pásate por aquí y estoy seguro de que te divertirás.

–  Gracias, puede que me pase por aquí. – Le agradeció Elisabeth. – No me vendría nada mal distraerme un poco.

–  Buenos días, Fer. – Saludó una chica más o menos de la edad de Elisabeth. – Necesito un café bien cargado o me dormiré aquí mismo.

–  Buenos días, Oli. – La saludó Fernando con un beso en la mejilla. – Te presento a Eli, acaba de llegar y va a quedarse por aquí una temporada.

–  Encantada, Eli. – La saludó Olivia amistosamente con dos besos en la mejilla. – Soy Olivia, aunque casi todo el mundo me llama Oli, una amiga de Fernando. ¿Te importa si me siento contigo?

–  Claro que no, adelante. – Le contestó Elisabeth haciéndole un gesto para que se sentara a su lado.

Olivia se sentó junto a Elisabeth y, como si se conocieran de toda la vida, entablaron conversación.

–  Esta noche celebramos la fiesta de cumpleaños de un amigo, ¿te apetece venir con nosotros? – Le propuso Oli. – Te aseguro que te lo pasarás muy bien y así conocerás a nuestros amigos, ¿te apuntas?

–  Claro que vendrá, además me ha dicho que le vendría bien distraerse un poco, ¿verdad, Eli? – Le preguntó Fernando.

–  Sí, creo que me vendrá bien. – Contestó Eli tímidamente.

Fernando se marchó para seguir trabajando y las chicas se quedaron a solas y continuaron charlando. Olivia le preguntó a Elisabeth cuánto tiempo iba a quedarse por la zona y ella le contestó encogiéndose de hombros:

–  Sinceramente, no lo sé. Llegué ayer de Londres porque necesitaba cambiar de aires, mis abuelos vivían aquí y cuando murieron me dejaron su casa en herencia, aunque no había regresado desde hace ya diez años. – Suspiró y añadió: – No tengo decidida una fecha para regresar, ni siquiera sé si quiero regresar.

Olivia notó su tono triste y quiso preguntar, pero decidió tratar de animarla y dejar que fuese ella quién se lo contara cuando se sintiera preparada.

–  Tengo que ir a comprar algunas cosas para la fiesta de esta noche, ¿te apetece acompañarme? – Le propuso Oli. – Hay un centro comercial aquí cerca, podemos comer algo por allí.

–  Precisamente iba a ir al supermercado a comprar algunas cosas, pero no encontraré allí todo lo que necesito. – Reconoció Elisabeth. – Por cierto, ¿conoces alguna empresa de alquiler de coches por aquí cerca? Necesito un vehículo para moverme y ni siquiera sé dónde buscar y no tengo internet en casa, aún tengo que llamar para que me la instalen. Y un móvil, necesito cambiar de número.

–  Espero que no estés huyendo de la justicia de tu país y me conviertas en tu cómplice. – Bromeó Olivia y Eli le sonrió. – Tranquila, en el centro comercial encontrarás todo lo que necesitas y si no lo encuentras te llevo a donde haga falta.

Tras pagar la cuenta y despedirse de Fernando, las dos chicas se subieron a un Opel Astra de color rojo y diez minutos más tarde aparcaban en el centro comercial.

Pasaron la mañana de compras, comieron en un McDonald y después Olivia la llevó a un concesionario donde Elisabeth compró un Audi A5 y a Olivia casi le dio algo cuando vio el precio del coche.

–  Tengo algo de dinero ahorrado y el coche es una inversión, no puedo coger un taxi cada vez que necesite moverme y no tengo intención de quedarme encerrada en casa. – Le dijo Elisabeth encogiéndose de hombros. – Aunque nunca he conducido un coche con el volante a la izquierda, puede que necesite algo de práctica.

–  Tardarán un mes en entregarte el coche, yo puedo llevarte a un pequeño solar para que conduzcas mi coche y cojas algo de práctica. – Se ofreció Olivia. – Acabo de terminar la carrera y ya he encontrado trabajo en bufete de abogados, pero no empezaré hasta septiembre así que estaré por aquí sin hacer nada hasta entonces.

–  Estamos a finales de mayo, te quedan tres meses por delante, ¿no has pensado en hacer nada especial durante todo este tiempo? – Preguntó Elisabeth al recordar que cuando ella acabó la carrera el año pasado se fue de viaje a Estados Unidos con sus amigas y cruzaron el país haciendo la Ruta 66.

