Archivo | diciembre 2015

Dulce tentación 13.

Dulce tentación

Samuel seguía observando a Norah a distancia y no se dio cuenta que alguien le observaba a él. Su padre, que acababa de bajar al salón, se había encontrado a su hijo completamente embobado mientras miraba a la que sin duda era la mujer que su hijo amaba.

–  Parece ser que encaja bastante bien con la familia, ¿no crees? – Le preguntó Frank en voz baja al mismo tiempo que se paraba al lado de su hijo y también observaba a Norah. – Es una chica muy guapa y parece simpática.

–  Lleva diez minutos en casa y ya se ha metido a toda la familia en el bolsillo. – Le confirmó Samuel a su padre. – Estoy seguro de que a ti también te gustará.

Samuel y Frank se acercaron a Norah y Samuel hizo las presentaciones oportunas:

–  Norah, te presento a mi padre, Frank.

–  Encantado de conocerte, Norah. – La saludó Frank mostrando una amplia sonrisa.

–  Lo mismo digo, señor Smith. – Le respondió Norah.

–  Por favor, llámame Frank. – Añadió Frank mientras le daba un par de besos en la mejilla.

Una vez estuvieron todos, pasaron al comedor donde Elvira sirvió su plato especial: cordero al horno con patatas. Mientras cenaban, Norah escuchó algunas de las anécdotas de las que Samuel era protagonista y todos bromearon y rieron al comentarlas. Samuel estuvo pendiente de Norah en todo momento hasta que ella se levantó para ayudar a retirar los platos de la mesa a la cocina y cuando él se levantó para acompañarla Norah le dijo en voz baja:

–  No voy a huir a ninguna parte, no hace falta que me escoltes.

–  No quiero separarme de ti, pequeña. – Le susurró Samuel.

Norah le dedicó una sonrisa antes de recoger varios platos de la mesa y llevarlos a la cocina, donde se quedó ayudando a recoger mientras charlaba con Becky, Elvira y la abuela.

–  ¿Tienes hermanos, Norah? – Le preguntó Elvira.

–  No, soy hija única. – Contestó Norah.

–  Samuel nos dijo que, aunque vives en la ciudad, no creciste aquí. – Le dijo Becky.

–  Crecí en Palmville, un pequeño pueblo situado a unos 150 km al sur de la ciudad. – Respondió Norah con naturalidad.

–  Echarás de menos a tu familia si están tan lejos. – Comentó la abuela.

–  Hablo con mis abuelos por teléfono todos los días y voy a verlos siempre que puedo, pero no es lo mismo que tenerlos cerca. – Confesó Norah.

Justo en ese momento, Samuel apareció por la puerta de la cocina y, abrazando por la espalda a Norah, les dijo a las mujeres de su familia con tono de advertencia:

–  Espero que no la estéis sometiendo a un tercer grado. – Besó a Norah en los labios y le preguntó divertido: – ¿Te están tratando bien?

–  Estupendamente. – Le confirmó Norah.

Samuel llevó a las chicas de nuevo al salón donde todos se tomaron una copa. A las once de la noche Samuel y Norah se despidieron, no sin antes prometer que regresarían pronto, y Samuel condujo hasta llegar a su casa.

–  Samuel, mañana tengo que ir a trabajar y es tarde. – Le dijo Norah cuando vio la dirección que tomaba.

–  Quédate a dormir conmigo, mañana te llevaré al trabajo. – Le pidió Samuel.

–  No tengo ropa, Samuel. – Protestó Norah. – Si tanto quieres dormir conmigo, para en tu casa, coge lo que necesites para mañana y vamos a dormir a mi casa.

Samuel sonrió a modo de respuesta e hizo lo que Norah le había propuesto. Cuando llegaron a casa de Norah ya era más de medianoche y ambos se dirigieron directamente a la habitación.

–  Tienes una familia fantástica y encantadora. – Le dijo Norah con sinceridad.

–  Espera a que cojan confianza y ya me dirás si piensas lo mismo de aquí a unos meses. – Bromeó Samuel divertido al mismo tiempo que la abrazaba.

–  Lo digo en serio, ojalá mis padres se hubieran preocupado por mí una sola vez como tus padres se preocupan por ti. – Le confesó Norah. – No puedo quejarme, mis abuelos me han dado todo lo que he necesitado y más y gracias a ellos hoy en día soy quién soy, alguien con futuro.

