Archivo | diciembre 2015

Dulce tentación 8.

Dulce tentación

Después de cenar, Norah recogió la mesa y Samuel la ayudó, a pesar que insistió para que la esperara en el salón. Una vez recogida la mesa, ambos se sentaron en el sofá con una copa de vino entre las manos.

Norah subió las piernas al sofá y se sentó sobre ellas de lado para poder ver y observar a Samuel sin necesidad de girar la cabeza y él tuvo que hacer un esfuerzo y contener las ganas que sentía por abrazarla, besarla y hacerla suya.

–  Estás muy callado. – Comentó Norah.

–  Trato de estar concentrado. – Le respondió Samuel con la voz ronca.

–  ¿Por qué? – Le preguntó Norah con curiosidad.

Samuel se acercó a Norah lentamente, la miró fijamente a los ojos y, con sus labios a escasos milímetros de los de ella, le susurró:

–  ¿Realmente quieres saberlo?

A Norah no le dio tiempo a responder, Samuel la agarró por la cintura, la estrechó contra su cuerpo mientras la envolvía en sus brazos y la besó en los labios apasionadamente. Norah aceptó y devolvió aquel beso con urgencia y verdadera necesidad.

El beso acrecentó todavía más el deseo de ambos y Norah se dejó llevar sin importarle que el hombre al que estaba besando era su nuevo jefe. Deslizó sus manos entre ambos y comenzó a desabrochar los botones de la camisa de Samuel sin dejar de besarle, pero Samuel la detuvo sosteniéndole ambas manos por la muñeca sin hacerle daño, se apartó de ella ligeramente y, mirándola a los ojos, le preguntó:

–  ¿Estás segura?

–  ¿Estás casado? – Le preguntó Norah.

–  ¿Qué? ¡Por supuesto que no! – Respondió Samuel un tanto ofendido.

–  Genial. – Convino Norah sonriendo. – Entonces, déjame continuar con lo que estaba haciendo.

Norah volvió a besarle y continuó desabrochando los botones de su camisa. Samuel, agarrándola de la cintura, la colocó a horcajadas sobre su regazo y la envolvió con sus brazos. Norah consiguió deshacerse de la camisa de Samuel y disfrutó con las vistas de los perfectos pectorales y abdominales que le estaba ofreciendo.

–  ¿Te gusta lo que ves? – Le preguntó Samuel divertido al ver cómo Norah le observaba con el brillo del deseo en sus ojos.

–  Nunca opino sin ver el conjunto completo. – Le contestó Norah para provocarlo.

–  No deberías tentarme de esa manera. – Le advirtió Samuel con la voz ronca.

Samuel se levantó del sofá sosteniendo a Norah en los brazos e hizo que le rodeara la cintura con sus piernas al mismo tiempo que comenzó a subir las escaleras.

–  Segunda puerta a la derecha. – Le susurró Norah al oído cuando llegaron a la planta de arriba.

–  ¿Estás impaciente? – Preguntó Samuel divertido.

Norah le besó a modo de respuesta y Samuel se afanó en seguir las indicaciones que le había dado Norah y entrar en su habitación. Ni siquiera se paró a mirar cómo era su habitación, se limitó a buscar la cama para depositar allí a Norah con sumo cuidado. Se tomó su tiempo para contemplarla antes de empezar a desnudarla despacio, acariciando y besando cada centímetro de piel que iba dejando al descubierto. Norah trató de devolver aquellas caricias y besos que él le propinaba, pero Samuel se lo impidió susurrándole al oído:

–  Relájate, no tenemos ninguna prisa.

Ella se relajó y Samuel continuó con su descenso de besos pasando por ambos pechos, jugando con los duros y excitados pezones, hasta llegar al monte de Venus, donde se permitió hacer una pausa para mirar a Norah y descubrir esos ojos felinos que brillaban de deseo como si de dos lunas llenas se tratara.

–  Eres preciosa. – Le dijo acariciando su entrepierna completamente depilada. Separó los labios vaginales con dos dedos de una mano y acarició la hendidura de su vagina para comprobar la humedad que había provocado la excitación de Norah antes de añadir con la voz ronca: – Pequeña, me encanta que estés tan mojada para mí.

Aquellas palabras y la caricia de los dedos de Samuel por su sexo provocaron que a Norah se le escapara un gemido y oír gemir a Norah hizo que Samuel se excitara aún más.