–  Quedarme aquí con mis amigos es lo más especial que quiero hacer. – Le confesó Olivia suspirando profundamente. – Aunque te confieso que a veces a mí también me gustaría desaparecer de aquí una buena temporada.

–  Me temo que la culpa de eso la tiene algún chico. – Comentó Elisabeth segura de lo que decía.

–  Y no te equivocas. – Le confirmó Olivia. – Estoy enamorada como una idiota de un merluzo que ni siquiera se ha dado cuenta de lo que siento, lo sabe todo el mundo menos él.

De camino a casa, Olivia le confesó que estaba enamorada desde niña de Marcos, uno de los mejores amigos de su hermano Óscar, pero que él tan solo la veía como a “su mejor amiga”, cosa que le recordaba cada vez que la veía. Olivia tenía miedo de decirle lo que sentía a Marcos porque no quería que perdieran la bonita amistad que tenían y, aunque a veces sufría, le gustaba tenerlo a su lado.

Olivia aparcó el coche frente a la casa de Elisabeth y la ayudó con las bolsas de todo lo que habían comprado. Antes de despedirse, quedó en regresar a buscarla en un par de horas para ir juntas a la fiesta en el bar. Elisabeth decidió darse una ducha y dudó en estrenar uno de esos modelitos que se había comprado tras la insistencia de Olivia, que no dejaba de repetirle que le quedaban muy bien, pero finalmente se decidió por unos vaqueros de tiro bajo y pitillo y una camiseta blanca de manga tres cuartos y cuello de barco, a Elisabeth nunca le había gustado llamar la atención, de eso ya se encargaba su apellido.

Premio Blogger House.

Premio BH Contribución a la Blogosfera

Mil gracias a Isidro Cristobal del Olmo y su blog La Vida por nominarme al Premio Blogger House. Es un honor recibir de tus manos éste magnífico premio que me ha pillado por sorpresa. Desde aquí te mando un abrazo y un besote enorme! 😉

 

Las normas del Premio son las siguientes: 

  1. Agradecer públicamente a la persona que te ha otorgado el premio.
  2. Nominación en una entrada de tu blog personal a los 10 bloggers que a tu juicio más contribuyen a la bloggosfera.
  3. Exhibir el logotipo del premio en tu blog.
  4. Notificar la nominación públicamente a las personas nominadas.

 

Y mis nominados son: 

  1. Erika Martin y su blog Anécdotas de Secretarias.
  2. R. Crespo y su blog Ficción Romántica.
  3. Rad Nagouse y su blog Revista Radnagouse.
  4. Jaime F. González y su blog Escritura y Fotografía.
  5. IveL W. y su blog Vestida de Luna.
  6. J. F. Dominguez y su blog Para decir adiós: Las dos Princesas.
  7. Rick Seth y su blog RicksethblogMX.
  8. Emilio Valadé del Río y su blog Paseante Silencioso.
  9. Pachi Nemis y su blog Pachi Nemis.
  10. Ayumi Marco y su blog Novela, farmacia, vida personal.

 

¡¡¡ENHORABUENA A TOD@S LOS NOMINAD@S!!!

 

 

Mi corazón en tus manos 24.

Mi corazón en tus manos

Había pasado más de un año desde que el Chavo dejó de ser un problema para Mía y todos los que estaban a su alrededor, aunque ese tema se había convertido en tabú cuando Mía estaba presente. Jorge, su padre y sus amigos habían intentado hablar con ella del tema pero ella se negaba en rotundo y, tras la mala leche que se gastaba, dejaron de insistir.

La relación entre Juan y Mía era inmejorable. Ambos continuaban viviendo en el ático dúplex de Juan junto a Rosario y Vladimir.

Olga y Álex habían sido padres de un niño precioso, Natalia y Miguel continuaban viviendo su gran historia de amor al igual que Javi con Sonia, aquella chica que había conseguido enamorar al picaflor del grupo.

La última novedad era que Noelia, la hermana de Juan, había conocido a Daniel, el único amigo de Mía que continuaba soltero, y parecía que entre ellos empezaba a haber algo más que un ligero tonteo.