–  ¿Echas de menos a tus padres? – Preguntó Samuel tanteando el terreno.

–  No se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido.

–  Yo te echaba de menos antes de tenerte y sigo echándote de menos cuando no estás conmigo. – Le susurró Samuel al oído. – ¿Significa eso que eres mía?

–  No soy tuya porque no soy de nadie. – Le aclaró Norah divertida.

–  Sabes perfectamente a lo que me refiero. – Le contestó Samuel impaciente.

–  No, no sé a lo que te refieres. – Le contestó Norah. – No sé qué quieres de mí, Samuel. Y, si te soy sincera, ni siquiera yo lo sé. Me encanta estar contigo y me gustas, pero todo está yendo demasiado rápido y soy nueva en esto de las relaciones sentimentales.

–  Quiero ser mucho más que ser uno de tus amigos. – Le dijo Samuel mientras la estrechaba entre sus brazos y la besaba por el cuello. – Quiero ser el único que te acaricie, el único que te bese y el único que te haga el amor, pequeña. – Deslizó su mano bajo el pantalón de Norah hasta encontrar su suave y excitado clítoris y añadió mientras continuaba estimulándola: – ¿Crees que podemos llegar a un acuerdo?

–  Mm… ¿Las condiciones son las mismas para los dos? – Le preguntó Norah apoyando la espalda en el pecho de Samuel para facilitar el acceso de sus dedos en su entrepierna.

–  Por supuesto, pequeña. – Le susurró Samuel al oído con la voz ronca. – Estoy hablando de fidelidad por ambas partes, ¿te supone un problema?

–  No es problema si tú cumples tu parte y te encargas de mantenerme satisfecha. – Le contestó Norah excitada. – No creo que suponga un problema complacerme, se te da muy bien.

–  Será un placer complacerte, pequeña. – Añadió Samuel susurrando al mismo tiempo que la desnudaba y empezaba a cumplir con su promesa.

 

Dulce tentación 12.

Dulce tentación

Samuel observaba como Norah dormía profundamente entre sus brazos cuando su teléfono móvil empezó a sonar y la despertó. Samuel la besó en la coronilla de la cabeza y le susurró al oído:

–  No pasa nada, sigue durmiendo. – Alargó su brazo para alcanzar su móvil que descansaba sobre la mesita de noche y descolgó al ver que era su madre quién llamaba: – Buenos días, mamá.

–  Buenos días, hijo. – Le respondió su madre con su tono de voz alegre de siempre. – Te llamo para recordarte que esta noche tenemos cena familiar, vendrán también los abuelos.

–  ¿Esta noche? – Preguntó Samuel que lo había olvidado por completo. Norah abrió los ojos para mirarle y Samuel añadió: – Mamá, iré acompañado, quiero presentaros a alguien.

–  ¿Por fin te has echado novia? – Preguntó su madre encantada. – ¡Ya verás qué contentos se ponen los abuelos!

–  Nos vemos esta noche, mamá. – Se despidió Samuel antes de colgar. Abrazó con fuerza a Norah y le susurró al oído: – Quiero que vengas a cenar esta noche a casa de mis padres, ¿querrás acompañarme?

Norah le miró sorprendida, todo aquello estaba yendo demasiado rápido. Por una parte, quería saberlo todo sobre Samuel y eso incluía conocer a su familia, pero por otra parte aquello suponía tener que responder a preguntas para las que aún no tenían respuesta.

Samuel vio como Norah le miraba sorprendida y pensativa, probablemente sopesando los pros y los contras de aquella situación. No quería que se sintiera presionada, por lo que le dio un beso en los labios y, sin dejar de abrazarla, le susurró al oído:

–  Me encantaría que vinieras, pero comprenderé perfectamente que prefieras quedarte en casa. – La besó en los labios y añadió: – Pero no podrás librarte de que vaya a buscarte en cuanto salga de casa de mis padres, por lo que me ahorrarías mucho tiempo y me harías muy feliz si vinieras conmigo a cenar.