Se terminó de desnudar, se tumbó sobre Norah y, tras besarla en los labios con pasión, le susurró al oído antes de penetrarla de una sola estocada:

–  Pequeña, me excitas demasiado y no puedo esperar más.

Samuel entró y salió de Norah con un rítmico vaivén, disfrutando de aquel inmenso placer y haciéndola disfrutar también a ella. Con un rápido movimiento, intercambió las posiciones y dejó a Norah a horcadas sobre él para poder contemplarla mejor mientras la agarraba por la cintura ayudándola a subir y bajar para que su miembro entrara y saliera de ella con mayor rapidez hasta que ambos alcanzaron el clímax y Norah se desplomó sobre Samuel.

Ambos se quedaron así durante unos minutos hasta que fueron capaces de respirar con normalidad. Norah se echó a un lado para liberar a Samuel del peso de su cuerpo, pero él no la dejó apartarse demasiado, la envolvió con sus brazos, la besó en el cuello y le susurró antes de que ella se quedara dormida:

–  Eres mi dulce tentación.

Dulce tentación 7.

Dulce tentación

Desde que su abuelo sacó el tema de conversación mientras comían, Norah no podía dejar de pensar en el beso que Samuel le había dado en la cocina de casa de sus abuelos. Samuel se había comportado con normalidad, como si nada hubiera pasado, dejando a Norah todavía más descolocada.

Iban en el coche de camino a la ciudad y Samuel conducía pero no prestaba toda su atención a la carretera, ya que le era imposible dejar de observar a Norah. Le gustaba como fruncía el ceño y arrugaba la nariz cuando se concentraba y las expresiones que ponía con cada uno de sus pensamientos, fueran los que fueran. A Samuel le resultaba de lo más interesante observarla, pero observarla teniéndola tan cerca y estando tan sexy jugando con su pelo estaba empezando a provocar en él algo más que interés.

–  ¿Te llevo directamente a casa? – Le preguntó Samuel al tomar la salida de la autopista para entrar en la ciudad.

–  Sí, aunque supongo que debería ir a buscar mi coche a la oficina, pero no sé dónde he dejado la llaves. – Le contestó Norah encogiéndose de hombros.

Samuel se volvió hacia a ella un segundo para dedicarle una sonrisa y volvió la vista a la carretera antes de decirle divertido:

–  Espero que no te lo tomes a mal, pero te quité las llaves para asegurarme de que no conducías y cuando regresé de Palmville lo llevé a tu casa, Amy me abrió el garaje.

–  Te debo otra. – Le agradeció Norah.

–  Bueno, si mal no recuerdo, hoy ibas a salir conmigo a cenar para agradecerme lo atento que he sido, así que si quieres puedes agradecérmelo saliendo a cenar otra noche conmigo. – Le propuso Samuel con picardía.

–  Te propongo otra cosa. – Le dijo Norah. – Si te soy sincera, no me apetece mucho salir a cenar fuera, prefiero cenar en casa. Podemos salir a cenar fuera otro día, incluso a tomar unas copas.

–  De acuerdo, mañana salimos a cenar y a tomar unas copas. – Sentenció Samuel.

–  ¿Mañana? – Preguntó Norah sorprendida.

–  No quiero arriesgarme a que cambies de opinión. – Bromeó Samuel.

Norah se alegró de que Samuel fuera conduciendo, de lo contrario se le hubiera echado encima y le hubiera devorado a besos.

Llegaron a casa de Norah y Samuel aparcó frente a la verja de entrada al jardín, bajó del coche y le abrió la puerta a Norah, tendiéndole la mano para ayudarla a salir, antes de sacar la maleta del maletero y cargar con ella hasta la puerta principal.

–  Deja ahí mismo la maleta, ahora la subiré. – Le dijo Norah encendiendo las luces del salón. – ¿Te apetece una cerveza o una copa de vino?

–  Una cerveza, si no te importa. – Le respondió Samuel. Norah cogió un par de cervezas del frigorífico y se sentó en el sofá junto a Samuel y él le preguntó: – ¿Qué quieres cenar?

–  No hay mucho en la nevera, creo que tendremos que conformarnos con pedir algo de comida a domicilio. – Le confesó Norah. – ¿Comida china?

–  Comida china. – Confirmó Samuel solo para complacerla.

–  Pues llama y pide lo que quieras, voy a darme una ducha rápida y bajo en seguida. – Le susurró Norah para provocarlo.