Tras cenar en casa de los padres de Juan, Mía y Juan regresaron a casa. Juan llevaba varios días observando como Mía parecía estar distraída y preocupada, pero cada vez que le preguntaba ella le distraía de la forma más efectiva: con sexo. Juan empezaba a preocuparse de verdad y decidió que de aquella noche no pasaba, no iba a permitir que ella le distrajera como siempre, no iba a dejar que se saliera con la suya.

Cuando entraron en la habitación, Juan decidió coger al toro por los cuernos. Mía apenas había comido ni bebido nada esa noche y Juan sabía que había estado vomitando días atrás.

–  Cariño, vas a contarme qué te ocurre. – Le dijo Juan sin opción a réplica. – Y no intentes seducirme que ya no te va a salir bien esa estrategia.

Mía le miró con resignación y le dijo con un hilo de voz:

–  De acuerdo, pero será mejor que te sientes. – Juan se sentó a los pies de la cama y miró a Mía fijamente a los ojos esperando una respuesta. – ¿Te acuerdas que hace unos días estuve pachuchilla? – Juan asintió y Mía continuó: – Pues fui al médico y le dije lo que me pasaba.

–  Lo sé, me dijiste que te habías intoxicado al comer algo en mal estado cuando fuiste a la hamburguesería con Natalia el otro día. – La interrumpió Juan.

–  Sí, eso fue lo que te dije, pero te mentí. – Le dijo Mía.

–  Explícame eso algo mejor para que yo pueda entenderte. – Le ordenó Juan con el ceño fruncido.

–  Es cierto que fui al médico pero, cuando le dije lo que me pasaba, me dijo que cabía la posibilidad de que estuviera embarazada. – Le dijo Mía incapaz de mirarle a los ojos y añadió atropelladamente. – Le dije que no podía ser, que utilizo la píldora anticonceptiva pero entonces recordó que el mes pasado me mandó tomar antibióticos por el resfriado que cogí y, según parece, los antibióticos anulan el efecto de las píldoras anticonceptivas.

–  ¿Estás embarazada? – Le preguntó Juan acercándose a ella despacio y con los ojos muy abiertos.

–  No lo sé. – Le confesó Mía. – Hace unos días compré un test de embarazo pero no he sido capaz de usarlo, tengo miedo.

–  ¿De qué tienes miedo, Pitu? – Le preguntó Juan con una dulce sonrisa que sorprendió a Mía.

–  Si me hago el test y da positivo… ¿Qué pasa si estoy embarazada?

–  Si estás embarazada, me harás el hombre más feliz del mundo.- Le dijo Juan sonriendo de oreja a oreja mientras la estrechaba entre sus brazos. – Vamos al baño, quiero saberlo ya. No sé cómo has podido aguantar esta incertidumbre durante tantos días.

–  Espérame aquí, ahora mismo vuelvo. – Le dijo Mía más tranquila.

Juan la detuvo para besarla en los labios antes de que entrara en el baño. Tres minutos después, Mía salía del baño con el test de embarazo en la mano y mirando la pantalla, esperando a que saliera el resultado.

–  ¿Ha salido algo? – Preguntó Juan impaciente.

–  Aún no. – Le dijo Mía nerviosa. – Si sale un palito no estoy embarazada, si salen dos… – Mía no pudo terminar la frase cuando vio que en la pequeña pantalla del test de embarazo aparecían dos palitos. – Me estoy mareando, Juan. – Le advirtió Mía blanca como la leche.

Juan la cogió en brazos y la llevó a la cama donde la tumbó con sumo cuidado sin poder dejar de sonreír, estaba feliz por aquella inesperada noticia.

–  Sinceramente, no sé qué te hace tanta gracia. – Le reprochó Mía que apenas era capaz de asimilar aquella noticia. – Si antes tenía miedo, ahora estoy aterrada.

–  Serás una mamá perfecta y muy sexy. – Le dijo Juan tratando de animarla. Se tumbó a su lado en la cama y añadió mientras le acariciaba el vientre: – Voy a cuidar de ti y de nuestro bebé, no tienes que tener miedo absolutamente de nada. Como te dije una vez, tienes mi corazón en tus manos.

Juan la besó en los labios, la estrechó contra su cuerpo y Mía se sintió segura entre sus brazos, así era como siempre la hacía sentir Juan. Él era todo lo que ella había soñado y ahora su felicidad sería mayor con la llegada de un inesperado bebé que a ambos les cogió por sorpresa pero al que ambos iban a amar más que a sus propias vidas.