–  Has aceptado venir a pasar el fin de semana a Palmville en casa de mis abuelos, creo que lo mínimo que puedo hacer es acompañarte a cenar. – Le respondió Norah jugando bajo las sábanas con el cuerpo desnudo de Samuel.

Pasaron la mañana en la cama, donde volvieron a hacer el amor para después continuar haciendo lo mismo en la ducha. Prepararon la comida juntos en la cocina mientras Samuel le describía a los miembros de su familia divertido. Su padre vivía para complacer a su esposa, su madre se pasaba la vida diciendo que quería ver a sus hijos formar una familia y que le llenasen la casa de nietos. Su hermana pequeña se había vuelto una fiestera después de dejarlo con su novio con el que salía desde el instituto. Y por último estaban sus abuelos, que no dejaban de preguntarle cuándo les iba a presentar a una novia.

A las ocho de la tarde, Samuel y Norah llegaron a la casa de los Smith, una pequeña y modesta casa situada a las afueras de la ciudad. Llamaron al timbre y les abrió la puerta Elvira, la madre de Samuel:

–  Me alegro de verte, hijo. – Le saludó y añadió volviéndose hacia a Norah para abrazarla: – Tú debes saber la encantadora Norah, ¿verdad? Hemos oído hablar mucho de ti.

–  Encantada de conocerla, señora Smith. – La saludó Norah.

–  Lo mismo digo, querida. Y por favor, llámame Elvira. – Les hizo un gesto para que entraran dentro de casa y añadió: – Los abuelos y tu hermana también acaban de llegar ahora mismo.

–  Ven cariño, te presentaré al resto de la familia. – Le dijo Samuel a Norah agarrándola por la cintura con posesión.

–  ¡Samuel! – Exclamó con alegría el abuelo en cuanto vio entrar a su nieto en el salón. Echó un rápido vistazo a Norah y, tras guiñarle un ojo con complicidad, le dijo a Norah: – Ahora entiendo por qué mi nieto está tan ocupado, si yo fuera él no me separaría de ti.

–  Abuelo, ya tiene suficientes pretendientes, no necesita a otro más. – Bromeó Samuel aunque con cierto reproche.

–  Si es tan simpática como hermosa es, tendrá miles de pretendientes. – Le advirtió el abuelo. – Pero lo único que debe importarte es que en este momento con quién quiere estar es contigo.

–  De momento, tendré que conformarme con eso. – Dijo Samuel resignado.

–  Me alegro mucho de conocerte, Norah. – Le dijo el abuelo con cariño. – Me llamo Samuel, como mi nieto, pero aquí todo el mundo me llama abuelo.

–  Encantada de conocerle, Samuel. ¿O prefiere que le diga abuelo? – Le respondió Norah divertida.

–  Abuelo está bien, pero puedes llamarme como quieras siempre y cuando me llames de tú. – Le dijo el abuelo.

–  Abuelo, no la asustes que no queremos que salga huyendo antes de que la conozcamos. – Dijo Becky, la hermana pequeña de Samuel. – Por fin conocemos a la chica que ha hecho que mi hermano siente la cabeza. – Añadió divertida dirigiéndose a Norah. – Soy Becky, la hermana de Samuel.

–  Encantada de conocerte, Becky. – Le respondió Norah saludándola con un par de besos en la mejilla.

–  ¿Ya ha llegado mi nieto? – Preguntó la abuela saliendo de la cocina. – ¡Es verdad que viene con su novia! – Exclamó alegremente al ver a Norah. La anciana abrazó a su nieto al que adoraba y después abrazó a Norah al mismo tiempo que le dijo divertida: – En las últimas semanas he oído hablar tanto de ti que tengo la sensación de que ya te conozco. – Norah miró a Samuel sin saber si aquello era un cumplido o un reproche, pero la abuela la sacó de dudas: – No te preocupes, todo lo que ha dicho sobre ti es bueno, por eso tenía serias dudas de que fueras real.

–  ¡Abuela! – La regañó Samuel sin poder ocultar su risa pese a que lo intentó.

La abuela rodó los ojos ante la regañina de su nieto y, con una sonrisa en los labios, le susurró a Norah al oído para que solo ella la escuchara mientras la cogía de la mano para guiarla hacia el sofá:

–  Eres la primera chica a la que trae a casa, incluso hubo una época en la que pensé que era gay.