–  Será mejor que no tardes o tendré que ir a buscarte. – Le advirtió Samuel tratando de contener sus deseos por estrecharla entre sus brazos.

Norah subió las escaleras para dirigirse a su habitación y darse una ducha y Samuel se quedó en el salón, sacó su móvil del bolsillo y llamó a uno de los restaurantes de comida china con servicio a domicilio para encargar la cena.

Veinte minutos más tarde, Norah regresó al salón y se encontró a Samuel en el mismo sitio donde le había dejado. Volvió a sacar un par de cervezas del frigorífico, se sentó a su lado en el sofá al mismo tiempo que le entregaba una de las cervezas y le preguntó:

–  ¿Todo bien?

–   Todo perfecto. – Le contestó Samuel fijando su mirada en los labios de ella.

Norah se percató de cómo Samuel la miraba y decidió provocarlo mordiéndose con sensualidad el labio inferior. Samuel se acomodó en el sofá y la miró fijamente a los ojos antes de advertirle:

–  Si vuelves a hacer eso, serás tan culpable como yo de lo que ocurra después.

El repartidor del restaurante chino llamó al timbre y, levantándose del sofá para ir a abrir la puerta, Norah le dijo a Samuel con una sonrisa socarrona:

–  Me gusta el riesgo.

Norah abrió la puerta, recogió las bolsas que el repartidor le entregó y, cuando fue a pagar, Samuel apareció a su espalda y le entregó un billete al repartidor al mismo tiempo que le dijo:

–  Quédate con el cambio.

El repartidor le dio las gracias por la generosa propina y se marchó. A Norah no le hizo tanta gracia como al repartidor y le reprochó a Samuel:

–  Se supone que soy yo la que iba a invitarte a cenar y no al revés.

–  Bueno, hoy no ha podido ser, mañana ya hemos hecho planes pero, ¿qué te parece el domingo? – Le propuso Samuel. Norah abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla ya que Samuel, temiendo la respuesta de Norah, decidió adelantarse: – Ya lo discutiremos en otro momento.

Se sentaron a cenar y Samuel se interesó por el asunto de la demanda de recobro del estado por los desperfectos que el asesinato de su madre y su amante había generado en el museo. Norah le contó lo que él ya sabía por Josh, que había recurrido dicha demanda y estaban a la espera de la decisión de un juez.

Por alguna razón que desconocía, Norah se sentía cómoda hablando de los problemas que su pasado y su madre le seguían causando. Siempre había evitado hablar del tema con alguien, incluso con sus abuelos y con Amy hablaba lo mínimo respecto a cómo se sentía con aquella situación.

Dulce tentación 6.

Dulce tentación

El viernes por la mañana Norah se levantó temprano, se dio una ducha e hizo la maleta antes de bajar a desayunar. Quería estar preparada para cuando llegara Samuel, no quería hacerle esperar. Se sentía impaciente por volver a verlo y eso empezaba a asustarla. Norah siempre había tenido claro que mezclar lo personal con lo profesional nunca era una buena idea, pero Samuel era tan dulce y tentador que no la dejaba pensar con claridad, era su dulce tentación.

Samuel salió de la oficina a las diez de la mañana, tenía que ocuparse de algunos asuntos y se levantó a las cinco para poder llegar temprano a buscar a Norah. Eran las once de la mañana cuando aparcaba su coche frente la casa de los abuelos de Norah y apenas le dio tiempo a salir del coche cuando la verja del jardín se abrió y apareció Anne, la abuela de Norah, para recibirle:

–  Samuel querido, pasa antes de que te congeles.

–  Gracias, Anne. – La saludó Samuel correspondiendo a su cariñoso abrazo.

– Norah ha ido a despedirse de los señores Walsh, llegará en un momento. – Le informó Anne. – ¿Te apetece algo para beber? ¿Una cerveza, un refresco o un café?

–  Un café me sentará bien. – Aceptó Samuel.

Justo en ese momento, Norah entraba en casa por la puerta de la cocina y dijo alzando la voz:

–  ¡Abuela, he vuelto!

–  ¡Esta niña se cree que estoy sorda! – Bromeó Anne entrando en la cocina seguida de Samuel.

–  Lo siento abuela, pensaba que estarías en el estudio. – Se disculpó Norah y, cuando vio a Samuel, no pudo evitar sonreír mientras le saludaba: – ¡Samuel, no esperaba que llegaras tan pronto!

–  Te dije que estaría aquí antes de mediodía. – Le contestó Samuel mostrando su sonrisa más sensual y arrebatadora.