 

FIN

 

Mi corazón en tus manos 23.

Mi corazón en tus manos

Mía se dio una ducha y regresó al salón casi una hora más tarde, a pesar de haber dicho que tardaría unos veinte minutos. En el salón se encontró con Vladimir y Jorge que le informaron que el comandante Swan y Juan estaban reunidos en el despacho.

–  ¿Han vuelto a discutir? – Le preguntó Mía a Jorge.

–  No. – Le informó Jorge y añadió bromeando: – Creo que tu padre se ha dado cuenta de lo furioso que está Juan y ha decidido dejar la discusión para otro momento.

–  No tiene gracia, Jorge. – Le regañó Mía.

–  No te preocupes, no pasa nada. – La tranquilizó Vladimir que de repente parecía haberse convertido en su amigo cuando antes apenas ni le hablaba. – El comandante Swan y Juan querían ver las imágenes de las cámaras de video vigilancia, regresarán de un momento a otro.

–  Me temo que te van a pedir muchas explicaciones, Pitu. – Le dijo con sorna Jorge. – Tres disparos y tres balas entre ceja y ceja, tu padre no está para nada contento.

–  No me toques las narices, Jorge. – Le espetó furiosa.

–  ¡Joder, los has ejecutado! ¿Sabes a cuántas agencias internacionales vamos a tener que dar explicaciones por tu insensatez? – Le replicó Jorge.

–  ¿Insensatez? – Espetó Mía furiosa. – Ese tipo y sus hombres han matado a Pablo y han intentado matarme a mí por segunda vez, eran ellos o yo.

–  Ese era nuestro trabajo, no el tuyo. – Le reprochó Jorge molesto.

–  En ese caso, deberías agradecerme que haya hecho el trabajo por ti. – Le contestó Mía furiosa y, aunque se arrepintió de lo que dijo en ese mismo instante, estaba demasiado furiosa como para disculparse.

–  ¿Se puede saber qué está pasando aquí? – Vociferó Robert entrando en el salón al escuchar los gritos de su hija y Jorge. – ¿Es que no habéis tenido bastante con lo que ha pasado? – Mía y Jorge se mantuvieron en silencio y Robert se volvió hacia a su hija y le dijo mientras se acercaba a ella y la abrazaba: – Pitu, me alegro que estés bien pero…

–  Papá, no empieces tú también. – Le advirtió Mía.

–  De acuerdo, ya hablaremos de ello en otro momento. – Accedió Robert. – ¿Qué quieres hacer? ¿Vas a regresar a casa?

–  Sí, quiero regresar a mi casa y cuanto antes. – Le dio un beso en la mejilla a su padre y se volvió a mirar a Juan. Cuando su mirada se cruzó con la de él, le preguntó: – ¿Puedes acompañarme un minuto?

Juan asintió y la acompañó hasta la habitación donde habían compartido la cama y otras muchas cosas. Mía cerró la puerta de la habitación en cuanto entraron y, sin ser capaz de mirarle a los ojos, le dijo a Juan con un hilo de voz:

–  Supongo que tenemos que hablar, ¿no?

–  Supones bien. – Le confirmó Juan. – Siento no haber estado contigo cuando ha ocurrido todo esto, no debí marcharme. – La agarró por la cintura y le dijo con ternura: – Sé que estás cansada y quieres marcharte a casa, pero me gustaría que te quedaras un rato más y así podremos irnos juntos. Tengo que esperar a que llegue el equipo de limpieza para firmar unos papeles y podremos marcharnos, Vladimir nos llevará a casa.

–  ¿Por qué haces todo esto, Juan? – Le preguntó Mía sin entender por qué se empeñaba en cuidar de ella, pero sin reprocharle nada, más bien todo lo contrario.

–  ¿Es que aún no te ha quedado claro? – Bromeó Juan. La besó en los labios y, tras dedicarle una amplia sonrisa, añadió: – Creo que es obvio, cariño. Tienes mi corazón en tus manos.

Juan no esperó a obtener respuesta, la besó en los labios apasionadamente y la estrechó entre sus brazos. En cuanto llegó a la casa del lago y vio que había un coche aparcado y oculto entre los árboles cercanos, supo que algo no iba bien y el corazón le dio un vuelco al pensar que algo le había podido ocurrir a Mía. Por primera vez en su vida Juan se había dado cuenta del significado de la palabra amor.