Norah no pudo evitar contener la risa y se echó a reír a carcajadas mientras se sentaba con la abuela de Samuel en el sofá. Todos debieron deducir lo que la abuela le había dicho a Norah porque todos se echaron a reír, incluida Elvira, la madre de Samuel, que trató de poner un poco de orden:

–  Mamá, queremos que Norah regrese a menudo pero no lo hará si piensa que somos una familia de locos. – Regañó a la abuela. – Norah cielo, ¿qué quieres de beber?

–  Pide lo que te apetece y no lo que crees que quieren que pidas. – Le dijo Samuel mirándola a los ojos fijamente.

–  Una cerveza, por favor. – Contestó Norah con un hilo de voz.

–  Chico, si permites que se te escape es que eres idiota. – Le dijo el abuelo a Samuel.

–  No te preocupes abuelo, no pienso dejar que se escape. – Le aseguró Samuel. – Por cierto, ¿dónde está papá?

–  Acaba de llegar del taller y se está dando una ducha, no tardará en bajar al salón. – Le informó Elvira al mismo tiempo que les entregaba una cerveza a Samuel y Norah y los demás sacaban sus vasos escondidos para mostrarle a Norah que también estaban bebiendo cerveza.

–  Has superado la primera prueba. – Le susurró Samuel al oído y le dio un beso en la mejilla bajo la atenta mirada de toda su familia.

Mientras esperaban a que el padre de Samuel se uniera a ellos, charlaron y bromearon en el salón. Norah descubrió que tenía muchas cosas en común con Becky, la hermana de Samuel, y rápidamente se hicieron amigas.

Samuel observaba a Norah desde la otra punta del salón sonriendo felizmente al verla conversando con su hermana y con sus abuelos.

Dulce tentación 11.

Dulce tentación

Samuel condujo en el más absoluto de los silencios y sin apartar la vista de la carretera hasta que aparcó frente al restaurante y Norah le preguntó antes de salir del coche:

–  ¿Estás enfadado?

Samuel suspiró antes de volver la cabeza para mirarla a los ojos y le respondió tratando de que su voz sonase calmada:

–  No estoy enfadado, pero tampoco estoy contento. – Le confesó Samuel. – Gerard Benson nos ha amenazado con irse con la competencia y saber que le conocías y ver cómo te abrazaba no me ha puesto de mejor humor.

–  ¿Estás celoso? – Preguntó Norah sonriendo divertida.

–  ¿Debería estarlo? – Le preguntó Samuel con el ceño fruncido y sin dejar de mirarla a los ojos.

–  No deberías estarlo y por muchas razones. – Le respondió Norah encogiéndose de hombros. – Eres mi jefe, se supone que no deberíamos estar haciendo esto.

–  Si supone un problema para poder salir contigo, el lunes pongo mis acciones a la venta. – Le dijo Samuel sin bromear. – Dame una oportunidad para conocerme, olvídate que soy accionista de Events. Si decides no seguir viéndonos yo lo aceptaré y no te molestaré. Ya te dije que mis intenciones no eran cambiar el funcionamiento de Events, por lo que no tendrás que verme si no quieres.

–  De acuerdo, pero tienes que dejar de fruncir el ceño. – Le dijo Norah con dulzura, besándolo levemente en los labios.

–  Una cosa más, ¿has tenido algo con Benson? – Le preguntó Samuel.

–  Me salvó la vida cuando tenía quince años y desde entonces siempre se ha preocupado por mí. – Le dijo Norah. – Es como un hermano mayor, no tienes ningún motivo para estar celoso de él.

–  De acuerdo, pero continuaremos con esta conversación en otro momento. – Sentenció Samuel y le dio un beso en los labios. – Vamos a entrar, Josh y Amy estarán esperándonos.

Bajaron del coche y entraron en el restaurante cogidos de la mano. Josh y Amy les esperaban sentados en una de las mesas y se unieron a ellos.

Mientras cenaban y bebían, Amy sacó el tema de que pasarían el fin de semana en Palmville y eso hizo que ambos amigos arrugaran la nariz, sobre todo ahora que sabían que probablemente allí las chicas se encontrarían con Gerard Benson.

–  Por cierto, mis abuelos quieren que paséis el fin de semana con ellos si no estáis ocupados, les gustaría agradeceros lo que ambos estáis haciendo. – Les dijo Norah.