Norah se acercó a él y le dio un par de besos en la mejilla, aunque se moría de ganas por besar aquellos labios perfectos que tanto la provocaban. Samuel se dio cuenta de cómo Norah le miraba y sonrió todavía más ampliamente que antes.

Se sentaron a la mesa de la cocina, Anne les preparó a ambos un café y después les dijo:

–  Voy a salir a comprar para preparar mi plato especial, ni se os ocurra marcharos sin haber esperado a que vuelva y haber comido como es debido.

Samuel se echó a reír divertido y le prometió a Anne:

–  No nos iremos de aquí hasta haber probado tu delicioso plato especial, Anne.

Anne se marchó sonriendo y Norah tampoco pudo evitar sonreír al ver a su abuela. Anne se había pasado toda la semana hablando de lo guapo, amable y encantador que era Samuel, pero no quiso hablar ni una sola vez de su hija, a pesar de que Norah lo había intentado. Habían esparcido sus cenizas en silencio, cada uno pensó en ella, pero ninguno habló en voz alta para dedicarle unas palabras. Durante años habían ido construyendo una muralla alrededor de todo lo que envolvía a Helen, la madre de Norah, para no sufrir con cada una de sus andadas y, después de tantos años, todos habían aprendido a vivir sabiendo que Helen nunca regresaría y que, tarde o temprano, aquello acabaría sucediendo.

–  Norah, ¿estás ahí? – Le preguntó Samuel asustado tras llamar a Norah en varias ocasiones y ella haberse quedado quieta y con la mirada perdida.

–  ¿Eh? Sí… Perdona. – Se disculpó Norah dejando a un lado sus pensamientos para centrarse en lo que Samuel le decía.

–  ¿Estás bien?

–  Sí, solo me he distraído un poco. – Le contestó Norah ruborizada. – Debes pensar que soy un desastre, ¿verdad?

–  Pienso muchas cosas, pero no precisamente esa. – Le respondió Samuel clavando su mirada en los ojos de Norah.

–  Y, ¿qué piensas?

–  Muchas cosas, ya te lo he dicho. Una de ellas es que no has descansado nada desde que llegaste, te he visto bostezar más de diez veces y solo hace media hora que he llegado. – Le confesó Samuel. – Y, si me permites que te dé mi opinión, te diré que pienso que deberías descansar más.

–  ¿Y también vas a ocuparte tú de eso? – Le provocó Norah sosteniendo su mirada.

–  De eso creo que no podría ocuparme. – Dijo Samuel con la voz ronca. – Aunque me encantaría intentarlo.

–  ¡Samuel, si estás aquí! – Exclamó Ray entrando en la cocina. – Espero que hayáis decidido quedaros a comer, de lo contrario le daréis un disgusto a la abuela.

–  Ray, me alegro de verle. – Le saludó Samuel. – Anne nos ha tentado con su plato especial y yo no he podido resistirme.

–  Voy a terminar de arreglar el jardín, estaré fuera. – Les dijo el abuelo sonriendo mientras salía al jardín por la puerta de la cocina.

Norah sonrió mientras observaba como se alejaba su abuelo y, cuando hubo salido de la cocina, se volvió hacia a Samuel y le dijo divertida:

–  Les has caído bien a mis abuelos, no han dejado de preguntarme cosas de ti durante toda la semana.

–  ¿Qué les has dicho? – Quiso saber Samuel con una sonrisa traviesa en los labios.

–  No les he dicho nada porque no sé nada sobre ti, salvo que eres el accionista mayoritario de Events y que te has comportado como un verdadero amigo conmigo estos días. – Le dijo Norah aunque le hubiera gustado decirle muchas otras cosas. – Me resulta extraño estar aquí contigo pero a la vez me gusta, es difícil de explicar.

Samuel sabía que debía ir con pies de plomo con Norah, no quería asustarla, pero tampoco pudo evitar acercarse a ella. Dio un par de pasos y se colocó frente a ella. La miró a los ojos y, cuando comprobó que ella no se apartaba ni se sentía incómoda, acercó sus labios a los de ella y la besó.

Norah aceptó y devolvió aquel beso con pasión, sintiendo algo que nunca antes había sentido, sin importarle en absoluto el hecho de que se encontraban en la cocina de casa de sus abuelos.

–  Seguid a lo vuestro, yo solo he entrado para coger un poco de agua. – Les interrumpió Ray cogiendo una botella de agua de la despensa y saliendo de la cocina tan rápido como entró.