Un par de horas más tarde, Vladimir, Juan y Mía entraban en el ático dúplex de Juan completamente agotados. Rosario trató de convencerlos para que cenaran algo antes de irse a dormir, pero ninguno de ellos tenía suficiente apetito. A solas en la habitación, Juan se acercó a Mía y, tras besarla en los labios, le preguntó con dulzura:

–  ¿Estás bien, cariño?

–  Estoy hambrienta. – Le contestó Mía sonriendo.

–  Pero si le acabas de decir a Rosario que no tienes hambre. – Comentó Juan confundido.

–  No me refiero a esa clase de hambre. – Le contestó Mía sonriendo con picardía.

–  Mm… Y, ¿a qué clase de hambre te refieres? – Preguntó Juan sonriendo, captando rápidamente lo que Mía le estaba pidiendo.

–  A esa clase de hambre que solo tú sabes saciar.

–  Cariño, no me mires así… – Le advirtió Juan con la voz ronca por la excitación.

Ambos se deseaban tanto que sus ropas no tardaron en caer al suelo. Como cada vez que hacían el amor, primero Juan deleitó a Mía con miles de besos y caricias por todo el cuerpo para después hacerla llegar al orgasmo mientras succionaba su clítoris con los labios y lo presionaba con su lengua. No dejó que Mía se recuperara de aquel orgasmo cuando la penetró de una sola embestida haciendo que el cuerpo de ella volviera a sacudirse de placer y, embestida tras embestida, ambos alcanzaron juntos el mayor orgasmo que nunca antes habían sentido.

A pesar de que Mía quería regresar a su casa, Juan logró convencerla para que se instalara con él en el ático y, tras su perseverancia, Mía terminó aceptando.

Aquellos primeros días fueron bastante caóticos. Todos querían ver a Mía y Juan la animó a que invitara a sus amigos al ático.

–  No quiero abusar de tu confianza, me estoy empezando a sentir como una invasora. – Le dijo Mía algo avergonzada. – Y tampoco quiero darle trabajo a Rosario, me cae bien y no quiero que piense que soy una bruja.

Justo en ese momento, Rosario entraba en el salón y la escuchó.

–  ¡Pero bueno, me enfadaré si dejas de invitar a tus amigos por no darme más trabajo! – Le dijo Rosario con cariño. – Entre lo que me ayudas con las tareas y el poco trabajo que me das, al final Juan me echará.

–  Eso no creo que ocurra nunca pero, si alguna vez ocurre, quiero que sepas que yo te abriré las puertas de mi casa encantada. – Le dijo Mía con decisión.

–  Ahora eres la señora de la casa. – Se mofó Juan. – Puedes y debes tomar decisiones respecto a nuestra casa.

–  ¿La estás incitando para que me eche? – Dijo Rosario fingiendo estar molesta mientras Juan y Mía reían a carcajadas. – Desde luego, ¡no tenéis remedio!

Rosario disfrutaba viendo como en pocos días su Juan, al que quería como a un hijo, era tan feliz junto a aquella muchacha alegre, humilde y valiente.

Vladimir también había caído rendido a los pies de Mía y siempre se mostraba atento y amable con ella, tanto que incluso Juan a veces bromeaba preguntando si debería preocuparse por la complicidad de aquellos dos.

Y lo mismo ocurrió con la familia de Juan, en cuanto lo vieron tan feliz abrazando a Mía con amor y posesión, supieron que ella era la chica predestinada para su hijo mayor. A Miguel ya se lo había ganado el primer día que la conoció, pero sus lazos se reforzaron debido a la incipiente relación que tenía con Natalia, una de las mejores amigas de Mía. También conoció a Noelia, la hermana pequeña de Juan y Miguel y, tras descubrir que tenían un montón de gustos en común, rápidamente se hicieron amigas.

Juan también se había ganado a la familia de Mía, incluso terminó ganándose al comandante Swan, que se mostraba orgulloso del novio de su hija ante cualquiera. Iris y Aina, las sobrinas de Mía, le adoraban y le llamaban “tito Juan”, algo que a Mía le encantaba, aunque jamás lo hubiera dicho un par de meses atrás.