–  Se lo prometí a Anne, así que cuenta conmigo. – Le confirmó Samuel.

–  ¿Qué dices tú, Josh? – Le preguntó Norah.

–  Me encantaría ir, si a Amy no le importa. – Contestó Josh tímidamente.

–  Me encantará que vengas, pero debes saber que mis padres viven en la casa de al lado de los abuelos de Norah. – Le advirtió Amy.

–  Me muero de ganas por conocer a tus padres, muñeca. – Le dijo Josh divertido.

Amy besó a Josh y Norah se acercó a Samuel y le susurró al oído:

–  Deja de pensar en Gerard, estoy segura de que acabará firmando el contrato con vosotros.

–  No es eso lo que me preocupa. – Le dijo Samuel.

–  Pues no tienes ningún otro motivo para preocuparte. – Le recordó Norah la conversación que habían tenido en el coche. Se acercó aún más a él y le susurró sin que nadie más la escuchara: – Tendré que ocuparme de quitarte toda esa preocupación esta noche.

–  ¿Cómo piensas hacerlo, pequeña? – Le preguntó Samuel sonriendo descaradamente.

–  Tendrás que esperar para averiguarlo. – Le contestó Norah sonriendo pícaramente.

Entre bromas y risas terminaron de cenar y se fueron a tomar unas copas a un pub cerca del centro de la ciudad, en uno de los barrios que se había puesto de moda.

Tras tomar un par de copas y bailar un par de canciones, Norah regresó a sentarse junto a Samuel que no había dejado de observarla sentado a la mesa.

–  ¿Nos vamos a casa? – Le preguntó Norah tras besarle en los labios.

Samuel asintió, le devolvió el beso y, tras despedirse de Amy y Josh, salieron del pub y se subieron al coche de Samuel. Él condujo en dirección a su casa y Norah, que pensaba que pasarían la noche de nuevo en su casa, le dijo al ver la dirección que tomaba:

–  Vas en dirección contraria.

–  Vamos en la dirección correcta, te llevo a mi casa. – La informó Samuel.

–  ¿A tu casa? – Preguntó Norah sorprendida.

–  Sí, a mi casa. – Le confirmó Samuel.

Llegaron a una casa enorme situada en el barrio más caro y elegante de la ciudad. Una casa demasiado grande para que viva un solo hombre. Samuel le enseñó a Norah toda la casa y dejó su habitación para lo último, donde pensaba pasar con ella el resto de la noche. Norah adivinó las intenciones de Samuel en cuanto vio aquel brillo en sus ojos y decidió ponérselo fácil, se volvió hacia a él y, a un metro escaso de distancia, se desnudó frente a él, dejando caer su vestido al suelo y quedando vestida tan solo con su ropa interior.

–  Pequeña, eres realmente tentadora. – Le dijo Samuel con la voz ronca.

Se acercó a ella despacio y la envolvió entre sus brazos al mismo tiempo que la besaba y acariciaba. Norah empezó a deshacerse de la ropa de Samuel y él la dejó hacer mientras acariciaba sus pechos y mordisqueaba sus pezones.

Pasaron la noche haciendo el amor una y otra vez hasta quedarse dormidos completamente agotados por el desgaste de energía.

Dulce tentación 10.

Dulce tentación

Amy se presentó en casa de Norah en cuanto la llamó. Ambas tenían muchas cosas que contarse pese a que habían estado hablando por teléfono durante toda la semana. Decidieron salir a comer a un restaurante cerca de casa al que fueron caminando. Se sentaron en una de las mesas más apartadas del local y pidieron un par de cañas y algunas tapas para picar.

–  ¿Qué tal ha ido la noche con Samuel? – Le preguntó Amy queriendo saber qué había pasado.

–  ¡Oh, Dios! – Exclamó Norah riendo al mismo tiempo que se cubría la cara con las manos. – No puedo creer lo que estoy haciendo, ¡es mi jefe! – Suspiró y añadió resignada: – Pero es tan perfecto y tentador que cuando lo tengo en frente no me importa lo más mínimo que sea mi jefe. Hemos quedado para salir a cenar y posiblemente vayamos a tomar una copa después. – Miró a su amiga y le preguntó: – ¿Has vuelto a quedar con Josh?