–  No sé si seguiré cayéndole bien a tu abuelo. – Comentó Samuel bromeando.

–  Ahora le caerás a un mejor. – Bufó Norah temiendo que sus abuelos confundieran lo que acababa de pasar y pensaran que eran una pareja.

–  Lo dices como si fuera algo malo. – Le dijo Samuel un poco molesto.

–  Me entenderás cuando te sientes a comer con mis abuelos. – Le dijo Norah sonriendo burlonamente.

Y Samuel lo supo. Nada más sentarse a la mesa, Anne le preguntó a su nieta Norah:

–  Cariño, deberías habernos dicho que Samuel es algo más que un amigo.

–  Abuela, Samuel es mi jefe y, lo que ha visto el abuelo antes y que poco tiempo le ha faltado para ir a contártelo, no es nada de lo que imagináis. – Cortó tajante Norah para acabar con aquella conversación.

–  Entonces, ¿debo entender que Samuel va besando en los labios a todas sus empleadas? – Preguntó el abuelo Ray pasando su mirada de Norah a Samuel.

–  Le aseguro que es la primera vez que beso a una empleada. – Le contestó Samuel con su sonrisa más carismática. – Aunque tengo que confesar que volvería a repetirlo.

–  Así no ayudas, Samuel. – Le susurró Norah sin que sus abuelos la escucharan.

Comieron mientras charlaban sobre aquella incipiente relación y Norah se mantuvo al margen. Sus abuelos habían creído que Samuel era su novio o algo parecido y él tampoco les sacó de su error, así que ella prefirió no tener nada que ver con todo aquello y comió distraída pensando en cómo sería su vida viviendo con Samuel y formando una familia con él.

Dulce tentación 5.

Dulce tentación

Norah no podía creerse que estuviera en la cocina de casa de su abuela preparando la comida con Samuel Smith, pero prefirió no darle vueltas, demasiadas cosas tenía ya en las que pensar.

Samuel por su parte, sabía que era un momento delicado para la familia y desconocido para él, pero Norah parecía estar perdida y aturdida y él no quería dejarla así.

–  Esto ya casi está. – Dijo Norah retirando la sartén del fuego. Sirvió dos platos, sacó un par de cervezas más del frigorífico y le hizo un gesto a Samuel para que se sentara a la mesa al mismo tiempo que le dijo: – Hora de comer, buen provecho.

–  Buen provecho. – Le dijo Samuel clavando su mirada en los ojos de ella. Quería saber qué le preocupaba y no dudó en preguntárselo: – ¿Hay algo más que te preocupa? Entiendo que no es asunto mío, pero recuerda que solo quiero ayudarte.

–  Mi abuelo me ha dicho que mataron a mi madre, a su amante y a todo su clan en el Museo de Arte Nacional y que el estado quiere que nosotros nos responsabilicemos de los desperfectos. – Le confesó Norah preocupada mientras se llevaba el tenedor a la boca. – Le he dicho a mi abuelo que no se preocupe, que contrataré a un abogado y que todo se resolverá, pero lo cierto es que no sé si servirá de mucho.

–  No pueden responsabilizaros de los desperfectos que haya sufrido el museo porque hayan matado a tu madre allí. – Le aseguró Samuel acercando su mano a la mano de Norah para acariciarla. – Josh, además de ser mi mejor amigo, es mi abogado. Si me lo permites, me gustaría que él se encargara de éste asunto, te prometo que será discreto y hará todo lo posible para que tus abuelos ni siquiera tengan que asistir a una vista ante un juez ni ser interrogados.

Comieron en silencio hasta que Norah decidió volver a hablar.

–  ¿Por qué haces todo esto? – Le preguntó Norah con curiosidad. – ¿Por qué quieres ayudarme?

–  No sé por qué insistes en querer seguir viéndome como a un enemigo, te aseguro que lo único que quiero es que estés bien. – Acarició con ternura la mejilla suave y rosada de Norah y añadió: – No puedes llevar el peso de los problemas del mundo tú sola sobre la espalda, déjame que te ayude. Te prometo que no te decepcionaré.

Norah cerró los ojos y trató de respirar con normalidad. Sentir las caricias de Samuel en su mejilla le estaba provocando una enorme tentación de arrojarse a sus brazos, besarle y hacerle el amor salvajemente. En lugar de hacer lo que realmente deseaba, Norah trató de calmarse y se apartó de Samuel levantándose de la silla para recoger los platos vacíos.

Samuel se maldijo por haberse acercado a ella en ese momento, en casa de sus abuelos y con las desgracias que se le habían venido encima aún presentes, pero no había podido controlarse. Tener a Norah tan cerca le tentaba demasiado, sobre todo si ella se mostraba sin ese caparazón que la envolvía.

–  Lo siento, no pretendía incomodarte. – Se excusó Samuel.

–  No, quiero decir que no me has incomodado. – Norah se puso colorada, menos mal que Samuel no podía leerle el pensamiento. – Te agradezco todo lo que estás haciendo pero no quiero molestarte con asuntos familiares.

–  Ya te he dicho que para mí no ha sido ninguna molestia, pero comprendo que en estos momentos quieras estar a solas con tus abuelos. – Le dijo Samuel consciente de la situación. – Regresaré a la ciudad y le pediré a Josh que se ocupe de vuestro caso, seguramente necesitará algunos datos, por lo que trata de tener el móvil encendido. Quédate aquí los días que necesites y avísame cuando quieras volver para que pueda venir a recogerte. – La miró a los ojos y añadió: – Llámame si necesitas cualquier cosa o si simplemente quieres hablar, siempre estoy localizable en el móvil. – Le dio un beso en la mejilla y le susurró: – No olvides llamarme para que venga a buscarte, de lo contrario me enfadaré.

Samuel le dedicó una sonrisa perfecta y acto seguido se despidió de los abuelos de Norah en el salón para después marcharse en su BMW X6 de color negro.

Norah observó cómo se alejaba desde la ventana y su abuela se percató de lo alejada que parecía de la realidad, pero no quiso sacarla de sus pensamientos, su nieta ya tenía suficientes cosas en las que pensar y con las que lidiar.

Pasó la tarde en el salón con sus abuelos y los padres de Amy, que se habían enterado de la noticia y se habían acercado a darles el pésame y saludar a Norah. Amy la llamó por teléfono y, tras dos largas horas de conversación, Amy le dijo que, si el viernes no había regresado a la ciudad, ella misma iría a Palmville a visitarla.

Norah arregló todo el papeleo para que enviaran las cenizas de su madre a casa de sus abuelos y llegaron un par de días después. Tras decidir qué hacer con las cenizas, el jueves Norah y sus abuelos esparcieron las cenizas en la playa donde iban de picnic cuando su madre les iba a visitar y no estaba demasiado colocada.

Hablaba con Josh todos los días, pues el estado ya había iniciado la demanda y Josh trataba de frenarla, así que la mantenía informada al mismo tiempo que le solicitaba algunos datos.

Samuel la llamaba todas las noches para preguntarle cómo se encontraban ella y sus abuelos, se interesaba por la evolución del proceso contra el estado a pesar de que Norah estaba completamente segura de que Josh le mantenía bien informado sobre el asunto. Aun así, a Norah le gustaban esas charlas con Samuel antes de irse a dormir.

El jueves por la tarde, después de esparcir las cenizas de su madre, Norah regresó a casa con sus abuelos y subió a su habitación para darse un baño. Una hora más tarde, su abuela entró en su habitación y, cuando Norah la invitó a pasar, se sentó a los pies de la cama. Norah continuaba cepillándose el pelo frente al tocador y su abuelo le dijo:

–  Cielo, sabes que nos encanta tenerte en casa, pero nosotros estamos bien y deberías seguir con tu vida con normalidad. – Buscó la mirada de su nieta a través del espejo y añadió: – Creo que deberías llamar a ese muchacho que tanto se preocupa por ti e invitarle a cenar, no puedes estar pendiente de todo en todo momento, cariño.

–  Mañana me marcharé, pero regresaré el próximo viernes para pasar aquí el fin de semana. – Accedió Norah complaciendo a su abuela.

La abuela Anne le dio un beso en la mejilla a su nieta y la dejó de nuevo a solas en su habitación. Norah se levantó, cogió su móvil y llamó a Samuel en vez de esperar a que él la llamara por la noche.

–  Norah, ¿estás bien? – Preguntó Samuel preocupado nada más descolgar.

–  Sí, solo te llamaba para decirte que mañana regresaré a la ciudad y que, si no tienes planes, me gustaría invitarte a cenar para agradecerte lo que estás haciendo por nosotros. – Le dijo Norah con un hilo de voz, con el corazón acelerado.