–  Sí, he quedado con él esta noche. – Le confesó Amy. – Hemos pasado la noche juntos, pero esta mañana temprano se ha tenido que ir porque le había surgido un problema en el trabajo, ¿no te ha comentado nada Samuel? Josh parecía bastante preocupado.

–  Samuel me ha dicho que tenía una reunión urgente, supongo que si convocas una reunión un sábado por la tarde es preocupante, pero cuándo le he preguntado me ha dicho que no era nada que no tuviera arreglo. – Le dijo Norah encogiéndose de hombros. – No parecía querer hablar del tema y he preferido no insistir.

–  Samuel no querrá preocuparte con sus problemas, bastante tienes tú con los tuyos. – Opinó Amy. – He hablado con mi madre esta mañana, me ha dicho que tus abuelos están bien y que además están encantados con tu nuevo novio. – Se mofó Amy.

–  Ayer le dije a mi abuela que regresaría el viernes a Palmville y me insistió para que fuera con Samuel.

–  ¿Vas a ir con Samuel? – Preguntó Amy alegremente.

–  No le he dicho nada a Samuel, es mi jefe y ni siquiera sé qué clase de relación busca él ni lo que quiero yo. – Se resignó Norah. – Lo único que puedo hacer es esperar y ver qué pasa mientras disfruto de su compañía, y no estoy hablando solo de sexo.

Tras pasar por su casa para cambiarse de ropa, Samuel se dirigió a la oficina y se reunió con Josh y Tom antes de que llegara Gerard Benson a la oficina. Rápidamente, ambos se pusieron al día sobre las condiciones que Benson les hacía cumplir y así estuvieron hablando hasta que Josh comentó:

–  He pasado la noche con Amy en su casa y esta noche he vuelto a quedar con ella para salir a cenar.

–  Yo he pasado la noche en casa de Norah y esta noche también he quedado con ella para salir a cenar, aunque espero terminar la noche en mi casa y disfrutando de su compañía. – Le contestó Samuel. – Si les apetece a las chicas podríamos ir los cuatro juntos a cenar.

–  Llama a Norah y pregúntaselo, estoy seguro que estarán juntas en este momento. – Le animó Josh.

Samuel no se lo pensó dos veces, sacó su teléfono móvil del bolsillo de su chaqueta y llamó a Norah.

–  ¿Si? – Respondió Norah sin pararse a mirar quién la llamaba.

–  Hola pequeña. – Le dijo Samuel sonriendo al escuchar su voz.

–  ¿Samuel? – Preguntó sorprendida. – ¿Va todo bien?

–  Sí, te llamo porque estoy con Josh y me ha dicho que había quedado con Amy para salir a cenar y tomar una copa, así que hemos pensado que podríamos salir los cuatro juntos si os apetece. – Le dijo Samuel esperando que la idea le agradara.

–  Justamente Amy y yo estábamos hablando de eso ahora mismo. – Le confesó Norah.

–  Enviaré a un coche a buscaros a casa a las seis para que os traiga a la oficina, para entonces espero que ya haya terminado la reunión. – Le dijo Samuel y preguntó: – ¿Dónde queréis ir a cenar?

–  No sé, lo pensaremos y ya os lo diremos. – Le contestó Norah divertida. – Supongo que entonces sigo debiéndote una cena.

–  Supones bien, preciosa. – Le dijo Samuel sonriendo ante el tono divertido de la voz de Norah. – A las seis os pasará a buscar Henry, es un agente privado de seguridad. Os traerá a la oficina y así nos iremos los cuatro juntos, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo, nos vemos luego.

–  Hasta dentro de un rato, pequeña. – Se despidió Samuel antes de colgar.

Gerard Benson llegó a la oficina y la reunión comenzó. Samuel llegó a ponerse furioso durante aquella reunión, ya que Gerard quería rebajar el presupuesto más de lo que ellos podían permitirse.

A las seis en punto de la tarde, Henry llegó a casa de las chicas y las recogió para llevarlas a la oficina de la empresa de Samuel, dónde él, Josh y Tom continuaban reunidos con Gerard Benson.