–  No tienes que agradecerme nada, pero me encantará salir a cenar contigo. – Respondió Samuel contento por lo que había avanzado. – ¿A qué hora quieres que pase a recogerte mañana?

–  No tienes que venir a buscarme, no es necesario y…

–  No es discutible, señorita Stuart. – La interrumpió Samuel y volvió a preguntar: – ¿A qué hora quieres que vaya a recogerte?

–  Cuando te vaya bien. – Le respondió Norah.

–  Tengo que pasar por la oficina a primera hora pero estaré allí antes de mediodía. – Samuel trató de disimular su alegría y se puso serio para preguntarle: – ¿Estás bien?

–  Estoy bien, con ganas de regresar a la ciudad. – Y Norah añadió para despedirse: – Nos veremos mañana. Buenas noches, Samuel.

–  Buenas noches, Norah.

Dulce tentación 4.

Dulce tentación

Norah iba sentada en el asiento del copiloto del coche de Samuel, con las manos sobre las rodillas y mirando por la ventanilla distraídamente mientras Samuel conducía concentrado en la carretera y en la mujer que a su lado tenía.

–  ¿Estás bien? – Le preguntó Samuel cuando llevaba casi una hora conduciendo y ella no había abierto la boca ni había dejado de mirar por la ventanilla. – Dadas las circunstancias, la pregunta resulta ridícula pero, lo que quiero decir es que, si hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor…

–  Estoy bien, Samuel. – Le contestó Norah. – No tenía relación con mi madre, me han criado mis abuelos y es por ellos por los que estoy preocupada.

–  ¿Tus abuelos tenían relación con tu madre? – Preguntó Samuel sin pretender presionarla.

–  Sólo cuando ella necesitaba dinero para drogarse. – Respondió Norah. – Cuando mi madre era adolescente, se enamoró de mi padre, un narcotraficante al que la DEA mató apenas tres meses después de nacer yo. Mi madre me dejó en casa de mis abuelos y se largó con un socio de mi padre que le podía suministrar sus dosis de cocaína diarias. Solo aparecía por casa cuando detenían a su amante y necesitaba meterse algo. No la he vuelto a ver desde que me gradué en el instituto y me mudé a la ciudad para ir a la universidad, hace ya siete años.

–  Lo siento. – Fue lo único que se le ocurrió decir a Samuel.

–  Yo también, no debería haberte dicho nada, pero estoy un poco nerviosa. – Le dijo Norah.

–  No te preocupes por nada, estoy aquí para hacer lo que me pidas y ayudarte en lo que necesites.

–  Gracias, Samuel. – Le respondió Norah relajándose en el asiento.

Samuel le dedicó una rápida pero igualmente sexy sonrisa y volvió la vista a la carretera. Norah llamó a su abuelo para decirle que estaba a punto de llegar y su abuelo le dijo que estaban en casa, allí la esperaban.

Pocos minutos después, Samuel aparcó el coche frente a la casa de los abuelos de Norah. Samuel no quería separarse de ella, había conseguido que por fin se relajara un poco frente a él y no estaba dispuesto a dejar que aquello acabara en ese momento, aunque la situación no era para nada la adecuada. Bajó del coche rápidamente y lo rodeó hasta llegar a la puerta del copiloto para ayudar a salir a Norah, tendiéndole la mano que ella aceptó.

–  Ya hemos llegado. – Le dijo Samuel señalando la casa de sus abuelos, una casa grande y bien conservada con un pequeño jardín muy bien cuidado. – ¿Quieres que entre contigo o prefieres que me marche ya?

–  ¿Tan mal concepto tienes de mí? – Bromeó Norah. – Ven conmigo, mi abuela me mataría si te dejara marchar sin invitarte a entrar. Además, debes de estar tan hambriento como yo, ya son las tres de la tarde.

Samuel sonrió, le puso el brazo sobre sus hombros con delicadeza y la acompañó hasta llegar a la puerta del jardín, que se abrió frente a ellos dejando aparecer la figura de un anciano de pelo blanco, facciones duras y marcadas y los ojos llenos de tristeza, pero aquella tristeza se esfumó casi por completo cuando su nieta le abrazó:

–  ¡Abuelo! – Exclamó Norah arrojándose a los brazos de su abuelo. – ¿Cómo está la abuela? ¿Ha sido el médico quién le ha dado el alta o sigue tan testaruda como siempre?

–  Me temo que sigue tan testaruda como siempre, cielo. – Le respondió su abuelo rodeándola con los brazos. – La abuela está bien, un poco nerviosa y más preocupada por los demás que por ella misma, pero nada que no se le pase si descansa. – Miró de arriba a abajo a Samuel y preguntó: – ¿Quién es el buen mozo que te acompaña?

Norah se acordó de Samuel en ese preciso momento y, ruborizada, se volvió hacia él e hizo las presentaciones oportunas:

–  Samuel, éste es mi abuelo Ray. – Se volvió hacia a su abuelo y añadió: – Abuelo, él es Samuel Smith, es…

–  Soy un amigo de Norah. – La interrumpió Samuel tendiéndole la mano al abuelo Ray. – Le acompaño en el sentimiento, señor Stuart.

–  Gracias muchacho, eres muy amable. – Le agradeció el abuelo Ray. Se volvió hacia a su nieta y le advirtió: – A tu abuela no le va a hacer ninguna gracia que le presentes al muchacho como a un amigo, ella aún tiene la esperanza de que algún día formes una familia.

–  No es de esa clase de amigos, abuelo. – Lo sacó de su error Norah ligeramente avergonzada. – Es el accionista mayoritario de Events, mi nuevo jefe.

–  Y, ¿cómo es que ha venido con mi nieta, señor Smith? – Quiso saber el abuelo Ray.

–  Bueno, usted le hizo prometer a Clare que no dejaría que Norah condujera su coche y Clare no se veía capaz de convencer a su nieta, así que me pidió ayuda. – Le respondió Samuel encogiéndose de hombros.

–  Clare hizo bien en pedirle ayuda, mi nieta es muy testaruda. – Le dijo el abuelo mostrando una pequeña sonrisa. – Pasad dentro, aquí hace mucho frío.

Norah y Samuel entraron en la casa seguidos por el abuelo Ray, pasaron al salón donde la abuela de Norah estaba sentada en su sillón mientras observaba el álbum de fotos que sostenía en las manos. Norah la vio igual que siempre, con su perfecto moño que recogía todo su largo cabello blanco a la altura de la nuca, las uñas de las manos pintadas de rojo igual que sus finos labios.

–  ¡Cielo, ya has llegado! – La saludó la abuela Anne. – Y vienes muy bien acompañada.

–  Abuela, ¿cómo estás? – Le preguntó Norah abrazándola. En cuanto se pudo despegar de ella, añadió señalando a Samuel: – Abuela, él es Samuel Smith, mi nuevo jefe que amablemente ha conducido casi dos horas para traerme aquí, el abuelo le ha hecho prometer a Clare que no me dejaría conducir.

–  Encantada de conocerle, señor Smith. – Le saludó la abuela tendiéndole la mano. – Ha sido muy amable trayendo a casa a mi nieta. Supongo que tendréis hambre, os prepararé algo de comer.

–  Abuela, tú quédate dónde estás, yo me ocupo de preparar algo de comer. – Le dijo Norah a su abuela y se volvió hacia a su abuelo para decirle: – Abuelo, ¿puedes acompañarme a la cocina? – El abuelo Ray asintió y caminó detrás de su nieta hasta llegar a la cocina, donde Norah le preguntó: – Abuelo, ¿qué os han dicho exactamente?

–  Tu madre ha sido asesinada según parece por un ajuste de cuentas, su amante también ha muerto, igual que todo su clan. – Le respondió el abuelo Ray. – Todo sucedió en el Museo de Arte Nacional y el estado dice que nosotros debemos hacernos cargo de los desperfectos causados, que ascienden a millones de euros. Por eso a tu abuela le ha dado una crisis de ansiedad, pero tiene que tratarse de un error, nosotros no somos responsables de lo ocurrido, en todo caso somos víctimas.

–  ¿Qué? Eso no puede ser posible. – Exclamó Norah. – No te preocupes abuelo, yo me encargaré de todo, contrataré a un abogado y solucionaremos esto. ¿Qué queréis hacer para el funeral?

–  Tu abuela ha pedido que nos envíen sus cenizas, creo que será lo menos traumático para todos, pero tendremos que decidir qué hacer con ellas. – Reconoció el abuelo. – Ya hablaremos de eso en otro momento, no deberíamos dejar a Samuel a solas con la abuela o lo someterá a un interrogatorio.

El abuelo regresó al salón y Norah invitó a Samuel a la cocina para que la acompañara, sacó un par de cervezas del frigorífico y ambos se pusieron a preparar la comida.