Carmen, la recepcionista de la oficina, una mujer de mediana edad muy elegante, hizo pasar a Norah y Amy a una pequeña sala de espera que había junto a la sala de reuniones donde estaban Samuel y Josh.

Por mucho que se esforzaron, no consiguieron que Gerard Benson firmara el contrato pero al menos consiguieron que siguiera pensándolo. Los cuatro hombres salieron de la sala de reuniones y se encontraron con Amy y Norah. Ambas se pusieron en pie al verlos salir y, cuando Norah vio a Gerard, exclamó:

–  ¡Gerard!

Gerard sonrió al verla y la abrazó alzándola en brazos para hacerla girar en volandas. A Samuel no le gustó nada descubrir que se conocían y mucho menos que las manos de Gerard Benson tocaran y abrazaran a Norah, pero todavía le gustó menos oír lo que dijo Gerard:

–  Norah, pensaba que también pasarías el fin de semana en Palmville.

–  Llegué a la ciudad ayer por la tarde, pero el viernes regresaré a Palmville para pasar el fin de semana con mis abuelos. – Le respondió Norah.

–  Llámame si te apetece salir a tomar una copa, quiero la revancha al billar.

–  Cómo quieras, pero ya sabes que acabarás perdiendo. – Le dijo Norah burlonamente. Su mirada se cruzó con la de Samuel y vio que estaba furioso, sus ojos eran de un gris oscuro que daba miedo y dedujo que Gerard era el causante de sus problemas en la oficina. Tratando de arreglarlo, se volvió hacia a Samuel y le preguntó con una amplia sonrisa en los labios: – ¿Podemos irnos ya?

Samuel se acercó a Norah lentamente, le dio un leve beso en los labios, la abrazó con posesión y le dijo:

–  Cuando tú quieras, preciosa.

Tom se esfumó de allí con discreción, Norah y Amy saludaron a Josh, Samuel y Gerard y les aclararon que se conocían de Palmville, pues Gerard también había crecido en el mismo pueblo que Norah y Amy. Se despidieron de Gerard en el parquin y se dividieron en dos coches para llegar al restaurante al que las chicas habían decidido ir. Amy se fue con Josh en su coche y Norah se subió en el coche de Samuel cuando él le hizo un gesto para que fuera con él.

Dulce tentación 9.

Dulce tentación

Norah se despertó a las once de la mañana, estaba sola en la cama. Se sorprendió al no encontrar a Samuel tendido junto a ella y no le gustó el vacío que sintió. Se puso una camiseta vieja y desgastada para cubrir su desnudez y bajó las escaleras para dirigirse a la cocina a tomarse un café. Fue entonces cuando escuchó la voz de Samuel que provenía del salón:

–  Haz lo que tengas que hacer, pero soluciónalo. – Dijo Samuel a la persona que escuchaba al otro lado del teléfono. – Envíame un informe por correo electrónico y, solo si hay una emergencia, me llamas.

–  Espero que el asunto que te tiene tan ocupado como para no venir a la oficina de inmediato cuando todos estamos al borde de un ataque de nervios, tenga nombre de mujer. – Le comentó divertido Tom, su mano derecha en la oficina y un gran amigo.

–  Tengo que colgar, llámame si se complica el asunto y me pasaré por la oficina, tendré el móvil disponible. – Le dijo Samuel antes de colgar.

Norah esperó unos segundos dónde estaba sin hacer ruido. Cuando vio que Samuel se había sentado en el sillón con su portátil sobre las piernas, entró en el salón y le dijo sin poder ocultar la sorpresa de su rostro:

–  Buenos días.

–  Buenos días, pequeña. – La saludó Samuel sonriendo en cuanto la vio entrar. – Espero no haberte despertado.

–  No, pensaba que te habías marchado. – Le respondió Norah. Samuel dejó su portátil sobre la mesa de café y tiró de la mano de Norah para que se sentara en su regazo. Ella le dejó hacer y, cuando estuvo entre sus brazos, le miró a los ojos, vio su ceño arrugado y se dio cuenta que Samuel estaba preocupado. – ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?

–  Un pequeño imprevisto en la oficina, nada que no se pueda arreglar.

–  ¿Tienes que irte?

–  No, a menos que quieras que me vaya. – Le respondió Samuel antes de besarla. Deslizó su mano entre las piernas de Norah y, cuando comprobó que no llevaba nada debajo de aquella vieja camiseta, se le escapó un gruñido de la garganta para después decir con la voz ronca: – Eres tan tentadora. – Le quitó la vieja camiseta y, observándola con verdadero deseo, añadió susurrando: – Una dulce tentación.

Samuel la besó apasionadamente y Norah se dejó arrastrar por la pasión y deseo que él le producía. Norah no quería esperar y se afanó para desabrochar el pantalón de Samuel y sacar su duro y erecto miembro, se puso a horcajadas sobre él, colocó la punta de su pene en la entrada de su vagina y descendió lentamente, dejando que la verga de Samuel se deslizara en su interior.

–  Oh, pequeña. – Gruñó Samuel excitado. – Vas a volverme loco.

Samuel deslizó su mano por el monte de Venus de Norah hasta encontrar su clítoris y lo estimuló alternando suaves y lentas caricias con otras caricias más rápidas y enérgicas.

–  Umm… – Gimió Norah al borde del orgasmo.

Norah aceleró el ritmo de las embestidas a pesar de que Samuel trató de frenarla, pero al final desistió y él también aceleró las caricias sobre su hinchado y excitado clítoris. Samuel aguantó hasta que Norah no pudo más y estalló en mil pedazos, gimiendo mientras él seguía estimulando su clítoris con una mano para alargar su orgasmo y con la otra la sujetó por la nuca para verle la cara mientras se corría. Solo cuando Norah se había quedado satisfecha y todavía sintiendo los coletazos del orgasmo recorriendo su cuerpo, Samuel se permitió alcanzar el orgasmo embistiéndola con fuerza un par de veces hasta que lanzó un sonoro gruñido al alcanzar el clímax dejando caer su cuerpo sobre el respaldo del sillón arrastrando a Norah consigo y envolviéndola con sus brazos.

Norah se dejó abrazar, sintiéndose cómoda y segura a pesar de estar completamente desnuda encima de su nuevo jefe al que tan solo conocía desde hacía un par de semanas.

Pasados unos minutos y habiendo recobrado la respiración, Samuel recogió la vieja camiseta que le había quitado a Norah y se la ayudó a ponérsela para que no pasara frío y así poder seguir abrazándola.

–  Necesito darme una ducha. – Le dijo Norah poniéndose en pie pasados unos minutos.

–  Yo también necesito una ducha, ¿te importa si voy contigo? – Le preguntó Samuel con una pícara sonrisa en los labios.

Norah no pudo resistirse a aquella sonrisa ni a aquellos brillantes ojos grises que tanto le gustaban a la vez que la aturdían, le devolvió la sonrisa y le cogió de la mano para llevarlo escaleras arriba y meterse con él en la ducha, donde ambos volvieron a hacer el amor.

Estaban en la cocina tomándose un café mientras decidían qué hacer durante la extraña pero preciosa mañana soleada de aquel mes de febrero cuando sonó el teléfono de Samuel.

–  Disculpa, tengo que contestar. – Se disculpó Samuel antes de contestar al teléfono. – Dime, Tom.

–  Siento interrumpir lo que estés haciendo, pero se trata de una verdadera emergencia. – Le contestó Tom nervioso. – Gerard Benson ha convocado una reunión urgente en un par de horas, dice que será breve y por supuesto quiere que tú estés presente.

–  ¿No se puede esperar al lunes? – Protestó Samuel y, sin dejar que Tom respondiera, añadió antes de colgar: – Estaré allí en un par de horas. – Samuel suspiró, se volvió hacia a Norah y le dijo: – Tengo una reunión en un par de horas y tengo que ir a la oficina. – Le dio un beso en los labios y añadió: – Te llamaré en cuanto salga de la reunión y vendré a buscarte para salir a cenar.

–  ¿Va todo bien? – Preguntó Norah preocupada.

–  No te preocupes, no es nada que no se pueda arreglar. – Le contestó Samuel quitándole importancia al asunto. Volvió a besarla y se despidió: – Te veo luego, pequeña.

Norah le observó marcharse desde la ventana y sonrió al pensar que en pocas horas volvería a verlo. Cogió su móvil y llamó a Amy con la esperanza de que estuviera en casa y así poder pasar un rato con ella.